Si no puedo perrear, no es mi revolución Cuerpos, Opinión

Este artículo de mi blog publicado en julio de 2013 sin mayores pretensiones que explicar ante mi gente mi gusto por el reguetón, se hizo viral y tuvo un eco inesperado. Estos días se cumplen seis años de su publicación, y aunque una parte de mí reniega de él, lo republico en Pikara Magazine con una nota sobre por qué me provoca incomodidad.

Collage de Luchadoras.mx, tomado de un post de Prensa Comunitaria

Nota de la autora (julio de 2019)
En 2013 pasé un mes en Cuba con el objetivo de conocer a colectivos sociales de izquierda crítica. Escribí entrevistas y reportajes para darlos a conocer y también participé en distintos coloquios como forma de intercambio de discursos y experiencias feministas. La banda sonora de esa estancia fue, sin duda, el reguetón cubano de señores que mucho después empezaron a sonar en las radios del Reino de España, como Osmany García o Gente de Zona, así como otros que no han logrado esa proyección internacional, como El Micha o Cola Loka. Seguí satisfaciendo mi fiebre reguetonera frecuentando los espacios de ocio de la comunidad cubana y disfrutando de los conciertos que durante un tiempo se organizaron en la mítica sala de conciertos Santana 27.

El buen rollo, la conexión con mi cuerpo y con otros cuerpos que representaba para mí el reguetón cubano en ese momento chocaba con la incomprensión de mi entorno blanquito. Pensaba en esas amistades que me decían “no entiendo cómo te puede gustar el reguetón siendo feminista” cuando, en mi blog personal de entonces, escribí un artículo que tuvo un eco inesperado que dura hasta hoy: decenas de miles de visitas, réplicas en otros medios, invitaciones para hablar de ello en radios o incluso en centros sociales autogestionados. También topé con críticas, sobre todo de personas latinoamericanas que me señalaban estar alimentando un imaginario racista y colonial: el de la blanquita despreocupada que encuentra la liberación sexual en sus viajes al Caribe. El año pasado escuché voces afrofeministas contra las prácticas de apropiación cultural o robo colonial y me empezó a resultar problemática mi voz y mi mirada en este tema. Iki Yos Piña cita entre esas operaciones coloniales la fetichización e hipersexualización, y las reconozco en mi texto. Decidí dejar de hablar en público sobre el tema (y recomendar a compañeras como Sandra Álvarez Negra Cubana o Lucrecia Masson), por coherencia antirracista y también por cierto hartazgo por que este sea mi artículo más leído y recordado. Sin embargo, de vez en cuando sigo conociendo a alguna feminista blanca europea que me cuenta que leerlo le resultó liberador.

Así pues, una parte de mí reniega de este post y a otra parte de mí le da pena matarlo; ya de mantenerlo disponible en internet, prefiero que su casa sea Pikara Magazine, con esta nota aclaratoria, y aprovechando que la Psicowoman lo cita en su vídeo “¿Se puede ser feminista y que te guste el reguetón?”. Así que aquí lo tenéis, pero os pido que lo leáis como quien mira un álbum de fotos de otra época en la que no se reconoce del todo, pero que forma parte de quien soy ahora. Ah, hay cosas que no cambian: y sí, me gustan el Taxi, casi todas las de J Balvin e incluso alguna de Maluma. Y sí, sigo siendo feminista.

24/07/2013

El pasado año, después de un mes en Cuba, me decían que lo único que me falta para ser cubana es sacar la lengua al bailar. Es algo superior a mis fuerzas. Ni bailando sola en mi casa logro hacerlo. Probad en casa a ver cómo os sentís. Esa incapacidad de hacer un inofensivo gesto de desinhibición sexual y descaro refleja la rigidez y represión en la que crecemos por estos lares, creo yo.

En mi perfil de Twitter pone: «Si no puedo perrear, no es mi revolución». Mi afición por el reguetón es de sobra conocida en mi entorno. En realidad disfruto más escuchando y bailando otras músicas, pero la imagen de feminista que perrea rompe los esquemas, y eso me mola, así que la exploto. Para la gente con resistencias antifeministas, cuestiona el estereotipo de que las feministas vivimos amargadas, de que somos unas ‘malfolladas’ que no sabemos disfrutar de la vida y nos lo tomamos todo a la tremenda. Para muchas feministas, que una de las suyas disfrute restregando voluntariamente su culo contra el paquete del maromo de turno, puede generar un cortocircuito interesante.

¿Por qué me gusta el reguetón? Como dice Calle 13, porque se me mete por el intestino, por debajo de la falda como un submarino, y me saca lo de indio taíno.

Qué liberador es para los vascos y vascas agitar la pelvis, plaplapla, y frotarnos, frafrafra.

Más si una ha sido educada como una señorita de clase media acomodada. Ya lo dice Residente, de Calle 13: con el reguetón hay que levantarse la falda hasta la espalda y sacudirse el sudor. Hay que perder el recato, los buenos modales. No es un baile refinado ni elegante. Es indecente y ordinario. Me encantan esas cubanas que lucen orgullosas sus muslacos aunque tengan celulitis, que no les da pena que el pantalón bajo deje al aire su rabadilla mientras agitan sus carnes demostrando una conexión con su cuerpo fascinante. Tal vez en América Latina el reguetón esté potenciando la hipersexualización de las mujeres como objetos de deseo, tal vez no sea empoderador. Aquí creo que nos va bien un poco de eso. Feminidad barriobajera, sin clase, de hembras en celo que no cruzan las piernas sino que las abren de par en par, sin preocuparse por que se les vea las bragas.

No sé si es verdad que en Euskadi follamos poco, pero lo que es cierto es que nos tocamos poco. Para mucha gente, el contacto físico es algo íntimo, reservado para la pareja y la familia. A veces ni para la familia. Es mi caso: aunque voy trabajándolo, hasta hace poco sólo me abrazaba con mis parejas, amantes y con mi hermano. Así que me gusta, me sienta bien romper con esa concepción del cuerpo como un ente fortificado. El reguetón es un espacio consensuado en el que pongo mi cuerpo a disposición total de la pareja de baile (a menudo desconocida). Me puede agarrar de donde quiera, puede sentir con todo su cuerpo todo mi cuerpo.

Que sea algo consensuado implica un respeto mutuo. No es una invitación a nada más que a bailar. Y si me incomodas, te lo hago saber y me respetas. Por muy tórrida que se haya puesto la cosa, rara vez un cubano (digo cubano porque es en lo que me he centrado reguetoneramente hablando) ha aprovechado el momento para mover ficha. Eso llegaba en todo caso cuando terminaba el baile. El baile es baile.

Es decir, frente al mito de la calientapollas, tan vigente aún en nuestras tierras, mi experiencia es que yo puedo estar perreando a un tío toda la noche, y el asume que eso es todo, que no le da derecho a exigirme nada más. Pensemos en las fotos de San Fermín: hombres que ven una teta y la tocan como por inercia, porque se sienten con derecho a tocarla, como decía Emi Arias en Pikara. Alguna vez comenté que el acoso machista en las calles de La Habana se hace muy pesado. Pero creo que la diferencia respecto al de aquí es que no hay sexofobia. Lleve minifalda, vaya sin sujetador (‘ay, qué rica, toda sueltecita, mami’, me dijo uno una mañana que fui a hacer la compra con una camiseta de manga corta sin escote) o esté bailando desatada, ningún hombre cubano me ha devuelto esa lascivia turbia de quien te ve como a una golfa a la que puede humillar. Aquí algunas hemos sentido clara esa dicotomía puta/esposa. Ya sabéis, ligábamos  pero no éramos el tipo de chica que uno quiere para novia. No éramos mujeres decentes porque nos reafirmábamos como seres sexuales. Así que casi prefiero a Osmany García presumiendo de que su jevita es un carrito loco loco loco. «Ella sí que no se mide, a ella le gusta dar cintura para que todo el mundo la mire». Qué bien lo pasábamos por el Malecón gritando: «Mi jevita es una fiera, mi jevita es como un gato, como quiera que la tire ella siempre cae en cuatro. ¡Agua!».

Si hay un reparo ante el reguetón que me gusta rebatir es el de que es un baile machista porque la mujer se mueve para darle placer al hombre. Es curioso porque, bajo una premisa aparentemente feminista, una vez más se niega la sexualidad y el placer de las mujeres. ¿O sea que si yo me froto contra un tío es para darle gustito a él? ¿Acaso no creen que frotarme contra una pierna o un paquete me da gustito a mí?

Pero es que además no va de eso. Va de compartir el placer de bailar. Va de comunicación. Y no siempre es sexual. Una vasca va a Cuba y se escandaliza viendo a madres perreando a sus hijos, por ejemplo. Pero es que no es sexo, es baile. Es un baile con carga erótica, como tantos otros la tienen en el Caribe. «¿Pero y no te empalmas cuando bailas reguetón?», es una pregunta habitual de un vasco a un cubano. A muchos les parece una ofensa. «Sería una falta de respeto; se me para cuando se me tiene que parar, esto es baile». Por mi parte, no veo mayor problema, por lo que digo, porque tengo la tranquilidad de que el hecho de que se excite no le va a llevar a hacer la lectura de que yo he empezado algo que tengo que terminar.

En el tango, la mujer baila hacia atrás; el hombre dirige y controla el espacio. En la salsa o en la bachata otro tanto: él decide cuándo la hace girar, cuándo la acerca y la aleja, cuándo la estrecha contra él. Las vascas, que nos cuesta dejarnos llevar, tenemos que aprender a entregarnos, a sentir un leve gesto del hombre en la espalda que nos dirá hacia dónde movernos, a seguir su ritmo sin rechistar. A mí personalmente me encanta dejarme llevar, me resulta superliberador dejar de ser la que controla por unas horas. Pero la cosa es que el reguetón, que es bastante suelto, es de los bailes caribeños que más margen de maniobra ofrece a las mujeres. Yo puedo decidir si me pego o no, si me doy la vuelta, puedo marcar el ritmo, puedo tirarme al suelo, apoyarme en la barra, irme a bailar sola, regresar… ¿Por qué los citados bailes en los que la mujer tiene cero margen de maniobra no han sido tachados de machistas? Porque del reguetón, estoy convencida, lo que escuece no es el machismo, es que nos sonroja.

Ahora, vuelvo a repetir mi deseo de potenciar un reguetón queer, en el que los roles y los géneros sean intercambiables, los hombres ofrezcan el trasero a las mujeres, en el que chicas bailen con chicas no para la mirada masculina sino para su propio gozo, y los chicos (al margen de su opción sexual) también se animen a tocarse. También creo que, más que censurar el reguetón androcéntrico, se trata de promover que las mujeres no sean sólo adornos sino que también canten y compongan letras en las que plasmen sus deseos. Por lo pronto, una reguetonera argentina lesbiana se ha puesto en contacto conmigo para pasarme sus canciones, Chocolate Remix. Me parece un puntazo.

Y si las letras machistas y el exceso de testosterona nos ponen nerviosas, nos podemos hacer una lista de reproducción de canciones que tratan otras temáticas sin renunciar al ritmo pegajoso del reguetón. A mí me gusta esta parodia de la santería:

En los últimos encuentros feministas y lésbicos en los que he participado, ha sonado reguetón, al menos el Atrévete te te, y nos lo hemos pasado teta perreándonos sin complejos. Si al principio me sentía una marciana, he ido conociendo a lesbofeministas que me han dicho que a ellas también les encanta el reguetón. Hemos fantaseado con organizar talleres de reguetón queer. También me sorprendió gratamente que Diagonal publicase una lectura feminista del reguetón que no lo demonizaba precisamente. Estoy convencida de que si nos reímos, si bailamos, si perdemos la compostura, si nos entregamos al desenfreno, seremos seres menos rígidos, más libres, capaces de hacer un activismo más transformador. Como dice mi amiga mexicana-nica Cristina Arévalo en sus talleres de teatro cabaret, un activismo desde el placer y no sólo desde el enojo.

Así que me reafirmo: si no puedo perrear, no es mi revolución.


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Si no puedo perrear, no es mi revolución
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Periodista. Madre orgullosa de Pikara. Colaboro con eldiario.es, Diagonal y Argia. Me gusta contar historias de personas libres y rebeldes. También me gusta romper tabúes y provocar cortocircuitos contra los sectarismos (el mío incluido).

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