La impunidad aprendida o cómo se hace un depredador sexual Participa

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Paz Blanco
Formadora y experta en género

Ilustración: Irene Vidal

El año pasado por estas fechas organicé una comida de domingo con un grupo de compañeros y compañeras de máster y sus familias. Voy a utilizar nombres ficticios para relatar lo sucedido en aquel encuentro. A la cita acudieron entre otros mi compañero Julián con su mujer y sus tres hijos, el mayor Nacho más alto que yo a pesar de sus doce años, el mediano Quico de unos diez años y el pequeño, un bebé. Inmediatamente, en cuanto acabó la comida los dos niños mayores y Eva ,de ocho años, hija de mi amiga Olga, con la que me apunté al máster y tengo un trato muy cercano, se apartaron para jugar a las cartas. Enseguida, Nacho quiso cortar la partida y propuso al grupo salir al parque infantil de la urbanización en la que vivo.

No habían pasado ni quince minutos y ya estaban de regreso. Eva entró, directamente se sentó sobre su madre y empezó a insistir en que quería marcharse a casa. A mí me extrañó su cambio de comportamiento porque la niña había estado varias veces en mi casa y siempre se había sentido cómoda sin tener que estar pegada a su madre, pero interpreté que no se encontraba bien. Olga la tranquilizó diciendo que se irían pronto. Al rato, Julián y su familia deciden marcharse porque se hace tarde para el bebé y el resto de invitados decidimos salir a dar un paseo por los alrededores de mi casa. De pronto, Eva parece relajarse y, a pesar de que su madre le ofrece irse a casa, ella prefiere quedarse.

Salimos todos de casa y el grupo avanza por la cañada por la que paseamos repartiéndonos en grupos de dos o tres personas en diversas conversaciones. En un momento dado, Olga y su hija se quedan un poco rezagadas al final de la comitiva. Cuando ya casi estamos llegando a casa de vuelta, me quedo para esperarlas y al alcanzarme mi compañera me relata atónita lo que su hija le acaba de contar: que en cuanto salieron al parque Nacho la había estado persiguiendo para tocarle las piernas y el culo hasta el punto que tuvo que volver con la espalda pegada a las paredes hasta que pudo llegar a casa por fin. Enseguida, validamos su malestar y calificamos el comportamiento del niño como abuso. Le decimos que ha hecho muy bien en contárnoslo y que no debe nunca permitir que nadie toque su cuerpo sin su consentimiento. Eva dice que al volver del parque estuvo a punto de contar a todos lo que Nacho había hecho, pero que después lo pensó mejor y decidió primero consultar a su madre.

Al día siguiente no fui a clase y el martes, sin embargo, fue Olga la que se quedó en casa. A media mañana, bajé con otra compañera a la cafetería e hice un comentario sobre lo sucedido dando por supuesto que Olga se lo había contado, dado que esta última compañera también tiene hijas de la misma edad que la suya. Me respondió que no sabía nada y que no le parecía bien que fuera contando cotilleos sobre cosas que solo incumbían a Olga y a Julián. Yo no salía de mi asombro. Se me atragantó el café y a la vuelta me aseguré de escribirle un discreto y breve mensaje al móvil donde le aclaraba que, en realidad, yo no estaba cotilleando sino protegiendo a sus hijas, porque esto es algo que podía volver a ocurrir en futuros encuentros.

No obstante, al día siguiente tomé café con Olga, me disculpé por si se había sentido molesta por contárselo a la otra compañera, le pregunté cómo se encontraba Eva y si había hablado con Julián. Me parecía importante que supiera el comportamiento de su hijo y le diera la oportunidad de trabajar el tema. Me contestó que Eva estaba bien, que no había vuelto a mencionar nada y ella no tenía intención de sacar el tema de nuevo. Con Julián quizá hablaría, pero más adelante. No estaba segura de cuál sería su reacción.

Con esta perfección opera el patriarcado. Asistí en primera fila a la sucesión de comportamientos perfectamente engranados que hacen posible la absoluta impunidad de la que disfrutan los agresores en los casos de violencia sexual contra las mujeres y niñas. Todas nosotras, empezando por Eva de 8 años teníamos absolutamente integrada la cultura de la violación: no debemos denunciar al abusador, algo nos dice que mejor bajar la voz. Silencio todos y todas, cambiemos de tema, dejémoslo estar. Nacho sabe que puede tocar a una niña a la que saca cuatro años y dos cabezas, ella tiene que huir literalmente y no ocurre absolutamente nada. Todos y todas cómplices. ¿Alguien piensa que esto era un simple juego de niños? ¿Alguien cree que era la primera vez que Nacho hacía algo semejante? ¿A alguien le queda alguna duda de que esto volverá a repetirse y de que las agresiones serán cada vez más frecuentes y más graves?

Por si a alguien le pica la curiosidad, encontré un momento meses más tarde para hablar con Julián. Se acercaba junio, tomamos café juntos e introduje el tema con sumo cuidado. Le dije que le iba a contar algo que había sucedido meses atrás, que consideraba que no me correspondía a mí contárselo, pero que en su caso, como madre, a mí me hubiera gustado que me lo contaran. Me respondió juiciosamente. Que le extrañaba del mayor, que del hijo mediano algo les había llegado de algún campamento, que se metía con las chicas. Claro. El pequeño, que había aprendido presenciando los abusos del mayor, no era tan hábil escogiendo a las víctimas todavía. Su hermano mayor con 12 años ya era bastante experto. Conocía las reglas de la impunidad. No he vuelto a saber nada del incidente, el tema no volvió a salir y el máster acabó. Nunca supe si Julián efectivamente habló con su hijo o hizo algo al respecto. Quiero pensar que sí.

En todo caso, lo tenemos que tener claro. Sabemos lo difícil que es, que exponerse tiene un coste elevado, a menudo demasiado elevado. Pero no hay otra vía: para que las cosas cambien tenemos que dejar de callarnos y empezar a implicarnos. Se lo debemos a Nagore, a la víctima de la manada y a tantas niñas y mujeres abusadas diariamente. Compliquémonos la vida, iniciemos conversaciones incómodas, pongámonos como objetivo defender a las víctimas antes de que lleguen a serlo, por el bien y la libertad de nuestras hijas, pero también para que los hombres dejen de vivir su sexualidad como una obediencia a sus impulsos incontrolables, en definitiva, por la justicia y el bienestar de la sociedad entera. Impliquémonos.

La impunidad aprendida o cómo se hace un depredador sexual
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