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Moldeando ciencia con las manos: Blanka Gómez de Segura, maestra alfarera Alborotadoras de saberes, Voces

Las ceramistas han contribuido al sostenimiento de la vida desde su hacer cotidiano, con la elaboración de diversas piezas de arcilla cocidas a fuego, que han supuesto una innovación fundamental, tanto en el desarrollo de la tecnología de las sociedades como en los conocimientos de química, mecánica o geología.

Vane Calero Blanco

Una mujer explica cosas mientras moldea cerámica con las manos.

Blanka Gómez, trabajando con el torno. /Foto: Vane Calero

 

En el antiguo camino de Bilbao a Vitoria-Gasteiz, entre los parques naturales de Urkiola y Gorbea, encontramos el barrio de Ollerías (en Elosu, Álava), uno de los lugares de la geografía vasca con más tradición alfarera, como muestra la etimología de su nombre: Ollerías – ollería – olla (del latín Ollarius). Así, no es de extrañar que allí se sitúe el Museo de Alfarería Vasca.

A este lugar fuimos a pasar el día un grupo de Wikiemakumeok, con el objetivo de formarnos para dar visibilidad a la cerámica en la Wikipedia, ese espacio tan hostil para las editoras como influyente para el público en general.
Blanka Gómez de Segura fue nuestra anfitriona, maestra alfarera con una trayectoria profesional de más de 40 años enfocada a la cerámica, que me dejó maravillada. En 1986, sabiendo de la existencia de José Ortiz de Zárate Garmendia, último alfarero de la zona, se trasladó al mencionado barrio y trabajó con él entre 1987 y 1993, años que determinaron su dedicación al oficio. Así, cuando José falleció en 2008, Blanka continuó la tradición alfarera en Ollerías, donde sigue hoy. En este lugar ha hecho una labor fundamental de recuperar, conservar y difundir el conocimiento milenario que hay detrás de la cerámica y es aquí donde, en 1993, puso en marcha el Museo de Alfarería Vasca.

La cerámica, un saber fundamental para la vida con mucha ciencia

En aquella visita, pudimos ver la enorme habilidad de Blanka para conversar al tiempo que elaboraba diferentes piezas de cerámica. En el rato que pasamos charlando hizo un par de katilus (así se llama a las tazas, en euskera), un plato y una jarra. Al tiempo que elaboraba en su torno las piezas mencionadas, nos explicó parte del proceso para quitar la porosidad de la cerámica, y así impermeabilizar las piezas. Por esta zona (pues en otras partes del mundo seguramente se comenzó antes), fue en el siglo XIII cuando comenzaron a usar la técnica del vidriado para impermeabilizar el material, utilizando para ello la arena de sílice. A partir del siglo XV el vidriado fue blanco, conseguido gracias a la arena y un fundente de plomo al que añadían estaño para obtener ese esmaltado tan característico de las piezas alavesas. Esta técnica es muy empleada principalmente en los utensilios relacionados con la cocina y en la vajilla de mesa, ya que el color blanco, además de aportar esa condición de impermeabilidad mencionada, también daba una mayor sensación de higiene. Otro de los temas de conversación durante nuestra visita fue la porcelana, técnica cuya elaboración contiene tal ciencia alquímica que merece un artículo aparte.

Después de pasar un buen rato en el taller, continuamos con nuestra visita. Antes de dar una vuelta por el museo de la mano de Aitziber, quien lleva ya cuatro años colaborando con Blanka, ésta nos enseñó el sencillo instrumental con que se trabaja la alfarería: hilos como los de coser para separar la pieza de la masa de arcilla, pita de pescar, escalpelos para cortar la masa en porciones, medio katilu (para romar o alisar la parte interior) y, por supuesto, lo más importante, las manos de la artesana. Instrumentos básicos con los que nos trajo la reflexión sobre la necesidad de tener cerca no sólo las materias primas, sino también el propio instrumental y, desde ahí, crear. Crear variaciones en las materias primas, “como en la cocina” nos decía, al mezclar las distintas arcillas del pantano, o construir con diversos elementos cotidianos el instrumental de trabajo.

Dos jarras de cerámicas, una es blanca y otra blanca y roja

Jarras alavesas. / Foto: Wikipedia

En el museo pudimos ver piezas de diversos tipos: vajillas de uso diario sin ornamentación compuestas por tazones y katilus, platos o botes ; vajillas decoradas, ligadas al culto religioso; utensilios para la txerriboda (palabra en euskera que recoge todo el proceso de la matanza del cerdo) y posterior conservación de alimentos, como barreños o mantequeras; piezas para traer el agua, como la pegarra, o jarras y jarros. En otra sección vimos piezas para la construcción como tejas o ladrillos y otros utensilios varios como palanganas, moldes para hacer queso, ordeñadoras, etc. Esto es, piezas para alimentarse, beber, construir viviendas…, todas ellas actividades fundamentales para el mantenimiento, para la sostenibilidad, de la vida.

¿Alfareros o alfareras?

O bien, ¿memoria a corto o a largo plazo? En la actualidad, se tiene la idea de que el oficio de alfarería es propio de hombres, pero, como nos señaló Blanka, eso es sólo así si hacemos memoria a corto plazo. Desde la prehistoria, la alfarería, al igual que la cestería o el arte de tejer, ha sido habitualmente parte del trabajo de las mujeres, quienes con la elaboración de piezas para transportar el agua y el alimento o para cocinar han cubierto las necesidades básicas de sus familias. Sin embargo, cuando este oficio pasó a ser económicamente rentable, desplazándose así de la esfera reproductiva a la productiva, se empezó a considerar tarea de hombres, quienes se reapropiaron de este modo de un saber colectivo con una memoria oral, no escrita, transmitida de generación en generación. Incluso, tal como nos señalaba Blanka, no sólo se reapropiaron de este saber, sino que han hecho que se vea mal que una mujer se dedique a ello, al considerarlo una actividad poco “femenina”.

Cuando ella comenzó en el taller de José, éste le decía que nunca se había visto una mujer alfarera, que qué iba a hacer ella en ese oficio. En esa memoria a corto plazo, en la que se basaban las palabras de José, es cierto que no encontramos alfareras “de oficio”, pero sí “ayudantas” de alfarería, y es que ellas no podían hacer las funciones principales, pero sí les dejaban hacer otras complementarias. Entre esas tareas complementarias encontramos la pintura, donde es de destacar el caso que conoció Aitziber en el museo de alfarería de Valencia. Allí, las mujeres se dedicaban a pintar las piezas, siendo eso lo que les daba el valor añadido en el mercado, pero no dejaba de ser una labor con poco valor social y, con ello, escaso el reconocimiento al trabajo de esas mujeres.
En Zamora o la isla de La Gomera, sin embargo, sí encontramos (incluso en esa memoria a corto) mujeres alfareras “de oficio”, pues utilizan un tipo de torno lento. Es interesante la reflexión que lleva este tipo de torno, menos “tecnológico” podríamos decir, con esa separación entre mujeres y tecnología que rige en nuestro imaginario colectivo.

Cuestionando la tecnología que nos ha llegado

¿A quién no le suenan las edades de piedra, bronce y hierro? Es la clasificación de los períodos de la prehistoria que hace el historiador danés Christian Jürgensen Thomsen en Europa. Una clasificación que tiene en cuenta tres materiales, la piedra, el bronce y el hierro, que van transformándose con la sociedad (en sus procesos de transformación, utilidades, etc.) y que, según esta clasificación, jerarquizan y modelan lo considerado como tecnología. Si bien es cierto que es una clasificación en desuso, y que ha tenido algunas variaciones (como la edad de piedra que se subclasificó en Paleolítico y Neolítico), sí que nos resuena a la mayoría y fija en el imaginario colectivo qué materiales asociamos a lo considerado tecnología y cuáles no.

Siguiendo esta lógica, podríamos preguntarnos, ¿y la edad de arcilla? La cerámica supuso un cambio innovador en las formas de hacer en las sociedades, destacando las posibilidades que aportaba para el calentamiento de alimentos (por ejemplo, una pared más gruesa hace que el proceso de cocinado se prolongue, haciendo más digerible la comida) o en el almacenaje de agua y alimentos. La metalurgia, por su parte, no produjo tanto cambio en las formas de hacer de las sociedades y, sin embargo, la revolución industrial es una de las etapas clave en las que estructuramos la Historia (sí, esa en mayúsculas que aprendemos como única e incuestionable). En las actividades fundamentales para la vida, el espacio que se le ha dado a la materia prima de la arcilla y a sus propiedades se encuentra, como el resto de saberes ligados al ámbito reproductivo, en los márgenes de esa Historia. Esto nos lleva a la reflexión de cómo estructuramos el conocimiento científico y tecnológico que rige nuestras sociedades.

Si queremos una ciencia que ponga la vida en el centro, es imprescindible cuestionarnos qué ciencia y qué tecnología queremos transmitir, queremos desarrollar Clic para tuitear

En la actualidad, Blanka dedica una parte de su actividad a investigar sobre materiales, esmaltes y decoración antigua; otra a divulgar sus conocimientos a través de talleres, cursos, conferencias o visitas como la que hicimos el pasado mes de junio; y otra a investigar sobre arcillas con propiedades adecuadas a los usos actuales. Con su hacer, le ha dado vida a un saber que estábamos perdiendo en nuestro territorio, revitalizando una parte fundamental de la cultura local y enriqueciendo la propia lengua. Y es que, a la vez que el saber, la terminología asociada a él en una lengua minoritaria como es el euskera, también se estaba perdiendo, por eso, en 2016 Blanka participó en la elaboración del Zeramika hiztegia.

Las mujeres alfareras, ceramistas, han contribuido al sostenimiento de la vida desde su hacer cotidiano, con la elaboración de diversas piezas de arcilla cocidas a fuego, que han supuesto una innovación fundamental, tanto en el desarrollo de la tecnología de las sociedades como en los conocimientos de química, mecánica o geología, entre otros. Si queremos una ciencia que ponga la vida en el centro, es imprescindible cuestionarnos qué ciencia y qué tecnología queremos transmitir, queremos desarrollar, para desde ahí resignificar el saber de la alfarería y con él, el trabajo de tantas y tantas mujeres.

* Eskerrik asko a Blanka y Aitziber por ser nuestras anfitrionas ese día y a Mentxu por organizar la visita. Estos encuentros demuestran la necesidad de embarrarnos, y hacerlo juntas, para generar conocimiento compartido.


BIBLIOGRAFÍA
• Conferencia plenaria “Considerando a las mujeres en la (Pre)Historia. Cuestionando los discursos sobre el pasado”, de Margarita Sánchez Romero. XII Congreso Iberoamericano de Ciencia, Tecnología y Género. Julio de 2018, Bilbao
• Conversaciones con Blanka y Aitziber en la visita al Museo de Alfarería Vasca el 22 de junio de 2019.
La maestra alfarera. Página web de Oficios tradicionales. Diputación Foral de Gipuzkoa
• Perfil de Blanka Gómez de Segura en Wikipedia.
Proyecto Past Women. Historia material de las mujeres.
• Sentance, Bryan (2005). Cerámica. Sus técnicas tradicionales en todo el mundo. Editorial Nerea S.A., San Sebastián.
• Vídeo Alfareras en la memoria. Proyecto “Participación de las mujeres en los concejos de Álava”, coordinado por Mentxu Ramilo Araujo.

 


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