fbpx

Militancia, fe y deseo: las siete vidas de Rosa Arauzo Crónica, Voces

Supo desde muy joven, en el franquismo, que su vida era el activismo. Con 74 años sigue volcada en su compromiso político y social, aunque fantasea con centrarse en la escritura y la oración. La madrileña Rosa Arauzo es un referente como lesbiana mayor y como feminista cristiana, una abanderada de la libertad sexual y de la espiritualidad progresista.

Rosa Arauzo en una fotografía para su candidatura al Consejo Ciudadano Estatal de Podemos, inconfundible con su boina morada y sus gafas

Rosa Arauzo en una fotografía para su candidatura al Consejo Ciudadano Estatal de Podemos, inconfundible con su boina morada y sus gafas.

La vida de Rosa Arauzo Quintero (Madrid, 1945) es apasionante y convulsa, marcada por la libertad sexual y el activismo, pero también por las adicciones y las renuncias. El cuerpo del dictador seguía caliente cuando Arauzo se enamoró de una mujer y decidió dar carpetazo a su matrimonio. Asumió unos costes personales tremendos por defender el derecho a vivir su vida sin mentiras. El más doloroso, perder la custodia de sus seis hijos e hijas. En la actualidad vive con dos de ellas: “Una es lesbiana y la otra es trans. Le llamamos el sector rosa de la familia”, ríe.

Jubilada precaria, asistente social de formación, trabajó en la última etapa de su vida laboral cuidando a ancianas dependientes. Hoy participa en la Fundación 26 de Diciembre, que acompaña a las personas mayores LGTBQI en Madrid. 

La entrevisté en octubre de 2017 dentro de unas jornadas en la Universidad Complutense de Madrid, ante un círculo de estudiantes encantades de escuchar las memorias y reflexiones de esta mujer deslenguada, entrañable y brutalmente honesta. Las palabras que más repite son “cariño” y “maravilla”. El pretexto informativo del 28-J me anima a desempolvar la grabación. No soy la única: me cuenta por teléfono que tiene ganas de que pase el Orgullo porque está venga a dar entrevistas a medios sobre ser lesbiana mayor. Me salto el límite de extensión que marcamos en Pikara Magazine, porque sus 74 años de vida no caben en 12.000 caracteres con espacios.

1- La infancia: hija de la transgresión

Rosa Arauzo es hija de la transgresión de género. Su madre murió por un aborto provocado en casa, cuando ella tenía tres años y medio. “Se levantó y se desangró. De esto me he enterado siendo más mayor. Cuando murió, me llevaron de luto a enterrarla al Cementerio del Este, que es como se llamaba entonces al de La Almudena, a mí eso no se me va a olvidar nunca”. No conoció a su padre biológico. Su familia materna era rural y de pocos recursos económicos. Supieron de un matrimonio sin hijos en Ventas y decidieron darles la niña en adopción esperando que así tuviera educación y un futuro. A su hermano lo mandaron al colegio de San Ildefonso, el de los niños cantores, que entonces era un orfanato.

Su familia adoptiva le trató “como una reina”. “Mis padres son una gente extraordinariamente buena. Mi madre no quería que yo hiciera nada de la casa, no fuera que las vecinas pensaran que había traído a esta hija para explotarla. Yo leía mucho y vivía una vida paralela. Pensaba que algún día saliendo a la calle encontraría a mis padres. ¿Y adónde se me ocurría ir? A la calle Serrano, no a Vallecas. Mi fantasía era la de esos papás elegantes que me verían y dirían: ‘Huy, ¡pero si eres mi Rosita!’. En aquel tiempo, ser pobre no me gustaba”. 

Cuenta que con apenas 10 años tuvo sus “primeros escarceos con hombres”. “Luego entendí que eso era abuso, pero yo consideraba que les había provocado. Te viene esa cosa de la niña que tiene que estar en casa cosiendo, siendo muy pura… Y yo era muy puta, no muy pura. [Ríe] ¿Qué me salva a mí de toda esta situación? Que en lo más profundo de mi corazón sabía que, ames a quien ames, Dios te ama. Mi refugio era Dios como yo lo concebía”.

Arauzo siempre ha tenido la valiosa cualidad de creer en un dios que cree en ella como es.

2- La adolescencia: pecar sin conciencia de pecado

La que hoy es un icono LGTB en Madrid, no tuvo referentes lésbicos de niña: “Esos temas no existían”. Pero, curiosamente, en la adolescencia mantuvo una intensa amistad con una mujer quince años mayor que había sido expulsada de su congregación religiosa por haberse enamorado de una compañera. De esto también se enteró más tarde. En aquel entonces, la joven Rosa no entendía por qué causaba tanto revuelo que paseasen juntas o durmieran la siesta. Tampoco entendía por qué Concha estaba siempre tan atormentada: “Yo sabía que tenía mucha ruptura interna pero no me contaba por qué. A mí me daba mucha pena y la apapachaba, que dicen en México”. 

Se conocieron en los talleres de corte y confección a los que le apuntó su madre, -“empeñada en que yo leía demasiado y me iba a volver loca”- y que después compaginó con el bachillerato nocturno. Concha y Rosa estaban también metidas en grupos cristianos de educación popular y tenían el mismo guía espiritual, un párroco de Tetuán. Un día que fue a confesarse, el cura le dijo: “Te tienes que separar de la Concha porque le estás haciendo mucho daño. No puedes vivir con ella de esa manera”. “Yo no tenía conciencia de pecado ni de que era lesbiana, para mí éramos unas amigas que nos queríamos. Fue horrible. Tuve que dejarla”. 

Pasaron veinte años hasta su primera relación con una mujer. “Nunca estuve en el armario porque no tuve conciencia de mi lesbianismo hasta entonces”.

3- La juventud: una agitadora en el franquismo

Desde joven, Rosa supo que su vida era la militancia. Empezó a participar en la lucha antifranquista y sindical a los 19 años. “Mis compañeros eran obreros. Yo siempre me he considerado como un pájaro extraño, pero me comprometía en lo que podía. Mi mentalidad era bastante más burguesa de lo que yo pensaba. Me decían de repartir octavillas, y yo les advertía que si me cogía la policía cantaría todo. He sido siempre muy temerosa”. 

Estudió asistente social e hizo prácticas como profesora de párbulos en un colegio católico. Ahí topó con la censura. Organizaron una función para recaudar dinero para un viaje de estudios y eligieron La casa de Bernarda Alba. La directora de la escuela, Sor Montserrat, le dijo: “¿Cómo se te ocurre programar la obra de un comunista?” En ese momento no se hablaba de Lorca como homosexual, eso era inombrable.

Abandonó su vida laboral como asistente social tras varios encontronazos y decepciones. Recuerda unos años en los que trabajó con población gitana en la parroquia de Mirasierra. “Me tuve que pelear con el párroco porque hacía una utilización de los gitanos vergonzosa. Si no hacían lo que él quería, como comulgar, no les ayudaba. ¿Volver con esa gentuza? Es una carrera hermosa pero decidí no seguir”.

3- Brasil: Un matrimonio en crisis 

Rosa se casó con un ingeniero técnico electricista que había estudiado en Brasil. No habla mal del matrimonio ni de la maternidad, de la que disfrutó mucho ayudada por su madre adoptiva. Tuvo  ocho embarazos: el primer hijo se murió a los dos meses de una cardiopatía congénita, y más adelante tuvo que interrumpir otro embarazo con un aborto terapéutico. “Tenía tantos hijos porque en ese entonces estaba en contra del aborto, no usaba preservativos, ¡y follaba mucho!”. Lo peor de la maternidad eran los partos: “Me daba mucho miedo parir. Cuando iba a parir me decía la enfermera: “Señora, ¡pero si usted ya tiene experiencia! Pero era un rollo patatero”.Rosa Arauzo: «El movimiento feminista me cambió la vida y me dio fuerza para afianzar lo que yo quería hacer con mi compromiso político, con mi afectividad» Clic para tuitear

Al marido le surgió una oportunidad laboral en Brasil y ahí se mudaron con sus seis hijos e hijas. Dos días antes de marchar, fueron de cena de despedida con una pareja amiga y vieron en el cine la película erótica Emmanuelle, que había estado prohibida en la dictadura. Rosa contó en la mesa que le había fascinado la relación entre dos mujeres que mostraba la película: “¡Cómo se amaban!” “Tú estás loca, pero si eso es una cosa que no existe..”. “¿Ah, no existe? ¿Entonces lo ponen en la película porque no existe? Si era un amor explícito, se amaban en la cama…”. Esa anécdota marcó su despertar lésbico, que quedó latente un tiempo. 

La crisis matrimonial tuvo otras razones. Su marido confiaba en que, en un país extraño, Rosa se limitaría al papel de ama de casa y madre de familia numerosa. Pero contrató a una trabajadora del hogar y se volcó de nuevo en la militancia, acogiendo en su casa a personas refugiadas que huían de las dictaduras de Videla [Argentina] y de Pinochet [Chile]. “Sergio ya no podía más. Se dijo: ‘La saco de casa, a ver si cambia, y se mete en más tinglados’. Ahí me di cuenta de que este hombre y yo teníamos formas incompatibles de sentir y de vivir”. En 1977, decidieron de mutuo acuerdo separarse durante un año y Rosa volvió a Madrid. 

4- Una divorciada feminista, lesbiana y católica 

Dos años después de haberse separado, Rosa se enamoró de la profesora de música de sus hijos e hijas, con la que convivía mucho porque participaba en el AMPA y en el comedor escolar. Esta profesora, que había tenido siempre relaciones con mujeres, le pidió discreción. “Pero se nos notaba un montón, qué quieres que te diga, porque estábamos perdidamente locas la una por la otra”. 

La lesbofobia interrumpió súbitamente su vuelta a la militancia en Madrid. Cuando contó en su organización que había decidido divorciarse y que había conocido a una mujer con la que iba a compartir su vida, “se quedaron con los ojos como platos”. Después, le avisaron de que dos compañeras del grupo se irían del grupo si ella seguía en él. “Dije: ‘Yo no quiero ser piedra de toque, no pasa nada, la que me voy soy yo’”. Todas sus amistades menos un matrimonio le cerraron la puerta. No lo cuenta con resentimiento sino con aceptación: “Entendía que en aquel momento era imposible que estas personas pudieran reaccionar de otra manera y yo tenía la seguridad interior de que lo que había hecho es lo que tenía que hacer. Estaba feliz de haber encontrado a esa maravillosa mujer”. 

Diciembre de 1979. Tres mil feministas se reunieron en Granada en las II Jornadas Estatales sobre la Mujer. El debate intrafeminista fue acalorado, especialmente entre quienes defendían la doble militancia (la feminista y la socialista en sindicatos y partidos políticos) y las feministas radicales que sostenían que la principal fuente de opresión era el patriarcado, ya fueran los hombres proletarios o burgueses. También dio que hablar una ponencia que defendía el lesbianismo como alternativa política. 

La pareja de Rosa ya estaba vinculada al movimiento feminista, y juntas disfrutaron de esos encuentros. “Fue revelador. El movimiento feminista me cambió la vida y me dio elementos de fuerza real para afianzar lo que yo quería hacer con mi vida, con mi compromiso político, con mi trabajo, con mi afectividad. Aunque mi gente no lo entienda”. En el feminismo también topó con incomprensión, hacia el hecho de que fuera una madre católica practicante. De nuevo, lo cuenta con aceptación: “Lo comprendo perfectamente. Eran comunistas, pues tampoco me entendían, qué vamos a hacer. Pero ahí se iba la Rosa, pumba, pumba”. 

A sus hijos e hijas les explicó que “hay hombres que se enamoran de hombres y mujeres que se enamoran de mujeres y no pasa nada. Ellos querían mucho a P.”. A su madre casi le dio algo cuando Rosa se vino sola con las criaturas de Brasil, y el shock definitivo fue cuando vio que se había emparejado con una mujer. “No podía entender nada. Y yo entiendo que mi madre no lo entendiera. Muchas veces he pensado: ese cáncer que tenía oculto mi madre en la cabeza, igual le ha surgido porque no podía aguantar esta historia. No hablaba con P. nunca. Siempre se dirigía a mí. Pero siguió ejerciendo de abuela”.

Un buen día, Rosa cogió el teléfono y le dijo a su marido: “Quiero que sepas que no voy a volver. Estoy con una mujer”. “Pobrecito, fue como si le hubiera caído una losa encima”. Le retiró la palabra para siempre, hasta el punto de que la segunda mujer de éste tenía que hacer siempre de intermediaria cuando Rosa quería hablar sobre sus hijos. Un compañero del AMPA que era abogado, le advirtió de que el marido tenía todo a su favor para quitarle la custodia de las criaturas: “Me dijo que negase delante de un juez que estaba con una mujer. Yo le dije que no lo iba a hacer”. Fue una época horrible para Rosa y pasa de puntillas por ella: “P. se fue con otra mujer, tuve dos intentos de suicidio, y llevé a mis hijos con su padre”.

Lo que más le dolió fue dejar a su hija Verónica, porque sabía que su exmarido no aceptaba la transexualidad de ésta, expresada desde muy pequeña: “En su manera de mirar, de moverse, en sus gustos… Era una delicia. Le encantaba peinar a mis compañeras, decía que era peluquera… Pues qué bien, ¿no? Sabía que le tocaba una vida compleja, pero ahí estaba su madre para ayudarla”. Es el único momento de la charla en el que la garganta se le quiebra y brotan las lágrimas. Una vez que fue a visitarla, la niña Verónica le contó que no le dejaban usar ropa de mujer. “Le dije que no se preocupase, que iría a buscarla… La traicioné y eso no se me va a olvidar nunca”. Se reencontraron 20 años después. “Ella me dice: ‘Venga mamá, joder, que no pasa nada, está todo bien’. No pude hacer las cosas que hoy entiendo que hay que hacer de otra manera. Yo fallé, pero no podía hacer otra cosa, estaba sobreviviendo. Me emociono y no me importa”. 

5- Tocar fondo

La infidelidad de P. la dejó hundida. “Me encuentro esto que es bueno, que es divino, y resulta que el pendón desorejado ese se me va… Fue una patada a mi ego herido, ojo”. Hace un paréntesis en su relato para reflexionar sobre el mito del amor romántico: “Nadie se merece morir por otro. Cuando las cosas se van sucediendo de tal manera que pierdes el norte de muchas cosas personales y profesionales, es porque en realidad te has situado en una fantasía”. 

En ese momento, entró en juego la adicción al alcohol y las drogas. “Yo soy una persona adicta, ahora puedo decirlo y decir ‘por 24 horas no consumo’”. ¿Eran más proclives las personas LGTB a las drogodependencias, en un contexto de estigma y soledad? De entrada, le ve sentido: “Cuando no hay referentes ni apoyo colectivo, te ves muy sola. ¿Qué te quita el dolor? Pues un tirito, una copa…” Pero duda y se corrige: “Ojo, es mi caso, pero yo soy adicta independientemente de que sea lesbiana o bisexual. La adicción es una forma de vivir”.

De nuevo, pasa de puntillas por una etapa horrible, en la que tuvo una relación de pareja con una mujer 22 años menor que ella. “Murió por el sida. Desde ese año, 1995, no he vuelto a tener pareja de ningún tipo”.

6- Y volver a flotar

En los momentos más dramáticos, la fe era su salvavidas. “Yo nunca he perdido la confianza de que Dios me ayudaba, estaba conmigo y tenía una paciencia infinita. Ese ser maravilloso, ese Dios de amor, está esperándome y me ayuda. Me sirve para vivir”.

En ese año 1995, Rosa había empezado un proceso de desintoxicación, había cumplido 50 años, y se dio cuenta de que con esa edad no se podía permitir dar muchos tumbos. En su intermitente carrera laboral, apenas había cotizado, y no quería convertirse en un lastre para sus hijos e hijas cuando cumpliera 65 años. Sus estudios de asistente social en el franquismo no eran homologables a la carrera de Trabajo Social. Una amiga le dijo que necesitaba cuidadora para su tía, a la que habían operado de la cadera. “De entrada me pareció un horror pero luego dije, ‘es maja la tía’. Y ahí entré”. Pasó 15 años cuidando a personas mayores dependientes, con enfermedades como el alzhéimer, y así cotizó lo suficiente para tener hoy una pensión contributiva de 600 euros. “Me ha ayudado mucho también a centrarme, a organizarme. Debo mucho a las personas a las que cuidé”, reflexiona.

Rosa Arauzo: «Estamos en deuda con las mujeres trans de Stonewall, que no se nos olvide. Y con las de Barcelona. Hay algo que nos atraviesa a todas: el puto patriarcado» Clic para tuitearEse proceso de ordenar su vida incluyó el reencuentro con algunos de sus hijos e hijas. Con otros no. Habla con especial cariño y orgullo de su hija Verónica. Insiste en que busquemos vídeos suyos en Facebook. “Verónika Arauzo. Es una activista tremenda, pero tuvo que irse por el camino de la prostitución, no tenía otra. Y tenemos divergencias, ¿eh? Ella es activista por los derechos de las trabajadoras sexuales, apoya la prostitución libre, y yo soy abolicionista. Pero yo tengo que respetar, faltaría más, no solo a mi hija sino a todas las compañeras también”. 

Con su hija ha aprendido mucho sobre identidades trans. En la charla le preguntan por la participación de las mujeres trans en el feminismo, y responde vehemente: “Estamos en deuda con las mujeres trans que salieron en Stonewall, que no se nos olvide. Y con las que salieron en Barcelona. Hay algo que nos atraviesa a todas y todos, que es el puto patriarcado, el que impone la heteronormatividad”. Le frustran que en espacios feministas se siga sin aceptar a compañeras trans y entiende que a su vez muchas mujer trans se sientan rechazadas por el feminismo. “Hemos cometido a veces el fallo horrible de, cuando han querido entrar en nuestros congresos, decir que en el fondo son tíos. ¡Dónde vas con el cabastro! ¡Nos falta formación! A mí me falta formación, tengo que analizar, discutir, descubrir…”

7- La vejez, Dios y el activismo

La tercera edad le trajo sorpresas a Rosa Arauzo: nuevos espacios de militancia donde desarrollarse sin las cortapisas de la lesbofobia tardofranquista. Uno de esos espacios fue el 15-M, al que se sumó con entusiasmo. Y de ahí se involucró en Podemos. En 2015 fue como número 2 en las listas al Senado en Madrid. ¿Hay espacio para una mujer mayor en política? “Hay el espacio que tú te quieras dar; no es el que te ponen los otros sino que te lo tienes que crear. ¿Cómo? Estando donde quieres estar. Yo vine a coooperar, a compartir procesos, soy una más, con mis compañeras feministas”. 

Participa en el círculo de espiritualidad de Podemos y, aunque sigue siendo católica, participa en la Iglesia Comunitaria Metropolitana, una iglesia evangélica fundada en Canadá, porque es inclusiva para las personas LGTBIQ. Admira a las teólogas feministas y tiene confianza en que la Iglesia católica se abrirá pronto a la diversidad. Por más que le han cuestionado por los dos lados, a ella nunca le ha supuesto un conflicto ser lesbiana y religiosa: “Yo tengo una conciliación personal con el Dios de amor en el que creo, padre-madre, que me dice que tengo que acoger a las personas con amor, con respeto, con misericordia. No podemos trabajar para que los otros nos acepten, si nosotras y nosotros no nos aceptamos plenamente: cómo vivo mi sexualidad, mi opción, qué quiero expresar, qué tengo que sacar de mí para poder ser yo en esta dimensión nueva. Es verdad, estamos aflorando, qué maravilla, pero debemos estar juntos y apoyarnos”. 

Y otro espacio de apoyo es la Fundación 26 de Diciembre que acompaña a las personas mayores LGTBIQ en un contexto en el que, cuando entran a una residencia, “se tienen que volver a armarizar. Qué fuerte, ¿no?” Habla ilusionada de cómo la Fundación va consolidando una residencia inclusiva, habla de su programa de atención para personas mayores en exclusión social, de un programa de escucha activa… 

Le propongo, para ir cerrando la entrevista, que hable de la sexualidad en la tercera edad. “Es verdad que a partir de la menopausia tienes menos deseo físico, pero la genitalidad está aquí [se señala la cabeza]. Yo amo con la mente, que es la que me hace transformar el deseo. A lo mejor físicamente no tienes la misma excitación que con 20 años… pues ¡juguemos! He vivido una cuarta parte de mi vida en la heterosexualidad, una cuarta parte de mi vida en el lesbianismo, y en el tercio que estoy viviendo ahora, que es el tercio de libre disposición [risas]… No sé lo que me puede ocurrir. A lo mejor soy un poco bisexual. No me cierro. Pero sé que con tanta práctica política no tengo tiempo de enamorarme”.

“¿Y cómo ves a las lesbianas jóvenes?”, le preguntan desde el público. “A mí me encantan las lesbianas jóvenes [risas], me encanta ver que tienen la libertad que nosotras no pudimos tener. Mi generación ha hecho el trabajo, cariño. Ya estáis aquí, ¡hala! qué maravilla. Pero hay que formarse, hay que seguir. El día que vi la Gran Vía llena hasta los topes en la manifestación del 7N me dije: ‘Rosa, te puedes ir a tu casa tranquilamente’. Yo quiero escribir, quiero escribir mi vida. Y sobre todo quiero tener tiempo de silencio y tiempo de oración”.


Más historias de mujeres ingobernables:

La revolucionaria que se travestía del Che

Igual algún día no quedamos ninguna

De víctimas a lideresas contra la violencia

“¿Por qué uso velo? Porque soy feminista y visto como me da la gana”

Militancia, fe y deseo: las siete vidas de Rosa Arauzo
0 votes, 0.00 avg. rating (0% score)

Periodista. Madre orgullosa de Pikara. Colaboro con eldiario.es, Diagonal y Argia. Me gusta contar historias de personas libres y rebeldes. También me gusta romper tabúes y provocar cortocircuitos contra los sectarismos (el mío incluido).

Uso de cookies

Nosotras también hemos sucumbido a las cookies y eso que no son de chocolate. Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies