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Agresión sexual, tránsfoba y lesbófoba a una Medeak Participa

Nota: Esta es la sección de libre publicación en la que promovemos la participación de las lectoras. Publicamos contenidos que nos parecen interesantes aunque no coincidan con nuestra línea editorial ni con nuestros criterios de edición. Máximo 3 folios.

Medeak

Imagen de Medeak

Es jueves, 23 de mayo, vuelvo de trabajar de Bilbao a Donostia son las 15:00 de la tarde. Voy escuchando la radio y divagando sobre el resultado de las elecciones. Hay un coche que circula siguiendo al mío, muy pegado a mí. No sospecho nada. Intenta adelantarme, no lo hace, veo que hace algo raro. Sigo pensando en las elecciones europeas y me meto en la gasolinera de Aritzeta, el chivato de la gasolina ha saltado. Veo que el coche me sigue, no se me ocurre pensar que le pase algo conmigo. Paro en frente de un surtidor y para cuando me doy cuenta el coche que me seguía ha parado y tengo a un señor de un 1 ́80 pegado a mi puerta. No creo que sea muy difícil para él darse cuenta, de que yo mido 1`56 y peso 50 kg. A él le da igual.

Antes de que pueda darme cuenta abre la puerta de mi coche, me coje del cuello, y me tumba en el asiento del copiloto. Se tira encima de mí, tengo su cara pegada a la mía, y mis pies cuelgan del asiento del piloto, saliendo fuera del coche. Mientras trata de estrangularme, me grita que me va a matar, que me va a destrozar y que me va a reventar. Su saliva me cae encima de la cara. No consigo entender nada. Mientras suplico, le pido que no me pegue y le advierto de que me va a matar, suelta mi cuello, se aferra a mis tetas, y las estrangula, las apachurra de tal modo que el dolor es insoportable. Solo puedo suplicar, ni me atrevo a tocarle, trato de meter mis brazos entre él y yo para generar una mínima distancia entre su cara y la mía. Me dispongo a morir, pienso: Éste sí, éste me mata.

Oigo una voz de mujer que grita “He llamado a la Ertzaintza”, me suelta, y sale del coche. Consigo incorporarme y me atrevo a salir del coche y pregunto: “¿qué ha pasado?”. Siguen las amenazas, me quiere matar, me va a reventar. Me dice que le he enseñado un dedo. Ante la sorpresa, solo podía repetir “no te he hecho nada” consigo decirle que lo que me ha hecho es una agresión muy fuerte, que aunque le hubiera enseñado un dedo no le había hecho nada. Sigue gritándome, en imposible el diálogo, le digo que le voy a denunciar y que espere a que venga la policía; se monta en el coche para marcharse. El cuerpo está a punto de fallarme, no sé cómo saco fuerzas y le hago una foto a la matrícula de su coche. “​Esta vez sí​, ​esto lo tengo que denunciar​”, me digo a mi misma.

Mi foto le enerva, sale del coche, viene a por mí, saca una foto de la matrícula de mi coche, se monta en su coche y se dispone a marcharse. Un golpe de miedo hace que reaccione, le pregunto qué para qué quiere mi matrícula. Le pregunto también si me conoce y si esto tienen que ver con política. Acierto a sacar el móvil y ponerlo a grabar, pero sin darme cuenta paro la grabación. Pensando que mi móvil está grabando un video, veo como se abalanza sobre mí, me quedo quieta, me amenaza de muerte, vuelve a decirme que me va a reventar, su cara está pegada a la mía. La chica de la gasolinera sigue hablando por teléfono. Me cae de nuevo su saliva en la cara, no puede con la furia. Mientras me grita, consigo articular palabras, y le digo: “pégame si quieres, te voy a denunciar, quédate hasta que venga la Ertzaintza, va a venir ya”. Él se da a la fuga.

Antes de seguir, decir que estoy acostumbrada a un nivel de violencia cotidiano muy alto. Mi condición de bollera-transgénero, me ha hecho vivir una cantidad ingente de violencia. Reconozco la ira, el asco, la repulsión y las ganas de matar que les genero a muchos hombres tan solo por mi condición corporal. Pero nunca jamás había vivido, en mi vida, una agresión con semejante violencia, vejación sexual y pánico a perder la vida.

Caigo al suelo sentada, me derrumbo y echo a llorar. Llega la Ertzaintza, antes había conseguido hablar con mi Madre. La Ertzaintza llega antes, mi familia después. Me veo rodeada por mi madre, mi tío y mis dos hermanas. Suerte que tengo, no quiero ni pensar lo que tiene que ser pasar por esto, a miles de kilómetros de tu familia, y sin reconocimiento a los derechos de ciudadanía. Mis hermanas toman el timón. La primera discusión: es o no agresión sexual. Mi hermana lo tiene claro, empieza a hacer un sin fin de llamadas. Sabe todo lo que tenemos que hacer. La Ertzaintza es consciente de la gravedad del asunto, han visto las imágenes de video de la gasolinera y salen disparados a identificar al señor. Piden una ambulancia, la ambulancia no puede hacer el atestado o el informe jurídico. Debo enseñarles los pechos, mientras lo hago me dicen que no sirve de nada. En ningún caso recibo asistencia psicológica.

Salimos de allí, vamos al ambulatorio de urgencia de Donostia, un señor muy amable me hace el informe de las lesiones. Tengo la teta izquierda rota, me la ha destrozado, esta roja de rasguños y de lo que será un moratón que aún sigue ahí. Me duele el cuello, estoy contracturada, y sobre todo me siento vejada, me ha destrozado las tetas. Me arde todo el torso. No entiendo nada.

Salimos de allí, no he comido, hay que ir a poner la denuncia a la comisaría de Hernani. Conseguimos llegar, no puedo conducir. Nos advierten de que van a ser muchas horas. Mi familia, mi círculo de expertas, me acompaña. La Ertzaintza trata de discernir si es una agresión por una discusión de tráfico o una agresión sexual. La lesbofobia y la transfobia no entran en los códigos de la agresión sexual, se genera un debate. El Ertzaintza me explica las diferencias, consigo hablar, les digo que tengo claro que ​es una agresión machista​. El ertzaina se cuadra, y me dice: “muy bien, ​agresión sexual​”. Mis hermanas se empeñan en llamar a una abogada del turno de guardia. Consigo hablar con mi abogada por primera vez, su voz me calma en seguida, me dice que no firme nada hasta que ella llegue. Me parece el mejor consejo del mundo.

La abogada tarda, le ha costado aparcar hasta que consigue que le dejen aparcar en comisaría. Cuando llega, solo su figura me calma. Es una mujer y se ve que sabe lo que hace. El trato, su voz, parece ser la única vinculada a la administración que es capaz de entender lo que acabo de pasar. No pierde el tiempo y nos mete a todas en la sala donde habían empezado a tomarme declaración. La abogada pide lo que se ha escrito en papel y va revisando la denuncia. Ahora comienza la narración, y el trabajo de plasmarlo en papel. La denuncia va tomando forma y se parece a lo que sucedió; ha sido una tarea larga y ardua. Son las 22:00 de la noche, salimos de comisaría. Al día siguiente tenemos un juicio rápido por agresión sexual y yo estoy empeñada en que necesito ​una orden de alejamiento​. El miedo se me ha vuelto a meter en los huesos como nunca. Soy consciente de que no puedo andar y pido a mis hermanas que me sujete cada una de un brazo para poder llegar al coche.

24 de mayo, 9 de la mañana. Mi abogada me explica que sobre todo se nos va a tomar declaración y se trata de ver si nos conceden la orden de alejamiento. Me vuelve a ver una forense, no nos toman declaración. La Jueza, sospecho que sin ver el video de la gasolinera, desestima la acusación. Solo acepta un agresión leve. Tengo clara una cosa:esto no ha sido leve​.

Mi abogada interpone dos recursos: uno a la propia resolución de la jueza y otro a una instancia superior para que se vuelva a evaluar la agresión sexual. La jueza desestima su recurso, pero el fiscal acepta también el cargo de amenazas. 29 de mayo, se celebra el juicio. Se me advierte de que el acusado puede aceptar los cargos. En ese caso, si yo acepto, debo quitar el recurso por agresión sexual. Se negocia, él está dispuesto a aceptar todos los cargos, agresión leve y amenazas, debe pagarme 150€ de indemnización y acepta una orden de alejamiento de un año con la que no se puede acercar a mi, ni a mi domicilio, ni a mi lugar de trabajo. Le pido a mi abogada, que dentro de la negociación exija una disculpa por parte del acusado. Él acepta.

He consultado con una Abogada Feminista, me ha dicho ​que no me van a reconocer la agresión sexual​, que no van a reconocer pulsión sexual hacia a mí. ​La transfobia, la lesbofobia no se entienden como agresión sexual, que un tio te destroce las tetas no es nada sexual​. Él argumentó que pensaba que yo era un hombre, no entiendo como se cebó tanto con mis tetas si pensó que yo era un hombre.

Se ha disculpado, he aceptado sus disculpas y le he dicho que no puede volver a hacer algo así, le creo igual que a mis alumnos cuando mienten. Me permiten dirigirme al fiscal y a la Jueza. Les digo que necesito manifestarles que ​retiro el recurso por la doble victimización institucional​, que soy consciente de que no van a entender que ha sido una agresión sexual, pero que ​tengo claro que lo es. Les digo que en todo el proceso no se ha medido mi impacto emocional y que ha sido igual de tortuoso que la agresión y que no me imagino lo que debe ser tener que denunciar una violación y narrar una a una las agresiones. Aceptan mis palabras, aunque ellos dos han negado que sea una agresión sexual. Me marcho.

No creo que la administración de justicia en este país esté, ni por asomo, preparada para comprender y gestionar la dimensión de la violencia machista. Las instituciones deberían de velar para que estas cosas no ocurran, ​cuidar a las víctimas​, facilitar las declaraciones con tecnologías rápidas, videos, grabaciones. Las partes deberíamos tener derecho a ver todas las pruebas. Las víctimas deben tener ​acompañamiento experto y psicológico antes de enfrentar ​lo que supone el proceso kafkiano de una denuncia por agresión sexual​. Hace 15 años que se aprobó una ley integral contra la violencia de género, es deficitaria, pero ni siquiera activa todos los recursos que debiera, la descoordinación, la falta de formación, incluso la falta de rigor empírico, hacen que el juicio y la denuncia se conviertan en una tortura. Y eso en el mejor de los casos, porque tengo claro que todo el mundo, desde la Ertzaintza, el ambulatorio, los trabajadores de la ambulancia, todo el mundo, hizo su trabajo bien y con eficiencia, la responsabilidad no es de ellos, ni de ellas. Es de todos los mecanismos que debieran funcionar y no lo hacen. Desde el Movimiento Feminista de Euskal Herria no paramos de denunciar esta realidad, la perversión del sistema y estamos hartas.

Está vez, la diferencia es que este infierno, nos ha tocado a una de nosotras, y nos toca dar la cara. Seguiremos luchando por nuestras hermanas, visibilizando la dimensión de la violencia machista, su transversalidad y su dureza. Y sí, vamos a cambiar estas estructuras, vamos a acabar con este sistema que permite que nuestras vidas sean invivibles por la cantidad de violencia física, psicológica y simbólica que debemos digerir.

Por último, quiero ​darle las gracias a la ​mujer tan valiente que llamó a la ertzaintza y que salió de la gasolinera a gritar advirtiendo que había llamado a la policía, me salvó la vida. Dar las gracias a mi ​abogada​, a mi ​familia​, y a mi ​colectivo​, sin ellas hubiera sido imposible superar esta tortura. Me anima saber que ante las agresiones, una vez más, lo que funciona es ​la solidaridad feminista​, la ​sororidad entre mujeres​, y ​el conocimiento y ​las prácticas que llevamos años trabajando, que son las que nos mantienen cuerdas ante un sistema que nos violenta todos los día.

Donostia, 29 de mayo de 2019

Agresión sexual, tránsfoba y lesbófoba a una Medeak
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