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Dice el diablo que es por tu bien Crónica, Planeta

Los mineros bolivianos rinden culto al Tío, un espíritu subterráneo que los protege de los accidentes y les concede el mineral. Tras su apariencia pintoresca, estas leyendas sirven para excluir a las mujeres de los espacios donde se encuentra la riqueza, incluso para amenazarlas y violarlas. El Tío muestra un gran pene erecto, bebe alcohol de 96 grados y se pone agresivo, como los mineros. A veces las víctimas se convierten en verdugos.

Una mujer trabaja fuera de la mina de Cerro Rico, en Potosí, Bolivia. / Foto: Ander Izagirre.

Una mujer trabaja fuera de la mina de Cerro Rico, en Potosí, Bolivia. / Foto: Ander Izagirre.

Pedro Villca es minero viejo, una categoría improbable en Bolivia. A sus 59 años, me lleva montaña adentro por un laberinto de galerías que serpentean se cruzan se bifurcan giran suben bajan: tan estrechas que podemos tocar las paredes con los dos codos al mismo tiempo, tan bajas que a ratos debemos avanzar a cuatro patas, tan frágiles, tan oscuras, tan saturadas de veneno, tan calurosas, tan húmedas, tan agobiantes. Villca se gira despacio, barre la oscuridad con la luz del casco y de pronto ilumina una silueta humana, la de un hombre sentado contra la pared, con los ojos desorbitados y una sonrisa desquiciada. Es el diablo. La escultura de un diablo de arcilla, con cuernos revirados y una boca muy ancha, estirada de oreja a oreja, en la que se sostienen una docena de cigarros consumidos. Villca se le acerca sonriendo, enciende otro cigarro y se lo coloca con delicadeza en las fauces.

-Acá estamos, Tío.

El Tío es el espíritu que gobierna las profundidades, el compadre de los mineros, el patrón que fecunda a la Pachamama, a la madre tierra, para que produzca vetas de mineral. Cuando está satisfecho, hace que las vetas afloren; cuando se enfada, provoca derrumbes.

En Bolivia te dan mil versiones borrosas del Tío: ritos andinos, resistencias espirituales contra los conquistadores españoles, ceremonias prohibidas, fusión de cultos demoniacos y cristianos, dobles y triples mundos. Cada minero cuenta su historia, mezclada con fantasmas de compañeros muertos en explosiones que ahora deambulan por las galerías buscando sus miembros desperdigados, demonios encarnados en murciélagos y vizcachas, mujeres preñadas por genios diabólicos y hombres que quedan tontos por la aparición repentina de los espíritus en los pozos más profundos. Es el peligro del exotismo: la primera vez en otro país, todo lo que ves y todo lo que te cuentan parece fascinante.

-Usted sabe: las mujeres no pueden entrar a la mina –dice Villca-. Imagínese que una mujer entra. Entonces, cuando le viene la siguiente menstruación, la veta de mineral desaparece. La Pachamama esconde la veta, por puros celos.

Este Tío tiene el regazo cubierto por cajetillas de tabaco, garrafas de alcohol puro y una maraña de serpentinas, confetis y hojas de coca que los mineros le lanzan durante las challas -los agradecimientos-. Sonríe con las piernas abiertas, luciendo su atributo principal: un gran pene erecto.

Villca desenrosca una botellita de medio litro de alcohol Guabirá Buen Gusto, de 96 grados, el que beben los mineros en las pausas del trabajo, a palo seco o mezclado con un poco de jugo de frutas. Se acerca a la boca del Tío y le vierte un chorro por el gaznate. El alcohol brota por la punta del pene. Villca suelta una carcajada.

-Un día vino de visita la viceministra Álvarez, viceministra de Minería. A ella la dejamos entrar pero le dije: tiene que besarle la punta del miembro, señora; para que una mujer entre a la mina, primero tiene que besarle la punta del miembro al Tío. Se agachó y le dio un beso ahí.

Villca se ríe y sigue caminando.

*

Otro día, como es domingo y no hay mineros a la vista, Alicia Quispe me lleva a la galería en la que trabaja todas las noches entre semana. No conviene que la vean contando chismes a un periodista, porque tiene 14 años. Viste un buzo mahón con desgarrones, las mangas le cuelgan un palmo más allá de las manos, calza unas botas de goma demasiado grandes y un casco de minero: un casco de minera. Lleva el pelo negro recogido en una coleta, tiene los ojos almendrados y una mirada que siempre huye, como buscando detrás de la gente.

Su padre murió a los 34 de silicosis, como tantos, y ella empezó a trabajar en la mina con 12 años, como tantas. Empuja vagonetas cargadas con mineral, desde el fondo del socavón hasta la superficie. Para ir al trabajo, solo tiene que salir de la caseta de adobe en la que vive con su madre viuda y su hermana pequeña, en las laderas trituradas del Cerro Rico de Potosí, a 4.400 metros de altitud, solo tiene que caminar veinte metros, ponerse el casco y seguir los raíles montaña adentro. Entramos por una bocamina de dos metros de alto y uno y medio de ancho, el espacio justo para los carros.

Nada más entrar, pisamos charcos de barro naranja. Alicia, que camina delante de mí, me recomienda que vaya pisando los raíles. Me cuesta seguir su ritmo, porque voy torpe, decidiendo cada paso, agachado para no golpearme con el techo. Se gira de vez en cuando, sonríe un poco, me espera y no dice nada.

La imagen de Tío en el interior de una mina boliviana. / Foto: Ander Izagirre.

La imagen de Tío en el interior de una mina boliviana. / Foto: Ander Izagirre.

Me señala la pared y yo al principio solo veo unas banderitas de plástico fijadas en la roca y unas hojas de coca en el suelo. Luego distingo una especie de óvalo tallado en la pared, un rostro burdo, con ojos ciegos y labios prominentes: es, quiere ser, el Tío. Un Tío rudimentario en una galería modesta, porque al espíritu subterráneo se le hacen ofrendas en cualquiera de los accesos al Cerro Rico.

-¿Tú le rezas al Tío?

-Sí, a veces le traigo unas hojas de coca y las tiro aquí. O le prendo un cigarro y se lo dejo.

-¿Y le dices algo?

-Sí.

-¿Qué le dices?

-No sé, le digo Tío, entro a trabajar, tú me vas a ayudar, me vas a dar el mineral, me vas a cuidar. Aquí tienes tu coquita. Tengo que tener suerte, que no me pase nada, Tío, que no se caiga el paraje.

-Un minero me dijo que las mujeres no deben entrar a la mina. Que el Tío se enamora de ellas, que las persigue, y que entonces la Pachamama se pone celosa y esconde el mineral.

Alicia estira media sonrisa escéptica.

-Ya. Las mujeres no debemos entrar. Y la ley también dice que los menores no debemos entrar.

-¿A los mineros de la cooperativa les parece bien que tú entres?

-Sí, porque yo trabajo como ellos pero me pagan menos. A un carronero le pagan ochenta pesos de jornal, o cien pesos, y a mí por lo mismo me pagan veinte [unos dos euros]. Bueno, ahora ya no me pagan.

No le pagan, para descontar una supuesta deuda. Su madre, como tantas viudas, es guarda de la mina, custodia las herramientas y las perforadoras de los mineros de la cooperativa y, como a casi todas, hace unos meses le robaron: unos ladrones entraron en el almacén y se llevaron material por valor de unos dos mil euros. La cooperativa decidió descontarlo de su sueldo y del trabajo de su hija, que a los 14 años empuja carros en una zona del Cerro Rico afectada por los derrumbes, entre escapes de gas y nubes de sílice, y todo sin cobrar un peso.

Las mal llamadas cooperativas son los restos de una gran quiebra. La minería pública terminó de arruinarse en 1986, el Estado despidió a miles de mineros y fomentó que montaran pequeñas cooperativas para explotar los yacimientos por su cuenta -sin tecnología, sin planes, sin seguridad-. Muchas cooperativas se convirtieron en tapaderas para sus directivos, que hacían negocios bajo manga con las multinacionales mineras y empleaban a miles de peones sin contratos, sin seguros médicos, sin cotizaciones. Cuando ya nadie velaba por los derechos de los trabajadores, prosperó el trabajo infantil.

*

-A las niñas les decimos que el viernes y el sábado ni se les ocurra salir solas a la calle -me explica Adalberto Miranda, presidente de la asociación de vecinos del barrio minero-. El viernes los mineros cobran el sueldo y se lo gastan todo en trago, en putas, en fiestas. Se pone terrible el barrio. Van en cuadrilla a un burdel, lo cierran solo para ellos y ahí se quedan dos días. Hay peleas feas. Nosotros nos quedamos en casa. No sabe a cuántas niñas atrapan por la calle. Las meten en autos, las suben al Cerro Rico, allá las violan, las golpean y las tiran al monte.

Minero en el interior de Cerro Rico. / Foto: Ander Izagirre.

Minero en el interior de Cerro Rico. / Foto: Ander Izagirre.

El sábado suelen aparecer las mujeres de los mineros, con los niños pequeños de la mano, buscando a sus maridos por las cantinas. Les piden plata para ir al mercado. Y suele haber puro grito y pura pelea.

-Es la vida del minero. Ganar y chupar, ganar y chupar, hasta morir.

Los mineros tienen que convidar cuando ganan un buen dinero. Lo han ganado gracias a la ayuda mágica del Tío y lo tienen que compartir de algún modo con los compañeros, tienen que pagar rondas, tiene que montar buenas juergas, porque si las riquezas del Tío no circulan, él se enfada y manda desgracias. Se acaba la veta, el minero enferma o se le muere alguien.

Adalberto cuenta que un primo suyo ganó mucho en la mina, compró tres buses y montó una empresita de transportes. Uno de los buses se despeñó y murió un pasajero. Le dijeron que eso era un castigo, porque él se guardó toda la plata para su negocio, en lugar de celebrarlo a lo grande con sus compañeros. Adalberto estira una media sonrisa.

-¡Puros cuentos!

Señala la torre agrietada, las cunetas llenas de basura, las farolas rotas.

-El dinero que da el Cerro Rico se gasta en la farra, en los autos y en nada más. Esta ciudad va a terminar convertida en puro campamento. Los mineros no aportan nada a la comunidad. Lo explotan todo y no dejan nada. Nosotros de la minería solo recibimos el castigo. Tenemos la violencia, la contaminación, tenemos los ingenios en mitad del barrio, entre nuestras mismitas casas. Cuando procesan el mineral, sueltan mucho polvo. Es como una niebla venenosa.

Los vecinos protestan, exigen que se cumplan las leyes ambientales, pero nadie hace caso.

-En Potosí no hay otra ley que la de los mineros –dice Adalberto-. Llevamos cinco siglos con la mina y en cinco siglos no se ha hecho nada para crear otras fuentes de trabajo. No tenemos ni una fabriquita en todo el departamento. La de cerveza, la de cemento y la de los fideos nomás. Dentro de veinte años se van a acabar las minas, se nos va a caer encima el Cerro y acá solo va a quedar pura ruina.

*

Cuando vuelves a los lugares, cuando pasas más tiempo con las personas sobre las que escribiste, descubres una realidad más compleja. Quizá el primer día no, ni el segundo, ni el tercero, pero ya el cuarto día, doña Rosa, la madre de Alicia, te explica que su deformidad en el labio se debe a una paliza que le dio su difunto marido Nicolás, a quien tanto lloran porque murió joven y las dejó solitas. Luego se sube la manga derecha del chaquetón y te enseña una cicatriz blancuzca de unos cinco centímetros.

-Esto fue de un mordisco. Grave se enfadaba. En la mina ganaba 400 pesos por semana y a mí 150 me daba nomás para comprar la comida, para la ropita de los niños, para los gastos. A veces no me alcanzaba la plata. Si se lo decía, se enojaba y me puñeteaba. A mi hijo mayor me lo maltrataba hasta la sangre. Por golpizas así yo he perdido dos hijitos. Mi marido me golpeaba cuando estaba embarazada de seis meses, nuestro segundo niño iba a ser, me dio patadas, puñetes, y la eché muerta la criatura.

Cuando vuelves a los lugares, cuando acompañas más tiempo a las personas, cuando mereces su confianza, emergen las historias de las que nunca se suele hablar: las que necesitan ser contadas con más urgencia. Para el primer viaje yo me había zampado todos los libros, reportajes y documentales que pillé: allí estaba contada la historia de la minería boliviana y su declive, el empeño de los mineros tan heroicos, sus luchas por la democracia y por los derechos de los trabajadores. Los periódicos publicaban a diario las noticias de los accidentes en la mina, las reclamaciones de los mineros, las injusticias que sufren, sus conflictos. Esa parte se contaba. Pero no encontré noticias de la violencia brutal y cotidiana, nada de las violaciones, nada de las palizas, nada de lo que me contaron las mujeres y me confirmaron las trabajadoras sociales, los vecinos y los médicos.

Cuando vuelves a las historias, cuando les dedicas más tiempo, descubres que siempre son más complejas. Que una víctima también puede ser verdugo. Que el minero machacado, el penúltimo del escalón, vuelve a casa y machaca a quienes están en el último escalón: su mujer y sus críos.

Y que el Tío no es un mero rito pintoresco: es el guardián de un coto masculino, es una amenaza para las mujeres.

*

Cuando camina por el Cerro Rico, Alicia suele llevar una piedra en el bolsillo.

-Los mineros toman demasiado. Yo voy mirando, si los veo borrachos me voy por otra parte. La piedra siempre tengo que llevar, porque algunos son bien atrevidos y te molestan.

Qué quiere decir que molestan, le pregunto. Me cuenta que dos amigas suyas de 14 y 15 años fueron violadas y quedaron embarazadas. Un poco más arriba me señala un barranco, al costado del grupo de casetas en el que vive su tía doña Lorena, también viuda, también guarda.

-Allá abajo otra chica enterró a dos wawas [dos bebés]. Es amiga mía.

-¿Qué pasó?

-La violaron dos veces los mineros. La primera vez abortó. La segunda vez, la wawa nació pero ella la ahogó. Mi mamá y mi tía le ayudaron a enterrar a las dos wawitas allá abajo.

*

Recorro otra vez las galerías con cuatro mineros. Uno de ellos es Dominguito, a quien llaman ministro del Interior, porque lleva treinta años trabajando dentro de la montaña. En la gruta en la que suelen tumbarse a mascar coca y descansar un poco, veo dos figuras talladas a cuchillo en un tramo de roca lisa: dos cuerpos muy burdos de mujeres desnudas, con tetas grandes y coños grandes.

-¿Y eso? ¿Quién es el artista?

Todos se ríen, Dominguito explica.

-Es para calentar al Tío. Para que se caliente, para que preñe a la Pachamama y nos dé el mineral.

Dominguito me pasa una botella de plástico de medio litro. Es alcohol potable de 96 grados:

-El quemapecho -me dice-. Dele, dele.

Hago el gesto de beber y solo me mojo los labios. Se ríe.

-Tenemos que tomar un poco, para ser bravos como el Tío. A él le derramamos un poco y luego nosotros lo nuestro tomamos.

“De la misma manera que para los católicos el vino es la sangre de Cristo, para los mineros el alcohol puro es la orina del Tío”, escribe la antropóloga Pascale Absi en su obra Los ministros del diablo.

Recuerdo el alcohol que Villca vertía por la boca de la escultura del Tío y que le brotaba por el pene.

Cuando están bebidos, dice Absi, los mineros se transforman. “Son mitad hombres, mitad diablos: ya no son gente. Esta concepción de la ebriedad anula las responsabilidades individuales. Sometidos a la voluntad del Tío, los mineros ebrios no son considerados completamente responsables de sus actos”. El Tío se presenta con su gran pene y un deseo sexual desatado. La Pachamama es la montaña, una mujer a la que los mineros deben ir levantando sus siete polleras –sus siete faldas- una a una, a la que deben penetrar con las perforadoras para obtener el tesoro escondido.

Dentro de la mina, escribe Absi, los mineros pueden transformarse en un alter ego diabólico y poseer a las mujeres. No son ellos, alegan. Es el Tío, que guía sus espíritus.

*

Una mujer camina con una criatura con la ciudad de Potosí al fondo. / Foto: Ander Izagirre.

Una mujer camina con una criatura con la ciudad de Potosí al fondo. / Foto: Ander Izagirre.

Doña Rosalía Aguilar es guarda en una bocamina del Cerro Rico, viuda de minero y madre de siete hijos.

-Allá en Pailaviri había una chica joven que algunos días entraba a la mina para carronear. Unos veinte años tenía. Una vez se sentó a descansar dentro del socavón y se quedó dormidita. Soñó feo. Soñó que un hombre la abusaba, se despertó gritando, pero no había nadie con ella. Pasó un tiempo y vio que estaba embarazada. Nació la criatura y no era normal, tenía orejas largas, con punta hacia arriba, miedo daba. La wawa murió pronto. Dicen que era una criaturita del Tío. Que el Tío aprovecha y se toma a las mujeres, si entran a la mina.

*

Las mujeres no deben entrar a la mina, dicen, porque el trabajo es muy duro, porque pueden sufrir accidentes y porque hay que protegerlas de las violaciones.

No deben entrar: es por su bien.

Absi explica que las mujeres representaron una parte considerable de la mano de obra minera en la época colonial y también en las empresas privadas del siglo XX. Menciona estadísticas de 1917, en las que las mujeres constituían el 12% de los trabajadores de las minas de Potosí, y de 1950, cuando eran el 10%. Tras la revolución boliviana de 1952, que nacionalizó las minas, la empresa pública Comibol prohibió el acceso a las mujeres. Siguieron trabajando en el exterior, como guardas de las bocaminas y como palliris -picando piedras para extraer los últimos gramos del mineral-. Ahora, con las pequeñas concesiones privadas, en teoría una viuda puede heredar el yacimiento de su marido y explotarlo, pero la presión social es demasiado fuerte y parece imposible encontrar a alguna mujer que lo haga. Absi cuenta el caso de dos viudas, doña Julia y doña Isabel, que se ponían pantalones y trabajaban juntas en un paraje. Los demás mineros las marginaban y estaban convencidos de que debían de ser lesbianas, de que doña Julia debía de ser “medio hombre”, porque era la que manejaba la perforadora, y con esa ambigüedad salvaban el mito de que la perforación minera está reservada a los hombres.

Salvo contadísimas excepciones, las viudas renuncian a los parajes de sus difuntos maridos y aceptan los empleos que les ofrecen las cooperativas en el exterior de la mina: son guardas y palliris.

Las guardas y las palliris ganan entre seis y diez veces menos que los hombres mineros que trabajan en el interior.

Las mujeres no deben entrar a la mina, dicen los hombres.

Es duro, es peligroso y pueden ser violadas.

Es por su bien, dicen.

*

Alicia seguirá trabajando en la mina. A los 17 años se inscribió en el servicio premilitar y pasó los fines de semana haciendo la instrucción en el cuartel, buscando quizá un empleo en el Ejército.

-No sé si quiero. Pero bueno: antes las mujeres no podían.

Seguirá estudiando por las mañanas, después de trabajar por las noches, para terminar el bachillerato y matricularse, ojalá, en Enfermería. A las profesoras y a las trabajadoras de las oenegés les dice que ya no entra a la mina, pero entra y seguirá entrando; por supuesto que entra y seguirá entrando: arreglada aquella deuda de su madre, ahora le pagan cuarenta pesos por cada noche empujando carros. Es una de las pocas personas del Cerro Rico que aún puede imaginarse una vida distinta y que se empeña en conseguirla, y nadie le puede discutir sus prioridades. Reclamará, me dice, que le paguen lo mismo que a los mineros que hacen el mismo trabajo.

Dejo a Alicia en la cancha, junto a los raíles que se dirigen a la boca oscura de la montaña. Esta noche entrará a la mina. Y eso -quién va a discutírselo- es por su bien.


*Ander Izagirre es es autor del libro Potosí (Libros del K.O.), con el que ganó el Premio Euskadi de Literatura 2017.

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Ander Izagirre

Periodista con botas. Kazetari alderraia. Autor de 'Plomo en los bolsillos', 'Potosí', 'Cansasuelos', 'Txernobil txiki bat etxe bakoitzean'.

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