La Caza de Brujas de ayer, el feminicidio de hoy Crónica, Voces

El I Congreso sobre la Caza de Brujas en Europa celebrado en Iruña reivindicó hacer memoria sobre las mujeres asesinadas en los siglos XVI-XVII acusadas por brujería. Las diferentes ponentes analizaron el proceso histórico y animaron a continuar con diversas líneas de investigación de casos ocurridos en todo el Estado.

Foto: Helena Bayona

Foto: Helena Bayona

Nariguda. Fea. Gorda. Hechicera. La trastornada. Demoníaca. Desdentada. Verrugosa. La que se come a los niños. La joven que seducía y encantaba a los hombres. La tradición. El refrán: “Cuidado, que viene la bruja”. Y las quemaron vivas en la hoguera. Durante los siglos XVI y XVII, más del 80% de las personas juzgadas y ejecutadas por brujería en Europa fueron mujeres. Las sentenciadas eran viudas, pobres, campesinas, parteras, curanderas o, simplemente, mujeres que vivían solas. Las brujas eran acusadas de todos los males que llegaban a los pueblos: las heladas, una cosecha malograda por el granizo, las plagas, la infertilidad o la muerte de una vaca. Y ¿a qué pruebas se aferraban para saber si una mujer era bruja? Las amarraban y sumergían en agua bendita. Si se hundían, eran inocentes. Si flotaban, eran brujas y las ejecutaban en el acto. A otras les buscaban manchas que pudiesen identificarse como parte de la simbología del Diablo -verrugas, lunares, cicatrices-; al pincharlas, si la sangre no brotaba o no padecían dolor, eran parte del clan satánico. También utilizaban balanzas para pesar a las mujeres, ya que pensaban que una bruja solía pesar poco o casi nada.

La Caza de Brujas en Europa ha sido un tema olvidado en los libros de historia y la figura de la bruja se ha convertido en un mito popular de horror, folclore y burla. Pero, detrás de todo esto, se esconde un asesinato masivo que coincide con el fin del feudalismo y la implantación del capitalismo y formación del Estado que pretendía el adoctrinamiento femenino, la disciplina social y reforzar la orden moral eclesiástica. ¿Cuándo se va a hacer justicia y memoria a las brujas asesinadas y definir una historia real? Todas estas cuestiones salieron a debate en el Primer Encuentro Feminista sobre la Historia de la Caza de Brujas celebrado en Iruña. Diferentes historiadoras, antropólogas e investigadoras participaron en el evento y animaron a las asistentes a seguir investigando los casos acontecidos en toda la península. Y, como diría Silvia Federici, ponente estrella del encuentro, ¿estamos hoy ante una nueva Caza de Brujas bajo el nombre de feminicidio? ¿Son las bolleras, maricas, malas madres, las feministas, las migrantes, las racializadas, las nuevas brujas del siglo XXI? Si hay algo en común en todo esto es que el patriarcado y el capitalismo son culpables de las muertes de nuestras antepasadas y de las actuales.

“Hemos descubierto un nuevo crimen: la brujería”

Para explicar la ejecución de cientos de miles de brujas a comienzos de la era moderna en Occidente es necesario hacer una reinterpretación de la historia poniendo el foco en la transición desde el modelo feudal al sistema capitalista. Se ha de arrancar del imaginario popular de la figura de la sorgina [bruja en euskara] como mito ancestral, y explicar las raíces políticas y económicas de la campaña sistemática de terror contra las mujeres enmarcada en el surgimiento del Estado Nación. Como afirma Silvia Federici, “la caza de brujas fue funcional” en un contexto histórico cuya piedra angular fueron unos esquemas de dominación sustentados en la división sexual de trabajo. Capitalismo y barbarie.

Hablamos de una fuerte crisis demográfica y económica que recorrió los siglos XVI y XVII, del desarrollo de la economía monetaria, así como del surgimiento de las políticas que regulaban la propiedad de la tierra y el trabajo. Conforme la crisis feudal se agravaba, un nuevo escenario (que más tarde sería atemporal) emergía, dando lugar a una reorganización del trabajo doméstico, de la vida familiar, de la crianza de los hijos e hijas, de la sexualidad y de las relaciones entre hombres y mujeres. Se dio la separación entre trabajo asalariado y no asalariado o, eufemísticamente hablando, trabajo de producción y de reproducción. Las legislaciones limitaban la capacidad de acción de las mujeres, y se redefinió su papel: aquellas que no acataban el rol impuesto (curanderas, esposas desobedientes, viudas, herejes…) eran estigmatizadas y se consideraban la fuente del mal. Como bien explicaba el Malleus Maleficarun (1487, El Martillo de la Bruja), las mujeres, al tener “una capacidad mental débil”, eran más susceptibles de ser seducidas por el diablo y sucumbir al mal. Este tratado se convirtió en manual de cabecera para la persecución de brujas, y especialmente para Pierre de Lancre, jurista francés que afirmó que se había descubierto “un nuevo crimen: la brujería”.

La construcción de la bruja

Silvia Federici durante su ponencia en el encuentro./ HELENA BAYONA

Silvia Federici durante su ponencia en el encuentro./ HELENA BAYONA

Si, como han hecho la historiadora Amaia Nausia o la antropóloga Nuria Morelló, rastreamos con mirada feminista esta caza  de brujas en la que un 80% fueron mujeres, nos encontraremos con una persecución que intensificó las divisiones entre hombres y mujeres e inculcó a los hombres el miedo hacía sus “opuestas”.  Acusadas por sus vecinos y arrestadas y torturadas hasta confesar su gran crimen (ser bruja), la mayoría de las inculpadas tenían algo en común: reputación de ser malas cristianas. Unas y otras despertaban el recelo del statu quo: la viudedad era un estado especialmente peligroso, puesto que al negar  sobre ellas la autoridad masculina y tener experiencia sexual, se convertían en elementos  subversivos y  amenazadores. La curandera era competencia desleal de la nueva figura del médico, y su capacidad de sanar así como de alterar el curso de los embarazos atentaba contra la disciplina del cuerpo de las mujeres. La práctica médica había comenzado a masculinizarse, trayendo consigo la expropiación a las mujeres de un patrimonio de saber empírico (pócimas según la iglesia, remedios curativos  hechos con hierbas medicinales y transmitidos de generación en generación, para las curanderas). La ciencia moderna entró en escena, levantando un muro que únicamente los hombres científicos podrían franquear. Sin olvidar que las jóvenes eran de especial interés para el diablo, ya que utilizaban su sexualidad para tentar a los hombres: poderosas y demoníacas, representaban el vicio y la perversión.

Se debía destruir el control que las mujeres habían ejercido sobre su función reproductiva y estos asesinatos masivos sirvieron para facilitar el camino al desarrollo de un régimen patriarcal más opresivo. Como dice Silvia Federici en El Calibán y la Bruja, “se destruyó un universo de prácticas, creencias y sujetos sociales cuya existencia era incompatible con la disciplina del trabajo capitalista, redefiniendo así los principales elementos de la reproducción social”.

El negocio de un genocidio

“¡Visita el museo donde las mujeres fueron torturadas!”, es una de las frases que se utilizan para hacer negocio de la caza de brujas y de los asesinatos de miles de mujeres. Si hacemos un análisis sobre las figuras que se venden de brujas -esculturas, juguetes, muñecas- en la salida de los museos o en pueblos medievales, son imágenes que producen horror y espanto. La construcción y mercantilización de la bruja no se ha difundido de manera didáctica ni tampoco existe una explicación real de su historia en los museos. Existe un turismo poco consciente que ha convertido un genocidio en una atracción turística de espectáculo terrorífico. “Que exista la posibilidad de visitar Zugarramurdi es muy positivo pero hay un déficit de contenidos en el museo. Las tiendas en los museos de brujas dan miedo y no es admisible que se vendan esas muñecas de mujeres asesinadas representadas por sus propios ejecutores”, fue una de las críticas comentadas en el congreso sobre la presentación de proyectos de investigación sobre la Caza de Brujas. La industria ha mercantilizado los crímenes de miles de mujeres vendiendo sus torturas y matanzas. “No se puede poner en un panfleto que los aquelarres eran reuniones macabras y obscenas”, apeló una de las investigadoras.

La industria cinematográfica y televisiva también ha distorsionado la imagen de la bruja. Solo hace falta hacer un repaso por las películas de Disney: la bruja Úrsula, Maléfica, la Reina Grimhilde… son creaciones fantásticas que siguen cayendo en la demonización. Por ello, en las jornadas, se reclamó más pedagogía en los museos historiográficos y se reivindicó hacer memoria en las calles y los pueblos sobre las acusadas. “La historia de las mujeres no habría existido sin la aportación del feminismo”, remarcó la historiadora Gemma Piérola, criticando la historia escrita desde el androcentrismo. Algunas ponentes coinciden en que la obra teatral del grupo feminista mirandés Mujeres en la Calle, Brujas, basada en el estudio de Silvia Federici, es un buen ejemplo de divulgación educativa.

Días después al congreso, el Parlamento de Navarra instó al Gobierno a integrar la memoria de las víctimas de la Caza de Brujas en el Instituto de la Memoria y crear una línea de trabajo desde la perspectiva de género. Coincidiendo con el 409 aniversario de las cuevas de Zugarramurdi, se aboga por dar a conocer las verdaderas razones históricas. El caso de Zugarramurdi no es aislado. La estadounidense Alice Markham-Cantor, experta en el caso de Salem, critica también el negocio creado en esta ciudad que es una atracción turística anual para miles de personas. Por la ciudad se pueden ver tiendas que venden kits de conjuros, cartas de tarot, velas e incluso locales que ofrecen talleres de brujas, meditación y yoga. “Salem es conocida como la ciudad de las brujas pero nadie ha contado la verdad, solo es un negocio”, afirma Markham-Cantor.

La misoginia muta y se adapta

La sala de Katrakak se llenó para escuchar las distintas mesas redondas./ HELENA BAYONA

La sala de Katrakak se llenó para escuchar las distintas mesas redondas./ HELENA BAYONA

A finales de enero de 2019, una mujer acusada de brujería fue asesinada junto con sus cuatro hijos pequeños en la India. Fueron golpeados hasta morir justificando que la mujer era culpable de haber enfermado a una niña de su aldea, cercana a Nueva Delhi. La caza de brujas nunca ha terminado y es una masacre global concebida en el estómago del capitalismo y la misoginia. El eurocentrismo nos ha hecho obviar otras cazas que sucedieron en Sudáfrica, Nigeria, India o en América Latina durante la colonización. En el Calibán y la Bruja, Federici hace una crítica al tratamiento histórico del fenómeno señalando que se olvidó el foco global porque era “algo ajeno y lejano a nosotras”. Aunque no lo era tanto: el hombre blanco europeo colonizó América aplicando técnicas genocidas del mismo modo que en Europa. Los españoles saquearon las tierras, eliminando cualquier elemento sagrado y de cuidado a la naturaleza, capitalizando, reestructurando la economía y privatizando el campo y a las mujeres. Aquel Nuevo Mundo era para los saqueadores el suelo del Diablo y su preocupación les llevaría a justificar las masacres de las y los indios americanos nativos, así como las plantaciones de esclavos en Brasil y el Caribe.

Las mujeres han liderado las grandes luchas anti-coloniales y es por eso que han sido eje de ataque. Cualquier levantamiento en contra del capitalismo voraz y en defensa de las comunidades que viven lejos de la civilización ha terminado con una caza brujas. En 1840, tuvo lugar una oleada de quema de brujas en el oeste de India contra las mujeres que vivían en los bosques y tenían más poder que las castas que albergaban en las llanuras. En África, la caza sobrevive hoy sobre todo en lugares en los que hubo mayor comercio de esclavos como Nigeria o Sudáfrica. El resultado de esto es la pérdida de posición social de las mujeres provocada por la expansión neoliberal. También se han denunciado casos en Kenia y Camerún entre los 80 y 90, coincidiendo, según Federici, con la política de ajuste del FMI y el Banco Mundial.

La caza de brujas ha vuelto a formar parte de la agenda global y cualquier movimiento de resistencia contra la capitalización de nuestros cuerpos y tierras será saqueado hasta eliminar la lucha de nuestras ancestras y lo sagrado de nuestro ADN. ¿Estamos ante una nueva caza de brujas llamada feminicidio?


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La Caza de Brujas de ayer, el feminicidio de hoy
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Aurora Díaz Obregón

Nací en un pueblo poligonero. Humana todo el tiempo y periodista a ratos. Leo, viajo y me desintegro. Feminista, como mi abuela. De vez en cuando le doy a la poesía. No tengo máster pero sé hacer croquetas veganas.

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