Por una necesaria emancipación de la maternidad Cuerpos, Opinión

La autora plantea la necesidad de un nuevo armazón político-público-doméstico-jurídico-retributivo-biointegrativo donde todas la actividades propias de la reproducción social están asimiladas como productivas con su correspondiente traslación retributiva.

Ilustración de Cristina Llanos, de su proyecto 'El pacto secreto.

Ilustración de Cristina Llanos, de su proyecto ‘El pacto secreto’.

Todas somos consciente de las luchas y conquistas de la segunda y tercera ola del feminismo, de todo lo que tenemos que agradecerle. Somos conocedoras de cómo tuvimos que asimilar y asemejar el sentir de nuestros cuerpos a los rasgos propios de las construcciones identitarias que ostentaban –y ostentan- el poder para poder continuar con la emancipación.

Sabemos cómo hemos tenido que masculinizar el sentir de nuestros cuerpos para salir del espacio doméstico; y con masculinizar me refiero a tener que ajustarnos a las lógicas del constructo falocéntrico “cuerpo-comunidad-masculino”, tales como el global linear thinking, la desafección emocional, la negación de la finitud física y de la otredad o colocar el principio antrópico, la escala del bio-cuerpo-hombre, como eje de coordenadas a partir de las cuales se miden e interpretan todos los sentires.

Sabemos que hemos tenido que externalizar o negar la maternidad para incorporarnos a las reglas del juego de la emancipación, siendo ésta la única estrategia posible para salir del arresto domiciliario que implicaba nuestro género. Desprendernos de la creencia de que todas las actividades productivas relacionadas con la reproducción y cuidado eran algo identitario en lugar de saber que eran –y continúan siendo– una asignación desde la división sexual del trabajo donde se expropió nuestro cuerpo para alimentar las demandas del arranque del capitalismo. Sabemos que lo reproductivo es una decisión, no un destino.

Sabemos que para soltar las cadenas tuvimos que asemejar nuestro sentir al de aquellos que ostentaban el poder y los privilegios. Tuvimos que asemejarnos al “amo”(1).

Pero el “amo” no menstrúa, ni gesta, ni pare, ni siente el apego inicial, ni puede lactar ni tampoco, históricamente, ha puesto su cuerpo a disposición del sostén. Pero teniendo presente que, aunque el “amo” esté asociado al bio-cuerpo-hombre, actualmente muchos asumen el sostén de las criaturas como parte de un proceso de despatriarcalización de la crianza y de la exhausta construcción de “padre”(2).

Además, al “amo”, al paterfamilias, al guardián de la lógica neofascista “lo-normal, lo-natural, lo-patriarcal” le interesa la homogenización de los cuerpos para que puedan ser fácilmente adaptables a las reglas de producción. Rapidito y que ningún cuerpo problematice nada por el camino. A este “amo” le interesa apuntalar la construcción de “lo-natural” como estrategia para reforzar los roles de género. Alimentar toda la mística que refuerza la mitologización de la feminidad.

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Ese “amo” que exige la generación de riqueza de manera ágil, pero negando y devaluando una de las principales fuentes de riqueza de nuestra especie como animales-humanos: la creación y sostén de las criaturas que a su vez sostendrán al sistema que nos envuelve a nosotras y a ese paterfamilias; a ese “amo” que, negando su finitud física y la pertenencia a la otredad, ha podido sobrevivir tras ser operado por una neurocirujana que fue gestada y sostenida por un cuerpo racializado sometido a violencia institucional. Es decir, un cuerpo sometido a la continua negación de sus bioprocesos o procesos encarnados junto la desvalorización de sus bionecesidades por ser calificadas de esencialistas o biologizantes; lo cual descartaba la posibilidad de una estructura pública que los reconociera y abordara a nivel político; un cuerpo que tuvo que asumir esta situación cuando se responsabilizó de manera monomarental del trabajo materno que implicaba el sostén de su criatura tras su llegada en patera a la amada patria del “amo”, aceptando el mandato que le decía que todo ese trabajo de gestación y sostén no es sinónimo de riqueza.

Todo ese universo de riqueza emocional, física, pedagógica, social, intelectual, epistémica, estructural, no-normativa y subversiva que subyace en la reproducción social y en el trabajo materno fue y sigue siendo silenciado e invisibilizado. Esa potencia donde se aglutina una capacidad inmensurable hacedora de unos verdaderos presupuestos de igualdad y justicia, donde la diferencia no se disuelve con el sometimiento de uno al otro, sino que permanece como responsable de nuevos consensos, de nuevas configuraciones identitarias es sistemáticamente devaluado.

Todo este poderoso e indispensable territorio para la continuidad de la vida de los animales-humanos, del que parte la acumulación originaria y por lo tanto el anclaje base del turbo-capitalismo, es paradójicamente considerado no-productivo.

Llegadas a este punto, podemos sentirnos legitimadas para reclamar un proceso de desmantelamiento, que nos bulle en el ámbito generacional, de ciertas lógicas y mandatos sociales implícitos en todas las actividades propias a la reproducción social que enjaulan el sentir de nuestros cuerpos. Mandatos que niegan la dimensión epistémica, la de generar conocimiento, de unas corpoexperiencias o bioprocesos o procesos encarnados que a su vez arman unos ejes de coordenadas distintos a los planteados por la tercera ola del feminismo, los cuales gritan poder estructurar la dimensión política, pública y económica de la maternidad.

Legitimando la generación de estructuras públicas que reconozcan un movimiento de emancipación biointegrativo del trabajo materno como parte de un proceso más amplio de despatriarcalización del sentir de los cuerpos. Movimiento que también incluya desmontar el fuerte mandato social que se emite desde las estructuras hegemónicas que piensan en cómo tenemos que emanciparnos si queremos gestar y sostener; permitiéndonos integrar estos bioprocesos o procesos encarnados sin caer directamente en la descalificación de esencialistas.

Siendo conscientes del movimiento necesario desde el igualitarismo para asimilarnos al “amo”, al cuerpo que ostenta el poder y los privilegios, pero reconociendo también la permeabilidad hacia nuevos territorios de emancipación, en lugar de tener que asimilar el propio sentir a partir de todo el paquete de mandatos sociales y tecnologías normativas –educacionales, médicas, sociales, jurídicas, mediáticas y pedagógicas- que tutelan todo lo propio de la reproducción social dictando quiénes somos, cómo somos y qué debemos hacer una vez que aterrizamos en la maternidad.

Sabemos que llevar a cabo la emancipación, es decir, soltar las cadenas históricas, las asignaciones por género y todo aquello que refuerce estos roles no se puede hacer haciendo lo mismo. No se puede transformar algo repitiendo las mismas condiciones y presupuestos responsables de reproducir la base desigualitaria de la que partimos y de la que intentamos salir.

No se pueden poner en marcha prácticas que reproduzcan la mismidad (3) o, como ya bien nos explicó Aurde Lorde, “las herramientas que maneja el amo nunca van a desmantelar los privilegios que ostenta el amo”. Los hábitos patriarcalmente asignados por género difícilmente los vamos a cambiar si seguimos reproduciendo esas mismas dinámicas que nos han arrinconado en el espacio doméstico, espacio no-público, que nos han formateado en el ámbito identitario. Aquellas que han devaluado la potencia de todas las actividades propias de la reproducción social.

Sabemos que no vamos lograr una base igualitaria si el cuerpo-gestante adopta roles asignados de encierro doméstico, dependencia económica, narrativas de culpa, devoción, autocensura y sacrificio; pero también sabemos que el camino de la emancipación del trabajo materno no pasa –exclusivamente- por asalariarnos, por formar parte de otras estructuras de dominación dadas las condiciones falócratas del contexto laboral actual donde nuestro sentir no-masculinizado está negado.

La emancipación del trabajo materno pasa plantear un nuevo armazón político-público-doméstico-jurídico-retributivo-biointegrativo donde todas la actividades propias de la reproducción social están asimiladas como productivas con su correspondiente traslación retributiva. Donde se reconozca toda la carga de trabajo bajo las premisas de la ley de utilidad marginal y podamos desmantelar la naturalización del cuerpo gestante y cuerpo sostenedor como cuerpo explotado.

Donde se desarrolle todo un paquete de prestaciones sociales para aquellos cuerpos que asumen la gestación y sostén, dado que si un empresario de la industria alimentaria recibe subvenciones por el carácter esencial de la actividad que realiza dentro de la rueda del sistema, el cuerpo que decide alimentar a su criatura a través de la lactancia, siendo su cuerpo una herramienta pública, o desde dispositivos que faciliten el amamantar, debería también ser receptor de una prestación por el servicio que está realizando ya que esa criatura pasará a ser una fuerza de trabajo del sistema.

Una emancipación que pase por el establecimiento de un servicio público de asistencia doméstica no-sexualizada durante los primeros años de la crianza. Desarrollando estrategias para que la realización de las mismas que no refuercen los roles de género. Dando prioridad al bio-cuerpo-hombre en la profesionalización de las mismas. De esta manera, nos acogeríamos al argumentario teórico de los nuevos permisos parentales iguales e intransferibles donde se “obliga” a través de la intransferibilidad al bio-cuerpo-hombre a tener que asumir los cuidados propios del sostén, sin externalizar, ni llevar a la criatura con la abuela.

Un futurible escenario que rescata de manera inversa ese retro futuro distópico expuesto en Si los hombres menstruasen (1978), de Steinem, el cual planteaba la existencia de un departamento de I+D para paliar los dolores de la menstruación si fuese el bio-cuerpo-hombre quien se viese atravesado por ese bioproceso.

Nuestro futurible se asemeja bastante, ya que proyectamos una organización político-social que integre el sentir de nuestros cuerpos y nuestras bionecesidades como cuerpo gestante o cuerpo sostenedor. Unas estructuras públicas no esculpidas por las manos del falocentrismo, sino todo un andamiaje político-doméstico-público que responda a los sentires de los cuerpos (4) que menstrúan, gestan, paren, lactan, son atravesados por el apego inicial y sostienen.

Dicho lo anterior, ¿podemos asumir los bio-procesos y bio-necesidades, que evidentemente no son meros artefactos culturales, desde unos ejes de coordenadas distintos dado nuestro sentir generacional?, ¿estamos legitimadas para darle andamiaje teórico junto a su correspondiente tratamiento público?; ¿podemos estar hablando de bio-procesos desde un territorio anti-naturalista, postidentitario y no-racializado?

¿Podemos llevar a cabo estrategias públicas, políticas y domésticas para articular este movimiento emancipatorio biointegrativo sin reforzar los roles de género o apuntalar la mitologización de lo femenino o el cuerpo-gestante como guardián del orden “natural” de la naturaleza?, ¿podemos desmantelar la supuesta apariencia de un orden natural y revelar la contingencia de lo que se presenta como necesario e inevitable para llevar a cabo la reproducción social desasignado todas la atribuciones históricas sobre lo que significa gestar o sostener?, ¿podemos integrar los bio-procesos y bio-necesidades del cuerpo gestante desde el antinaturalismo(5)?

 


Notas al pie:

(1)/Con “amo” me refiero al sistema patriarcal que señala Nancy Fraser como sociedad articulada a partir de relaciones jerárquicas donde casi todo está subordinado a un superior.

(2)/Desmontar la construcción “padre” nos permite poner el foco en cómo la heteronorma, sujeta a toda una acumulación histórica, ha sido sostenida por el psicoanálisis durante todo el siglo XX, el cual se vio forzado a elaborar respuestas sobre las problemáticas que planteaban los feminismos (segunda y tercera ola) donde se cuestionaban las estructuras arquetípicas de modelos de familia y crianza necesarios para apuntalar el modelo de estado-nación junto a la problematización de las dinámicas inconscientes que están enraizadas en la cultural patriarcal tales como el “complejo de Edipo”, presuponiendo la generación de otras dinámicas de la pisque una vez alcancemos una base igualitaria de facto.

(3)/Pensar con cuidado (Parte 1), de María Puig de la Bellacasa, en Editorial Concreta (2017).

(4)/ Con “cuerpos” me refiero a la totalidad de los cuerpos. Cuerpos es un contexto postidentitario. No cis. Cuerpos que se autodesignan identitariamente. Cuerpos no encerrados en el binarismo ni el estructuras normativas.

(5)/Mark Fisher sobre una de los presupuestos que vertebra el Xenofeminismo: el antinaturalismo.

Por una necesaria emancipación de la maternidad
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Luisa Fuentes Guaza

Investigadora independiente especializada en procesos artísticos y curatorial en Centro América que se desprender de lógicas norte-norte. Activista para una práctica maternal emancipada. Creadora y sostenedora de futuridadesmaternales.net Cuyo activismo se sitúa desde la experiencia de una euroblanca cisgénero clase media (más por contexto que por ingresos) como cuerpo gestante y cuerpo sostenedor de dos criaturas junto a compañero de co-crianza sin cuidado externalizado ni apoyo familiarista. Impulsora del debate Voces situadas 7 Hacia nuevas maternidades y crianzas: cuerpo, trabajo y deseo en el Museo Nacional Reina Sofía https://www.museoreinasofia.es/actividades/voces-situadas-7-maternidades. Residente en Madrid pero nacida en el sur de Europa, Murcia. Sur hermoso pero profundamente patriarcal y feudal que todavía da zarpazos.

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