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Desigualdades de género en la literatura Participa

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Cristina Liberada


Sabido es por todos que cualquier aspecto que afecte a una mujer, de cara a su empoderamiento personal y social y que pueda cuestionar la masculinidad del hombre tradicional, no se trata de la misma manera cuando le afecta a ella, que cuando afecta al hombre, en su caso. Quiero referirme ahora a dos temas tan de moda para el feminismo como la prostitución y la esterilidad, por no mencionar ninguno más, que, dependiendo del sexo de la persona a la que afecten, tienen distintos significados sociales, y por lo tanto su tratamiento es distinto a nivel personal. En el primer caso, no hay muchas novedades que aportar con respecto a lo ya dicho por otras autoras: la prostituta, voluntaria u obligada, debe cuidar su cuerpo al máximo, y preocuparse por satisfacer las necesidades libidinosas, más o menos espontáneas  y no pocas veces extraconyugales del hombre, al cual le parece estupendo que haya mujeres dispuestas a ello, dado que esto alimenta su masculinidad y su superioridad frente a ellas, e igualmente confirma las expectativas de género que el patriarcado reserva para cada uno de ellos: el hombre está para mandar, y la mujer para obedecer. 

Cosa distinta sería que dicho hombre tuviera que prostituirse, por las mismas o por distintas razones a las de una mujer, y ello igualmente con independencia de que dicha prostitución se ejerciera de manera voluntaria u obligada. Según la perspectiva patriarcal, dado que el hombre es superior a la mujer y una de sus competencias es mandar sobre ella como queda dicho, no tiene lugar de manera decente la prostitución, puesto que implicaría someter su voluntad y su persona de manera similar a la mujer, lo cual es inconcebible para él, y por lo mismo no la ejerce, salvo raras excepciones y de manera tabú. Así pues, no pululan por doquier los gigoloes o prostitutos.

Ejercer la prostitución es, para muchas y para muchos, tristemente, una forma de ganarse la vida como otra cualquiera, aunque muchas de esas personas también, denigren a las prostitutas, creyéndolas, no sólo inferiores a ellos por el hecho de ser mujeres, sino también por el hecho de ser prostitutas, lo cual las hace, a sus ojos, de la casta más ínfima de cualquier sociedad. Por eso recurren a ellas no pocas veces para satisfacer intereses personales, no solo de tipo sexual, sino también reproductivo, de forma que un tema tan de moda como la gestación subrogada, se lleva a cabo por mujeres prostitutas o prostituidas por necesidades económicas, a cuyos usuarios sólo les interesa la hija o hijo que puedan engendrarles, sin preocuparse por sus circunstancias personales y/o sociales, su salud emocional, y en definitiva, por su dignidad como personas. Diríase entonces que la prostitución tiene una razón de ser, más allá de intereses meramente libidinosos, y así lo vio, hace ya doscientos años, Benito Pérez Galdós, quien, en una de sus magníficas y extensas novelas, pretendió dignificar a las prostitutas –que no a la prostitución-, mandando a los lectores mensajes como los citados. A nadie que lo conozca mínimamente, se le escapa que este escritor fue, además de muy moderno como escritor y un excelente prosista, un hombre muy de mundo, al que ninguno de los problemas sociales de su época le era ajeno, y cuando éstos afectaban a las mujeres, los trataba de una forma tan suigeneris como correspondía a su carácter machista, putero e hipócrita, de forma que, aunque nunca habló de gestación subrogada como tal, sí la defendió en su novela Fortunata y Jacinta, en la que una prostituta concibe un hijo para una mujer estéril. Para Galdós no hay cuestionamiento ético alguno sobre esto, puesto que, desde su perspectiva patriarcal, aunque muy cínica en su caso, entendía que uno de los fines inherentes a una mujer es el de reproducirse. Dignifica, como consumidor de prostitución, a las prostitutas como personas, para decirnos, sin embargo, que no tienen sitio en esta sociedad, aunque en absoluto le interesaba que desaparecieran, ni mucho menos que se aboliera la prostitución como tal.

Sin embargo, la prostitución no se da sólo en el ámbito sexual, sino en algunos más, como en el laboral, y hasta en el personal. ¿Creería alguien que vender por dinero la propia dignidad para matar a una persona no es prostitución, e igualmente ofrecerse de manera voluntaria para hacer daño a alguien, sea vía traición, sea vía conspiración? Cosa distinta es que la lengua reserve esta palabra para las actividades referidas a la perversión del sexo, y sicario, traidor, canalla y algunas otras para aquéllas en las que lo que se pervierte no es precisamente la sexualidad, pero sí igualmente la dignidad de la persona. No es un caso aislado en la lengua este tipo de especialización. Es obvio decir también que otra diferencia entre la prostitución sexual y la de otros tipos estriba en que la primera crea una gran industria, mientras que las otras no lo hacen, o no en la misma medida quizá; porque también los sicarios tienen detrás su propia industria. Ello redunda en el hecho de que se hable de regular o de abolir la prostitución sexual /me decanto por lo segundo), pero no las otras, puesto que actos antiéticos como vender el propio cuerpo no son constitutivos de delito, pero sí el origen de muchas enfermedades, mientras que otras formas de prostitución ya constan de sanciones propias en el código penal.

El segundo tema al que me refería al principio es el de la esterilidad, el cual, como decía también allí, se aborda desde distintos puntos de vista, dependiendo del género de la persona a la que este problema afecte. De esta manera, aunque en ningún caso es deseable la esterilidad en una mujer, y de hecho puede ser una deshonra y dar lugar a todo tipo de humillaciones hacia ella, no es necesario, en cambio, encubrirla con problemas mayores que afecten a la misma, dado que, en tanto que persona menor de edad, y por lo mismo sometida al hombre, no se concibe, pese a todo, con la misma deshonra que si dicha esterilidad afecta a dicho hombre. Cuando esto ocurre, es del todo obligado encubrirla con problemas mayores para excusar mancha tan fea, tanto en él como en su familia, semejante a la de la infidelidad por parte de su mujer. Así nos lo trasmite también el citado Galdós en la novela también citada, en la que el varón estéril está loco, mientras que la estéril es una mujer normal en otros aspectos. De nuevo Galdós rechaza a estas personas, alegando que su único lugar en la sociedad está en los manicomios. Y es que en la vida real, ocurre algo similar, de forma que se habla de mujeres sin óvulos, o con óvulos infértiles, con bastante más naturalidad que de hombres sin esperma fértil, dado que, incluso a día de hoy, resulta más bochornoso que en el caso de la mujer, lo que nos prueba una vez más que nuestra sociedad, que presume de feminista y de moderna en general, no supera aún muchos estereotipos de género.

Desigualdades de género en la literatura
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Revista que ofrece periodismo y opinión con un enfoque crítico, feminista, transgresor y disfrutón.

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