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La psicóloga ciborg Participa

Nota: Esta es la sección de libre publicación en la que promovemos la participación de las lectoras. Publicamos contenidos que nos parecen interesantes aunque no coincidan con nuestra línea editorial ni con nuestros criterios de edición. Máximo 3 folios.

Ángela Cáceres

Queridas, querides, la objetividad mata. Pero estamos de buenas, y es que la psicología se está removiendo. Las psicólogas nos estamos posicionando, estamos saliendo del armario. No somos superheroínas que os van a salvar el culo, sorry babe, pero vamos a currar juntas en esto. Ya somos bastantes las que apostamos por la psicoterapia horizontal, basada en los cuidados y en los afectos, que nos reconoce y nos celebra en nuestra diversidad, que no nos quiere convertir en normales en un mundo que apesta a Felicidad©. Nos hemos bajado del escalón que unos pocos se inventaron e invadieron -los señoros psicólogos de la élite academicista- y estamos reclamando una psicología con perspectiva de género, feminista, que trate a personas y no a datos del SPSS y síntomas de manual. 

Resulta que durante mis años de carrera, que terminé en 2012, dediqué la mitad de mi aprendizaje a dilucidar si la psicología era ciencia o no. Así, como lees. Y es que en aquellos entonces se estaba decidiendo si la psicología entraba o no en el ámbito de las Ciencias de la Salud. Lo que se tradujo en experimentos a mansalva y datos, datos, datos empíricos, números que probaran que la ciencia que estudia la conducta es una realidad contable y repetible. Eliminaron asignaturas y, otras que se dedicaban al estudio de cosas ‘no científicas’ o ‘no medibles’ como el amor, tenían un nombre falso para pasar por alto la mano de la censura. Pero, ¿y dónde quedaban las personas y lo que nos importa como nuestras relaciones sexo-afectivas no-medibles? Cuáles son las implicaciones en la practica clínica? No voy a entrar en el debate de qué es ciencia, qué es objetividad/subjetividad, ¿es posible la ciencia subjetiva? ¡Por Diosa!, paso… Sino más bien este es un intento de posicionar la psicología como yo la entiendo. Una psicología situada, la psicología con perspectiva de género. Y de cómo he decidido practicarla a mis adolestreinta, después de haber entrado y salido de la academia y de terapias varias que casi acaban con mi fe en la psicología, la de ellos, hasta que he decidido que la nuestra es posible.

Pues bien, después de mi carrera y por circunstancias de la vida, termino estudiando género y voy a topar con Donna Haraway (love total desde el momento cero, aunque entenderla a veces sea un suplicio). Bueno, esta señora que es toda una eminencia de los estudios feministas, ya por los años ochenta/noventa nos advirtió de la existencia del Modest Witness o Testigo Modesto (TM). En el marco de quién y cómo se produce el conocimiento en el mundo -osea de la industria de la ciencia- Haraway apuntó que este TM es una persona cuya modestia reside en poder estudiar y reflejar la realidad tal y como es. Y adivinen quién posee dicha virtud de moderación, esa templanza, ese poder de teorizar el universo de manera estrictamente objetiva, sin dejarse llevar por sus emociones y dejando su cuerpo y todo lo que lo atraviesa a un lado. ¡Bingo! EL HOMBRE©. 

Además, la profesora Haraway avanza y afirma en su famoso artículo Conocimientos situados que esta virtud de la incorporeidad, de objetividad absoluta es una ilusión, un God Trick o Truco de Dios. Y quiere decir que quienes hacen ciencia, osea producen conocimiento -lo fidedigno, la verdad absoluta, lo irrefutable (valga la ironía) y lo que construye el mundo-, son falsos testimonios de hombres que no tienen responsabilidad alguna sobre lo que están diciendo.  Por ejemplo, volviendo al ejemplo del amor: si en psicología uno dice que sólo se considera relevante en el estudio del amor los datos cuantitativos que aparecen en los experimentos -números, vaya-  y que se repiten para todas las personas en las mismas condiciones -es decir, lo que es válido- pues eso va a ser lo que se entienda por AMOR. Y, todo lo demás, lo subjetivo, lo que no se puede replicar porque es único -como lo diverso- está fuera. 

Y he aquí lo que nos incumbe, a nadie le importa un rábano que el tío sólo de por válido el amor hetero, si esa decisión hace que las farmacéuticas se llenen los bolsillos añadiendo patologías nuevas a los manuales que nos patologizan a todas, o que en las carreras del estudio de la conducta humana no aparezcan formas de relacionarse no-heteronormativas -como si no nos causaran sufrimiento alguno-. Entonces  lo único que configura y afecta nuestra conducta amorosa saludable/enferma son ciertas condiciones, que unas personas etéreas deciden, bajo la falsa premisa de una objetividad omnipotente.

Pero tranquis, tomad un poco de aire que esto ha sido denso y ahora viene lo divertido. La gran Haraway no nos iba a dejar así. Y, en otro de sus maravillosos textos que te deja con la sesera como con resaca de petazetas, nos trae la figura del cíborg. Haraway afirma que tanto nosotras como nuestro momento socio-cultural somos una mezcla de imaginación y realidad social, osea una ficción construida, con lo que abre la puerta a la transformación y a la importancia de nuestra participación. Por ejemplo, el movimiento feminista para ella es un descubrimiento en común de las mujeres de un objeto colectivo, que se desmarca de las tradiciones capitalistas masculinas de apropiación de recursos y producción de cultura, que crea nuevas experiencias y conciencia de opresión y de nuevas posibilidades. Pero, ¿por qué un cíborg? ¿Qué es un cíborg feminista? Bien, en sí un cíborg es un ser hecho de materia viva y dispositivos electrónicos, algo creado. A modo de resumen y de manera accesible, Haraway teoriza al cíborg como un una especie de híbrido entre trozos de realidad e imaginación, otra realidad construida. Es una criatura que nos permite superar -por ser creada y no sujeta a las tradiciones occidentales-,  por ejemplo, los binarios restrictivos en que se organiza el género o la dicotomía naturaleza-cultura en el que se nos atrapa a las mujeres como opuestas al hombre racional -piensa en cómo se nos muestra siempre ‘presas’ de nuestras emociones-. Es un ente que no tiene origen, así que supera también los complejos psicoanalíticos: ciao a la envidia del pene, nene. En general, lo que nos viene a decir es que la configuración cíborg, al igual que la realidad que nos rodea, son ficciones y como tal, las podemos/pueden (de)construir/se, al igual que sus objetos y sus deseos. 

Vale, no ha sido tan light esta parte. ¿Pero qué nos interesa de estas palabras? Pues que si nos convertimos en psicólogas cíborg, si reinventamos la materia y el objeto de la psicología haciendo que se desmarquen de la perspectiva divina, inocente y poco responsable, podemos empezar a imaginar una salud mental y una ciencia de la conducta que nos reconozca y nos respete. Sí, otras realidades son posibles, como cuando la realidad que nos habían contado se nos derrumba al ponernos las gafas violetas.

Dejemos de ser psicólogas invisibles; críticas, afiladas sí, empezando con una misma siempre -desde el amor claro-. Pero no transparentes, invisibles, inmutables, irrompibles, inconmovibles. Que ya venimos de vuelta de una ciencia de hombres que nos omite, nos traspasa con la mirada sin vernos, como sin materia, como sin cuerpa. Pero que nos vigila y mide a su antojo. Que nos teoriza en base a un determinismo biológico falso, que sirve a los deseos y privilegios de los de siempre.  Psicólogas cíborg, psicolocas, psicoperras, psicólogas que reescriben la ciencia de los sentires, de las vulnerabilidades y de los afectos, del conocimiento que nos sitúa, que nos da perspectiva sobre nosotras mismas y del mundo que habitamos (cualquiera que sea).

 

La psicóloga ciborg
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Revista que ofrece periodismo y opinión con un enfoque crítico, feminista, transgresor y disfrutón.

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