‘La memoria del aire’: revertir el dolor del silencio Ficciones, Reseñas

La veterana Caroline Lamarche cuenta en este íntimo relato autobiográfico la cruel relación que vivió durante años. Su lectura es dura porque, como suele decirse, la verdad duele. Es su verdad y la hace nuestra, de las mujeres sufrientes por amor, física y psicológicamente. Pero ‘La memoria del aire’ invita también a la sanación a través de la toma de conciencia.

Portada de 'La memoria del aire', de Caroline Lamarche, traducida al español por Raquel Vicedo (ed. Tránsito)

Portada de ‘La memoria del aire’, de Caroline Lamarche, traducida al español por Raquel Vicedo (ed. Tránsito)

Caroline Lamarche sabe lo que hace cuando escribe. No son pocas las obras que ha publicado esta poeta y novelista belga; sin embargo, es difícil encontrar sus libros en español. Afortunadamente, la editorial Tránsito ha traducido y publicado La memoria del aire, una novela autobiográfica en la que la levedad formal contrasta con un contenido punzante. Tan punzante como es la verdad más dolorosa. Sus palabras nos invitan a dejarnos llevar, a flotar, como si fuéramos fantasmas, en la atmósfera de la historia, al leerlas somos testigos, como lo son el aire y su memoria, de lo que pasó entre la autora y quien fue su compañero sentimental durante siete años.

Lamarche le habla a una muerta, una mujer hecha a imagen de la herida inmensa del silencio. Esta muerta no habla, no molesta: desempeña a la perfección el comportamiento que Lamarche entiende que se esperó de ella durante mucho tiempo. La memoria del aire es un relato absorbente y rápido, pero también lleno de espinas y es difícil salir ilesa de la lectura: en un monólogo hilado de manera impecable, la autora consigue que quienes leemos seamos también la muerta, somos Lamarche y su herida.

Es difícil salir ilesa de la lectura de 'La memoria del aire', un monólogo absorbente, lleno de espinas en el que la autora consigue que seamos ella y su herida Clic para tuitearContarse a una misma no es fácil, ni siquiera cuando es necesario hacerlo, y Caroline Lamarche lo aprendió por las malas. Hay dos ejemplos esclarecedores en el libro. El primero, cuando durante un reconocimiento médico rutinario decidió pedir un certificado que le recordara que tenía un brazo completamente amoratado a causa de unos golpes recibidos por su pareja. El trato que recibió era tan extremadamente aséptico que pensó que lo que le estaba pasando no era tan importante: ¨En resumen, todavía estaba lejos de estar muerta¨. ¿Y por qué quería un papel que certificara que tenía un brazo amoratado? “Una no presenta una denuncia contra el hombre que ama”. La razón por la que tomó esa decisión duele tanto porque nos recuerda la hondura que puede alcanzar el mal trato, más allá de lo visible: “Quería un certificado por si alguna vez lo necesitaba […], una prueba, un recuerdo, algo que mirar, que releer cuando Deantes me repitiera, si algún día volvía a verlo, que me lo había inventado todo”. Imposible no parafrasear a Pamela Palenciano: no solo duelen los golpes.

Segundo ejemplo: tras la reacción de uno de los policías que estaba presente cuando denunció una violación. Él formuló una pregunta difícil y dolorosa, sutilmente engarzada a la idea de consentimiento, y ella respondió desde la confusión. ¨No le repita a nadie lo que me acaba de decir, ¡podría perjudicarla en el juicio!¨, le dijo.

Entonces, ¿cómo va a ser fácil nombrar el daño? Esa desconfianza automatizada socialmente durante siglos y esa doble herida en las mujeres que sufren agresiones y lo verbalizan son una realidad cotidiana que puede alcanzar a cualquiera. Para muchas víctimas de violencia machista, la posibilidad patente de ser cuestionadas, ignoradas y empequeñecidas es el precio a pagar a cambio de denunciar y de verbalizar su dolor.Caroline Lamarche muestra la fina línea que separa una historia de amor apasionado de una relación de poder y abuso psicológico, arraigada en la mala educación sentimental colectiva. Clic para tuitear

Caroline Lamarche lo muestra desde su subjetividad, sin enjuiciar: su experiencia personal es la viva imagen de una realidad universal. “Me enseñaron que siempre hay que sonreír, no se pide nada sin sonreír, de hecho debe pedirse lo menos posible, no se debe molestar”. La historia de la relación entre Lamarche y su “Deantes” desenmascara con sutileza el “juego mental” de generaciones y generaciones de mujeres que se reproduce una y otra vez. No se destaca su capacidad de aguante ni se yergue como ejemplo de superación, pero su relato nos muestra lo fina que puede llegar a la línea que separa una historia de amor apasionado, como la suya, de una relación de poder y abuso psicológico, arraigada en la mala educación sentimental colectiva, y nos muestra también que no debemos menospreciar la fortaleza para dejar a un hombre así y volver a empezar una relación más amorosa y comprensiva con una misma.

Desaprender el silencio, traducir en palabras el alcance de una experiencia tan corrosiva y sanarse es posible. Lamarche huyó de una relación cruel el día que su pareja, su ¨Deantes¨, no solo la golpeó, sino que la culpó por haberlo hecho. Para ella fue el resorte que la lanzó fuera de esa espiral dañina y que le sirvió para prestar atención a heridas anteriores mal curadas, como su violación.

¨Constato que toda lucha individual encuentra un eco en la lucha de los pueblos y que las mujeres sometidas desde la infancia a una educación totalitaria a menudo marchan a la cabeza de los cortejos de manifestantes. En este momento ignoro el recorrido del cortejo, pero estoy decidida a marchar hasta que la muerta despierte¨. Caroline Lamarche nos recuerda que el silencio puede ser revertido a pesar de todo. La memoria, no.


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