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Irene C. Matamala

No sé cómo acceder a ese lugar que me sana, que sabe. A ese lugar interno desde el que me imagino escribiendo en mis fantasías. Solo me siento como un bloque de hielo. Sin brazos, sin piernas, con el mínimo movimiento de la respiración. Un autómata en mínimos. 

Me escribo. Me despiezo.

Al revisitar una experiencia traumática, aunque sea lejana y dijéramos superada, parece como si te drogaras de la misma fórmula química que te invadió en ese momento, se activa de nuevo todo ese mecanismo: el ritmo de la respiración, el pulso, los entresijos de mi sistema nervioso se alertan. Frases inconexas. ¿Será exponerme demasiado?  A su vez, siento un tozudo y persistente impulso a escribir. Ordenarme, compartirme, tirar del Hilo Rosa de mi memoria. Recordar de dónde vengo. Porque a veces se me olvida que no fue nada fácil sentirme digna de amar y de ser amada. 

El choque entre esas dos voces me recuerda que quiero hacerlo, pero despacio, acompañada, respirando y espaciando cada paso. 

Cuando tenía 17 años estaba mal, pasaban un montón de cosas dentro de mí y en mi entorno familiar, que me tenían en un estado de congelación emocional muy doloroso. Con 17 años también sentía que me gustaban las chicas, pero no se lo había contado a nadie. Tenía una profunda y sostenida lesbofobia interiorizada desde los 12 años, desde esa primera punzada en el estómago por mi monitora, esa primera señal proto-Bollera. 

Le dije a mi madre que necesitaba ir a un psicólogo, y me llevó a uno. Le conté cosas que no había contado a nadie, de lo que pasaba por mis ojos, de la rareza de mis percepciones, de mi angustia. Me armé de valor y quise contarle también de mi deseo. Él fue la primera persona a quién le conté sobre mi deseo, bajo una tremenda necesidad de cobijo que se me giró en contra con mucha violencia. Proyecté en él mi necesidad de ser acogida y tranquilizada. Pero me propinó una de las mayores hostias emocionales que recuerdo en mi vida… En pocos segundos, me soltó: “No, tranquila. Tú no eres lesbiana. Debe ser algo pasajero. Los homosexuales son personas que están al margen, no saben muy bien lo que es el bien y el mal. Podríamos decir que están en el mismo cajón que los pederastas o los psicóticos“. Mi sensación fue como si me clavaran agujitas en mi ya mellado corazoncito adolescente. Yo sabía al  100% que mi deseo era real, a pesar de no aceptarlo. No recuerdo bien por qué, pero sabía que era real. Yo era Lesbiana, nada pasajero. Y, por lo tanto, era lo otro, lo malo, lo indecente, lo indigno. Lo que hace daño. “Pederasta, psicópata“. Mis células se creyeron ese discurso y lo adquirieron como real. Pues en ese momento no tuve más recursos emocionales de los que tuve, ni sentía la conexión con la vida necesaria para darme a mí misma el apoyo que necesitaba.

Ese hombre no solo no me ayudó con el percal que ya tenía encima, sino que acabó de tirar el último peón que me quedaba para sentirme un poco atada a la vida: la conexión con mi sexualidad, con mi deseo.

Hoy, 18 años después, tengo el doble de edad, una vida más de la que tenía en ese momento. Y, desde mi ser Bollera Orgullosa ya maduro, me brotaron las ganas de volver a sentarme frente a ese hombre, imaginar un acto de restauración interno. Volver a ese pasado que me dolió y con el que me sentí profundamente rota. Hacer a ese hombre físico de nuevo,  para matar cualquier parte de él y de sus palabras que se hubieran podido quedar revoloteando dentro de mí.  Una fuerte pulsión interna me guió hasta allí y, ¡joder!, la vida a veces se pasa de simbólica. Cuando caminaba hacia la consulta, los bomberos me barraron el paso, al parecer había un incendio en el metro y salía un montón de humo de una salida de aire que había justo al lado de la consulta. Cuando me dejaron pasar, entré y la recepcionista estaba súper asustada con el humo y el olor a quemado, había un ambiente de alerta en aquel espacio. Fuego, hielo. Y allí estaba, sentada delante de ese señor después de todos estos años. Me hice pasar por otra persona, con otro nombre. Me inventé una historia para comprobar, primero de todo, cuál era su visión ahora, que podía estar haciendo con otros “casos” como el mío. Me tuvo media hora haciendo preguntas para saber qué tipo de lesbiana era. Podríamos decir que había rebajado su discurso y lo había vuelto más amable, más “tolerante”. Hubo un momento en que me dijo, ” ¡Todos somos bisexuales! ” ¿Cómo? “Sí, pero bueno, depende del tanto por ciento que seas, y si tienes rechazo o no por el sexo contrario. Pero vamos, no pasa nada. Tranquila”. La verdad no entendí su razonamiento, ni quise entrar a ello… Vi que había cambiado su manera de ver el tema, aunque seguía teniendo esa actitud asquerosamente superior y condescendiente, viendo gráficos y tendencias en vez de mirar a la persona que tenía enfrente. En una de estas, le corté para contarle quién era realmente, “Bueno. A ver, que yo no soy Alicia. Soy Irene. Vine aquí hace 18 años y me dijiste que lo mío era pasajero. Que los homosexuales son personas que están al margen y no saben distinguir entre el bien y el mal. Pederastas y psicóticos.”

(Me pregunto por qué será que he esperado a cumplir la mayoría de edad de esta historia para revisitar ese lugar de mi memoria. Qué parte de mi quizás se quedó congelada todo este tiempo sin ni siquiera saberlo y no volvió antes a decirle: Señor, usted no sabe lo que dice. Usted no puede decir eso. Somos muchas y le vamos a cortar los huevos).

Se quedó con una cara. De repente pasó de ser ese psicólogo rígido y prepotente a ser un ser vivo, que siente y que padece. Se quedó congelado (esta vez fue él), intentando recordar. Nervioso, me dijo que cómo puede ser, que sin duda se equivocó, que fue un error decirme eso… y estuvo más de 30 minutos buscando en su archivo cerebral las razones por las cuales podría haber dicho eso de esa manera, provocando ese impacto. Se le veía confuso. Parecía que hablaba con las distintas partes que habían quedado de él después de mi mazazo.

Y sí. Hubo algo en su perdón que me aflojó. Poderle reñir. Mirarle a los ojos. Notar su nerviosismo. Me gustó sentir su puto corazón sintiendo empatía. Toda la que no sentí 18 años atrás. Todo lo que necesitaba 18 años atrás, ése, que fue nadie, que me mirase y me tranquilizase, ése que usara el poder, que yo y el contexto le otorgábamos, de manera amorosa y responsable. 

En realidad si lo pienso más, lo que más me gustó fue la sensación de tener el poder, de estar situada y segura frente a él.

Me emancipo de tu verdad.

Ya no eres autoridad moral sobre mí.

Al salir de allí, tenía la sensación de estar súper conectada con el suelo. ¡Uau! Que auto regalo tan bonito me acabo de hacer. Esto es como si hubiera rescatado del archivo de mi inconsciente la película de mis 17 años y la hubiera reescrito. 

Y me parece como si los códigos tiempo-espacio lineales se transformaran, y me siento en un no-tiempo que no sé ni cómo explicar. Cambian esas conexiones de auto rechazo, creadas un día,  por Dignidad. Poder. Amor. Raíz. Porque por mucho que sintiera esta historia superada desde hace años, había también algo quebrado, relegado al fondo, que necesitaba más atención, amor, reparación. Y me conecto también a las múltiples historias de dolor que hay en torno a esto, a las muchas que hemos sufrido a lo largo de la historia, y a lo importante que es hablar de ello, cuando se puede. Hablar de ello, compartir, que no quede oculto, en la sombra. Seguir tejiendo el Hilo Rosa, como en el documental de João França sobre memoria LGTBI: “El Fil Rosa”: Atender a nuestra herencia emocional y no olvidar de dónde venimos. Y que eso sea amarnos más, volvernos más y más desviadas, y más y más orgullosas. Para poder ser. Para que otrxs también puedan ser.

A las tantas que sufren por las múltiples violencias contras las disidencias sexuales e identitarias.

 

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