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Tiempo Participa

Nota: Esta es la sección de libre publicación en la que promovemos la participación de las lectoras. Publicamos contenidos que nos parecen interesantes aunque no coincidan con nuestra línea editorial ni con nuestros criterios de edición. Máximo 3 folios.

Alba Centauri

Imagen de Pixabay

Mientras escucho una de mis favoritas del único e inigualable Rey del Olimpo musical, pienso en el inmenso reto que ha supuesto Chrono, la serpiente de tres cabezas -pasado, presente y futuro- en mis relaciones. Estoy leyendo que su compañera en la mitología griega era una tal Ananké, «personificación de la inevitabilidad, la necesidad, la compulsión y la ineludibilidad». Y me da lástima que hayamos perdido la capacidad de explicar con metáforas nuestro mundo. Pero esa es otra historia. Ó, te echo de menos.

Las relaciones, vínculos interpersonales -sexoafectivos, amistosos, familiares, laborales-, se dan en los espacios. Y también se dan en el tiempo. No quiero ponerme muy metafísica aquí, y como Wuwei ya ha cubierto a las mil maravillas la importancia del contexto relacional en lo que al espacio se refiere, voy a escribir un poco sobre lo que pienso alrededor del tiempo y su efecto contextual en las relaciones. Desde el único y humilde lugar que puedo, mi experiencia. A ver qué sale.

El pasado, o nuestro recuerdo de él, construye toda relación con los aprendizajes y costumbres adquiridas. Desde peques, nos han reforzado ciertas respuestas positivamente y cohibido otras. Para cada quién serán unas, aunque existen generalidades como la negación a las personas leídas como hombres de que expresen emociones o a las personas leídas como mujeres de que expresen su deseo sexual. Además, nos pueden pesar infinidad de experiencias individuales que afectan a nuestra capacidad de compartir necesidades y sentimientos, confiar o intimar físicamente.

Luego está el efecto de la repetición y costumbre. Si siempre hemos reaccionado igual ante el mismo estímulo, el simple hecho de saber que existe una alternativa no será suficiente para actuar distinto cuando nos volvamos a encontrar en una situación similar. Es común, por ejemplo, que el conflicto sea detonante de gritos o llanto aprendidos desde la infancia como mecanismo de defensa; en lugar de emplear maneras más eficaces de resolución.

El futuro es el hogar de todas nuestras expectativas y ansiedades. Ambas muy seguramente vinculadas a los aprendizajes del pasado. Si es frecuente que me sienta decepcionada porque una persona que quiero cancela sus citas conmigo en el último momento, es posible que cuando quedemos sienta ansiedad respecto a una posible cancelación. No hay misterio.

Esta claro que no siempre es una causa-efecto tan unidireccionalmente ligada a la persona con quien tengo una relación presente. Pero sí soy alguien con un tipo de apego hostil que me mantiene en constante alerta de ser abandonada, pues oye, no es por arte de birlibirloque. Desilusión pasada igual a ansiedad futura.

Las expectativas tienen además la carga sociocultural del entorno en que nos encontremos. Esto sí se puede ir rediseñando de forma interesante con el tiempo. Y, sobre todo, podemos dejar de proyectar nuestras expectativas sobre las personas con quienes nos relacionamos, a menos que existan acuerdos explícitos que las avalen.

Lo que no quita que sea un trabajo del copón.

El presente es el momento más interesante de todos. Porque es el espacio donde se da verdaderamente la relación. Y, por tanto, donde surgen los conflictos propios de ella.

Mi relación con la persona X no está en los recuerdos de los momentos que hemos pasado. Sean agradables o desagradables. Imagino que muches querrán debatir este punto. Pero para mí, dar entidad a la relación a partir de “lo vivido” me parece una pescadilla que se muerde la cola. Habría que estar evaluando eternamente cada nueva experiencia contra el global acumulado para cotejar si “es” o “no es” relación efectivamente.

Es, en cambio, en cada encuentro nuevo y único donde se forja el espacio de la relación. Independiente a lo anterior, que forma ya parte del mentado pasado. En estos encuentros se pueden dar varios líos por cuestión del contexto temporal. Voy a intentar nombrarlos, a saber:

  • Ritmos. Las diferencias de ritmos son del tipo: “yo en la primera cita ya estoy lista para tener intimidad física, pero necesito un par de años para mostrarte el interior de mi corazoncito” y a ti te pasa al revés, figúrate el follón. Échale encima impaciencia, guiones sociales y expectativas preestablecidas, dificultad para expresar emociones y… ¡Tienes drama para días!
  • Valores. Tanto en cuanto al valor que se da al tiempo en conjunto (o por separado) como lo que el tiempo debe incluir para ser valoradopuede ser diferente para cada persona. Quiero salirme de los casos parejocentristas así que, por ejemplo, imaginemos que mi hermana considera super valioso dedicarme cinco minutos de su día para escribir un WhatsApp; tiene montañas de curro y eso para ella es amor del bueno. Sin embargo, aunque aprecio su gesto, yo doy valor al tiempo relacional a partir de la llamada de tres horas y prefiero realmente el cara a cara. No estoy desestimando su mensaje, ni dudo que ella quiera verme también, simplemente en mi marco de referencia su gesto es menos valioso que en el suyo.
    Ningún marco referencial es más válido que otro. Y las emociones que se generan dentro del contexto son reales para ambas. Ella está verdaderamente mostrando amor haciendo un gran esfuerzo, yo estoy ciertamente careciendo de la cantidad de tiempo que deseo. Mierda.
  • El valor que damos a una misma cantidad de tiempo también será diferente al percibir de forma distinta las cosas que se realizan durante ese tiempo. Un ejemplo muy sencillo es cuando una persona con ansiedad social comparte tiempo con alguien neurotípico en un entorno público. Comprensiblemente, la calidad de ese tiempo no será igual para quien tiene que estar gestionando su ansiedad en lugar de disfrutar plenamente del tiempo en conjunto; como sí lo haría en caso de estar a solas con esa persona. El ejemplo sirve a la inversa, y alguien muy extrovertide valorará mucho más tiempo social que a solas con las personas queridas.
  • De nuevo, no hay una posición correcta o incorrecta porque la diferencia es puramente subjetiva.
  • En ambos casos, tratar de imponer nuestra versión como la mejor sería grosero y probablemente fuente de conflicto.
  • Necesidades. En relación a lo anterior están las necesidades de cada quien. Esto me pasa con mi madre. Ella necesita cada día un espacio en conjunto. Cada día. Yo estoy bien con uno a la semana. Compaginar esto es cuestión de comunicación, comprensión, paciencia, cariño y compromiso.
  • Compatibilidad. Epítome del poliamor: “el amor es infinito, pero el tiempo no”. Pues eso, que hay que dormir, comer, cagar, trabajar y follar. La vida no da para más. Google Calendars ayuda pero no hace magia. Y al final compaginar ritmos, valores y necesidades diferentes en 24 horas al días se vuelve un caos.

No se puede luchar contra el tiempo, es ineludible. Tampoco he dado soluciones para todo, porque no las tengo. Pero creo que explicitar las cosas es un principio. Ahí queda.

Tiempo
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