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El amor en los tiempos de Instagram Análisis, Cuerpos

La propaganda romántica nos horroriza cuando la protagoniza el populacho en televisión, ¿pero acaso no la alimentamos en nuestras redes sociales?

Ilustración de Señora Milton.

 

Asomarse a programas como Mujeres y Hombres y Viceversa o Casados a primera vista es un termómetro social que nos da una bofetada de realidad sobre el romanticismo, los roles de género, la heterosexualidad normativa y el amor como espectáculo público y forma de estatus social. Son programas de puro entretenimiento gritón para ese público masivo al que tenemos horror las feministas, las politizadas, las disidentes, así, en general. Un horror que tiene mucho de desprecio de clase.

En estos programas, -o en algunas revistas del corazón como “mi” Pronto– se refleja una clase social que escapa a los parámetros clásicos. Los personajes que aparecen hacen ostentación si acaso de un capital económico de origen innoble, derivado del mundo del entretenimiento y de concursos, y de un capital social, la fama, pero no ostentan capital cultural. Que no lo ostenten no quiere decir que no lo tengan. En los años 60 del siglo XX Guy Debord pronosticó (profetizó) el momento que vivimos en su libro La sociedad del espectáculo. En ésta sólo parece existir lo que se muestra, y es a través de esa exhibición que adquiere carácter de realidad. “La realidad es un momento de lo falso”, afirma, que podría traducirse contemporáneamente a “la realidad es un momento en Instagram”. Todo lo que no esté allí, no está pasando de verdad.

Así, cuando hablamos de ostentación nos referimos a qué partes de nuestra verdad mostramos en esas ventanas espectaculares que nos certificarán una imagen de nuestra vida, un espejismo, como verdadera. Los personajes de las revistas del corazón o de programas de entretenimiento se certifican a través de la fama, de una fama conseguida por sí misma, como consecuencia de estar allí y que se retroalimenta, como aquel dicho de que dinero atrae dinero. La fama genera fama. En la burbuja feminista de élite, la ostentación se define en parámetros de capital cultural entendido a menudo como cantidad de términos especializados que usamos por metro cuadrado de conversación. Los chorizos infinitos que nos marcamos en Facebook, llenos de esdrújulas sobre los temas más anodinos, forman parte de esa ostentación. Por el contrario, la clase económica se esconde como una vergüenza y pocas activistas reconocen en voz alta provenir de las clases acomodadas. Todas estas son formas de espectáculo que, lejos de reconocerse entre sí como parte de lo mismo, se repugnan mutuamente.

La moda del feminismo, su popularización, levanta ampollas entre quien considera el feminismo como una identidad, pues se encuentra de repente diluida por saturación. Clic para tuitear

La moda del feminismo, su popularización, levanta ampollas entre quien considera el feminismo como una identidad, pues se encuentra de repente diluida por saturación. Pero para las que consideramos el feminismo como una práctica y una perspectiva, el problema no reside en su popularización, sino en su simplificación en una especie de regreso masivo al feminismo blanco de la primera ola pero sin la dificultad contextual que vivió aquélla. Femen fue un estupendo ejemplo de aquello: género clásico, con la raza, la clase, las capacidades y la orientación sexual ignoradas e invisibilizadas y, por lo tanto, un racismo, clasismo, lesbofobia y capacitismo rampantes. El género champiñón salido de la nada e inscrito en cuerpos neutros más allá del género. El feminismo binario de los hombres y mujeres, con pinceladas de lo trans sin que ello permee realmente el marco del discurso, de los hombres malos frente a un eterno femenino idealizado.

Este remake del feminismo de primera ola 2.0 cae estrepitosamente en las grietas del racismo y del clasismo, pero también cae, y de qué manera, en las grietas de la propaganda del amor romántico, incluso en feministas con un discurso bien elaborado sobre la cuestión, pero que llenan sus redes con fotos románticas con el maromo de turno (o, en ocasiones, la maroma). Tal vez el amor romántico no nos molesta tanto, aunque quede fatal decirlo.

¿Cuánta distancia hay entre Mujeres y Hombres y Viceversa y nuestros Instagrams feministas? Fuera de las formas, no mucha, me temo. También en casos de visibilidad lésbica, como podrían ser las blogueras Devermut o Dulceida, se trata de una visibilidad totalmente heteromórfica y bien acomodada a los patrones al uso. Y romántica, claro.

El problema de esta cuestión no es sólo el disgusto que genera la distancia entre lo que rezan nuestras camisetas y lo que muestran nuestras prácticas. La propaganda del amor romántico sustenta todo un sistema de violencias que no paramos de señalar pero que seguimos alimentando por una máxima heredada precisamente de ese sistema: la idea de que eso a mí no me pasa, porque lo mío es distinto y que, sin embargo, nos horroriza cuando lo publicita el populacho.

Amor romántico y pensamiento monógamo

El pensamiento monógamo no trata de la cantidad de personas con las que mantenemos una relación romántica sino del peso de esa romantización en la jerarquía relacional, de la pareja (de dos, tres, o siete) como cumbre de nuestra vida amorosa y señal de éxito social. La pareja añade puntos a nuestro valor social, nos da chupipuntos, y construye nuestra identidad. Lo de la media naranja de toda la vida. Esa jerarquización e idealización de un tipo de relaciones frente a otras genera una dependencia que instrumentaliza al objeto amoroso y que forma parte -lo sabemos- de la violencia machista y que es el pegamento infernal que nos impide alejarnos de una relación toxificada. Porque cuando la toxicidad se hace visible ya es demasiado tarde.

De la misma manera que, a través del trabajo de teóricas como Gayle Rubin, pudimos abrir el abanico del sistema sexo-género binario -que yo propongo denominar sistema sexo-género monógamo por razones que no me alcanza a desarrollar aquí*- es urgente que abramos el abanico del deseo monógamo para ver dónde se alojan las violencias que vivimos, generamos y publicitamos.

La correlación que propongo se compone de varios pasos: deseo, reciprocidad del deseo, concreción del deseo, identificación, pareja y ruptura. Todos estos pasos están perfectamente tipificados socialmente y todos tienen su mercadotecnia, su mística y sus rituales. Cuando el abanico está cerrado -y, en general, está cerrado en nuestro imaginario-, el deseo conlleva pareja o proyección de pareja. Cuando deseamos a alguien rápidamente empezamos la construcción fantasmagórica de una posibilidad de pareja conjunta. Si el deseo es recíproco, la suerte está echada. Nos sentimos tomadas por lo inevitable, lo irremediable, por el vendaval que nos lleva necesariamente a atender esa reciprocidad, más en tiempos de obsolescencia programada de los afectos, cuando las relaciones duran lo que dura el subidón y donde la acumulación amorosa es una forma de capital también: el capital sexual que contribuye a nuestro capital social.

Esa inevitabilidad necesita de la idealización de la otra persona, de la relación, de la situación y de la historia conjunta. Es el amor romántico de toda la vida que nos precipita a la concreción de ese deseo, a hacer algo con él y a identificarnos en ese conjunto. Pasamos de ser yo a ser nosotras y la otra persona, idealizada, es una generadora de cualidades propias, de valor propio: valemos en tanto que somos deseadas por alguien a quien atribuimos valor. Y aquí, el desastre está servido. La dependencia tóxica del “sin ti no soy nada”.

El salto mágico de la reciprocidad del deseo a la pareja perfecta y congelada en el tiempo es heredero de los cuentos de princesa que acaban en la boda y ya no sabemos nada más, pero se sigue prodigando en nuestras redes sociales donde pocas veces se hacen fotorreportajes de nuestras rupturas, nuestros duelos, nuestros ojos hinchados de haberte pasado la noche llorando, o de nuestros asaltos a la nevera o a la farmacia a por diazepam, pero sí se publicita la pareja y sus rituales en sus momentos de esplendor. Se publicita y se jalea con likes, corazones y toda una excitación social que confirma que, a pesar de todos los discursos y todos los eslóganes, seguimos allí y no tenemos intención alguna de dejar de estar allí. Porque el amor romántico, no nos engañemos, mola mucho durante un rato. Durante la subida. Y mola para las redes. Los chupipuntos.

Tenemos muchas más yonquis del 'amor disney' que del 'speed' en nuestras filas feministas y empoderadas. Clic para tuitear

Yo lo comparo siempre con las drogas recreativas. Sabemos de sus peligros y también de sus virtudes, y sabemos también que la única manera de minimizar peligros para aprovechar las virtudes es la dosis, la mesura. Cuando una droga recreativa toma control de tu vida deja de ser recreativa y pasa a ser otra cosa bastante chunga. De la misma manera, cuando el amor romántico pasa de ser recreativo se convierte en algo bastante chungo y, para nuestra desgracia, tenemos muchas más yonkis del amor disney que del speed entre nuestras filas feministas y empoderadas. A nadie, o a casi nadie, se le ocurre jalear el consumo de drogas recreativas así, sin peros ni cortapisa alguna. Más cuando ves a colegas enganchadas hasta el cuello. Pero con el amor romántico todo son mensajes positivos: qué bien, me alegro por ti, que bien se te ve, haces buena cara, etc. Mensajes positivos cotidianos y un discurso que dice deconstruir mandatos, pero que no llega a calar.

Líneas de fuga

Según feminicidio.net, la mitad de los feminicidios del mundo son llevados a cabo por parejas o exparejas masculinas de las mujeres asesinadas. Por supuesto que la romantización y la dependencia emocional no es la única causa, pero es una de ellas, sin duda. Pero las asesinadas siempre son las otras, eso a mí no me pasa, ni a mí ni a mi entorno. La lección del amor romántico se la damos a esas otra chusma, a esas otras barriobajeras que aparecen en la tele haciendo el panoli mientras la élite feminista construimos discursos innacesibles que no logramos aplicar a nuestra propia vivencia. Está claro que los sistemas nos atraviesan y vamos haciendo lo que podemos, pero tenemos que poner las alarmas sobre la propaganda de manera urgente. Sobre qué tipo de relaciones jaleamos frente a otras mucho más sanas, como la amistad, qué tipo de romantizaciones aplicamos a dónde y qué simbología y mitología reconocemos como válida y como real dentro de lo falso.

Son gestos pequeños que visibilizan un mundo y muestran hasta qué punto se nos come el sistema amoroso. Gestos pequeños como celebrar los san valentines con amigas, y celebrar la amistad como la auténtica red afectiva que nos sustenta e impide que nos matemos cuando caemos en picado. Cambiar el orden de prioridades afectivas o, al menos, equilibrarlo un poco y darles el reconocimiento que merecen las relaciones que sustentan, aunque no sean ni las más sexy ni las que más capital acumulan. Desocupar esos espacios y llenarlos de otros vínculos, de vínculos de vida mucho más desinteresados que esa romantización eterna de lo mismo de siempre.

 

*Para leer más al respecto, puedes leer el libro de Brigitte Vasallo ‘Pensamiento monógamo, terror poliamoroso’, publicado en 2018.

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El amor en los tiempos de Instagram
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Escritora a trompicones. Por un poliamor feminista, un feminismo situado y contra la islamofobia de género.

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