Entrañas Ficciones

Os compartimos el primer capítulo de la novela de Danele Sarriugarte Mochales ‘Entrañas’, que acaba de ser traducida al castellano. “Una estructura innovadora, neologismos y mezcla de lenguas, humor, sexo explícito, una protagonista joven y valiente… La novela de Danele Sarriugarte es una perla”, escribió María Unanue al leerla en euskera.

María Unanue recomendó vehementemente en Pikara el original en euskera, ‘Erraiak’, y que ahora la editorial Reikiavik la ha editado en castellano, traducida por Miren Iriarte

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Las onomatopeyas se han apoderado del apartamento, ploc-ploc-ploc y tic-tac, el grifo que no se deja cerrar en el baño y el reloj de la pared de la cocina gotean uno detrás del otro sin esperanza de encontrarse jamás.

La sinfonía de la ruptura.

Estoy sentada en el objeto fijo que más quiero de esta casa: mi sillón de cuero marrón. He llegado desde el baño corriendo, o medio corriendo medio saltando y hablando en voz baja conmigo misma, de esa manera tan particular que tenemos de correr cuando estamos solos en casa, me he subido de un salto y he recogido rápido los pies debajo del culo para calentarlos un poco, porque cuando he ido a tratar de ahogar el ruido del maldito grifo del baño las plantas de los pies y las baldosas de cerámica han estado demasiado tiempo en contacto y se me ha subido el frío hasta las uñas. En busca de la postura más cómoda, se va aplacando ese molesto ruido como de ventosa que hace la piel al frotar el cuero, hasta que ese cuero marrón y yo formamos una sola capa, unión que me va a dejar unas desagradables manchas rojas sobre todo en los muslos, justo debajo del culo.

Acabo de llegar de un largo fin de semana, del pueblo que me vio nacer a la ciudad que me ha ayudado a madurar, y estoy mirando fijamente las palabras de despedida que encontré ya escritas sobre la mesa, las ha reescrito la muñeca fuerte, peluda y temblorosa del hombre que me ha sufrido en la más común de las coti­dianidades durante el último curso, se las ha robado a un grupo mítico: cariño, separémonos cuanto antes.

El muy cabrón ha utilizado las entrañas del libro que por prudencia escondo en el cajón más recóndito de mi mesa de trabajo, ha pegado el post-it criminal en una página que yo misma doblé, debajo de una frase que yo misma subrayé:

Pero es precisamente el débil el que tiene que ser fuerte y saber marcharse cuando el fuerte es demasiado débil para ser capaz de hacer daño al débil.

Recuerdo perfectamente el día en que le mencioné esa frase a Z, hace no mucho, al hilo de la lectura de Martutene de Saizarbitoria, porque Martín también habla de la cita de Kundera, pero él admite con resignación que no recuerda el nombre del escritor. Le dije a Z con orgullo que yo sí, que yo sí que sabía de quién era, gracias a un sistema de marcas y citas que utilizo hace tiempo. Lo senté en el sillón y le metí la página en los ojos, victoriosa, como una maestra pedante, con las gafas un poco caídas, con cordel y todo.

Qué ingenua. Aunque cuando lo hice fue sin segundas intenciones, para Z fue toda una provocación que nos llevó a palabras crudas y a la más despiadada pelea, a una competición dialéctica para medir la capacidad de crueldad de cada uno de nosotros, a ver quién hería más a quién, quién era más mezquino con quién, quién metía el dedo en la llaga más profundo y con más violencia.

Al día siguiente Z se iba de viaje y se marchó de morros, pero al volver fui a buscarlo con los brazos bien abiertos, amorosa. No quería, pero me sentía culpable y traté de actuar como si nada hubiese pasado, es más, desplegué mi artillería pesada de amor como si nada, para que no se diese cuenta, para que no me echara en cara por enésima vez esa incapacidad tan mía para pedir perdón y mostrar arrepentimiento sin tanto cuento. Él parecía el mismo de siempre, permitidme que subraye la importancia del detalle, pa-re-cí-a, y di por zanjado el asunto.

Hasta hoy. Cabrón.

Cabrón, cabrón, cabrón.

Qué les voy a decir yo ahora a todos los que me juzgan, a mis jueces más severos: mi madre y mi padre, los de la cuadrilla, el resto de los del pueblo; acaso tendré que confesar que he vuelto a la soltería, que nunca será de oro como en el caso de los hombres, ni algo elegido por convicción como la de algunos creyentes, sino patética, penosa, motivo de compasión; porque ahora que me acerco sin pausa a la treintena todavía no he sido capaz de pescar un hombre y aniquilarlo, de atarlo al yugo de mi pecho; que he vuelto al territorio de las no-mujeres, que soy un coño sin polla, incompleta, una solterona.

Y a quién voy a llevar yo a las inevitables comidas familiares, porque las cifras impares están prohibidas, solo en el caso de los grupos en los que hay un niño se permite el tres, y cada vez menos (¿para cuándo la parejita?); y tal vez el uno en el caso de los viudos, pero en ese caso también cada vez menos, si no mirad el pre­cedente de los divorciados, a esos casi se les ha prohibido oficialmente la soledad superficial, una vez liberados de las ataduras de la pareja tienen permiso para tomar aire durante un tiempo, no demasiado, y cuando ha pasado como mucho un año, que sean posmodernos y liberados, que salten de cama en cama, que se siente a la mesa en Navidad el ligue de turno.

Alguna vez en un pasado cercano olvidado fui tal vez capaz, pero ahora ya no puedo hacer frente sola, sin escudo humano alguno, a esas fiestas-sacrificio que llaman celebraciones.

Y los de la cuadrilla, y mis tíos, que me habían dejado en paz durante estos dos últimos años, sin aquellas miradas paternalistas y compasivas que me hacían sufrir hasta entonces cada vez que me veían, porque no tenía con quién compartir la farsa de la hipoteca, porque no tenía con quién malgastar las dos miserables semanas de vacaciones que se me permitían al año lejos de la alienación de la esclavitud asalariada haciéndome fotos tumbada en arenas paradisíacas con las que escenificar en la imagen de portada de Facebook una felicidad apolillada, porque no tenía quién me penetrase de manera ineludible una o dos veces por semana hasta que consiguiese parir a un bebé-muñeco que podría vestir como complemento al pasear por la calle.

Ha dejado una carta junto al libro. No he abierto el sobre pero sé de memoria lo que dice, y visualizo el proceso de combustión, cómo va la tinta, dominada por mi mechero, convirtiéndose en chispa, pasando del azul al amarillo, al naranja, al rojo, aunque los recursos del lenguaje son demasiado limitados como para tratar de empezar siquiera a expresar la fascinación que estos colores pueden causar. Me uno por un segundo a los pirómanos. Soy Montag, It was a pleasure to burn. It was a special pleasure to see things eaten, to see things blackened and changed.

He convertido en cenizas el intento de justificación de Z y eso me hace sentir poderosa.

Si levanto la cabeza puedo ver otro post-it pegado en el frigorífico; dice Z que ya ha ingresado su parte del alquiler de este mes en la cuenta de los propietarios, que puedo estar tranquila por el dinero, al menos a corto plazo. Que ha dejado las llaves en la entrada. A decir verdad, de eso ya me he dado cuenta en cuanto he abier­to la puerta; he notado que estaban en la mesita de Ikea cuando deberían estar en el bolsillo de Z que se había ido a comer a casa de su hermano; ha sido un brevísimo instante de lucidez, algo desde las entrañas de mi mente trataba de decirme que debía reparar en ese detalle.

Para ser la arquetípica desgraciada de las películas que acaba de ser abandonada, debería lloriquear durante un rato y gritar a los cuatro vientos que el dinero no me importa en absoluto, pero, a decir verdad, las personas de celuloide son bastante menos pragmáticas que las de carne y célula, y yo he sentido un gran alivio al leer la nota, porque si tuviese que pagar el alquiler yo sola debería reducir drásticamente la cantidad y la periodicidad de esos pequeños pecados que me llenan de alegría; no, eso es anacrónico, lo de los pecados era tal vez hace dos años, ahora, sin más parafernalias, he sentido un gran alivio al leer la nota porque me va a venir de maravilla no tener que fundir todo el mes de alquiler de mi cuenta corriente hasta que busque un inquilino o yo misma encuentre otro sitio o hasta que decida

QUÉ COÑO VOY A HACER YO AHORA.

Por otra parte, agradezco con sinceridad a Z que haya afrontado de frente el tema de la pasta, porque si no tendría que llamarle por teléfono en un hipotético día de duelo para preguntarle sobre el prosaico asunto del alquiler del apartamento, y en la práctica estoy segura de que utilizaría Facebook, porque bajo presión el flujo verbal se me vuelve injustamente pretencioso, pierde el sentido, se me desparrama en todas las direcciones, mi expresividad y mis gracias habituales se me vuelven imposibles; y por si eso fuera poco, las voces siempre me han estremecido hasta dejarme sin sentido, y lo mismo que les pasa a algunos con el olor que des­prenden los cuellos me pasa a mí con el cantante de Kasabian, por ejemplo, con esa ronquera en el último disco, take me into the night and I’m an easy lover, me resulta un cunnilingus musical total, no puedo escucharlo sin que me ardan las mejillas; por lo tanto, si me volviese a llegar la voz ronca de Z a través de las ondas retorcidas, me sacudiría de arriba abajo, y después de una conversación ortopédica de cinco minutos tendría que tumbarme en la cama durante media hora —por lo menos—, inmóvil, mirando con ojos brillantes a los sueños despiertos, hasta ser capaz de recolocarme las costillas cada una en su sitio.

Sería insoportable.

Ploc-ploc-ploc-tic-tac, es lo único que contamina un silencio que por lo demás es absoluto.

¿Y ahora, qué?

First things first.

Me he acercado al armario de los caprichos y he llenado un vaso con unos cubitos de hielo, alcohol transparente de graduación alta y una tónica con burbujas, de las que al abrir hacen algo así como chis-s-s-sp. El vaso debería ser una copa fina, de cuello largo y cuerpo con forma antipiramidal, de las que se usan para un dry martini con oliva según hemos aprendido a través de la producción audiovisual en masa que nos ha colonizado el imaginario colectivo; sí, debería ser así según la teoría estética a la que vengo dándole vueltas en los últimos tiempos y que relaciona las características de bebidas y vasos, teoría que expondré con palabras rimbombantes a cualquiera que quiera escucharme y sobre todo a cualquiera que me parezca follable.

Por otro lado, si lo que me apeteciese fuese alcohol barnizado, whisky o pacharán, el vaso debería ser un cubo pesado, de paredes finas y bulbosas, pero de culo grueso y firme; en cualquier caso, lo que tengo en las manos no es ni una cosa ni la otra, no es elegante ni pretencioso, sino vulgar y ligero, polivalente, el clásico vaso de plástico grueso de las txosnas, de los que en esas noches oscuras y con el pecho lleno de pegatinas reivindicativas nos permiten pedir tanto cañas como cubatas, esos que tantas veces se han reinventado en pisos de estudiantes (y no tan estudiantes) para albergar cepillos de dientes o bolígrafos en la mesa de estudio, esos que yo misma he utilizado para emborracharme con licor tranquilamente en casa, porque te obliga a realizar menos veces la ardua tarea de rellenar el vaso vacío incluso cuando estás bebiendo a tragos largos, sobre todo si tienes la prudencia de poner poco hielo; desde el punto de vista de la estrategia es algo parecido a tomar una Voll-Damm directa de la lata, porque en lugar de verterla con torpeza en el vaso y esperar a que baje la espuma puedes meterte de un golpe la mi­tad de los 33 centilitros y de otro golpe lo que ha quedado dentro, porque puedes doblar bien las latas y sacarlas de incógnito sin que cualquiera que pudiera estar en el apartamento se dé cuenta de que tienes un problema porque has estado bebiendo sola en tu habitación un triste lunes, aunque sean justo esas artimañas y ese afán por ocultarlo las señales más evidentes de que tienes un problema.

(Tal y como hacía yo en Madrid, cuando me marché allí a odiarme en paz sin ancla humana alguna que pudiese amarme y pudiese por lo tanto convertirse en un obstáculo, justo unos meses antes de volver a Vitoria, conocer a Z y conseguir (en teoría) darle la vuelta a todo de manera asombrosa).

Así que estoy apretando entre los dedos un vaso que reivindica unas fiestas hechas por y para el pueblo; al fin y al cabo las copas elegantes solo sirven para cuando alguien te mira, para que tu manera de beber resulte elegante y no desesperada.

Insisto: ¿y ahora, qué?

Me meto en la ducha y fuerzo el grifo hasta el punto más caliente para demoler con agua hirviendo las estalactitas que me cuelgan de las entrañas, para escenificar lo que no me brota de los ojos. En el momento en que se ha vuelto demasiado insoportable he abierto la cortina de un golpe para huir del calor asfixiante, pero en lugar de taparme enseguida con la toalla he esperado unos minutos, desnuda, jadeando en medio de la habitación, con las gotas de agua deslizándose hacia abajo por mi piel.

Siempre me ha parecido que los cambios radicales de temperatura me ayudan a pensar con más claridad.

Me he vuelto a sentar en el sillón de cuero del salón con lo que en estas circuns­tancias no es más que un vulgar gintonic en la mano; le doy un trago largo, atrapo un trozo de hielo y lo muerdo; clac, la mitad para adentro, glogloglo, la otra mitad vuelve al vaso después de haberme entretenido un poco más con él; hoy quiero diluir un ingrediente especial en este simple gintonic, un elemento que te hace sentir pavor cada vez que un camarero que te odia te sirve de comer o de beber: un esputo, amarillo, viscoso.

La rabia líquida de los seres líquidos.

Ploc-ploc-ploc.

La ducha no ha hecho más que intensificarlo.

Las canciones anglófonas sentimentaloides que reproducía mi iPod mientras estaba debajo del chorro de la ducha decían que hay que escuchar al corazón, seguro que incluso al lector no políglota le resulta cercana la referencia, que, aunque no lo quiera confesar en público, habrá escuchado de vez en cuando este tipo de música después de alguna cita que haya terminado mal, porque en esas ocasiones la sed de autocompasión del ser humano no tiene límites: escuchar basura barata sin tregua, con la oreja aplastada sobre una almohada mojada de lágrimas y la cara deformada.

Son tantos los que dicen que hay que escuchar al corazón, al corazón y no al hígado, o al intestino delgado o al coño, que se ha convertido en un aburrido tópico; son tantos que ya consideramos innegables las cualidades que el lenguaje metafórico ha atribuido a este órgano hinchado y sanguinolento que parece un puño musculoso.

También es el corazón lo que te revientan cuando, por ser single, empiezan a prohibirte la entrada en los restaurantes y te niegan la comprensibilidad social. Le han roto el corazón. He ahí otra metáfora desgastada y ajada por el uso excesivo. He ahí el puñal que me clavarán por la espalda los que se supone que son mis amigos.

Para las artistas de performance Regina José Galindo y Diana Pornoterrorista, sin embargo, el cuerpo es el objetivo y la herramienta, es el reflejo de la inquietud, y mi coño me ha confesado que se ablanda y se humedece con el simple hecho de recordar la última vez que Z lo utilizó, con rememorar los lametones de su lengua larga y escurridiza; pero que se ablanda y se humedece todavía más, que se pone blando y húmedo sin remedio cuando sorprende a las vecinas que le quedan a la vista desde la ventana del patio ofrecerse una a otra clítoris y vibradores, y, aún más, me ha confesado que en esas ocasiones se atrinchera en el borde de la ventana para seguir mirando, como si la del patio fuese la ventana de Hitchcock, y que desea con ansia frotar atrás y adelante, erika-kohut, estrujar debajo de su nariz lo que podrían ser las bragas de las vecinas.

Hasta que pequeños pedazos de piel se irriten, se levanten y caigan al suelo.

Por otro lado, el estómago me dice que en los dos últimos años ha acumulado depósitos inagotables de bilis y que ya es hora de eliminarlos, y que es mejor llevar el proceso en casa y bajo vigilancia de alguna persona adulta, por si acaso, si es que hay algún desgraciado alrededor que coja el balde de plástico azul de fregar y que me lo ponga frente a la cara, y mucho mejor si antes de abrir la boca me siento en el baño y me bajo los pantalones, porque el intestino me dice que él también ha acumulado una cantidad de mierda importante, que está a punto de obstruirse, y ya se sabe que al hacer un gran esfuerzo físico, como al subir cuestas o al parir o en nuestro caso al vomitar, los esfínteres se relajan, por eso huele tanto en las pendientes de los montes después de que haya pasado un burro, por eso están tan oscuras ciertas partes de las sábanas en los hospitales.

Una vez que el estómago entre en acción, el intestino también querrá echar lo suyo, y ahí estará, nadando en el retrete, mi dolor, mi aflicción, un amasijo de odio al alcance de la mano.

Gordo.

Marrón.

Humeante [1].

Pero el cerebro me dice que no tengo por qué ponerme escatológica, ni insultar a mi inteligencia o castigar a mis papilas olfativas, sino que es mejor que afile los dedos, que sude, me desangre, me derrame. Que aporree el teclado con la fuerza de un dolor que está a punto de desbordarse y construya algo desde las ruinas de esta embestida.

Monologue intérieur; pulso el botón que inicia el modo monólogo interior, que libera la lengua de las voces atrincheradas en las sienes, y la primera consonante rompe la mayoría absoluta de las onomatopeyas.

 [1] He utilizado la mierda como encarnación del sufrimiento, pero la mierda es algo más, la mierda es para algunos algo:

ERÓTICO, ya que no puedo olvidar, de ninguna manera, a Pynchon, a quien denegaron el Pulitzer por su Gravitys’s Rainbow aludiendo que había herido la sensibilidad del jurado, a pesar de que, al parecer, el problema principal fue una escena de excitación sexual provocada por la mierda entre el brigadier Pu­dding y Katje Borgesius (para quien quiera el latinajo, habría sido la coprofilia o, para ser del todo sinceros, en este caso la coprophilia el concepto que utilizaron como excusa los miembros del jurado para arrancar de las manos el premio a Pynchon, pero quién quiere latinajos si la lengua nos permite llamar a la mierda mierda de manera que todo el mundo lo entienda a primera vista), una larga escena sexual en la que el último toque climácico de las heridas que produce Katje con placer sádico en el pálido cuerpo del viejo Pudding consiste en cagar directamente en la boca del viejo, para que éste mastique la mierda por completo, se la trague y se corra. Es innegable que los miembros del jurado entendían la calidad de una manera bastante estricta, no solo porque achacaron errores a una novela enciclopédica brillante de unas 1.100 páginas, sino porque ese error tan terrible que le achacaron fue la obscenidad (¡!) (me sorprende también que lo más insultante de una novela con continuas escenas de sadomasoquismo y que describe un-mon-tón, digámoslo en mayúsculas, UN-MON-TÓN, de sexo sean esos dos párrafos; a mí misma me resultó mucho más desagradable la escena en la que castran al comandante Marvy —sí, esa misma; pensando que es Slothrop le cortan los testículos y los guardan en alcohol, en un bote de cristal alargado— sin anestesia, poniéndole solo un pañuelo untado en éter debajo de la nariz y en un hospital de campaña, es decir, en una sala de operaciones improvisada en lo que hasta entonces no era más que una sucia playa de Nordsee).

La mierda es también, para algunos, algo:

ESTÉTICO, ya que no puedo olvidar, de ninguna manera, a David Foster Wallace, porque en The Suffering Channel, el último de la colección Oblivion, nos presenta la extraordinaria historia de un escultor de la mierda, pero lo más asombroso es que el escultor en mierda no utiliza los excrementos como materia prima, bueno, en cierta medida sí, expliquémoslo mejor, el escultor en mierda no utiliza los excrementos como materia prima para esculpir, pero la mierda sí que es la materia prima de sus esculturas, de hecho es la única materia prima que utiliza, pero la cuestión es que expulsa las esculturas ya finalizadas, es decir, que en cierta manera las esculpe en los intestinos y para cuando salen por el ano los excrementos ya son obras de arte, marilyn monroes perfectas.

(SPOILER ALERT)

Skip Atwater es un pobre periodista que está condenado a cazar este tipo de historias absurdas para la sección sensacionalista de la revista en la que trabaja, y deja su elegante, conocida y querida NYC para dirigirse a la siempre más humilde Indiana en busca de Moltke, el escultor en mierda. Al principio es tan poca la fe que tiene en el reportaje que le han encargado que se muestra del todo incrédulo, escéptico, casi herético, pero la señora Moltke, que a pesar de sufrir obesidad mórbida tiene una flexibilidad y una capacidad física excepcionales y es además la mujer más sensual que Atwater haya conocido nunca, lo convence con sus triquiñuelas de femme fatale intercalando sus húmedos besos levantapollas con argumentos irrebatibles. En consecuencia, Atwater hace un gran esfuerzo porque la revista le compre el reportaje, pensando que si lo consigue la señora Moltke seguirá haciéndole carantoñas; la revista se lo compra pero le impone algunas condiciones: que demuestre, como le dé la gana pero garantizando una fiabilidad absoluta del 100 %, que las esculturas salen de verdad así por el ano, y que lo haga en público. Consiguen llevar al trastornado señor Moltke a NYC e instalan una cámara en el retrete para filmar el momento exacto en que expulsa sus esculturas y, cómo no, para emitirlo en directo (qué menos en la tierra de la libertad, donde incluso las ejecuciones se hacen live).

De todas maneras, lo importante es que DFW lo vuelve a conseguir, te introduce en la historia por completo, te tragas todo su absurdo, y entonces, cuando estás a punto de llegar al final que desatará el nudo, ves que cada vez te quedan menos páginas; al principio incómoda, luego preocupada y en los últimos párrafos totalmente acojonada, estás a punto de cagarte con Moltke. Sí, amigos, te vuelve a dejar sin final una vez más.

Y ahí tienes una lección epifánica; DFW se apropia de las leyes de la narración de manera extraordinaria y te demuestra que la cuestión no era si las esculturas en mierda de Moltke eran reales o no, sino que durante una hora para ti conocer la historia de Moltke se ha convertido en una cuestión de vida o muerte, gracias a la capacidad extraterrestre que tiene el tío (DFW) para narrar.

Entrañas
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Danele Sarriugarte Mochales

Leo, hablo, escribo y traduzco. Euskaraz gehienbat. http://www.argia.eus/argia-astekaria/egileak/danele-sarriugarte-mochales http://zubitegia.armiarma.eus/?i=907

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