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Voces en tu cabeza, los ecos de la ciberviolencia En red, Opinión

“Sé perfectamente dónde tengo que ir a denunciar pero no sé cómo llevar la parte emocional”, escribe Míriam Hatibi, quien reconoce que las redes sociales nos han servido para aprender de otros movimientos y para armarnos de argumentos y de fuerza.

 

Voy a escribir esto y voy a intentar que lo lea mi yo del futuro. Que lo coja cuando se llenen las notificaciones de las redes sociales o cuando ese artículo en el que trabajé tanto no esté teniendo las interacciones que se esperaba.

Le diré a Míriam de dentro de una semana, dos, tres, o cuatro meses, cuando sea la próxima avalancha de trolls, que tranquila, que todo pasa, que internet sólo es internet y todas esas cosas. Le diré que “don’t feed the troll” es la máxima número uno cuando te abres una cuenta en una red social y que si te contestan así es porque no te conocen.

En una época en la que la verdad parecía estar en televisión y en los medios de comunicación tradicionales, muchas personas que formamos parte de colectivos minoritarios o minorizados no nos sentíamos representadas ni visibilizadas en esos espacios. De niña, cuando veía a una mujer visiblemente musulmana en televisión sabía que la noticia trataría sobre migración, desigualdad social o algún tema relacionada con mundo árabe.

No sé decir cuándo empezó para mí esto de internet, nací en el 93 y poco a poco fue entrando en mi vida, de una plataforma a otra hasta llegar al panorama de hoy: minijuegos.com, algún que otro foro despistado, Fotolog, MySpace y algo de Tuenti, hasta llegar a la época de Facebook y Tumblr. Y fue ahí donde entendí que había un activismo en redes sociales: veía cómo compañeras compartían manifestaciones relacionadas con el movimiento Black Lives Matter en Estados Unidos o contra las políticas racistas en Francia. También descubrí que en las redes sociales podría conocer nuevas propuestas, planteamientos y, en especial, voces. Voces que en televisión o en la universidad no hubiera conocido.

Con todos estos hallazgos también fue llegando la ciberviolencia. Me abrí mi primera cuenta de Twitter y empecé a ver como la gente comentaba las noticias y, claro, yo comentaba también. Una vez critiqué a Esperanza Aguirre, me lié con unas fechas y me sacaron por primera vez en una de estas cuentas en las que se ridiculiza a la gente.

Normalicé la ciberviolencia como parte de la interacción en redes sociales. Lo que tiene la ciberviolencia es que se mete en tu casa sin que sientas que le has dado permiso. En el caso del activismo, perpetúan esas violencias personas que o son desconocidas o no son de tu entorno cercano, algo que hace que pueda parecer fácil ignorarlas. Debería ser posible apagar el ordenador o desactivar las notificaciones para ser ajena a la violencia. No siempre es así de fácil.

La ciberviolencia es violencia psicológica. Recibo tweets de usuarios, que no seguidores, quejándose de una opinión que he expresado sobre el feminismo, dicen algo como que no soy suficientemente feminista y pasan a atacarme por mis relaciones personales, por mi falta o no de talento. Asumen cosas sobre mí que yo nunca he dicho pero creen que es así. Una de las cosas que no soporto es cuando la gente asume que sabe tus intenciones y te juzga sobre la idea que se ha hecho de ti. Me sorprende con algo que no había escuchado nunca y pienso que, quizás, tiene razón. Leo un comentario de esos que pueden doler si quieren y, madre mía, duelen mucho. Decido que ya es suficiente, que toca cerrar las redes sociales, que no vale la pena. Pero ya los he leído y siguen resonando en mi cabeza los mensajes que dicen que no, que debo callarme, que no tengo razón, ni legitimidad, ni conocimiento.

Hablan, hablan, hablan, y yo quiero explicarme, quiero justificarme y cada vez que mando un mensaje recibo otro. Siento como si alguien me gritara, como si alguien me cortara, y vuelvo a salir de la sala que es Twitter pensando que así las voces callarán, pero ya han despertado a las de mi cabeza y ahora sí que es imposible.

Hablan las mías, hablan las suyas y siguen llegando comentarios. Recibo un mensaje privado y lo abro, es una mujer en una situación de violencia. Es una amenaza que me dice que no soy suficientemente feminista por ser musulmana. Me atacan diciendo que acepto la violencia machista y me mandan una foto en la que aparece una mujer que ha sido maltratada. Les da igual. No les importa lo que yo pienso, no les importa lo que yo defiendo, no les importa la violencia de género. Ahora son ellos quienes la ejercen.

Me quito la foto de perfil y elimino los lugares en los que trabajo de mi descripción de Twitter. Hablo con mis amistades y les cuento que es lo de siempre, que son los de siempre, que me sé sus nombres y sus mensajes, que da igual. Entonces me rompo. No me da igual, ¡cómo me va a dar igual! A través de mi altavoz he sido silenciada. A través del canal con el que descubrí nuevas realidades que me inspiraban, he descubierto también las que me agotan.

Otra notificación, esta vez en un grupo de mensajería instantánea. Es un grupo de amigas que he conocido este año. Les cuento cómo me siento, les digo lo que pienso y les pido que no contesten en las notificaciones. Lo entienden y me mandan mensajes de apoyo. No soy una exagerada cuando hablo con ellas, no soy una victimista cuando hablo con ellas.

Mis amigos en el trabajo me explican cómo gestionarlo mejor: sé perfectamente dónde tengo que ir a denunciar pero no sé cómo llevar la parte emocional. Un sociólogo, un periodista y una diseñadora me escuchan mientras me quejo de Twitter, me dejan sacar todo lo que tengo dentro sin cortarme. Me siento tonta y cría por haber dejado que un pájaro que descargué en una tienda de aplicaciones haya hecho que tenga una de las peores semanas del año. En dos semanas tengo que ir a un instituto a decirles que no se dejen influenciar por las redes sociales, ¿qué les voy a contar?
Dejo de usar Twitter unos días y me quedo con las aplicaciones en las que conozco a la gente con la que hablo.

Las redes sociales, internet en general, nos han servido para aprender de otros movimientos, para armarnos de argumentos, de fuerza, de ánimos unas a otras. Hemos convocado manifestaciones en horas, hemos aprendido a denunciar con tanta eficacia como era posible. Se han creado redes seguras, de apoyo, de respeto, de aprendizaje. La ciberviolencia está ahí, pero también es verdad que nos tenemos las unas a las otras.

Me encantaría acabar este artículo con una propuesta clara, con una llamada a algún cambio legislativo. No quería escribir sobre la ciberviolencia en forma de amenazas, de esas han hablado y escrito otras compañeras. Quería hablar de la ciberviolencia psicológica, la que despierta las voces en tu cabeza. Las que quienes te quieren saben ayudarte a callar.

 


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Míriam Hatibi

Míriam Hatibi (Barcelona, 1993) es consultora de comunicación en la empresa Sibilare y activista antirracista y contra la islamofobia. Se graduó en International Business and Economics en la Universidad Pompeu Fabra (UPF) y ha cursado el máster de Internacionalización en la Universidad de Barcelona (UB). Además, de vez en cuando participa en secciones de opinión de distintos medios de comunicación, como TV3, Catalunya Radio o Betevé. En 2018 publicó 'Mírame a los ojos' y 'Leila'.

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