“No son palizas físicas, son palizas mentales”

“No son palizas físicas, son palizas mentales”

En mayo varios agentes de policía golpearon a plena luz del día a dos mujeres afrocolombianas en presencia del hijo autista de tres años de una de ellas. Días después, denunciaron los hechos. Tres mujeres negras, activistas antirracistas de València, ciudad en la que sucedió, analizan qué supone para ellas y su entorno y cómo afecta a su salud mental y a sus vidas.

Ilustración: Olha Khorimarko / iStock.

02/07/2025

Lidiane Sagrado da instrucciones a su hijo mayor sobre cómo protegerse desde que tiene diez años. “Pienso mucho en Noah que, ahora, con 16 años, empieza a salir solo, a desenvolverse en el mundo. Siempre le digo: ‘Cuando vayas a cualquier sitio camina cerca de las cámaras, en medio del pasillo, no por donde están los productos. No lleves nunca las manos en los bolsillos, siempre a la vista’”. Es el rito de paso a la adolescencia de muchas madres y padres negros: la charla sobre cómo enfrentarse a esta criminalización sistemática (y sistémica).

Esta profesora de idiomas y activista, nacida hace 45 años en São Paulo, Brasil, explica que recientemente sintió cómo algo dentro de ella se rompía de nuevo. Las imágenes de los agentes de policía golpeando a las dos mujeres de una familia afrocolombiana –esposadas e indefensas– en el centro de València, a tan solo unos kilómetros de su propia casa, le devolvieron a una realidad que se había esforzado durante años en dejar atrás.

Varios agentes tiraron al suelo a una mujer que ya estaba inmovilizada

En el vídeo, grabado desde una ventana, se puede ver cómo varios agentes tiran al suelo a una de las mujeres, a pesar de que ya estaba inmovilizada: se trata de la madre de Layli Colorado. Esta joven de 26 años ha denunciado ante el juzgado y en diversos medios de comunicación que, al negarse a identificarse ante la policía tras preguntar por qué estaban reteniendo y golpeando a dos hombres –lo que le pareció un caso de perfilamiento racial–, los agentes la esposaron y comenzaron a empujarla. Todo esto ocurrió en presencia de su hijo autista de tres años. Al ver la escena desde el piso de unos amigos que daba a la calle donde sucedían los hechos, varios familiares -según cuentan- corrieron a ayudarla y también fueron objeto de insultos, amenazas y violencia física.

En las últimas semanas la represión policial contra las personas migrantes y racializadas parece haberse intensificado en el Estado español o, al menos, se está visibilizando más, más allá de la violencia dolorosamente normalizada en las fronteras. Entre otros episodios, hemos conocido los brutales asesinatos de Abdoulie Bah, joven gambiano abatido a tiros por la Policía Nacional en el aeropuerto de Gran Canaria, y Abderrahim Akkouh, un migrante marroquí, que murió asfixiado a manos de un policía fuera de servicio en Torrejón de Ardoz. Además, hay que añadir palizas reiteradas a migrantes africanos en el barrio madrileño de Lavapiés, por poner solo algunos de los muchos ejemplos que encontramos estos días recogidos en las noticias.

Vine con mi familia a Europa buscando seguridad y esto me recuerda que, como mujer negra, también me puede pasar aquí”, asegura Lidiane Sagrado. “Las personas racializadas nos hemos tenido que acostumbrar a estas violencias, pero cuando vuelve a suceder regresas al punto de partida. Es como si siempre tuvieras una herida que se vuelve a abrir de nuevo. Intentas cerrarla y se vuelve a abrir una y otra vez. Me hace recordar quién soy: soy una persona negra y eso lo atraviesa todo, en todo el mundo. No son palizas físicas, son palizas mentales”, indica.

Habitar un cuerpo de sospecha

Ella misma tuvo que enfrentarse, hace un año, a las acusaciones de robo en una tienda de ropa. “La vigilante de seguridad –afirma– me acusó de haber cogido algo. Le pedí entonces que llamara a la policía para demostrarlo. En vez de eso avisó a la encargada. Me enfadé tanto que me quité la camiseta y vacié el bolso. Al ver que no tenía nada, me pidió perdón, pero yo le dije que no le perdonaba. Me fui de allí llorando y estuve dos semanas encerrada sin salir de casa, no quería relacionarme con nadie”. Aún se emociona al contarlo.

Vicky Campoamor explica las consecuencias en la salud mental de ese estado de hipervigilancia. Además de psicóloga, es activista, escritora y poeta. Nació en Cuba hace 35 años, creció en Galicia —“me migraron”, puntualiza— y actualmente reside en València donde hace acompañamientos a personas migrantes y racializadas.

Las imágenes de las agresiones por parte de la policía en València le recuerdan, al igual que a Sagrado, que podría haber sido ella o, peor aún, alguna persona querida. “Me produce una gran impotencia, una gran tristeza, un gran enfado. Sobre todo, por saber que es una cuestión sistémica, que no es un caso aislado. Hace unos días hubo otra paliza en Lavapiés. Pasa tantas veces que es agotador lo mucho que te revienta los nervios. Es agotador el tener que asumirlo: no lo asumes desde ‘a mí también me puede ocurrir’, lo asumes como algo que le puede ocurrir a toda mi familia y a todos mis allegados. Ocurre a cualquiera de manera tan arbitraria… solo por el hecho de ser una persona negra”, asegura.

“Las personas negras formamos parte de una geografía sospechosa»

Tiene claro que el racismo deja una huella profunda en la salud mental de las afectadas. “Las personas negras formamos parte de una geografía sospechosa –término acuñado por su tía, la también artista Lira Campoamor– y sucede desde que somos niñas. Esto se transforma en estrés crónico. El estereotipo de angry black woman, de mujer negra enfadada, tiene que ver con el trauma racial, con estar sometida a estrés postraumático por todo el racismo vivido”, denuncia.

Recuerda que una de sus primeras experiencias en este sentido la vivió siendo menor. Esperaba en el coche junto a su hermano a que su madre saliera de una reunión escolar y la policía les pidió los papeles. Tenía 15 años. “Otras veces nos pedían la documentación en el parque de mi cole. Así es como la policía, desde que eres pequeña, te anuncia como cuerpo de sospecha”, añade.

Sus temores son también como mujer neurodivergente atravesada por problemas de salud mental. Actualmente está recuperándose de una crisis psiquiátrica y tiene muy presente a Henry Casimiro. “Era un chico afrocubano, de mi edad, que vivía en A Coruña y al que le dio un brote psicótico en la Navidad de 2023. En este momento de máxima vulnerabilidad la policía le asesinó. Yo acabo de pasar por lo mismo, un brote psicótico, y me siento muy identificada. Pienso todo el tiempo en la suerte que tuve al contar con una red de apoyo que me pudo contener porque podía haber salido de casa y haber causado un desorden público y sé que eso, siendo una persona negra, puede acabar en muerte”, lamenta.

Hacia una atención de la salud mental libre de racismo

Como profesional de la psicología, Campoamor rechaza los enfoques que no contemplan la salud mental desde los condicionantes estructurales, en este caso el racismo. “La ciencia es racista y colonial, desde esa colonialidad del saber. ¿Qué significa esto? Que la única forma válida de conocer el mundo es la blanca europea. Todo lo demás es magia, brujería, poco aceptable, tonterías de esas otras identidades culturales. Entonces, por ejemplo, se habla del síndrome de Ulises, o duelo migratorio extremo, que patologiza un proceso que no es patológico. Yo no niego el sufrimiento, el echar de menos tu tierra, todo ese proceso. Pero no es igual con base en tus privilegios: no es lo mismo migrar desde el norte global que desde el sur global. No es lo mismo migrar siendo blanco que siendo negro. El síndrome de Ulises, con su base cientificista, racista y colonial, niega que el problema sea social”.

«Hablar de regresión es racismo»

Este enfoque, desde una perspectiva supuestamente psicoanalítica, plantea que las personas migrantes atraviesan una “regresión” hacia etapas menos conscientes, similares a la infancia, caracterizadas por una mayor dependencia emocional. Para la psicóloga, esta idea es profundamente problemática. “Hablar de regresión es racismo, es antinegritud. Es asumir que la persona migrante está en una posición de sumisión total frente al sistema”, reivindica.

Considera que una verdadera atención a la salud mental solo puede dejar atrás esa mirada colonial a través de la formación y actualización de las propias profesionales. “Creo que es muy importante, como terapeuta, cuando haces acompañamientos, entender que hay muchas cosas que no vas a saber pero que puedes conocer. Hay muchísimo material antirracista disponible para cualquiera que quiera comenzar a hacerlo”, asegura.

Impunidad global que se extiende

A Esther Mamadou, abogada defensora de derechos humanos, especializada en extranjería y protección internacional, vecina de València desde hace tres décadas, las imágenes de la policía maltratando a las mujeres le dejaron en shock. A pesar de su larga trayectoria como activista identificando y analizando la violencia policial racista en diferentes contextos, no podía creérselo.

“Que suceda en una ciudad tan pequeña, en una calle tan céntrica como es la calle San Vicente, a la vista de todos, significa que se extiende. Esto es preocupante para València, porque no era tan común, hasta ahora. Sabemos que pasa en España, pasa en Madrid, pasa en Lavapiés, ¿pero en plena calle San Vicente, en una ciudad de un millón de habitantes, donde la mayor violencia policial se dará seguramente en Zapadores –complejo policial donde se encuentra el Centro de Internamiento para Extranjeros (CIE) de la ciudad–, que se vea a un policía pegando a mujeres que ya están en el suelo…? Tengo la sensación de que la policía está copiando. Si está permitido en Inglaterra, en Estados Unidos, en Colombia, pues en València también. Eso es lo que me preocupa: va a más y se normaliza”, afirma.

«Parece que la policía se está soltando y no hay consecuencias»

“Parece –continúa– que la policía se está ‘soltando’ y como no hay consecuencias, esto hace que se permitan comportamientos que ya se permiten en otros lugares. Por ejemplo, lo sucedido en Canarias: hasta ahora no estábamos acostumbradas a que la policía dispare así a una persona desarmada. Al menos en España, porque hay más control de armas. En frontera sí porque se ha normalizado que, como son migrantes, no tienen las redes que, por ejemplo, tiene esta familia colombiana y pueden ser deportados. Digamos que están más abajo en la escala social de valor como cuerpo, en la deshumanización del racismo”.

Mamadou, que participa en el Foro permanente de Naciones Unidas para personas afrodescendientes, sabe bien de lo que habla y no solo como profesional especializada, también como mujer negra. En 2019 ella misma fue víctima colateral de un perfilamiento racial en el que intentó proteger a un chico senegalés al que estaban agrediendo. “Éramos un grupo justamente que salíamos de una formación sobre derechos humanos y violencia policial, entonces, volviendo a la sesión de la tarde, presenciamos una agresión. Éramos abogados, activistas, gente que trabajaba en temas de derechos humanos y antirracismo. De ellas, tres éramos personas racializadas, las que cuando vimos que estaban pegando la paliza a este chico, nos paramos y decimos, ‘¿qué estáis haciendo?’ Y entonces nos aplicaron la ley mordaza, y nos acusaron de obstruir una actuación policial. En el momento, recibimos todo tipo de insultos racistas, negra de mierda, puta, abogada de mierda. Cogían los DNI y decían “pero si no sois españoles, tú has nacido en Francia, no eres ni española”. Era una vulgaridad detrás de otra, una agresividad, una chulería, una cosa muy desagradable, horrible. Al final nos multaron y no acabamos detenidos de milagro, pero, por lo menos, pudimos parar la paliza. Al preguntar, acercándonos con los móviles, pusimos el foco sobre nosotros”, relata.

«Ahora también se lo hacen a mujeres con bebés»

A pesar de haber vivido esta situación y haber sido testigo de otras tantas, cree que la paliza a las mujeres en València supone un punto de inflexión. “Lo que ha sucedido –asegura– hace que crezca el miedo y hace que la población negra o decida resistir o simplemente agache la cabeza por miedo. Después de haber visto que son capaces de pegar a unas mujeres en la calle que están en el suelo y pensar que solo les pasa a los hombres y que solo pasa en frontera, pues dices ahora también se lo hacen a mujeres con bebés. Yo, por ejemplo, tengo una actitud muy fuerte cuando me para la policía, en el sentido de que conozco mis derechos, sé que tengo mi DNI y que no me van a deportar. Nunca había pensado que pudiera llegar a recibir una paliza como recibieron estas mujeres. Entonces mi actitud es muy dura, muy entera, desafiante en el sentido de que estoy desafiando a una irregularidad por parte de la policía. Esto que ha pasado deja un mensaje también. No sé si voy a ser tan desafiante, ahora pensaré que debería ser un poco más fría y no implicarme tanto por las consecuencias”, añade.

Considera que, para que dejen de producirse agresiones, son necesarias la asunción de responsabilidades y el reconocimiento del racismo estructural. “En España la gente no se cree que la policía sea racista, y se sigue pensando que los abusos son casos aislados o manzanas podridas cuando en realidad, como sabemos, el racismo es un sistema. No se trata de culpar individualmente o criminalizar a nadie, pero la responsabilidad también recae en las instituciones: no se puede aceptar que tiren a una mujer al suelo y que no haya consecuencias. Como ciudadanía, racializada o no, debemos cuestionar qué tipo de administración estamos financiando con nuestros impuestos y exigir un sistema que proteja, no que violente. Debemos preguntarnos, ¿estamos pagando para que agredan a gente en las fronteras? ¿Qué me aporta a mí que martiricen a estas personas?”, denuncia.

Casa, comunidad, sanación y resistencia

Ante la violencia constante, las tres activistas reivindican mecanismos propios de supervivencia y protección. “A mí me funciona volver a casa, a mi lugar seguro con mi familia, para volver a mí. Tenemos que cuidar de nuestro dolor, si tengo que llorar voy a hacerlo y tenemos también que enseñar a nuestros hijos a hacerlo”, explica Lidiane Sagrado. “Esto creo que en comunidad es más fácil –indica– pero no podemos quedarnos solo en nuestro propio grupo de iguales y debemos ir más allá y buscar la unidad. Tenemos también que construir propuestas: informarnos, leer, estudiar. Es importante la alfabetización racial en el sentido de entender cómo funciona el racismo y cómo defendernos”.

Esther Mamadou describe la sensación única de olvidarse del racismo y dejar el sentimiento de alerta constante al estar entre iguales: “Las personas negras salimos con una coraza a la calle por eso cuando volvemos a África nos sentimos súper a gusto. Cuando hablo con mis amigos todos pasamos por lo mismo: te relajas y te quitas toda esa presión. Puedes dejar esa fortaleza que debes tener todo el tiempo. Es esa sensación de dejar de ser negro y volver a ser un africano más”.

«En las reuniones entre hermanas, tías y primas nos contamos las penas»

Describe también el alivio que supone compartir tiempo y vivencias con otras mujeres negras. “En las reuniones entre hermanas, tías y primas nos contamos las penas, nos damos consejos y nos apoyamos. Es una red de apoyo necesaria para la salud mental. Igual no tenemos las herramientas de una persona profesional, pero cuando estás con otra hermana negra cocinando comida o te está haciendo el pelo, estás contando tus cosas y ella cuenta las suyas, te quitas un peso. Hay un alivio en ver cómo se enfrenta ella a las cosas para aprender unas de otras”, reflexiona.

Campoamor coincide en identificar los espacios comunitarios como alimento –de cuerpo y espíritu– y autocuidado. “Un ejemplo de esto es un cenador en el espacio vegano La Mandrágora en el que participamos habitualmente desde Uhuru, Colectivo de gente negra, afrodescendiente y africana en València, y compañeras de otros espacios como Mujeres, Voces y Resistencias y Casa Massapé. Se trata de cocinar todas juntas para recaudar fondos como caja de resistencia para la regularización de personas migrantes. Muchas de las que se implican trabajan en hostelería y tienen que soportar toda una serie de violencias, así que intentamos redefinirlo. Cocinamos todas juntas, pero con música, de bailoteo… Conectar y tejer redes entre nosotras es bellísimo”, indica.

«No elegí vivir en un mundo donde mi identidad es vista como algo a abatir»

También nombra el arte como catarsis personal y colectiva: “Como escritora y poeta, significa vomitar, sacar, llorar hacia afuera todas esas violencias, ya sean a nivel sistémico o más micro, pero que cruzan por mi cuerpo: por ser mujer, negra, neurodivergente, bisexual. No elegí vivir en un mundo donde mi identidad es vista como algo a abatir, a romper, algo fuera de la norma. Para mí, el arte y toda expresión artística, como el artivismo, van de eso: de reconectarme con mi dolor, de soltarlo y dejarlo ir”.

Frente a la violencia racista Vicky Campoamor exige el derecho radical al disfrute. “Una vez que tomas conciencia y entiendes el afropesimismo –enfoque político que sostiene que las personas afrodescendientes viven en un estado de violencia permanente–, también piensas: solo tengo una vida, y si este mundo es así, aun así, quiero vivir, disfrutar, experimentar el gozo. No quiero quedarme atrapada todo el tiempo en la miseria que implica existir como persona negra. Reclamo mi humanidad, mis redes, vivir en el goce todo lo que se pueda, porque solo hay una vida. Hay que salir, disfrutar, contemplar las jacarandas y ver la playa”, concluye.

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