Netflix y el caso Alcàsser: Una reflexión feminista sobre la teoría de la conspiración (machista) Ficciones, Pikara en serie

En el serial ‘El caso Alcàsser’ sobran imágenes, exclusivas, testimonios y falta feminismo. Por ello, y por una indignación que no mengua, explico por qué decliné la invitación a participar en la grabación y muestro las características que comparte esta serie con aquellos programas de televisión que supuestamente critica.

Imagen promocional de la serie de Netflix, consiste en un coche cuyos fotos sueltan una llamarada, sobre el mapa de una ciudad

Imagen promocional de la serie de Netflix

“Hacerlo todo visible para hacerse a sí misma invisible…”, esta y no otra es la estrategia narrativa que ha seguido el documental de Netflix. Han borrado sus huellas con el pretexto de la crítica – que no de la (auto)crítica- para (re)producir nuevamente un relato sobre el peligro sexual.

El eje troncal de toda mi elaboración teórica en Microfísica Sexista del Poder. El caso Alcàsser y la construcción del terror sexual (Virus, 2018) ha sido hablar de Alcàsser como una narración política que determinó a toda una generación de mujeres. Y lo perverso de este relato es que sigue vigente e insoportablemente actual a partir de series como la producida por Netflix. Conceptualizar el crimen sexual de Alcàsser como un relato implicaba obligatoriamente politizarlo, (re)definirlo y (re)significarlo desde la teoría critica feminista. Y sin esta perspectiva el caso Alcàsser era (es) un relato terrorífico.

En el serial de Netflix sobran imágenes, exclusivas, testimonios y falta feminismo. No hay ni conciencia feminista ni intención alguna de que la haya. Por ello, y por una indignación que no mengua, me ha parecido importante pronunciarme y explicar cuáles fueron los motivos por los que decliné la invitación a participar en la grabación. Y, simultáneamente, mostrar algunas de las características comunes que considero que comparte esta serie con aquellos programas de televisión sobre los cuales supuestamente pretende proyectar una crítica. Una de ellas, y la más importante, está claramente explicitada en mi trabajo: su impacto en la vida y en el cuerpo de las mujeres, algo que nadie que trabaje en la esfera mediática debería ignorar.

Desde Bambú Producciones me hicieron llegar un esquema de guión. En el encabezado citaban un párrafo de mi libro y exponían varias ideas que tenían que ver con el desarrollo teórico de mi trabajo pero descontextualizadas y despojadas de toda significación político-feminista. Utilizaban algunas de mis argumentaciones para asociarlas a testimonios y darles un uso y tratamiento morboso. Otra característica importante de su propuesta es que no tenían previsto entrevistarme; yo solo podía salir a lo lejos. Justificaban esta decisión por una cuestión de formato: solo las personas directamente relacionadas con el caso serían entrevistadas. Su intención era grabar una presentación o escenificarla reuniendo a un pequeño grupo de mujeres y registrarlas hablando sobre el impacto de Alcàsser en sus vidas. Automáticamente, asocié a esta propuesta una imagen muy evidente: la de aquellos periodistas que un 28 de enero de 1993 organizaban, en función de su relevancia emocional, a familiares y amistades para ser entrevistados.

En un email de respuesta les detallé, párrafo a párrafo, todos aquellos elementos que, en mi opinión, se concitaban con la única intención de producir morbo. Además, me resultaba contradictorio que no se contemplase la posibilidad de entrevistarme, solo por no tener relación directa con el caso. Mi voz no es individual, es colectiva, somos la generación que padeció las consecuencias del relato en su propio cuerpo; no somos personas ajenas al caso, no más que un periodista que cubrió en su momento la noticia o un policía que detalla el caso. La pregunta que les lancé era obvia: ¿qué estáis priorizando aquí?

En la primera conversación telefónica que mantuvimos les pregunté si la serie iba a tener perspectiva feminista. Respondieron que no, que ese no era un enfoque que pudiese servirles para contar el caso. Intentarían, no obstante, meter algo. En su opinión, mi trabajo podría funcionar en la narrativa únicamente si conseguían testimonios de mujeres hablando sobre las consecuencias del caso. Pero había algo más: querían este recurso como imagen previa que les fuera útil para conseguir los testimonios de las amigas más cercanas a las adolescentes. Y para ello necesitaban mi presencia. Y aquí estaba la cuestión: veintiseis años después, el formato había cambiado pero las intenciones seguían intactas. No les interesaba mi trabajo, solo la exclusiva.

Sus intenciones, sutilmente disfrazadas, me ofrecían el minuto con el que toda feminista en un régimen heteropatriarcal ha de conformarse. Y lo rechacé. En consecuencia, mi nombre ni siquiera aparece en los créditos finales, junto con las personas que han declinado participar en la serie. No existo. El patriarcado herido en su condescendía se enfada (una vez más).

Una de las cuestiones que más me preocupaba y que les trasladé desde el principio era saber qué imágenes se iban a proyectar y si tenían pensado hacer una reconstrucción de los hechos. Sus respuestas eran ambiguas pero remarcaban constantemente su intención de “sanear” todo el trabajo realizado hasta la fecha; poner en evidencia la teoría de la conspiración y cuestionar la actuación de los medios de comunicación.

Es evidente que, si hay algo que ha sido “saneado”, es el relato sobre el peligro sexual. Nos habéis mostrado imágenes de las autopsias, reconstrucciones terroríficas ubicadas en la casa de la Romana mientras el director, a oscuras, leía los hechos probados de la sentencia. La gran exclusiva de Netflix, con la que prometían desvelarnos una verdad hasta ahora no emitida, se trataba en realidad de una exposición de las escenas del juicio donde diferentes protagonistas relatan detalladamente las torturas sexuales.

“La circulabilidad de la imagen –dice Judith Butler- permite al acontecimiento seguir sucediendo, por no decir, incluso, que, gracias a estas imágenes el acontecimiento no ha cesado nunca de ocurrir”. Alcàsser no ha cesado de ocurrir y este es el aviso aleccionador que habéis protegido, nuevamente, en vuestra narrativa. Y en esta misma línea, quizás la teoría de la conspiración que no habéis conseguido denostar, es aquella gracias a la que, una y otra vez, tomáis nuestros cuerpos, reubicándolos en lo público y como públicos. En definitiva, la conspiración machista que goza de una salubridad perversa.

Me gustaría terminar con una cita de Agamben que también utilizo en mi trabajo: “… la pena no sigue al juicio sino que éste es él mismo la pena. Se podría decir incluso que toda la pena está en el juicio, que la pena impuesta –la prisión, el verdugo- solo interesan en la medida en que es, por decirlo así, una prolongación del juicio”. Una pena o sanción es una medida que se establece para aquellas personas que infringen una ley o norma, y es precisamente sobre esto sobre lo que versa el relato Alcàsser. Siguiendo esta misma lógica, el análisis de la serie me interesa –al igual que en su momento me interesó analizar el juicio sobre Alcàsser- únicamente en la medida en que se va a configurar como la prolongación del castigo impuesto a las mujeres. Es una narrativa de límites para respetar, de normas patriarcales que han sido transgredidas y deben ser restructuradas. Se configura así como la pena que se prolonga y como el aleccionamiento que puede cernirse sobre todas nosotras. Un nuevo capítulo del serial Alcàsser que culmina en una nueva adaptación para la televisión de Netflix.

Lo habéis dejado todo muy claro. Habéis preferido priorizar el testimonio de Juan Ignacio Blanco en detrimento de otras entrevistas mucho más enriquecedoras y potentes. Y ahí se transparenta, de manera luminosa, qué es lo que buscabais. Hubieseis podido priorizar emitir la grabación completa de mi muy querida amiga Carme Miquel (de más de 3 horas de duración), referencia educativa incuestionable, escritora, maestra feminista que jugó un papel determinante para las adolescentes de la época en el colegio de Alcàsser. Hubieseis podido dedicar todos esos capítulos a hacer un análisis serio y riguroso sobre la cultura de la violación desde una perspectiva política feminista, cuestionando los privilegios masculinos y la sociedad machista que sustenta y cobija el terror sexual como estrategia de dominación patriarcal. En ese caso, quizás ahora podríamos estar hablando de un documental.

Las últimas imágenes de la grabación, más que forzadas, sintetizan bastante bien el carácter regenerador y reaccionario de la serie.

Tenéis que saber que ya hay otro relato, que Alcàsser es nuestro, nos lo reapropiamos y resignificamos desde el feminismo para defender con uñas y dientes el cuerpo de todas nuestras compañeras. Nuestra narrativa crece, irremediable y exponencialmente. Que os quede claro: si tocan a una, nos tocan a todas.

Feminismo y autodefensa feminista, compañeras.

Fe de erratas: En una primera versión de este texto, el nombre del pueblo de Alcàsser estaba mal escrito. 

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Microfísica sexista del poder, de Nerea Barjola

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Nerea Barjola

Feminista, activista, escritora, doctora en feminismos y género y autora de Microfísica sexista del poder. El caso Alcásser y la construcción de terror sexual. [Foto: Iñigo Azkona]

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