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El arte de repensarnos Participa

Nota: Esta es la sección de libre publicación en la que promovemos la participación de las lectoras. Publicamos contenidos que nos parecen interesantes aunque no coincidan con nuestra línea editorial ni con nuestros criterios de edición. Máximo 3 folios.

Nieves Cisneros Pascual

Señora Milton

Una de las principales preguntas que nos hacemos como creadores es cómo vamos a contar una historia. Hoy en día la ética de lo políticamente correcto nos obliga a reflexionar sobre el impacto que pueden tener nuestras palabras. Con la llegada de la cuarta ola del feminismo, se ha sembrado dudas sobre los valores que tenemos interiorizados. Su enfoque crítico pasa desde el comportamiento hasta la construcción del lenguaje que se asientan en la sociedad y en los individuos. 

Se abre el debate sobre hasta qué punto, esta nueva mirada al mundo supone limitar a los artistas. A la hora de crear, cargamos con una constante pregunta a la espalda, sobre si lo que estamos componiendo discrimina o agrede a algún colectivo. El humor parece haber recibido más el impacto de la cuarta ola. Aunque a veces escueza y parezca injusta la crítica salvaje del feminismo, lo cierto es que hasta ahora lo risible han sido los colectivos históricamente marginalizados y vejados. Es costoso separarse del pensamiento que tenemos interiorizado, pero es necesario para enriquecerse y buscar nuevas fronteras. No es que ya no se pueda hablar de ciertos temas o utilizar unas determinadas palabras. El humor no es intolerante en sí mismo, lo es en función de quién y con qué fin se ejecute.

Es muy difícil no caer en algún tópico, pero esto no debería cohibirnos a la hora de crear. Lo importante es saber identificarlo y aprender a repensarlo para evolucionar nuestro material. Aunque existe un empeño por parte de algunos grupos en separar arte de educación, lo que es innegable es que ambas están pensadas para un público. Por consiguiente, en ambos casos, todo aquello que se muestre o enseñe tendrá una repercusión directa o indirecta sobre la sociedad. 

El arte en función de lo que trate, no se cuestiona e incluso se llega a proteger. Más de una ocasión, se ha protestado contra las connotaciones negativas sobre algunos colectivos de la sociedad, y a ello se ha respondido con una sencilla afirmación: “los cuentos, cuentos son.” Dando a entender que el arte únicamente es ficción y, por tanto, inofensivo. Sin embargo, por mucha ficción que pueda contener, debemos recordar que ante todo es mímesis de su contexto. Es decir, que aquello que se crea, mama de su propia cultura y política. Incluso la obra que critica su entorno, está nutriéndose de él. Una obra no sólo es un mero reflejo, sino también un agente activo que retroalimenta o deconstruye los valores sociales.

Si nos adentramos en el teatro, a lo largo de la Historia, su transformación se debe precisamente a su relación con el contexto social. Si bien en los periodos de democracia, se ha visto con mayor libertad para representar; en aquellos absolutistas o dictatoriales, la censura ha cobrado mayor relevancia sobre sus productos. Por lo tanto, el proteccionismo que recibe el arte es relativo en función del régimen político y su sociedad. 

No podemos justificar diciendo que una producción artística es inocente, aunque no exista una intención consciente por parte del artista. Toda obra está enmarcada dentro de una ideología. El ejemplo más recurrido, es el caso de Disney. Aparentemente lo que muestra en sus obras carece de significado político, sin embargo, encierra grandes lastres de género, sexualidad e incluso raza. No es que Disney lo hiciera con malas intenciones, es que la sociedad que lo rodea ha permitido que su imaginario se encamine en ese sentido. Al igual que nos han calado sus valores sobre la amistad, también lo han hecho otros un tanto nocivos. 

Aunque nos sea costoso de ver, como artistas, sí tenemos una responsabilidad para/con la sociedad y nosotros mismos. El discurso que atraviesa nuestras obras dialoga con el público, emocional y racionalmente. Es cierto, que esto no debe dificultarnos nuestro proceso creativo, pero tampoco debemos desligarnos y actuar de forma individualista para elevarnos el ego. Y os preguntaréis, ¿todo lo anterior a la cuarta ola del feminismo es malo? No se trata de que sea bueno o malo, no podemos juzgar a los hermanos Grimm por haber escrito Blancanieves o La Cenicienta. Hay que entender las obras dentro de su contexto histórico y escudriñar los temas que preocupaban a las personas de aquella época. No quita que podamos hacer un análisis de género desde la actualidad y trabajar con una hipótesis para ver qué es lo que hubiera sucedido si los personajes se hubieran construido de forma distinta. 

En el marco cultural, la mayor preocupación que se tiene sobre el feminismo, es la censura. Hay un temor fecundado en que, ahora, se veten obras clásicas por su contenido machista, homófobo o xenófobo. El feminismo no quiere prohibir lo ya escrito, quiere reflexionar sobre el pasado para transformar nuestro pensamiento. La cuestión es educar el imaginario para ver con perspectiva y capacidad de análisis lo que nos rodea. No se trata de cambiar la historia de La Bella y la Bestia para evitar transmitir un mensaje patriarcal, porque dejaría de ser La Bella y la Bestia. Si no ser capaces de verla, sabiendo qué mensaje se nos ofrece y entenderla desde el lugar y la época en la que se creó.

El arte de repensarnos
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Revista que ofrece periodismo y opinión con un enfoque crítico, feminista, transgresor y disfrutón.

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