Cine de machos Participa

Nota: Esta es la sección de libre publicación en la que promovemos la participación de las lectoras. Publicamos contenidos que nos parecen interesantes aunque no coincidan con nuestra línea editorial ni con nuestros criterios de edición. Máximo 3 folios.

Iris César del Amo

Marion Crane (interpretada por Janet Leigh) en el icónico fotograma de ‘Psicosis’

Estoy más que harta del machito de turno y de todos los machos en general. No hay día en que no salga a un espacio público y no me tope con al menos un espécimen de este calibre. Me cansa, me harta, me hastía. Solo con escribir esto me sale el gesto inconsciente de levantar poco a poco los ojos pre-eye roll y abrir ligeramente la boca con un suspiro atascado en los pulmones. Aaaaaaaay, madre mía, dame fuerza. 

Siempre pienso en cómo algunos han pasado de ser niños cariñosos y juguetones a esas bestias brutas y prepotentes. La sociedad y la educación son básicas, pero en el siglo XXI hay un factor que juega un papel esencial en la estructuración de los futuros adultos: el cine y, en la última década, las series.

En multitud de ocasiones, cuando he criticado una película por poca presencia femenina o por algún rasgo claramente machista, mi interlocutor lo ha justificado porque “es que antes era así” y “es que es realista”. Pues mira, qué quieres que te diga, pero a mí esa excusa ya no me vale. ¿Que antes estaba socialmente aceptado darle un guantazo a una mujer? Pues lo estaría, pero no por ello voy a alabarlo. Exactamente por la misma razón no suele gustarme el cine clásico. No tolero que el héroe al que todo el mundo adora, con su sombrero en blanco y negro, le dé una torta a su coprotagonista o la zarandee por los hombros porque “en esa época era lo normal”. Y menos aún tolero que ese tipo de comportamientos se dé en obras actuales. Ya no está socialmente aceptado. ¿Realista? Lamentablemente en muchos casos sí. Pero no caigamos en hacer un alarde de ello sin ojo crítico. El machismo por el machismo, sin ninguna crítica, es apología y ensalzamiento. Es patrón de conducta.

Estoy harta de las películas que se hacen por y para hombres. Ensalzadas machunadas que no hacen más que reforzar los peores atributos de la masculinidad más tóxica: la violencia, la fuerza física, la lucha por el poder, la chulería, el sacrificio para la protección de los demás porque, está clarísimo, son muy machotes. Son normalmente películas sobre mafia, crímenes y policías. ¿Que qué papel tienen las mujeres en estas películas? Pues ninguno. No pintan nada, básicamente. Me molesta muchísimo que se ensalce este tipo de películas como obras de arte de un nivel extraordinario que ya nunca volveremos a conseguir. La filmografía de Guy Ritchie y, en especial, sus largometrajes más conocidos, Snatch, cerdos y diamantes y Lock & Stock, son de un inmaculado reparto masculino y con un guion que representa una masculinidad tóxica, violenta y chulesca. Los delincuentes son los más machitos. La mafia, el crimen y el ejército, el culmen de la machirulidad. Qué pereza. Cuando digo que estas cosas me tocan la moral, ahí viene la excusa. ¡Ahí, cuidado que viene! “Es que en la mafia no había mujeres”. Mira, no sé en qué realidad paralela están pensadas estas ficciones, pero en el mundo real el 51% de la población son mujeres, así que a ver dónde se están escondiendo en el mundo cockney del señor Ritchie. Bueno, claro, lo sé perfectamente. Se están escondiendo en la cocina, en sus casas, cuidando a los hijos de estos hombres de acción que se dedican a robar o a dar hostias o, en contraposición, en los numerosos club de striptease a los que estos hombres deben ir para relajarse (¡Por favor, dejad que se relajen! Que están muy estresados). Son el atrezzo de la chica sexy o la madre. La puta o la santa. María Magdalena o la Virgen María. La guarra o la calientapollas. Lola Bunny o la abuelita. No hay más. ¿O es que no tenemos en el imaginario colectivo al mafioso barra delincuente barra señor gordo con anillos que chasca los dedos y de no se sabe dónde sale una pibita de infarto con poca ropa y se le sienta en las rodillas? Luego, claro, está Diana Keaton con la puerta en las narices, que la pobre también se lleva unos cuantos guantazos.

Por algo justo esas dos películas del famoso director se enmarcan dentro del movimiento lad culture, que forma parte de la subcultura británica de mediados de los años 90 y que surgió en contraposición del concepto del aliado feminista y busca la vuelta a la masculinidad tradicional en favor del consumo de alcohol, la violencia y el machismo. Actualmente, el término también se utiliza en los países angloparlantes para referirse al acoso sexual que se da en campus y universidades. De nuevo se relaciona con la bebida, los eventos deportivos y va desde el acoso callejero y las bromas sobre violaciones hasta agresiones sexuales. Gran y orgulloso movimiento en el que engloben a tus películas. Sí, señor.

Entiendo que haya géneros diferentes y públicos diversos y veo que hay un sector masculino que reclama películas de acción que alimenten su masculinidad. Comprendo la demanda, pero ¿qué fue antes, la gallina o el huevo? Me parece totalmente irresponsable responder a esa demanda para ensalzar los comportamientos del macho medio en estos tiempos de inflación de la masculinidad. El cine y la televisión son un modelo de conducta importantísimo en el siglo XXI porque, como animales sociales, todo lo aprendemos con el ejemplo y la repetición. Estados Unidos, que ostenta el dominio en el mercado del entretenimiento, suele utilizar siempre en sus productos los mismos patrones: machos patrióticos que deben recurrir a la violencia y al poder para defender a su familia y a su país. Y olé. Insertar emoticono de señor anaranjado con peluca rubia. USA refleja muy bien en los diálogos los rasgos que quiere ensalzar en las relaciones entre tíos, que se basan en un constante tira y afloja por ver quién ostenta el poder de la situación. Toda conversación entre hombres consiste en ver quién la tiene más grande. Sinceramente, me importa una mierda el tamaño de vuestro aparato reproductor. Lo que quiero es ver televisión de calidad, no vuestro complejo de inferioridad genital. Pongo un ejemplo bastante extremista: en la última entrega del mundo Harry Potter, Animales fantásticos: los crímenes de Grindelwald, que ya es coproducción Reino Unido-Estados Unidos, un joven profesor Dumbledore (mundialmente conocido por su sabiduría, temple y valentía) nos ofrece esta conversación, con las manos en los bolsillos y sentado al filo de la mesa:

– Director: Soy el director del Departamento de Seguridad Mágica, tengo derecho a ir donde me plazca. Todos fuera.

Los alumnos miran a Dumbledore.

– Dumbledore: Marchaos con la profesora McGonagall, por favor. […] …le advierto que sus políticas de supresión y violencia hacen que él gane adeptos.

– Director: No me interesan sus advertencias. Y me fastidia decir esto porque no es santo de mi devoción…

Dumbledore se ríe altanero (WTF).

– Director: Pero usted es el único mago que puede hacerle sombra.

¿Pero qué me estás contando, Dumbledore? ¿Desde cuándo te me has vuelto un chulito italoamericano con aires de gánster que necesita restregarle la varita a la gente por la cara? No es que hable mucho, pero su actitud y su lenguaje no verbal lo dice todo. Y mira, por ahí no paso. Es por todos conocido que Dumbledore es una persona tranquila, modesta, y si en su afán por comercializar y alargar aún más el mundo Harry Potter, necesitan americanizarlo y cargarse la construcción del personaje para hacerlo más molón y meterlo a martillazos en el molde de Hollywood, genial, vaya mierda de guion. Dumbledore, el más machote de los magos. Totalmente coherente. 

Mención aparte se merece también Love, Death + Robots, que con 18 capítulos caben en los dedos de una mano los que no utilizan algún tipo de representación masculina arquetípica, ya sea el militar, el hombre lobo o el cazador, o que no enseñe gratuitamente a tías sexualizadas y en pelotas. Algunos capítulos son bastante interesantes, totalmente cierto, pero en casi todos encontramos al macho de turno, al hombre de acción y a la tía buena. No me parece nada casual que en toda la serie solo haya dos guionistas mujeres y, vaya, justo en dos de los capítulos en los que no aparecen ni bestialidades ni tetas fuera.

El cine español tampoco se libra y lo vemos en Que Dios nos perdone de Rodrigo Sorogoyen, un drama policíaco en el que dos inspectores andan a la caza de un asesino en serie. Ya no es solo que no me guste el argumento hiperviolento hasta decir basta, es que me jode la historia rancia y la personalidad chulesca de los personajes, que te acaban cayendo como el culo. Aquí vemos precisamente ambas caras de la moneda. Por un lado, el chulo playa con su camisita abierta que ves de lejos que es un gilipollas subidito y el que parece inofensivo y calladito y al final acaba rayando la línea del consentimiento. Yo no aguanto esas actitudes en mi vida y menos aún quiero verlas reproducidas en mi tiempo libre. Sin mencionar el papel totalmente secundario y sexualizado de los personajes femeninos, que solo aparecen, de nuevo, como acompañamiento y excusa para los comportamientos de mierda de los protagonistas masculinos. Y para recogerle el plato de la mesa al machito, claro.

En ese tipo de situaciones y comentarios queda muy claro el enfoque, pues se ve el corte limpio de la masculinidad normativa y es más fácil detectar el problema porque no se oculta detrás de nada. Es un James Bond con la ceja alzada contra Pérez Reverte y la RAE. Classic. Empieza el combate. Pero encuentro igual de preocupantes otros mensajes tan peligrosos como los anteriores, que están muy presentes hoy en día y que nos cuelan con la misma facilidad. Un caso como este lo encontramos en la recién estrenada Justo antes de Cristo. En el capítulo 5, por una serie de confusiones, el campamento romano piensa que el protagonista, Manio, mantiene una relación romántica con uno de los tribunos. Toda la legión lo toma con total normalidad y le desean suerte en su conquista amorosa, pero a Manio no le hace tanta gracia y se lamenta de que “estoy cogiendo una reputación que luego para darle la vuelta ya verás”.

Desde la ficción no hay ningún tipo de discriminación ni fórmula irrespetuosa y puede parecer una broma inofensiva, pero la forma de plantear la supuesta relación homosexual no es desde la naturalidad, ya que que Mario siente rechazo a que lo tomen por gay y eso es algo con lo que el  hombre heterosexual normativo puede identificarse. Desde la perspectiva del público, Manio no representa el modelo de masculinidad normativo porque es cobarde, debilucho, delgado, se queja por todo y, por tanto, es un blanco fácil de burla. En este caso, su supuesta homosexualidad se utiliza como una herramienta más para ridiculizar al personaje y dar lugar a “situaciones incómodas”. El chiste alude al público hetero macho, que se ríe de esos malentendidos. Es humor llano, que tras la fachada de la corrección política, vuelve a caer en la idea de que la homosexualidad es algo a evitar y cosa de risa y ridículo.

Y ya no hablemos de Big Bang Theory o Modern Family, que de modern tiene poco porque no he visto cosa más racista y patriarcal, pero bueno, eso me da ya para otro artículo. Lo vemos día a día: el cine actual es de machos y para machos, como lo es la sociedad, y así utiliza con total impunidad la violencia, la chulería, la sexualización del cuerpo femenino y la homofobia (y un gran etcétera). Lo encubren, lo adornan, le cortan un poco las puntas y añaden nata y una guinda. ¡Tachán! ¿Veis qué inclusivos somos? Estoy harta de machos en la vida y en la ficción. Por favor, que alguien me rescate. Ni gafas moradas ni mierdas. ¡Más contratación femenina, joder! Más guionistas, más directoras, más productoras. A ellas no hay que explicarles. Ellas saben de qué va el percal y tienen mucho que decir. Pero unas gafitas nunca vienen mal, porque la miopía que tienen algunos echa p’atrás.

No quiero un padre ausente más, no quiero un caballero de blanca armadura ni un Bruce Willis en helicóptero ni un Thor con martillo. Quiero seres humanos masculinos sanos que no tengan la necesidad o el impulso de compensar sus complejos y sentimientos de inferioridad. Dejemos de lado los modelos tóxicos que admiran, aplaudamos nuevos modelos. Un Marvin buscando a Nemo, qué apañao. Nuria Varela lo dice: “niñas y niños se hacen mujeres y hombres por el proceso de socialización que se encarga de reprimir o fomentar las actitudes que se consideran adecuadas para cada sexo” y el cine es el adoctrinador perfecto. Ver continuamente en la pantalla cómo se creen superiores, cómo se besan los bíceps y nos llaman la atención para que nos comportemos. Ver cómo nos maltratan, cómo nos gritan, cómo nos violan, cómo nos matan. Para eso ya tengo la realidad. Y ya me basta.

 

Cine de machos
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