Cuando éramos modernas en los años 20 Ficciones, Reportaje

La serie ‘La otra mirada’ (TVE) radiografía los inicios del siglo XX a través de una academia de señoritas de Sevilla en la que las reivindicaciones feministas tiñen todos los conflictos y tramas.

Un grupo de alumnas vestidas con uniformes de los años 20 de color rosa. En el medio una alumna racializada

Inés es la alumna que introduce los conceptos de raza y clase en la segunda temporada. / Foto: Michael Oats

 

¿Lesbianas o bisexuales en la Sevilla de los años 20 del siglo pasado? ¿Mujeres que estudian y quieren ir a la Universidad, huir del matrimonio y de la maternidad? ¿Viudas que ennovian a pesar de los cotilleos? Suena demasiado moderno desde la perspectiva actual, porque solemos mirar la Historia desde un contexto presente y nuestra joven memoria nos retrotrae, como mucho, al imaginario franquista, lo hayamos vivido o no. Por eso nos rompe los esquemas encontrar una serie tan moderna como ‘La otra mirada’ (TVE) y el reflejo que presenta de las mujeres en la Sevilla de la década de los locos años 20.

En el contexto de una Academia de Señoritas que bebe de la influencia de la Residencia de Señoritas de Madrid de María de Maeztu, ¿hasta qué punto es licencia cinematográfica o realidad las tramas que nos cuentan, como la violación de una alumna y su posterior juicio o la relación entre dos mujeres con vidas heterosexuales? También posa la vista sobre los matrimonios concertados y el peso de la maternidad frente a mujeres que quieren hacer carrera. Y todo ello con un trasfondo feminista. De hecho TVE la presentó como “la serie feminista”. El halo de esta ficción recuerda temas tan de actualidad que plantea cuestionarse cuánto de real hay en ellos, cómo de libres eran las mujeres de aquella sociedad. Y resulta sorprendente.

La España de entonces

“Ponemos sobre la mesa temas que nos preocupan o de los que nos gustaría hablar. Buscamos los paralelismos entre los años 20 y la actualidad”, comenta Alba Lucío, coordinadora de guion de Boomerang TV, productora de ‘La otra mirada’. Para ello señala el extraordinario trabajo del equipo de documentación sobre temas como el nivel educativo, aspectos sociales como el divorcio, el papel de las mujeres científicas… Sin olvidar lo que el equipo pudo leer de aquella época para sustentarlo sobre tres patas: la experiencia, la actualidad y la documentación.

El halo de @laotramiradatve recuerda temas tan de actualidad que plantea cuestionarse cuánto de real hay en ellos y cómo de libres eran las mujeres de los años 20 Clic para tuitear

“Realmente fue una época moderna en la que se dieron avances”, afirma Sonia García Galán, historiadora y profesora de Secundaria experta en temas de género, argumento con el que coincide la también historiadora especialista en género María Castejón, haciendo mención a esa memoria corta que nos lleva como mucho a los años de la dictadura franquista. Si vamos más allá, nos encontramos con una “magnificación de la República”, indica Castejón, pero sin ser conscientes que los logros de ese momento son producto de la revolución que supuso los años 20.

Hay que tener en cuenta que esta década fue muy revolucionaria para las mujeres, que sustituyeron a los hombres movilizados en las fábricas, en la metalurgia, conduciendo ambulancias… “Lo que les dijeron que no podían hacer, de repente lo hacen y descubren que pueden hacerlo. Hay países que llevan años peleando por el derecho al voto femenino y lo aprueban. Se suma el movimiento feminista, sufragista, que las sociedades se están modernizando, aparecen el sector servicios y la clase media. En el siglo XIX hay mujeres campesinas y obreras que trabajan por necesidad, pero su sitio está en la casa. Las mujeres en los años 20 no trabajan tanto por necesidad, sino porque quieren (telefonistas, maestras…)”, apunta Galán. Aunque con un matiz, como añade Castejón: “¿Cuántas de aquéllas pudieron construir una vida más allá de los matrimonios?”.

En este nuevo panorama es importante, del mismo modo, “ver cómo estas mujeres ocupan lo público, cómo visten…”, señala Castejón. Es en esta época cuando abandonan los corsés, acortan los largos de faldas y melenas y hasta practican deporte como tiro con arco, esgrima o tenis, que no implican contacto físico. “No es que fuera algo mayoritario, pero había mujeres que compitieron en las Olimpiadas y existían acuerdos con Estados Unidos para mandarlas allí”, aclara Lucío, una de esas herstorias (un término que hace referencia a la historia escrita por las mujeres tradicionalmente invisibilizada e ignorada) que el equipo de documentación y guión de la serie ha descubierto: “Hay información sobre mujeres, aunque no masiva”.

Esta revolución, este aire fresco que supone el feminismo que todo lo desbarata, deconstruye y pone patas arriba, está encarnada en la serie por Teresa (Patricia López Arnaiz), la profesora que llega a la Academia con sus ideas rompedoras, removiendo conciencias y dando una vuelta a todo lo establecido que afectará tanto al resto del claustro como a las alumnas.

dos mujeres en el centro de la imagen, vestidas de la manera típica de los años 20

Las actrices Macarena García (izda) y Patricia López Arnaiz, dos de las protagonistas: / Foto: Michael Oats

Educación, maternidad y sufragismo internacionalista

Las tres expertas consultadas señalan que se luchó mucho, sobre todo en temas como la educación. Aunque realmente las que tenían acceso, fundamentalmente porque había que pagarla, eran las familias más pudientes con ideas liberales. Lo resume así Lucío: “De buena familia, con cierta educación, quizás cierta inquietud y que entendían que las hijas debían estudiar. Se creía que la mujer debía incorporarse como el hombre y hubo muchas mujeres en Medicina o investigadoras”. La Residencia de Señoritas tuvo una importancia fundamental en la época, siguiendo la estela de la Residencia de Estudiantes. Funcionaba como colegio mayor para aquellas alumnas que llegaban a la Universidad, donde recibían formación extra: idiomas, apoyo a los estudios, deporte, laboratorios… “Todas las instituciones de este estilo que surgieron para señoritas estaban al amparo de la Institución Libre de Enseñanza, que se define por una educación más moderna y no memorística, donde las mujeres también tienen que educarse según las corrientes europeas y modernas”, señala Galán.

En este punto la figura de María de Maeztu, que aparece en un capítulo de la primera temporada, es clave. Procedente de una familia diferente, de padre hispano cubano y madre inglesa, figura de referencia para la vitoriana, estudió Magisterio y Pedagogía y gracias a la Junta de Ampliación de Estudios hizo un Erasmus de la época. Así idea la Residencia de Señoritas (1915-1936), donde se aseguraba un lugar serio y respetable en el que las mujeres también podían estudiar.

Hay que tener en cuenta que un 8M de 1910 una Real Orden permite que las mujeres puedan acceder a la Universidad, aunque en un primer momento debían ser acompañadas por un hombre: un bedel a la llegada que las escoltaba hasta el aula, allí se sentaban en una silla aparte en la tarima y después era el profesor quien las acompañaba a la salida. “Era algo muy rompedor porque las mujeres reclamaban desempeñar una profesión e ir a clase con chicos”, apunta García Galán. De hecho, las privilegiadas que podían estudiar Bachillerato, un preparatorio para la Universidad, iban a clases mixtas no entendidas como coeducación, “que fue una apuesta de la República”, recuerda la historiadora asturiana García Galán.

Aún así “las mujeres tuvieron que enfrentar mucho rechazo social, como pasa hoy cuando te sales del discurso dominante”, incide García Galán. Castejón también llama la atención sobre el hecho de que la educación “era en el fondo una fábrica de mujeres ilustradas, que permitía en las clases altas que los maridos luciesen esposas con un cierto conocimiento”, porque no hay que olvidar que la familia era la gran institución de la época. Ya se encargaba el médico y ensayista Gregorio Marañón de recordarles a estas mujeres que pedían la igualdad “la cuestión biológica, fundamentalmente la maternidad. Y éste es un tema aún vigente en la actualidad”, apunta Galán. Además hay que tener en cuenta que “el casamiento por amor es muy reciente. Como mucho podían elegir dentro de su clase. Se ejercía el control en todo”, añade.

A pesar de un contexto donde la mayoría de la población era analfabeta, ya se trataban temas como la anticoncepción, “algo que defendían más los anarquistas, aunque supongo que los liberales también harían algo pero no hablaban de ello”, comenta García Galán. Así, este peso de la maternidad, el deber de desempeñar el papel de buena esposa que debe cumplir con su función biológica como mujer, recae con fuerza en Manuela (Macarena García), la joven directora heredera del puesto que antes ocupó su estricta madre. Alba Lucío la califica como “un personaje súper interesante. Teresa le despierta muchas cosas dentro que no se atrevía a llevar adelante y eso le anima a luchar por lo que quiere”. Casada con un juez, Manuela no quiere ser madre, o al menos no en ese momento. “Para ella lo importante es su Academia. Nos encontramos mujeres que se han incorporado a diferentes profesiones, pero al frente de una institución como la Academia no es frecuente. Instituciones como la familia se lo ponían muy difícil y, además, se veían cuestionadas continuamente, algo que a los hombres no les pasaba, ni les pasa”, concluye García Galán.

Se da el caso, explica, de que “las burguesas estaban mucho más controladas que las obreras, que trabajan porque tenían que comer. Son las burguesas las que se hacen feministas. Querían libertad porque la comida ya la tenían asegurada. Aunque había jóvenes de clase media que no siempre la tenían porque procedían de familias modestas y estaba mal visto que trabajaran, así que cosían en casa para que no se supiera”, relata Galán. A lo que añade Castejón que “las burguesas que trabajaban era porque el marido no podía mantenerlas. Y eso era una ofensa”.

«Son las burguesas las que se hacen feministas. Querían libertad porque la comida ya la tenían asegurada». Clic para tuitear

El feminismo reclamaba el derecho a que las mujeres hicieran otras cosas más allá de la maternidad, aunque en los años 20 en España no existía un movimiento sufragista como en otros países. De hecho ni la propia De Maeztu lo apoyaba ni las escasas diputadas, salvo Clara Campoamor: hubo que esperar hasta 1931 para que se aprobara el derecho al voto femenino. “No existía un movimiento sufragista, pero sí un pensamiento internacionalista. Ahora somos muy modernas con las redes sociales, pero estas mujeres ya tejieron redes entonces”, señala María Castejón.

las alumnas y una profesora practican tiro con aroo

Las alumnas practican tiro con arco. / Foto: Michael Oats

El control sobre las mujeres

Estas redes ya permiten el soporte de Roberta (Begoña Vargas), la alumna violada por su novio, un niño rico de la sociedad sevillana. Así tanto Teresa como el resto de profesoras y alumnas la animan a denunciar. “No es un caso real pero sí toda la documentación y la formulación del juicio era viable. Teníamos claro que el juicio no podía ser favorable para ella, porque si hoy no ocurre… Si hoy en día nos topáramos con un Rafita Peralta pasaría lo mismo, no tendríamos credibilidad como mujeres. Por eso era imposible que Roberta ganara el juicio: él sale culpable pero pagando una multa absurda que no supone nada para una familia con tanto dinero. Es una derrota en realidad”, explica Alba Lucío, coordinadora de guión.

Este control también hace víctima a Luisa (Ana Wagener), la profesora más veterana y conservadora, una viuda que ennovia en la segunda temporada, por lo que es juzgada. “Es una mujer que al ser un poco más mayor ha vivido en esa estructura de la época y le cuesta deshacerse de todo eso. Por eso choca tanto con Teresa. Luisa me encanta. Parecía la antagonista de Teresa, pero no es así: Luisa es la realidad. No sabe hacer de otra manera pero se va desprejuiciando. Es el personaje que más evoluciona, se deconstruye con el feminismo que representa Teresa, que llega y lo desbarata todo”, relaciona la guionista.

Y no menos control vive en la primera temporada Ángela (Cecilia Freire), otra de las maestras. Casada y con cinco hijos, se enamora de Paula (Pepa Gracia), pintora y madre soltera de una de las alumnas, con la que mantiene una relación que llega a confesar a su marido, con la consiguiente amenaza de un divorcio por el que perdería a sus hijos por “desviada”. “Las mujeres lesbianas y bisexuales tenían que ocultar esa relación entre cuatro paredes. Esa presión de la sociedad ante la visibilización no cabía en la cabeza y las mujeres tenían que vivirlo así. Y sigue ocurriendo en la actualidad. Hay países donde son condenadas a la pena de muerte. En España se ha avanzado legalmente, pero sigue existiendo el acoso cotidiano como la exposición a comentarios, miradas, burlas o palizas (cuando mantuvimos la conversación habían apaleado a una pareja en el metro de Londres)”, sigue explicando Lucío.

“La trama es muy bonita y preciosa, pero también muy dura de escribir, y sabes que no lo puedes llevar a buen fin en el contexto de los años 20. Es imposible, igual que el juicio de Roberta. A las mujeres bisexuales les cuesta encontrar su espacio en la sociedad, sufren más porque ésta no termina de asumir que te gusten hombres y mujeres. No sé si es una cuestión social por la necesidad de etiquetar o acotar”, añade la guionista.

Sonia García Galán apunta también a que siempre ha existido una mayor visibilidad de la homosexualidad masculina y, en ese sentido, “las mujeres lo llevaban mejor porque eran más invisibles y se tomaba como amigas. Los hombres que no cumplían como machos lo pasaban peor”. “Cualquier mujer que mantuviera una relación con otra iría al manicomio”, sentencia María Castejón: “Es más difícil de historiar, de testimoniar porque se daba en el ámbito de lo privado”.

Pioneras

“Vivimos épocas de muchísima opresión, pero es súper enriquecedor entender que hubo pioneras, y también muchísimos obstáculos para alzar la voz”, explica Alba Lucío. Así la serie rescata nombres como el de Alice Guy, la primera directora de cine narrativo. “Nos han dicho siempre que el cine lo inventaron hombres, y resulta que hay una mujer pionera que utilizó la herramienta del cine para contar historias. Cien años se ha estado sin hablar de ella. Hay mujeres relevantes en el cine, la educación, la Filosofía… y ¡cuántas más hubo que no sepamos!”, reivindica la guionista.

“Cuanto más he aprendido en esta serie más veo el retroceso que vivimos”, comenta Lucío, que añade que “hablamos de una sociedad machista y seguimos en ella. Una sociedad que no permitía el divorcio, que con 15 años estabas prometida y si no era así te ponían el sambenito. El marido podía denunciar a la mujer por abandono y ésta acababa en la cárcel, donde sufría penas y torturas, palizas y humillaciones. Durísimo. Pero muchas plantaron cara y pedían avances”.

¿Cuántas Teresas podría haber en aquel momento? Pues “igual más de las que nos imaginamos, pero nos encontramos con la dificultad de la falta de referentes femeninos históricos, de Manuelas, Teresas, Luisas… que las hubo. Creo que quieren que pensemos que no existieron esas mujeres. Quienes escriben la historia, los hombres, se han encargado de tapar todo aquello”, reivindica Lucío.

Cuando éramos modernas en los años 20
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Elena Plaza

Periodista con gafas moradas. Contadora apasionada de historias. Freelance fundamentalmente en lo que fue Atlántica XXII. Docente centrada en mujeres, menores y ruralidades. En cuanto puedo me pierdo por las montañas y la naturaleza.

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