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‘Creedme’ y los orígenes de la justicia patriarcal Análisis, Voces

‘Creedme’ es un reportaje sobre la investigación de varios casos de violación en Estados Unidos que pone en evidencia los mecanismos que genera el descrédito con el que se suele tratar a las víctimas. Sus autores, T. Christian Miller y Ken Armstrong, ganaron el premio Pulitzer en la categoría de Reportaje Explicativo en 2016. La editorial Libros del K.O. lo acaba de publicar (traducido por Miguel Ros González y con prólogo de Patricia Simón) y nos ofrece este adelanto editorial en clave histórica.

 

Portada de la edición 'Creedme' de Libros del K.O. que salió a la venta el pasado 20 de mayo.

Portada de la edición ‘Creedme’ en Libros del K.O. que salió a la venta el pasado 20 de mayo.

Sinopsis:

Marie es una adolescente que se ha criado en casas de acogida. Nada más alcanzar la independencia, denuncia haber sufrido una violación. Pero nadie la cree. Dos años más tarde, unas investigadoras trabajan para resolver unos casos de violación ocurridos a miles de kilómetros, pero que siguen el mismo patrón que la de Marie. Los autores de Creedme reconstruyen la persecución del culpable, al mismo tiempo que desenmascaran los mecanismos detrás de la escasa credibilidad que históricamente se ha concedido a las mujeres que sufren una violación.

Por la sensibilidad con la que cuentan historias reales (cómo afecta el trauma a las víctimas, cómo viven su desamparo…) y por la claridad con la que exponen otros episodios históricos (hasta dónde se remontan los sesgos policiales y judiciales en estas investigaciones), T. Christian Miller y Ken Armstrong ganaron el premio Pulitzer en la categoría de Reportaje Explicativo en 2016.

Netflix se encuentra preparando una miniserie de ocho capítulos titulada Unbelievable, cuyo estreno está previsto para septiembre, y en la que participan como guionistas Susannah Grant, Michael Chabon y Ayelet Waldman, y como actrices Toni Collette (El sexto sentido y Little Miss Sunshine) y Merritt Wever (Nurse Jackie y Godless).

 


Adelanto editorial:

Cuando se trata de denuncias de violación, el sistema penal abraza desde hace mucho tiempo, como escribió Susan Brownmiller, la «muy querida premisa masculina de que las mujeres son proclives a mentir»1. En los tribunales a lo largo y ancho de Estados Unidos, la posición histórica por defecto ha sido la duda.

El jurista con más influencia en la forma en que el sistema legal estadounidense responde a las acusaciones de violación vivió hace cuatro siglos. Sir Matthew Hale, contemporáneo de Oliver Cromwell y Carlos II, se convirtió en el Lord Presidente de los Tribunales de Inglaterra en 1671. Era, «con mucho, el juez más famoso y respetado de su época», según se cuenta2. En los círculos legales se veneraba su nombre, y un biógrafo escribió en 1835: «Sus virtudes, en suma, eran tan resplandecientes que, hasta la fecha, si hay que nombrar un ejemplo singular de virtud e integridad, en especial en el ámbito del derecho, la mente se dirige al instante a lord Hale como la brújula al Polo»3. Podemos encontrar un lenguaje igual de obsequioso en numerosos textos posteriores.

Hale, famoso por su piedad, integridad y sobriedad judicativas, escribió un enorme tratado de dos volúmenes sobre derecho penal: La historia de las súplicas de la Corona. Definía la violación como «uno de los crímenes más detestables», y luego añadía unas palabras citadas en un sinfín de ocasiones desde entonces: «Hemos de recordar que se trata de una acusación fácil de hacer y difícil de demostrar, y aún más difícil de defender desde la parte acusada por muy inocente que sea»4.

Hale evocaba el temor a la acusación falsa —cuyas raíces llegan incluso hasta la Biblia, donde la mujer de Potifar, rechazada por José, lo acusa de violación— y creaba un marco legal para enfrentarse a ese temor. Describía dos casos de hombres a los que consideraba injustamente acusados, uno de ellos por una chica de catorce años que pretendía chantajearlo. Hale escribió que los miembros del jurado debían plantearse lo siguiente: ¿la mujer que denuncia la violación tiene «buena o mala fama»? ¿Gritó pidiendo auxilio? ¿Intentó huir? ¿Denunció los hechos de inmediato? ¿Hay otras personas que respalden su testimonio? Los jueces y los jurados han de permanecer vigilantes, continúa Hale, no sea que la atrocidad del crimen los enardezca «con tanta indignación que se precipiten en condenar al acusado tras oír el firme testimonio de testigos en ocasiones malintencionados o perjuros»5.

El juez inglés tenía consejos para dar y regalar, que a veces incluso trascendían la ley. De hecho, escribió una carta de 182 páginas a sus nietos, ofreciendo consejo a todos y cada uno de ellos. A Mary: «Si no consigue gobernar la grandeza de su espíritu, será orgullosa, arrogante y vengativa…»6. A Frances: «Si logra cultivar el temor reverencial, en particular frente a la mentira y al engaño, será una buena mujer y ama de casa»7. En cuanto a Ann, percibía su «naturaleza débil», y por ende le prohibía obras de teatro, baladas y libros melancólicos, «pues dejarán una huella indeleble en su mente»8.

En su carta, Hale se estremece al observar el mundo que lo rodea: «Todo el pueblo de este reino está corrompido por el libertinaje, la embriaguez, la glotonería, las prostitutas, el juego, la abundancia y la prodigalidad más necia y beoda que uno pueda imaginarse…»9. En particular, desprecia aquello en lo que se han convertido las jovencitas: «aprenden a ser descaradas» y a «hablar en voz alta». Dedican «su tiempo a pintarse o empolvarse la cara, a rizar sus rizos y a buscar las prendas más nuevas y costosas. Cuando se levantan antes de las diez, se pasan la mañana entre el peine, el espejo y el estuche del maquillaje; y, como no saben cuidarse solas, necesitan que les hagan la comida…»10. Sus quejas continúan, y la frase llega a las 160 palabras. Hale se casó dos veces. Corría el rumor de que su primera mujer le había sido infiel, y lo apodaban el «cornudo mayor»11. Se refiere a las damas inglesas como «la ruina de las familias»12.

«Hay […] pruebas de que sir Matthew Hale podría estar un poco atrasado a su época en lo que atañe a su opinión sobre las mujeres», escriben Gilbert Geis e Ivan Bunn en su libro A Trial of Witches13. La obra describe un acontecimiento que empañó el legado de Hale, «aunque fuese mínimamente». En 1662, en Bury St. Edmunds, Hale presidió el juicio de dos ancianas acusadas de brujería. Advirtió al jurado que las brujas existían, asegurando que así lo afirmaban las Escrituras. Cuando el jurado pronunció el veredicto de culpabilidad, Hale condenó a Amy Denny y a Rose Cullender a la horca. (Cuatro años antes ya había condenado a otra bruja hallada culpable). Treinta años después, la forma en que Hale llevó el juicio, que había quedado registrada por escrito, sirvió de modelo en Massachussetts. «De hecho, es probable que los juicios de Salem no hubiesen tenido lugar de no haberse producido el juicio en Bury St. Edmunds: los acontecimientos de Salem imitaron, tristemente, a los de Bury», concluyen Geis y Bunn14.

La influencia de Hale en los juicios por brujería desapareció a medida que fue menguando la creencia en las brujas. Sin embargo, su influencia en los casos de violación perduró. Incluso trescientos años después de su muerte, allá por 1676, a muchos jurados de Estados Unidos se les seguían recordando sus palabras. Los tribunales lo llamaban «advertencia de Hale», e instruía a los miembros del jurado en los juicios por violación para que se mostrasen cautelosos ante las acusaciones falsas, difíciles de defender y fáciles de hacer.

El 16 de diciembre de 1786, Thomas Jefferson le escribió una carta a James Madison desde París. Se quejaba de su muñeca derecha dislocada —«la hinchazón no baja»—, que solo le permitía escribir con «gran dolor»15. Le decía que pronto pondría rumbo al sur de Francia, con la esperanza de que las aguas termales le curasen, y le hablaba de comercio —pescado, harina, aguarrás y tabaco— entre Estados Unidos y Francia. Luego, casi de pasada, le decía que no era partidario de los castigos severos por violación, «habida cuenta de la tentación que tendrían las mujeres de convertirlos en un instrumento de venganza contra un amante veleidoso o después de un desengaño ante una rival»16.

El autor de la Declaración de Independencia le estaba escribiendo al hombre que años más tarde redactaría la Carta de Derechos, advirtiéndole sobre las mujeres despechadas que denunciaban violaciones.

Siete años después, un juicio penal en la ciudad de Nueva York fue el fiel reflejo de cómo el sistema legal estadounidense original usaba los criterios de lord Hale para socavar la credibilidad de las mujeres. Henry Bedlow se enfrentó a un juicio en 1793, acusado de violar a Lanah Sawyer. Bedlow era un aristócrata, descrito en los anales como «libertino» y «vividor». Sawyer era una costurera de diecisiete años, hija de un marinero. Los dos se conocieron cuando unos hombres acosaron a Sawyer, que estaba dando un paseo una tarde de verano, y Bedlow intervino. Él le dio un nombre falso a la chica, diciéndole que era un abogado apellidado Smith. Ella accedió a dar un paseo por la noche con él, unos días después. Según contó, esa noche Bedlow la obligó a entrar en un burdel y la violó. Él decía que la había seducido.

En el juicio, cinco abogados defensores hablaron en nombre de Bedlow. Uno advirtió a los doce hombres del jurado de que ese caso ponía «la vida de un ciudadano en manos de una mujer, que dispondría de ella casi a su entera voluntad y placer». Otro afirmó: «Cualquier mujer que no sea una prostituta perdida parecerá mostrarse reacia a lo que, en su fuero interno, anhela». Un tercero se preguntaba cómo una «costurera» podía aspirar a que un abogado le prestase la más mínima atención, «a no ser que fuese ante la perspectiva de promover un comercio ilícito». Había paseado con él en plena noche. «¿Cuántas posibilidades hay de que una chica que abandona las defensas de su castidad y deja desprotegidos todos los accesos se demore en rendir la ciudadela?».

El abogado defensor que más habló fue Henry Brockholst Livingston, que luego sería nombrado juez del Tribunal Supremo de Estados Unidos. (Nombramiento auspiciado por Thomas Jefferson). Al dirigirse al jurado, Livingston citó a Hale («una acusación fácil de hacer») y sometió a Lanah Sawyer a las preguntas prescritas por el juez inglés. ¿Tenía buena fama? Aunque «una nube de testigos» afirmó que sí, Livingston le dijo al jurado que «podía ser que dominase el arte de mostrar un exterior puro a pesar de estar podrida por dentro». Sawyer también aseguraba que gritó. ¿Pataleó, además? ¿Y por qué, si había accedido a parar para tomarse un helado, decidió alargar la noche? «En lugar de tomarse una tarrina y volver a casa, como haría cualquier chica celosa de su reputación, se queda con él toda una hora y media». Livingston argüía que Sawyer se había inventado la historia de la violación al descubrir que Bedlow no tenía mayor interés por ella. «Todos sabemos lo intensas que son las ansias de venganza que anidan en el seno de las mujeres; la ira de una mujer despechada no conoce límites».

El juicio duró quince horas; el jurado tardó quince minutos en deliberar. Veredicto: «No culpable».

John Henry Wigmore fue el mayor experto del siglo xx en el campo de las pruebas legales. Este académico bigotudo, que dominaba doce idiomas, contribuyó a fundar la revista Harvard Law Review y fue decano de la Facultad de Derecho de la Universidad del Noroeste durante veintiocho años17. Los profesores y estudiantes de Derecho llaman a su obra maestra Wigmore on Evidence, que es más sencillo que decir A Treatise on the Anglo-American System of Evidence in Trials at Common Law: Including the Statutes and Judicial Decisions of All Jurisdictions of the United States and Canada. Un profesor de la Universidad de Chicago definió la obra de Wigmore como, «probablemente, el mejor tratado legal moderno», asegurando que su análisis constituye «la estructura misma del código probatorio actual»18.

Wigmore también investigaba sobre psiquiatría y psicología, y se convirtió en «el mejor amigo que tuvo la psicología en el mundo del derecho»19. En los casos donde una mujer denunciaba una violación, recomendaba fundir el derecho con la psiquiatría. En la tercera edición de su tratado, que se convertiría en la versión final y acreditada, publicada en 1940, Wigmore desarrolló con mayor profundidad una idea sobre las mujeres y la credibilidad que había expresado a lo largo de la década de 1930. Partía de una noción acuñada por Henry Brockholst Livingston siglo y medio antes —un exterior puro, podrido por dentro— y le daba un toque de Sigmund Freud.

Los psiquiatras modernos han estudiado en profundidad el comportamiento de las jóvenes y las mujeres descarriadas que se presentan ante los tribunales en todo tipo de casos. Sus complejos psíquicos son múltiples y variopintos, y están distorsionados por defectos inherentes, por desviaciones enfermizas o instintos anormales, por un entorno social perjudicial y por trastornos fisiológicos o emocionales transitorios. Una de las formas que adoptan dichos complejos es la de inventar una acusación de violación contra un hombre. Su mentalidad impura (por qué no llamarla por su nombre) encuentra su expresión fortuita pero directa en la narración de incidentes sexuales imaginarios, donde la narradora es la heroína o la víctima. En la superficie, la descripción es franca y convincente. Sin embargo, la auténtica víctima de estos casos es, con demasiada frecuencia, el hombre inocente…20

En resumidas cuentas: la mujer se lo imaginó.

«Sin lugar a dudas», recalcaba Wigmore, todos los jueces y fiscales habían visto casos por el estilo. Así las cosas, continuaba: «Ningún juez debería permitir jamás que una acusación de agresión sexual llegase ante el jurado a menos que el historial social y la integridad mental de la denunciante hubiesen sido examinados y garantizados por un médico cualificado»21.

Wigmore murió en 1943. Cuarenta años después, Leigh Bienen —a la sazón abogada de oficio, luego miembro del claustro de la Universidad del Noroeste de Wigmore— analizó las fuentes científicas en las que Wigmore fundamentaba su argumento y le resultaron deficientes. Sin embargo, a pesar de la dudosa investigación de Wigmore y de su «postura represiva y misógina»22, sus opiniones siguieron siendo muy influyentes entre abogados y jueces. «De hecho, la única fuente sobre la preocupación del sistema legal ante las denuncias falsas en los casos de delitos sexuales es la doctrina Wigmore», escribió Bienen23.

Para las mujeres que denunciaban violaciones, la premisa fundamental de esa doctrina («se lo imaginó») no era más que una variación del «en el fondo quería», una suposición que llevaba mucho tiempo oyéndose en los juzgados y leyéndose en la bibliografía legal. «Aunque la mujer nunca dijo que “sí”, aunque repitió constantemente que “no” y mostró una decente resistencia hasta el final, aún podría darse el caso de que consintiese parcialmente la violación», escribió en 1842 Greene Carrier Bronson, juez del Tribunal Supremo de Nueva York24. En 1952, un artículo del Yale Law Journal aseguraba que «muchas mujeres» demandaban una «actitud agresiva por parte del hombre. A menudo, su placer erótico puede verse incrementado, o incluso depender, de que lo acompañen de cierto grado de violencia física»25.

En las décadas de 1970 y 1980, el potente impulso del movimiento feminista contribuyó a que se reformasen las leyes en materia de violación a lo largo y ancho de Estados Unidos. Mientras Marty Goddard y Susan Irion colaboraban para implementar los kits de violación y la formación sobre el trauma, el poder legislativo promulgaba leyes «escudo»—para proteger a las denunciantes, restringiendo las pruebas sobre su historial sexual— y los tribunales dejaban de dar instrucciones al jurado usando el lenguaje de sir Matthew Hale.

Como algunos expertos en derecho han apuntado, el repudio de Hale llegó con unos tres siglos de retraso. Sus palabras no pueden considerarse ciertas hoy día: considerando que la mayoría de las violaciones no se denuncia, no puede decirse que la acusación sea «fácil de hacer». Pero tampoco lo era por aquel entonces: aquella época ofrece un sinfín de ejemplos de mujeres a las que hicieron sufrir por dar la cara y denunciar. En 1670, dos criadas de Virginia con contrato forzado acusaron a su amo de violación; en consecuencia, las castigaron con más años de servidumbre obligatoria26. A principios del siglo xviii, en dos juicios entre los que pasaron siete años, dos mujeres de Maine denunciaron haber sido violadas. Una recibió una advertencia por grosería pública y la otra quince latigazos por indecencia27.

Y aunque Hale se haya desvanecido, su legado aún perdura, al acecho. En 2007 —un año antes de que Marie denunciase su violación—, un legislador del estado de Maryland, abogado penal que presidía la Comisión de Justicia de la Cámara, recordó la advertencia de Hale en una sesión para decidir si se denegaba la patria potestad a los violadores cuyas víctimas quedaban embarazadas. El legislador en cuestión, Joseph Vallario Jr., dijo citar a Hale a modo de clase de historia. Sin embargo, sus palabras fueron motivo de «indignación», según un titular del Washington Post. Un grupo de defensores de las víctimas criticó a Vallario por citar «una doctrina arcaica y misógina»28. La ley no prosperó. Diez años después, cuando la representante estatal Kathleen Dumais intentó por novena vez que se aprobase la medida, un comité formado exclusivamente por hombres de las dos cámaras dejó que la ley muriese por inanición, con lo que Maryland es uno de los dieciséis estados que no permite a una víctima de violación quitarle la patria potestad a su agresor29.


Notas al pie:

1 Brownmiller, Susan: Contra nuestra voluntad, editorial Planeta, 1975, traducción de Susana Constante.

2 Geis, Gilbert y Bunn, Ivan: A Trial of Witches: A Seventeenth-Century Witchcraft Prosecution, editorial Routledge, 1997.

3 Williams, John Bickerton: Memoirs of the Life, Character, and Writings, of Sir Matthew Hale, Knight, Lord Chief Justice of England, (página viii), editorial Jackson and Walford, 1835.

4 Hale, Sir Matthew: Historia Placitorum Coronae: The History of the Pleas of the Crown, ed. Sollom Emlyn, vol. I (página 635), impreso por E. y R. Nutt, y R. Gosling, por encargo de Edward Sayer, Esq., 1736).

5 Hale, Historia Placitorum Coronae (página 636).

6 Hale, Sir Matthew: Letter of Advice to His Grand-Children, Matthew, Gabriel, Anne, Mary, and Frances Hale (páginas 30-31), editorial Taylor and Hessey, 1816.

7 Hale, Letter of Advice (página 31).

8 Ibid. (página 30).

9 Ibid. (página 15).

10 Ibid. (página 116).

11 Cromartie, Alan: Sir Matthew Hale 1609-1676: Law, Religion and Natural Philosophy (página 5), editorial Cambridge University Press, 1995.

12 Hale, Letter of Advice (página 119).

13 Geis, A Trial of Witches (página 119).

14 Ibid. (página 7).

15 Boyd, Julian P., editor: The Papers of Thomas Jefferson, vol. 10 (página 602), editorial Princeton University Press, 1954.

16 Ibid. (página 604).

17 Roalfe, William R. y Wigmore, John Henry: Scholar and Reformer (página ix), editorial Northwestern University Press, 1977.

18 James, George F.: «The Contribution of Wigmore to the Law of Evidence», University of Chicago Law Review 8 (1940-1941) (página 78).

19 Doyle, James M.: «Ready for the Psychologists: Learning from Eyewitness Errors», Court Review: The Journal of the American Judges Association 48, n.º 1-2 (página 4), 2012.

20 Wigmore, John Henry: Wigmore on Evidence, 3ª edición revisada por James H. Chadbourn, vol. 3A (página 736), editorial Little, Brown and Company, 1970.

21 Wigmore: Wigmore on Evidence (página 737).

22 Bienen, Leigh B.: «A Question of Credibility: John Henry Wigmore’s Use of Scientific Authority in Section 924a of the Treatise on Evidence», California Western Law Review 19, no. 2 (página 236), 1983.

23 Bienen: «A Question of Credibility” (página 241).

24 People v. Hulse, 3 Hill (NY), (página 316).

25 Citado en Sanday, Peggy Reeves, A Woman Scorned: Acquaintance Rape on Trial (página 158), editorial University of California Press, 1996.

26 Freedman, Estelle B.: Redefining Rape: Sexual Violence in the Era of Suffrage and Segregation (página 15), editorial Harvard University Press, 2013.

27 Block, Sharon: Rape and Sexual Power in Early America (páginas 38, 92), editorial University of North Carolina Press, 2006.

28 Rein, Lisa: «Comments on Rape Law Elicit Outrage», Washington Post, 6 de abril de 2007.

29 Rentz, Catherine: «All Male Panel Ruled on Rape Bill During Maryland’s Legislative Session», Baltimore Sun, 17 de abril de 2017.

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