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Unieron sus agujas por el voto Portada, Reportaje, Voces

Las sufragistas británicas de la WSPU convirtieron la labor textil en un instrumento innovador con el que hacer la revuelta.

Ilustración de Carla Berrocal.

Ilustración de Carla Berrocal.

Annie Kenney estuvo en la cárcel. Se negó a comer, como hicieron las demás. La sujetaron de brazos y piernas, le abrieron la boca y le embutieron el caldo hasta la tráquea. Las sufragistas de clase trabajadora recibían un trato inhumano. Kenney lo sabía. Antes de militar en el centro neurálgico de la Unión Política y Social de Mujeres (WSPU), con sede en Manchester, había participado en reuniones del Partido Laborista Independiente, una organización socialista regentada por candidatos de clase obrera. La ideología política de Kenney estaba cebada por quince años de labor en una fábrica de algodón de Yorkshire. Entró a trabajar en 1905, cuando tenía apenas diez años; a los trece hacía una jornada de doce horas. En cuanto escuchó hablar a una de las líderes de la WSPU, Christabel Pankhurst, tomó una decisión: lucharía por el derecho de las mujeres al voto.

El 24 de mayo de 1913 la cabecera británica The Daily Herald ilustraba en portada al responsable de política interior en Inglaterra, Reginald McKenna, tapando los ojos a una sufragista atada a una silla de pies y manos y con un embudo en la boca. La caricatura se sumaba a las protestas que tuvieron lugar tras la aprobación de una ley popularmente llamada Gato y Ratón, que permitía a la policía volver a arrestar a las presas liberadas durante su huelga de hambre, una vez se hubieran recuperado de su estado de debilidad física.

Lillias Mitchell fue una de las afectadas. Del mismo modo que Kenney, se declaró en huelga de hambre para protestar contra el trato que recibían las sufragistas en prisión. Las consideraban delincuentes comunes en vez de presas políticas. Pero Mitchell, a diferencia de Kenney, pertenecía a una familia adinerada. Había estudiado arte y estaba especializada en técnicas de tejido. El Primero de Mayo de 1912 salió a la calle junto con otras militantes de la WSPU, armada con martillos y piedras. Juntas, marcharon por las calles rompiendo escaparates y destruyendo la propiedad privada que para ellas era el símbolo material de la clase dirigente, la que hacía oídos sordos a sus demandas. Ese acto de rebeldía le valió cuatro meses en la cárcel de Holloway, Londres. Su nombre aparece bordado con hilo de color gris junto con otras sesenta y ocho firmas —dos de ellas en forma de siglas— de otras sufragistas en un pañuelo que hoy puede visitarse en The Priest House, una casa tradicional inglesa situada en un pueblo al oeste del condado de Sussex. Dicho objeto es hoy el legado de una protesta silenciosa, la manufactura de un material de resistencia política, la creación de un documento textil que testimonia la experiencia de reclusión de las presas. Habría consecuencias políticas por todo aquel sufrimiento.

Los retazos de la disidencia

Las niñas aprendían a coser. En las escuelas británicas de principios del siglo XX se instruía a las jóvenes en labores textiles. Clases de costura, técnicas de hilado y manufactura del encaje; el trabajo con la aguja preparaba a las escolares para la domesticidad, mientras los varones aprendían carpintería. Si la niña era de clase trabajadora, se le enseñaba a zurcir, remendar y a elaborar piezas para del quehacer doméstico; si era de clase media, aprendía las facetas más artísticas de la costura. Criadas entre hilos y jirones, había algo que las sufragistas —obreras o de clase media— educadas para la domesticidad sabían hacer con total seguridad: coser, zurcir, tejer, hilvanar, puntear y remendar. Y, con toda probabilidad, la mayoría conocía el arte del bordado.

Criadas entre hilos y jirones, había algo que las sufragistas sabían hacer con total seguridad: coser, zurcir, tejer, hilvanar, puntear y remendar. Clic para tuitear

Las militantes de la WSPU se distinguieron por su excelente habilidad para la propaganda y el espectáculo. Casi un siglo antes de la conceptualización del branding corporativo, las sufragistas se propusieron construir una identidad de marca sólida, coherente y atractiva. Había mucho en juego. Debían ofrecer una imagen femenina para contrarrestar los discursos contra el sufragio que representaban a las defensoras del voto universal como mujeres amargadas que descuidaban a su familia y los quehaceres del hogar. Una caracterización burda del movimiento podría haber impedido que otras mujeres se adhirieran a la causa e incluso la rechazaran. Así que desempolvaron sus costureros. Harían falta más que un par de carteles para crear tanto alboroto; había que construir todo un aparataje publicitario para alcanzar igualdad de condiciones con el resto de agentes políticos.

Aplicaron los conocimientos que todas poseían. Confeccionaron instrumentos de propaganda con sus propias manos: pancartas, bandas, estandartes, insignias y pañuelos. Bordaron en ellos las iniciales de la Unión y los colores corporativos del movimiento: púrpura para expresar su lealtad al rey, blanco como símbolo de dignidad y verde, el color de la esperanza. El lema “Hechos, no palabras” iba cosido en sus objetos predilectos. Según afirma la historiadora británica Rozsika Parker en su libro The Subversive Stich: Embroidery and the Making of the Feminine (1984), el bordado en los parasoles con los que desfilaban las sufragistas fue parte de una estrategia. Aplicar el arte en un objeto considerado como la quintaesencia de la feminidad contrarrestaba la imagen esperpéntica de las sufragistas. La identidad colectiva de la WSPU partía de esa base: la tradición y la experiencia que todas tenían en común, un espacio en el que todas, superando sus diferencias, hablaban la misma lengua.

Las militantes de la WSPU pasaron innumerables horas de conversación esperanzada y de desahogo entre tejidos, a la luz de una vela. Había actrices, artistas, dependientas de tienda, trabajadoras de fábricas, amas de casa: cada agrupación desfilaba en las marchas con su propia pancarta. Las consignas “alianza y desafío”, “atrévete a ser libre”, “aprende y vive”, “reclama con coraje”, “coherencia”, “éxito” o “rectitud” iban cosidas en los estandartes que encabezaban las protestas.

Las sufragistas reescribieron la imagen pública femenina, que combinó la estética y la solidaridad con la acción, el desacato y la rebeldía. Clic para tuitear

Lillias Mitchell tuvo la osadía de reemplazar las banderas de un distinguido club de golf por otras con los colores oficiales de la WSPU. Tal performance se sumó a la reescritura de la imagen pública femenina que combinó la estética y la solidaridad con la acción, el desacato y la rebeldía. Debían lograr que la feminidad se convirtiera en sinónimo de fuerza. Por eso, toda la iconografía sufragista representa a las mujeres desde el plano angelical y heroico. El dibujo de una pancarta del distrito londinense de Hammersmith puede leerse como una representación equitativa de la masculinidad y la feminidad por la elección y disposición de sus figuras: tres flores de iris —la flor de la feminidad que se usaba a menudo en el arte del bordado— aparecen en cada costado; el centro de la pancarta estaba adornado con tres herraduras y tres martillos, símbolos ligados a la masculinidad y a la acción, además de ser los objetos que algunas sufragistas del WSPU usaron para romper las cristaleras de algunos escaparates.

A ese trabajo se añade una intención artística que aflora, en particular, en el uso del dibujo que las militantes aplicaron en sus bordados. Emplearon el estilo crewel para elaborar la mayor parte del material, justamente el que se enseñaba en la que para entonces era una de las más prestigiosas escuelas de costura en el Reino Unido, la Royal School of Art Needlework. Mary Lowndes, una artista británica especializada en creación de carteles, participó activamente en el diseño de muchas de las pancartas que usaron las sufragistas. El trabajo de Lowndes ha trascendido por su valor artístico hasta nuestros días. Actualmente, los diseños de las pancartas y estandartes que creó para el movimiento pueden consultarse entre los documentos sobre sufragio femenino que la UNESCO reconoció en su Registro de la Memoria del Mundo sobre Reino Unido en 2011.

Puede que el trabajo de las sufragistas inspirara a otras creadoras futuras. Seis décadas antes de que la artista Judy Chicago bordara los nombres de sus diosas feministas en la famosa instalación The Dinner Party, las militantes de la WSPU adornaron sus pancartas con los nombres de mujeres singulares de la historia: la científica Marie Curie, la reina y guerrera Boadicea o la escritora Emily Brontë fueron sus fuentes de inspiración, personas que por alguna razón encajaban con esa representación moderna de la feminidad. Quizá las mismas mujeres que confeccionaron ese universo de referencias sean hoy deidades feministas para otras personas. Quizá la lucha que acometieron y las torturas a las que se vieron sometidas en aras de la libertad estén siendo honradas fuera de las sagradas escrituras de la historia. Algunas sufragistas bordaron en sus bandas los nombres de las compañeras que se hallaban en prisión. Además de un acto de solidaridad, era una declaración de intenciones. Las presas jamás abandonaron la protesta como forma de activismo político. Bordaron un pañuelo con sus nombres. La reclusión alimentó la rebeldía. Les bastó con sus agujas, una herencia de valor incalculable.

 

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Keren Manzano

Escritora. Feminista interseccional. Madre gatuna.

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