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Prozac Nation Análisis, Cuerpos

El malestar fruto de los ritmos vitales que impone la crisis económica capitalista se termina patologizando y medicalizando. ¿Y si en lugar de recetarnos pastillas, nos recetaran activismo, redes de apoyo y relaciones disfrutonas?

Ilustración: Ana Penyas

Ilustración: Ana Penyas

Usted lo que necesita no es un psicólogo sino un sindicato Cita tan usada, que no conocemos el origen

Recuerdo que era muy joven. Estaba estudiando la carrera y de pronto, empecé a sentirme mal. Algo que ahora sé que se llama ansiedad me estaba devorando y no era capaz de poder realizar una vida “normal”. Ir a clase se convirtió en un imposible y finalmente, salir de casa también. Mi casa se convirtió en mi guarida ante los ataques externos. Cuando vi que ya no podía más porque se estaba haciendo demasiado largo eso de estar demasiado improductiva fui a la médica de atención primaria a que me arreglara. Fue entonces cuando el prozac entró en mi vida. Yo no sabía entonces qué me estaban dando, pero imaginé que si me lo daba una médica, sería para curarme. En seguida empecé a encontrarme mejor, porque pude volver a funcionar como se esperaba de mí y eso era lo importante. Pude volver a ir a clase, sacar buenas notas y tener relaciones sociales. Tuve que mentir sobre lo que me ocurría, porque cualquiera explicaba algo que ni siquiera yo entendía. Sobre todo esto me gusta cuando Freud decía que estamos cuerdos cuando tenemos capacidad para trabajar y para tener relaciones amorosas y amistosas. Cuanta razón.

“Vas a estar enferma toda la vida”, me dijo una psiquiatra. Su consulta era digna de una película de David Lynch, con todos esos relojes por todas partes llenando las paredes. Tic, tac, tic tac. Era imposible centrarse. “Como para no volverse loca”, pensé. Obviamente, si le dices a una chavala que está empezando una vida como quien dice, que el resto de su vida va a ser horrible, es probable que se lo crea. Hay algo que ocurre en salud mental –no siempre- y es pensar o suponer que quien está al otro lado, por llevar una bata, tiene mucho más poder que tú, y en parte es así. Esa jerarquía a la hora de relacionarnos en salud, hace que la paciente sea en muchos casos sumisa. Ese fue mi caso, al menos al comienzo. Y así, empezó mi nueva vida en la que tenía que encajar en el sistema, pero sabiendo que, por alguna extraña razón que desconocía, “iba a estar enferma siempre”. ¿Enferma de qué?, me cuestionaba a veces, pero en seguida me ponía a hacer lo que tuviera que hacer en ese momento, y no me cuestionaba mucho más. Años después sé, simplificando mucho, que la enferma es la sociedad, y que yo soy al parecer, demasiado sensible. Quizá ese sea un problema, sí, para adaptarse a un mundo competitivo y cruel, que desde pequeñas se nos espera sometidas, calladas y sumisas en todas las facetas de la vida.

El problema de todo esto es cuando creemos que tenemos que corregir algo de nuestra personalidad, convertirla en problema y sustituirla por mecanismos más adaptativos para el sistema.
Me atrevería a decir que la mayor parte del sufrimiento psíquico procede del sistema socioeconómico en el que vivimos. Por un lado, se encuentra la explotación laboral en la que nos encontramos inmersas; y por otro, esa especie de obligación de la felicidad impuesta. A lo que yo llamo el neoliberalismo Mr. Wonderful. Y entre esos dos polos vamos desenvolviéndonos a duras penas, porque por un lado nos están jodiendo económica, social o culturalmente y por otro es importante demostrar en nuestras redes sociales lo felices que somos de cara a los demás.

En cualquier caso, la medicalización de la vida es algo que está ocurriendo cada vez más. Este tratamiento del malestar, fruto de los ritmos vitales, de la crisis económica capitalista, se termina patologizando y medicalizando. Los usuarios y usuarias de salud mental no hacen más que aumentar y la ingesta masiva de fármacos parece una epidemia. Los laboratorios se frotan las manos, y los que sacan tajada del sufrimiento –como la autoayuda- también. Hay drogas para todo, para dormir después del estrés de un despido o de la incertidumbre vital, y drogas para aguantar jornadas interminables. Antidepresivos para salir de la cama y ansiolíticos para volver a ella.

Esto se une a que la institución en salud mental es completamente deficiente, debido a los recortes de los últimos años y a las prácticas de vulneración de derechos humanos en las plantas de psiquiatría, que destrozan aún más a las personas con sufrimiento psíquico. Además, se echa en falta una perspectiva crítica en muchos profesionales de salud mental. Si en lugar de recetarnos pastillas, nos recetaran activismo, militancia, redes de apoyo, relaciones disfrutonas… los laboratorios quebrarían y quizá el sistema, pero nosotras estaríamos a gustito, que es de lo que se trata, ¿no?

¿Hasta qué punto necesitamos vivir medicalizadas, zombies? Parece necesario reparar las mentes doloridas para continúen en la maquinaria.

Recuerdo cómo en el 15M varias personas pusimos en común nuestro malestar, fruto de situaciones de precariedad, desigualdad, género… de pronto no estábamos solas y, en muchos casos, ya no echábamos de menos una ayuda por parte de la institución o las farmacias. Es curioso como en este caso, el hecho de estar unidas y en común, tejiendo redes de apoyo mutuo, era mucho más sanador que tomarse la pastillita de turno y seguir produciendo/consumiendo, durmiendo, despertando al compás de Metrópolis de Fritz Lang. La pastilla funciona como un agente de individualización al servicio del capitalismo neoliberal y es un complemento ideal para que el sistema se sostenga.

Guillermo Rendueles, psiquiatra crítico, explica cómo “las pastillas crean una especie de barrera contra el daño que te ataca, pero el daño no desaparece. Lo que hay que hacer para atajar el estrés laboral no es atiborrarse de pastillas, es crear lazos de solidaridad horizontal que modifiquen esa situación”.

Y esto abre un debate sobre cómo la medicalización en salud mental nos resta como colectivo, nos hace vivir alienadas formando parte del sistema y, en concreto, cómo se medica más a las mujeres que a los hombres, medicando incluso lo que pueden ser cardiopatías. Las mujeres también tenemos más sufrimiento emocional, más problemas de salud mental y consumimos más psicofármacos que los hombres. Y si lo piensan, no es de extrañar, teniendo en cuenta cómo ser mujer en esta sociedad conlleva múltiples violencias y desigualdades.

Por eso es tan importante nuestra lucha, el apoyo mutuo, las redes, la sororidad. Los colectivos en primera persona en salud mental. Las comisiones feministas, los espacios socioculturales autogestionados. Todo lo que algunas aprendimos ese hermoso 15M. Estamos en el camino. Para mí ese es el modelo.


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Anita Botwin

Periodista, ha desarrollado su carrera fundamentalmente en prensa escrita y online. También ha escrito guiones para televisión y videojuegos, después de haber realizado el master de creatividad guiones de Globomedia. Colabora con La Marea y Carnecruda.es de eldiario.es.

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