Sobre cómo opera el ego del hombre patriarcal para impedir el análisis de ideas  Participa

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Michelle Renyé

Imagen cedida por la autora

Quisiera compartir unas reflexiones basadas en experiencias vividas como mujer joven en los ochenta y noventa y como pensadora feminista hasta hoy en día (2019), porque podrían ayudar a nombrar y pensar temas de comunicación y género y violencias no físicas, principalmente la conceptual (siempre reflejada en el lenguaje), pues nos hace concebir el mundo humano como no es (por ideas prevalentes socialmente transmitidas durante siglos).

Mi conclusión es que para que una persona varón de una sociedad patriarcal pueda mantener una conversación feminista sobre género con una persona mujer es necesario que él se esté trabajando o sea consciente del problema del ego del Hombre patriarcal: ese llamado “privilegio” que es la idea y sentimiento de que todo gira en torno a Él, por lo que cuando se está analizando una cuestión, todo lo llevará a lo personal en el contexto además de la “guerra de sexos” patriarcal, lo que desviará y distorsionará el tema de la conversación de análisis, impidiendo que se pueda seguir ahondando en la comprensión de la cuestión. Voy a ofrecer dos ejemplos.

Ejemplo 1. ¿Conversación interesante? No. Preliminar para relación sexual
Cuando inicias una conversación política* con un varón siendo mujer joven, el salto a la cuestión sexual es automático. (Incluso ella, no sintiendo deseo, llegará a saber, más tarde y por leerlo en la situación o en su interlocutor, que eso es lo que va a ocurrir. Tenderá a sentir que tiene que colaborar porque como ser cultural, ella sabe que debe atender al Hombre en sus necesidades y Él sabe que puede imponerlas.) Tendrías que sentirte elegida, afortunada. Cuando no somos conscientes de esto críticamente, “consentimos”. También sabemos lo que pasa cuando dices “No”: “Disculpa, para mí estamos manteniendo una conversación política, no estaba pensando en mantener una relación sexual contigo”. Recibes respuestas agresivas. La respuesta de agredirte con su desprecio, amenaza o  insulto abierto, sabiendo que contará con el apoyo o comprensión de esa mayoría con tan poca cabeza y corazón. La respuesta victimista emocional: que tú no te sientas atraída por él (siquiera porque estabas concentrada en la conversación) le hace un mal: humillarle, ofenderle, decepcionar. La respuesta victimista de daño físico: basada en la mentirosa explicación de que tú le has provocado activamente el deseo que siente, y tienes que aliviárselo porque si no, le duele. La respuesta de la violación “merecida”, a la que no puedes llamar “violación” porque consentiste. Todo esto responde a la concepción patriarcal de que el Hombre es el centro del mundo y ellas están a su servicio, en esta jerarquía deshumanizante que cada vez más personas queremos superar. No cabe la posibilidad de que ese momento de análisis de un tema sólo sea eso, hacer una puesta en común, explorar ideas para comprender mejor. Se trata de un hecho del heteropatriarcado, que afecta a todas mujeres (incluidas las heterosexuales, que no necesariamente sienten deseo por todos los varones) y sobre lo que las mujeres no deben hablar ni ser escuchadas.

Ejemplo 2. ¿Análisis conjunto entre iguales? No, tú eres excesiva y no razonas
Finalmente sale, para desgracia y lentitud evolutiva de la humanidad: un varón que se considera feminista ignora la autocrítica, rastrearse cómo el modelo identitario patriarcal le hace pensar cosas que no son reales, y éstas salen. No quiere pensar que en las culturas patriarcales padecemos una tara conceptual por educación de siglos. Aunque tenga muy buena intención, le ponga mucho esfuerzo, sea muy inteligente o sensible, por bien o mal que encaje en el mundo o construya su papel de Hombre crítico con el Sistema, no considera la posibilidad de que quizá no lo enfoca o comprende todo bien, que tiene algo que aprender de quienes se han visto más crudamente expuestas a esa ideología cultural, las “mujeres”, el grupo oprimido en el modelo identitario del sistema sexo-género patriarcal. No quiere comprender que él tiene el “privilegio” de ser considerado superior: que la sociedad de hoy y ayer creerá que Él tiene más razón, medida, inteligencia que ella, por algo es el líder de la especie, por algo ha sido durante siglos la medida de todo lo humano (por ejemplo, protagonizando la filosofía y la historia, donde a ellas se les ha prohibido estar, no que no hayan estado). Incluso un varón que esté desarrollando inteligencia feminista puede negarse a ver cómo por su Ego cultural, distorsiona o descentra una conversación para que no se pueda seguir analizando el tema, porque es un sentimiento muy fuerte: que lo importante es que, ella, la siempre histérica** o excesiva, le ha atacado. No se revisarán los argumentos de análisis de ella –sean o no refutables o matizables***–, sólo se escuchará la voz de Él, juez legítimo y aplaudido verdugo.

En estas experiencias entra en juego además un tema que requiere más análisis para que lleguemos a incluirlo en nuestra mente cultural: cómo cotidianamente ponemos muy difícil u obstaculizamos que las mujeres puedan ser respetadas como pensadoras y personas capaces de razonar con inteligencia; cómo no queremos considerar sus ideas “útiles y buenas” para la evolución hacia sociedades regidas por la racionalidad empática (lo que nos ayudaría a superar la violenta Razón patriarcal). Si eres mujer es muy difícil poder expresarte y ser escuchada como persona, si la conversación es con un varón (varón que puede o no saber más). El obstáculo clave es el instinto cultural patriarcal de Él (todo lo que la sociedad lleva siglos validando) a no tolerar (y sentirse en la obligación y deber de no tolerar) que mujeres y hombres sean personas que emplean el análisis para explorar y ahondar en una cuestión y poder así conocerla. Lo que siendo temas tratados desde la inteligencia feminista nos permitiría además evolucionar hacia una mejor comprensión de cómo superar todo a lo que nos lleva la tara ideológica patriarcal, que se perpetúa en el lenguaje, las relaciones, las actitudes violentas e injustas de este tipo de cultura, tan obsesionada con una visión de identidad humana que nos deshumaniza porque impide el desarrollo de nuestro potencial humano. 

Sin una conciencia autocrítica feminista honesta, valiente y visionaria o lúcida, el varón, por bueno que pueda o quiera ser, tenderá a no aceptar que una mujer pueda estar haciendo una observación crítica relevante y procedente o fundamental; tenderá a sentirse humillado porque viene de una mujer y le acusará de algo falso que será lo que Él la está haciendo (versión feminista de un refrán: “Dime de qué me acusas y te diré lo que me estás haciendo”). En un análisis crítico junto a una mujer, el Hombre patriarcal, al sentirse incómodo, se ubicará por encima de ella (moral, intelectualmente) utilizando su posición de poder. No le bastará con poner fin a la conversación. Su yo tenderá a buscar hacerle un daño aleccionador a ella, recordarle su sitio. Así seguimos, siglo tras siglo, sin poder tratar cuestiones que nos ayudarían a ir más rápido en nuestra evolución hacia la construcción de sociedades más respetuosas con la vida en el planeta, aprendiendo a ser libres, convivir y dialogar.

Mucha gente lo ha dicho a lo largo del tiempo, incluso cuando la palabra “feminismo” no existía. Recientemente, Chimamanda Ngozi Adichie (Nigeria) lo explicó tan bien que ahora su breve y claro ensayo es materia de estudio en muchos centros educativos del mundo: que “todas las personas deberíamos ser feministas” porque la cultura la creamos y transformamos a diario. Los hombres necesitan comprender que pertenecen al grupo opresor culturalmente, lo quieran o no, y cómo eso se manifiesta, pues incluso siendo o queriendo ser buena persona o inteligente, si no se vigilan en los análisis de temas, diálogos o debates, su yo cultural patriarcal les hará escuchar poco y tenderán a verse y ser vistos como más razonables, bien intencionados, inteligentes que las mujeres que con ellos estén analizando. Desde la autocrítica feminista hemos aprendido (las mujeres con más facilidad por sus siglos de dudar de sí mismas como pensadoras, creadoras y activistas) que nuestros deseos y buenas intenciones no garantizan que estemos comprendiendo las cosas. Pero no saber, no comprender es algo que le pasa también a los varones. Que una mujer exprese una idea que no considera un varón no debería ser percibido como humillación para Él y como agresividad por parte de ella. Bastaría agradecer ese análisis, que nos permite considerar otro punto de vista y quizá salir de un error o una visión no tan acertada. Sin embargo, se impone un tabú, no pensar ni decir lo evidente: “Hay más gente que razona/piensa”. Tendríamos que apreciar la oportunidad, el valor de poder escuchar ideas que pueden liberarnos de lo que somos culturalmente y rechazamos por violento o injusto. Con ello, nos podernos construir como identidades humanas de las variadas formas de identidad que existen en nuestra especie (personas, mujeres diversas, hombres diversos…), evitando así perpetuar la gran mentira patriarcal de que unos genitales y sólo los genitales atribuyen cualidades humanas a cada persona, esa “delirante idea deshumanizante”. 

Lo que nos ofrece la puesta en común –si no la convertimos en un campo de batalla del ego patriarcal–, “analizar temas en comandita”, es una extraordinaria oportunidad donde 1 + 1 no resulta ser la suma de las partes sino mucho más: una comprensión más honda y transformadora de lo que somos como personas, y a través del impacto de nuestra existencia, como sociedad y cultura capaz de evolucionar a mejor.

Michelle Renyé es escritora anónima, administradora de mujerpalabra.net y talkingpeople.net, y se gana la vida en la enseñanza pública

 

Notas

* “política” en el sentido más amplio que le dan los movimientos sociales.

** Sobre “ponerse histérica”: Aquí podríamos escribir otra reflexión sobre por qué ante un comportamiento histérico masculino, hacemos como que no está ocurriendo e incluso se lo atribuimos a quien no lo tiene, siempre que sea mujer.

***Las mujeres feministas sabemos que nadie lo sabe todo, es decir, somos potencialmente capaces de aceptar algún error conceptual, si se demuestra que se puede construir mejor o tiene un fallo. De hecho, ¡llevamos siglos impulsando la evolución del pensamiento!, a pesar de todas las prohibiciones y dificultades añadidas, como la de no poderse vernos como pensadoras en la sociedad.

Sobre cómo opera el ego del hombre patriarcal para impedir el análisis de ideas 
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