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Gigi Louisa, la chispa feminista del movimiento LGTBI en Kenia Entrevista, Planeta

Las mujeres lesbianas, bisexuales y queer de Kenia han decidido empezar a militar por su cuenta. Están cansadas de luchar en organizaciones que en la práctica sólo representan a los hombres. En el país africano la homosexualidad aún es delito.

Gigi Louisa en su casa en Nairobi./ GUILLEM SARTORIO

Gigi Louisa en su casa en Nairobi./ GUILLEM SARTORIO

Cuando tenía diecisiete años, a Gigi Louisa le daba miedo la palabra “lesbiana”. Esta le dejaba un poso metálico en la boca, como de sangre después de correr mucho. Por eso buscaba maneras de pronunciar la palabra sin decirla, de rodearla sin llegar a tocarla nunca. Por eso configuró un saludo secreto en su teléfono móvil. Cada mañana, Gigi encendía el aparato y un montón de píxels negros se reunían lentamente para componer un mensaje ante sus ojos: “Soy lesbiana y nadie lo sabe”. La adolescente leía aquella frase y decía “sí, sí” para sus adentros, porque verbalizarla le parecía imposible. Después, comenzaba su jornada con normalidad.

Un día, a la madre de Gigi se le estropeó el móvil y le pidió el suyo prestado. “Sucedió. No puedo decir que saliera del armario, simplemente olvidé borrar mi saludo secreto y a mi madre no le gustó”.

Han pasado trece años desde este episodio. Hoy Gigi Louisa es reconocida como una de las activistas por los derechos LGTBI más importantes de Kenia. Entre sus muchas ocupaciones trabaja como defensora de los derechos humanos en la Coalición Gay y Lésbica de Kenia (GALCK). En círculos un poco más reducidos, se sabe que Gigi fue la instigadora de una hoguera feminista que prendió en internet y que se está extendiendo por la región del Este africano: las mujeres LBQ (lesbianas, bisexuales y queer) han iniciado su propia lucha, cansadas de ser invisibles dentro del movimiento LGTBI, hartas de militar en organizaciones que no las representan.

Homofobia: un regalo colonial

Conocí a Gigi el pasado 8 de marzo. De camino a su casa de Nairobi, me advirtió por Whatsapp de que no tenía mucho tiempo para la entrevista porque quería sumarse a la manifestación del Día Internacional de la Mujer. Quizá por ese motivo —porque tenía prisa— fue tajante en todas sus respuestas.

“Hay que derogar el artículo 162”, empezó. Las semanas previas al 24 de mayo, la comunidad LGBTI de África vivía los últimos momentos de una espera de tres años. A través de la campaña Repeal 162, los y las activistas habían forzado al Tribunal Supremo de Kenia a pronunciarse sobre si despenalizar la homosexualidad, es decir, sobre si mantener el famoso artículo 162 en el código penal. “Ir de la mano con otra mujer por la calle no es un crimen, no hay leyes contra eso», aclaró. «Sin embargo, solo el hecho de vestir de forma distinta provoca que tu entorno te etiquete como lesbiana. Pueden llevarte ante el juez y acusarte de tener relaciones sexuales con una mujer”.

En Kenia, las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo están tipificadas como delito y pueden conllevar penas de hasta 14 años de prisión. Los artículos 162 y 165 del código penal criminalizan la homosexualidad por considerarla antinatural. Sin embargo, lo más perverso de esta ley no es que choque con todos los tratados internacionales en materia de derechos humanos y con la misma Constitución keniata, sino la forma en que se ejecuta. “Hace un par de años un hombre gay fue arrestado en Mombasa”, me contó Gigi. “Le acusaron de tener relaciones sexuales con otro hombre en su casa. ¿Cómo lo supo el denunciante, si no fue invadiendo su privacidad?”. Gigi denuncia que el artículo 162 fomenta el espionaje entre vecinos y el acoso colectivo a las personas LGTBI. “El tribunal no debió aceptar esas pruebas como acusación, pero lo hizo, y el chico fue forzado a hacerse exámenes anales en la misma celda de detención. Hicieron venir a un médico para que comprobara si había tenido sexo con otro hombre. Eso es homofobia de estado”.

Cuando pregunté a Gigi acerca de los factores culturales y religiosos que explican la pervivencia de una ley como esta, ella sonrió y posó la mirada en su taza para no reírse delante de mí. Dijo que es habitual que las y los extranjeros pensemos así. Los líderes políticos y religiosos de Kenia suelen defender el castigo contra las personas LGTBI como una forma de proteger los valores africanos frente a la influencia occidental. “Lo gracioso”, añadió, “es que el verdadero regalo occidental es la ley homófoba de la que estamos hablando”.

Los artículos 162  y 165 del código penal keniata tienen su origen en el ordenamiento jurídico de la época colonial del Reino Unido, de modo que los valores africanos que los sectores conservadores quieren proteger son, en realidad, vestigios del colonialismo. “Los blancos llegaron con su moral victoriana en busca de recursos, y parte de esos recursos fuimos las personas. Para que encajáramos en su sistema tenían que asegurarse de que cada género ocupase una función guiada por los mandatos de la Biblia. Estas leyes son un regalo que no queremos”.

Según Gigi, los keniatas han olvidado quiénes fueron antes de la llegada de los británicos. “No digo que fuéramos perfectos, pero teníamos sistemas sociales que funcionaban para nosotros. Por ejemplo, muchas tribus tenían mujeres como líderes y jefas. Sé que no podemos volver a eso, que la vida ha cambiado, pero sí podemos aprender sobre los constructos sociales tóxicos que nos impusieron y usar ese aprendizaje para recuperar el poder perdido”.

El día en que la madre de Gigi descubrió que era lesbiana, la vida de la activista dio un giro y después otro y otro más. Pasó años dando tumbos, perdida. Ella lo resumió así: “Colegio católico, huida de casa, adicción a la morfina y depresión”. En Kenia la LGTBfobia afecta a las cuestiones más básicas de la vida: es casi imposible conseguir un trabajo, alquilar una vivienda o recibir atención médica para las adicciones o los trastornos mentales, muy habituales en la comunidad LGBTI debido al sufrimiento que provoca la estigmatización. Existe el rechazo jurídico pero además (y sobre todo), existe el rechazo social. La tela de araña es tan pegajosa que muchos y muchas se ven obligados a vivir en la marginalidad y en constante huida, o a ocultar su identidad y preferencias sexuales, en el encierro. “Salir del armario es una decisión personal, pero yo siempre recomiendo evaluar el contexto en el que se vive”, comentó Gigi. “Muchas veces terminamos viviendo en la calle. Muchas personas sintecho son LGTBI”. Por último, está la violencia. Las palizas en la vía pública, el acoso y los asesinatos se suceden sin despertar mayor escándalo que el de los y las activistas, cuya reacción suele ser la denuncia y el acopio de donaciones para enterrar a la persona asesinada. Las familias no suelen ocuparse de los gastos.

El post de Facebook desató la tormenta

Hace unos dos años, Gigi publicó un texto en su muro de Facebook que lo cambió todo. No podía imaginar que un post abriría la caja de los truenos, ni tampoco que aquella tormenta fuera a desencadenar una serie de destrozos dentro del movimiento LGTBI de Kenia. “Escribí sobre el patriarcado dentro de la comunidad”, dijo Gigi con los ojos perdidos y muy abiertos. “Todo el sector gay vino a atacarme. Me exigían que pidiera perdón por lo que había escrito, decían que no sabía lo que decía”. Las críticas y ataques contra Gigi arreciaron hasta que el colectivo de mujeres LBQ salió en su defensa. “‘¿Sabéis qué?’, dijeron. ‘No vais a hablarle así a una de nosotras. De hecho, tenemos algunas cosas que decir’. La chispa había prendido. Las mujeres lesbianas, bisexuales y queer de Kenia empezaron a hablar públicamente sobre el comportamiento machista de sus compañeros y sobre su propia invisibilidad dentro de un movimiento supuestamente inclusivo.

Como si fuera una réplica del #Metoo, compartían experiencias e indagaciones acerca de la financiación de las organizaciones LGTBI. El resultado fue, según Gigi, terrible: “Somos las marginadas de los marginados”. La activista y sus compañeras descubrieron que todas las donaciones extranjeras van a parar a colectivos u organizaciones LGBTI lideradas por hombres. “Fuimos las mujeres las que activamos el movimiento LGTBI en Kenia a nivel internacional, sin embargo ningún colectivo LBQ era capaz de funcionar. No nos capacitaban ni teníamos espacios seguros desde los que sensibilizar y construir comunidad. Hemos sido sistemáticamente ignoradas”.

Le comenté a Gigi que eso también sucede en España, donde los hombres blancos y cis gozan de mucha más representación en la vida pública y en los productos culturales, y donde las mujeres lesbianas, bisexuales y trans llevan tiempo organizándose para lograr más visibilidad. Entonces me contó que en muchos países africanos, las únicas políticas existentes hacia el colectivo LGTBI tuvieron como origen las medidas contra el virus del VIH y la tuberculosis.

En Kenia, los hombres que tienen relaciones sexuales con otros hombres y las mujeres trans son reconocidos por el estado como una minoría oficial key population—. Esto es así porque se les considera colectivos especialmente vulnerables al virus del VIH. Sin duda es contradictorio que un país que tipifica la homosexualidad como delito tenga políticas sanitarias de este tipo, lo cual hace pensar en el alcance de la enfermedad. De modo que en Kenia, los gays y las mujeres trans se benefician de una política sanitaria (reciben tratamiento y condones) y de algo igual de importante: ser nombrados y nombradas. Por el contrario, las mujeres LBQ no son reconocidas como key population. Eso significa que no existen para las instituciones de su país (no pueden ser destinatarias de ninguna política) y tampoco para los médicos. Varias lesbianas me contaron que es imposible decir que tienen sexo con otras mujeres cuando están en la clínica. Eso las aleja del derecho a una atención ginecológica específica y del acceso profilácticos como barreras de látex.

Según Gigi, para ellas todo se torció cuando el VIH se convirtió en una causa “vendible” en África, aunque crea que el trasfondo es otro: “Kenia es una sociedad muy patriarcal. Nuestras políticas, nuestro liderazgo, todo en este país se funda en el patriarcado. También el movimiento LGTBI”.

Además de la discriminación institucional y sanitaria, las mujeres LBQ sufren una serie de violencias por ser mujeres cis. Son recurrentes la maternidad y el matrimonio forzosos, la violencia de género y las violaciones correctivas. Como su nombre indica, esta práctica tiene como objetivo “corregir” la “desviación” de una mujer a través de la penetración entre varios hombres. A menudo el ataque es iniciativa de su entorno más próximo. Según Gigi, a las mujeres cis aún se las percibe como una inversión o capital familiar. “A mí no me gusta llamarla violación correctiva”, dijo. “Yo la llamo violación. Se supone que una mujer tiene que ser heterosexual, sumisa y para el placer de un hombre, no de otra mujer. Si nos violan es porque somos mujeres y deberíamos aprender cuál es nuestro sitio. Así que el objetivo es devolvernos a él, sin importar nuestra orientación o identidad de género”.

Cuando Gigi volvió a su casa familiar, su madre le preguntó si conocía la estimulación anal. “¡Descubrí el rimming [anilingus] gracias a ella!”, rió. Al parecer, la señora había estado documentándose a través de internet. “Le dije: ‘Vamos a dejar la parte del sexo, mamá, mejor hablemos de aceptación’. ‘¡No, no!’, contestó ella. ‘¡Estoy bien! Eres mi hija y no puedo despreciarte, Dios te entregó a mí de esta forma. Cualquiera que piense que esto es culpa tuya o mía, no entiende el verdadero significado del amor’”. Pude comprobar que esas palabras aún emocionan a Gigi. “Mi madre es mi heroína. Ahora es activista ella también. No pertenece a ninguna organización, simplemente recibe en su casa a otros padres y madres con hijos e hijas LGTBI, les prepara té y habla con ellos. Le preocupa que haya tantos jóvenes viviendo en la calle”.

El pasado 24 de mayo, el Tribunal Supremo de Kenia decidió seguir criminalizando la homosexualidad. La decisión ha supuesto un duro golpe para la comunidad LGTBI. Varias activistas me contaron que muchas mujeres se han quitado las pulseras arcoíris que llevaron atadas en la muñeca hasta esa fecha.

La situación sigue siendo difícil en buena parte del territorio africano. En 31 países la homosexualidad es considerada un delito, y en alguno de ellos la condena es la pena de muerte.

Sin embargo, se aprecia una tendencia al cambio. El pasado 11 de junio Botswana despenalizó la homosexualidad y en enero lo hizo Angola. Meses antes, en septiembre de 2018, la India se desprendía de la legislación colonial británica que prohibía las relaciones entre personas del mismo sexo.

No he vuelto a hablar con Gigi desde el 8 de marzo. Recuerdo que me contó que las mujeres LBQ de Kenia habían empezado a trabajar al margen de las grandes organizaciones LGTBI, y desde una perspectiva feminista. Dijo que organizaron un congreso y que las mujeres de toda la región parecían haberse activado: “Uganda, Botswana, Nigeria, Ghana y Mali”. La recuerdo en la manifestación del 8M, a lo lejos, gritándole a los policías que no iba a abandonar la calle. Ni ella ni sus amigas iban a irse a ningún otro lugar.

*Esta entrevista se ha realizado en el marco de las becas DevReporter, con la contribución financiera de la Unión Europea.

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