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Igual algún día no quedamos ninguna Crónica, Voces

En su libro 10 ingobernables, June Fernández dedica un capítulo a un juego tradicional gallego jugado sólo por mujeres. Publicamos algunos fragmentos.

 

Ilustración de Susanna Martín.

El juego es sagrado: da igual que granice o que el sol invite a pasar la tarde en la piscina. Da igual que las hijas y los nietos vengan a visitarlas. Los domingos, a las cinco en punto si es verano y a las cuatro y media en invierno (que los días son más cortos), las señoras se reúnen en torno a un pequeño hoyo, la burata, la palabra que más pronunciarán a lo largo de la tarde. En principio, se juega al aire libre. Pero cuando llueve, que en Galicia es a menudo, toca mudarse a su pista cubierta: la planta baja de la casa del párroco, que ellas mismas rehabilitaron para poder jugar. Conviene que el piso sea de tierra, pero se han tenido que resignar al asfalto y al cemento, respectivamente. En la casa, por motivos obvios. En el exterior, porque la Alcaldía decidió pavimentar y convertir en aparcamiento el rinconcito en el que jugaban. Desde entonces, lo defienden de los coches acordonándolo con macetas y echando una capa de arena sobre el asfalto para que el terreno sea lo más natural posible.

El juego es más que juego: es resistencia. Juegan cada domingo aunque cada vez son menos y sin relevo generacional. Juegan cada domingo aunque la Alcaldía, que no aprecia esta actividad como patrimonio cultural, les plante un aparcamiento en su pista. Negocian también con el párroco, que hizo el amago rastrero de cobrarles la factura de la luz por jugar en sus instalaciones cuando llueve. Finalmente les ha dicho que basta con que echen alguna moneda de más al cepillo en la misa de los domingos.

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El juego entre mujeres es resistencia ante el ninguneo social. El agravio entre deporte masculino y femenino se traslada también al ámbito de los juegos tradicionales. Los que practican los hombres son ampliamente documentados, pero en cambio apenas existen publicaciones sobre los practicados por mujeres adultas. «Tengo dudas sobre si es que realmente no existen o si por el contrario existieron y aún siguen existiendo pero desgraciadamente no están recogidos», dice la investigadora. Manuela ha conocido otros juegos tradicionales practicados únicamente por mujeres adultas, como las Birllas en Campo (Huesca), o un juego de bolos en la comarca de la Riojilla Burgalesa. También ha encontrado otras referencias de juegos de bolos practicados por mujeres en Asturias, Castilla León y Cataluña. «Todos son, al fin y al cabo, modalidades de bolos, de birlos, sin embargo A Bugalliña es una práctica que nada tiene que ver, es distinta», explica con pasión.
(…)

De entrada, el juego no parece tener mucho misterio. Simplificando, es una mezcla entre petanca y canicas. Las mujeres se dividen en dos equipos y juegan en turnos por parejas de contricantes. Sale una, lanza la bugalliña desde la pared del fondo con el objetivo de encajarla en la burata, que está en el tercer cuadrante (imaginario) del recinto. Si acierta, vuelve a jugar. Si falla, le toca a la del otro equipo, que puede elegir entre apuntar ella también a la burata o intentar golpear la bola de su contrincante.

«¡Arrima a uña máis á bola, Manoli! ¡Dálle máis forza!», aconseja Saladina a Manuela. «¡Xa botache mal!», regaña. Las mayores son maestras severas. Es un juego de destreza, puntería y precisión. Desde la pared toca aplicar ese eslogan publicitario, la potencia sin control no sirve de nada. Cuando la bola merodea el hoyo hay que esmerarse en las distancias cortas: la golpean suavemente haciendo palanca con la yema del dedo índice y la uña del dedo gordo.

El reloj marca las cuatro y media pasadas y el banquillo, una viga de madera posada sobre bloques de ladrillo y piedra, se llena de jugadoras. La media de edad supera los 70 años. Hay revuelo para formar equipos, andan perezosas. Ya se sabe quiénes son más diestras y quienes más torponas. La situación recuerda al mal trago en el cole cuando rezas por no ser la última en ser elegida. Pero ellas ya están mayores para decepciones, se hacen las locas hasta que alguna se pone resolutiva: «¿Enton con quen vou? ¿Josefa, Saladina i eu?»

El agravio entre deporte masculino y femenino se traslada también al ámbito de los juegos tradicionales. Clic para tuitear

Saladina camina con paso firme a la pared, se dobla grácil, lanza y la mete a la primera. En la pizarra, Manuela anota 16 puntos. Le costó lo suyo comprender el sistema de puntuación. «Es un juego muy original y complejo, no a nivel motriz, sino porque sus reglas son únicas», resalta, y en seguida lo comprobamos. Los tantos varían en función del tipo de jugada. Si se anota tanto desde la pared, como en este caso, son cuatro puntos. Si se encaja la bugalliña en la burata desde cerca, es un punto. Si se golpea la bola del otro equipo a media distancia, son dos puntos. Pero hay reglas caprichosas para complicar el asunto. ¿Si Saladina ha hecho cuatro puntos, por qué Manuela anota 16? Porque cada equipo no arranca de cero sino de doce. Doce mas cuatro dieciséis.
Falla Saladina y le toca a la cabeza del otro equipo. Tita (pelo corto cobrizo, ojos azules, mejillas sonrosadas, nariz ancha, cuerpo robusto y gran delantera) se estrena con el vigor y el porte de una lanzadora de martillo rusa.

Cuando hay que lanzar desde lejos, algunas adoptan la postura de los bolos, con una pierna atrasada y el peso sobre la de delante. Otras abren las dos piernas en paralelo y ligeramente flexionadas, con el culo en pompa, como una jirafa haciendo una reverencia.

Cuesta arrancar y muchas se deshacen en quejas y excusas. La más socorrida es echarle la culpa al suelo de cemento. La bola a veces traza curvas imprevistas por el piso granulado. «Vou a ter que graduarme as gafas», se recrimina Josefa, que no ha empezado muy fina. Con su melenita rubio ceniza, silueta de formas redondeadas, raya verde en los ojos y las uñas pintadas de blanco, es una de las jugadoras más dicharacheras y pizpiretas. Consigue dar a la bola de la rival, la cara se le ilumina y lo celebra con una voz cantarina: «¡¡¡Sí!!!»

Una señora de pelo rojo encendido, piel aceituna y gesto de hombros encogidos, que hasta ahora no se ha hecho notar, se estrena marcando cuatro puntos: «Ai la virgen, ¡así ao tonto!», se sorprenden las rivales. Manoli, que así se llama, falla la siguiente y jura de carrerilla, borrando la primera impresión de mujer anodina: «¡Me cajo na merda que fixo! ¡Carallo!»

Ya han entrado en calor, ya todas han jugado, salvo una señora de melenita castaña de raya en medio y horquillas, gafotas de pasta y pañuelo al cuello que observará toda la tarde sin decir ni mú. Esto empieza a parecerse a un partido de fútbol, por el nivel de exabruptos. «Dálle pa’ diante, pallasa! ¡Joder, machiña!», farfulla Ermitas con su rictus malhumorado.

El juego es alegre catársis: ríen, gritan, canturrean, maldicen, pero casi nunca se enfadan. Les gusta ganar pero no es lo más importante. Las enrevesadas reglas del juego están pensadas para alargar las partidas.

 

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Periodista. Madre orgullosa de Pikara. Colaboro con eldiario.es, Diagonal y Argia. Me gusta contar historias de personas libres y rebeldes. También me gusta romper tabúes y provocar cortocircuitos contra los sectarismos (el mío incluido).

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