Xenofeminismo: la tecnología como promesa de emancipación Ficciones, Reseñas

Esta corriente propone asentar los discursos de izquierda y del feminismo actuales y esbozar los cimientos materiales y tecnopolíticos de una lucha conjunta desde identidades diversas. El libro de Helen Hester recoge los cimientos de esta corriente y esboza una estrategia real.

Portada del libro 'Xenofeminismo', de Helen Hester

Portada del libro ‘Xenofeminismo’, de Helen Hester


En el año 2015, el colectivo feminista internacional Laboria Cuboniks lanza su manifiesto, ‘Xenofeminismo’, con una apuesta central: si el mundo actual y, sobre todo, su futuro, está vertebrado por la tecnología, tenemos que hacer que esa tecnología sea feminista. Las feministas debemos de equiparnos, formarnos y aprender. El grupo lo forman Diann Bauer, artista y escritora, Katrina Burch, arqueóloga y artista sonora, Lucca Fraser, escritora especializada en lógica matemática, computación e inteligencia artificial, Amy Ireland, poeta experimental y teórica literaria, Patricia Reed, artista y diseñadora, y Helen Hester, filósofa y profesora especializada en tecnología. Para vertebrar su discurso, el xenofeminismo propone conceptos clave como el racionalismo, la alienación o la universalidad, por citar algunos.

Empezando por lo racional, el manifiesto recoge que, aunque históricamente la racionalidad haya sido un concepto que el patriarcado se ha apropiado, relacionando a las mujeres con lo emocional, el feminismo ha resistido a ese esquema. El xenofeminismo reconceptualiza ideas tradicionales como alienación y naturaleza. Las xenofeministas aceptan que la humanidad está alienada, pero preguntan, ¿acaso no lo ha estado siempre? La libertad no es algo que se nos da por naturaleza, es algo que construimos.

Para ello tenemos que alienarnos más, crear más, alejarnos más de ese concepto glorificado de lo natural, que no tiene “nada que ofrecernos a les queer y trans, a las personas con diversidad funcional, como tampoco a quienes han sufrido discriminación debido al embarazo o las tareas ligadas a la crianza”. Alienarnos pasa por utilizar la tecnología para nuestros fines, retomando la posibilidad de progreso. Avanzar es trascender la clandestinidad, tomar el poder, no sólo sobrevivir al margen de él. Hay que crear nuevos sistemas.

Una tercera idea importante: el retorno al concepto de universalidad o cierta hegemonía. Lo universal como concepto filosófico vertebra la historia del pensamiento. De forma escueta, el universal ha pasado de ser lo Real, la esencia de las cosas, a la Verdad de la razón ilustrada o científica, para acabar por ser algo denostado por la posmodernidad al entender que sostiene sistemas de poder. Esta quiebra de la verdad ha llevado a elegir entre dar bandazos relativistas o a asumir fundamentos únicos. La postura xenofeminista habla de un universal abierto y, como tal, se puede situar como el punto de encuentro entre dos visiones polarizadas de izquierda y que podemos concretar en dos figuras del star system filosófico. Por un lado, Judith Butler, que deconstruye conceptos naturalizados para mostrar que el lenguaje hace cosas, que es performático y que es algo que se construye desde el poder: a base de repetir conceptos como ‘mujer’ y ‘hombre’ los hemos convertido en naturales (Lenguaje, poder e identidad, 2009, Editorial Síntesis); por el otro, Slavoj Zizek, que critica las pospolíticas identitarias y la atomización de la lucha por desplazar el foco de cuestiones estructurales a otras culturales (En defensa de la intolerancia, 2008, Editorial Sequitur).

La primera suelta lastre conceptual, pero nos sume en un problema lingüístico autorreferencial, según el cual, reclamar un derecho supone generarlo solo por el hecho de repetirlo. El segundo da alas a la idea de que existe una lucha prioritaria común, la estructural-económica, y luego muchas otras reivindicaciones como el feminismo, el movimiento trans o el antirracismo, que no solo no son prioritarias sino que atomizan la lucha principal (desde mi punto de vista, Wendy Brown ha sido más exhaustiva a la hora de comprender el problema identitario en La política fuera de la historia, 2001, Editorial Enclave de libros).

En esta batalla ya casi clásica sobre si la cultura tiene entidad propia más allá de lo material o si, por el contrario, es superestructural, el xenofeminismo parece estar más cercano a la línea de Nancy Fraser en ¿Reconocimiento o redistribución? Un debate entre marxismo y feminismo (Judith Butler, Nancy Fraser 2016, Editorial Traficantes de sueños), donde reconoce las diferentes opresiones culturales y materiales para poder afrontarlas.

El xenofeminismo llega, a mi modo de entender, para asentar los discursos de izquierda y del feminismo actuales y, sobre todo y lo más interesante, para proponer los cimientos materiales y tecnopolíticos de una estrategia. Propone una lucha conjunta desde identidades diversas (de ahí el prefijo -xeno, lo extraño al nosotros, lo extranjero), que se unen en lo material. Es decir, reconocer que somos similares en lo biológico pero que nuestras prioridades son diversas. Aquí arranca el libro de Helen Hester, Xenofeminismo: tecnologías de género y políticas de reproducción, publicado este 2018 por la editorial Caja Negra. En él, Hester, profesora de Medios y Comunicación en la Universidad de West London e integrante del Laboria Cuboniks, desarrolla, según ella misma explica en el prólogo, lo que considera que implica esta corriente y las reflexiones que le suscita.

La tecnología como fenómeno social

Para vislumbrar las posibilidades xenofeministas es importante asimilar, con Hester, que las tecnologías son “fenómenos sociales”, descartando la idea de que son neutras, pues ya desde su creación encierran un objetivo concreto, y entendiendo al mismo tiempo que pueden transformarse. Como paradigma de esto, la autora presenta el dispositivo Del-Em. Basado en un aparato similar creado por el Gobierno chino comunista, que buscaba formas eficaces de practicar abortos en las zonas rurales del país, el Del-Em es un dispositivo creado por las feministas estadounidenses de la segunda ola. Éste permitía la extracción menstrual para practicar un aborto sin necesidad de equipamiento médico. Ellas decidieron aprender a usar esta técnica para crear, cuando el aborto era ilegal en el país, redes feministas de autoayuda que permitiesen a las mujeres abortar de forma gratuita en lugares seguros, sin tener que pasar por clínicas clandestinas.

Si el Del-Em supone un paradigma xenofeminista es debido a su trascendencia y evolución. Las feministas blancas de los 70 estaban pensando en poder abortar y en evitar su obligación de ser madres, enmarcándose en el derecho a decidir, mientras que las mujeres negras hicieron hincapié en replantear el concepto de decisión. Aquí Hester cita a Angela Davis, recordando que, para quienes no tienen recursos materiales, el aborto no tiene por qué responder a una decisión de no ser madre, sino que puede suponer la única vía para evitar la crianza en casos de escasez de recursos. Mientras las blancas de clase media del “Norte global” pedimos poder decidir sobre la maternidad, las mujeres de clase obrera de otros lugares del mundo reclaman, antes que una herramienta de aborto clandestino, condiciones de vida que les permitan decidir. El Del-Em sirve a unas y a otras, pero deja en evidencia lo que decíamos antes: el funcionamiento biológico es uno, las necesidades son diversas.

Hester habla aquí de reproducción biológica y de reproducción social. Aunque no lo dice con estas palabras, estamos hablando de un problema de clase. El xenofeminismo es un feminismo de clase y entiende que la reclamación de un derecho, del reproductivo también, implica un contexto material.

Hay que destacar, por último, que el xenofeminismo se define como interseccional, ya que entiende que el uso de la tecnología adaptada a nuestras necesidades puede vertebrar distintas luchas. Aquí es donde el ejemplo médico del Del-Em entronca con el movimiento trans o los derechos de las personas con VIH. Al entender la diferencia como una cuestión de necesidades diversas, el xenofeminismo se vincula también con los problemas de los cuerpos. Para Hester, el activismo trans contemporáneo y el movimiento de autoayuda de los setenta están ligados en su trayectoria. El movimiento transgénero también se ha enfrentado al poder médico, lo que le ha llevado a luchar por sus propias necesidades, obligando a sus integrantes a conocer mejor su cuerpo y llevándoles en ocasiones a autoadministrarse sus propias hormonas, como el caso de Paul B. Preciado que la autora recoge en el libro. En la misma línea, Hester habla de las personas afectadas por el sida, que se ven obligadas a conocer mejor su cuerpo para entender sus cambios. Aquí, además, el xenofeminismo dirime una discusión estéril que está alentándose en el feminismo: el debate sobre si el movimiento trans y el feminista se unen o se enfrentan.

Helen Hester en su foto de perfil de Twitter.

Helen Hester en su foto de perfil de Twitter.

Me gustaría hacer un apunte que no hace Hester. El feminismo radical es el que va a la raíz, no un feminismo que se llama a sí mismo radical cuando es fundamentalista y no tolera la diferencia. El xenofeminismo, lo dice claro Hester, aboga por la abolición de géneros, pero no en el sentido de hacerlos desaparecer, sino con el objetivo de que ni el género ni la raza, ni la etnia ni ninguna otra característica, sirvan como elementos de la articulación de poder. En vez de proclamar la abolición del género como la desaparición del mismo, el xenofeminismo aboga por una multitud de géneros, tantos como puedan surgir. Podríamos añadir que, además de múltiples, pueden ser fluidos y sin restricciones, señalando lo estéril e innecesario de encerrarnos en nuevos conceptos universales acabados.

El ejemplo del Del-Em sirve para recoger los tres elementos claves del xenofeminismo: la posibilidad de evitar a las autoridades, su uso interseccional y las posibilidades de escalabilidad que tienen las tecnologías. El xenofeminismo busca tomar el poder, trascender la autoayuda para crear instituciones y poder gobernar nuestros cuerpos.

La propuesta tecnopolítica ofrece, desde mi punto de vista, un horizonte más amplio que el de tomar los medios de reproducción. Si en la industrialización el sujeto de la historia era la clase obrera que trabajaba en las fábricas y en las cadenas de producción, junto a las máquinas; el de ahora es la clase obrera que crea esas mismas máquinas, quien las programa. Entender los alcances sociales de la tecnología y sus posibles implicaciones se convierte, por lo tanto, en una cuestión tan importante como lo fue aprender a leer y a escribir cuando comenzó la imprenta.

Marshall McLuhan analiza en La Galaxia Gutenberg. Génesis del Homo typographicus (1985, Editorial Planeta de Agostini) el cambio que supuso la imprenta en la forma de conocimiento humana, y también en su organización. El poder se escribía y ha seguido siendo así durante siglos. El derecho y la economía, se escriben. Hoy, el lenguaje del poder es otro, es tecnológico y no queda supeditado a la antigua organización. Es decir, tomar los medios de producción y de reproducción puede ser el objetivo de un mismo movimiento.

Esto nos convierte en sujetos históricos susceptibles de realizar la transición del capitalismo a un sistema sin Estado todavía por determinar -Hester admite que anarquismo y comunismo conviven en el xenofeminismo con sus encuentros y diferencias-. Sin embargo, y pese a que durante toda la lectura del libro entiendo que vamos a llegar a una estrategia que nos ayude a trascender los ejemplos que propone, una vez terminado no alcanzo a ver más que una promesa de estrategia que no se cumple.

Me quedo con algunos ejemplos actuales que, sin embargo, entiendo que no trascienden la organización de autoayuda: el Colectivo Gynepunk, que hace espéculos con impresoras 3D y Open Sources Gendercodes, que ha generado una plataforma de código abierto para la producción de hormonas. Y también con los cimientos: tenemos que organizarnos para comprender la tecnolopolítica y crear, desde ella, tecnologías feministas.

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Xenofeminismo: la tecnología como promesa de emancipación
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Teresa Villaverde

Licenciada en Filosofía y periodismo, forma parte del consejo editor de Hordago El Salto y trabaja en comunicación cultural.

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