El racismo no infringe las normas de vuestra comunidad En red, Opinión

Desirée Bela-Lobedde recibió un mensaje de YouTube informándole de que el contenido que denunciaba no infringía las normas de la comunidad. Los comentarios que denunciaba no sólo atentaban contra las normas sino que atentaban contra sus Derechos Humanos

Mi experiencia con la violencia en línea, a gran escala, digamos, se dio en junio de 2017. Antes de eso, a principios de 2016, tuve una experiencia que también ocasionó mucho revuelo, pero fue más por cómo se volcaron los medios para cubrirla y porque implicaba a YouTube, la plataforma de vídeos. Un usuario hizo un comentario claramente racista en mi vídeo “Ser mujer negra en España”.

“Que asco das negra de mierda, que coño vas a ser tú de España. Tu eres una puta africana de mierda. De aqui sobras” (sic).

A pesar de que YouTube, en sus políticas prohíbe expresamente el contenido de incitación al odio estableciendo que “(…) no admitimos contenido que promueva o consienta la violencia contra individuos o grupos por motivos de raza u origen étnico, religión, discapacidad, sexo, edad, nacionalidad, condición de veterano de guerra, orientación sexual o identidad de género; ni cuyo fin principal sea incitar al odio por alguna de dichas causas”, cuando denuncié este comentario, recibí un mensaje automático de YouTube informándome de que el contenido que yo denunciaba no infringía las normas de la comunidad. Finalmente, y como llegaban más comentarios de ese tipo, me vi obligada a deshabilitar los comentarios en ese vídeo en concreto. Después retomaré esta cuestión.

El episodio de junio de 2017 al que he hecho referencia al inicio, se desencadenó a raíz de una charla que yo misma iba a dar en Barcelona. Se trataba de una actividad de dos horas y media sobre racismo, prejuicios, discriminación y privilegios y, como muchas otras actividades, tenía un precio. Al promocionar el taller en Twitter, como llevaba haciendo días, una persona cuestionó que la charla tuviese precio, porque, según ella, el activismo no se paga. La respuesta que le di no le gustó. De repente, lo que empezó como un cuestionamiento sobre si yo estaba o no legitimada a dar una charla cobrando a los asistentes, derivó en una campaña de ataques con comentarios machistas y racistas. Porque estaba claro que no se trataba del primer taller pagado sobre racismo que alguien daba; pero tal vez sí era uno de los primeros talleres pagados sobre racismo organizados por una mujer negra.

El ataque fue brutal. En ese momento yo me acababa de incorporar al trabajo de una baja por ansiedad producida al haber recibido, también en Twitter, dos amenazas de muerte en menos de dos semanas por parte de la misma persona. Siguiendo indicaciones de la Policía Nacional, que reconoció que, efectivamente, se trataba de amenazas de muerte, denuncié ante los Mossos d’Esquadra. El agente que me atendió la segunda vez le quitó hierro al asunto diciendo que seguramente se trataba de alguien que enviaba esos mensajes desde América Central, que no le diese importancia.

Ante este panorama, el ataque en Twitter me pilló en horas bajas. Muchas personas estaban insultándome directamente; otras estaban desvirtuando la información inflando el precio de la charla para que aún pareciese más inapropiado. Por aquel entonces, yo formaba parte del equipo redactor de Locas del Coño, desde el que se pusieron ocho entradas a mi charla a disposición de aquellas personas que, por su precio no se las pudieran permitir. Nadie las reclamó. Y la gente seguía atacando. Personas, además, con mucha influencia en Twitter; cuentas con muchas decenas de miles de seguidores se sumaron, de oídas, a la campaña de acoso.

El impacto que tuvo esta campaña en mí, en lo personal, fue devastador. Nunca antes me había enfrentado a nada parecido, así que volví a padecer de ansiedad y también migrañas e insomnio. Cuando vi que la situación me afectaba tanto, decidí cerrar todas mis redes sociales, y estuve alejada de ellas prácticamente seis meses, porque no podía pensar en entrar en redes, sobre todo en Twitter, sin que se me disparase la ansiedad.

No sé si hubo mucha respuesta colectiva organizada. Sé, porque me lo dijeron, que otras cuentas activistas antirracistas (de personas racializadas), anunciaron que no iban a ofrecer pedagogía gratuita hasta que yo volviese a redes. No sé si lo mantuvieron o no; pero sé que la respuesta que se dio, por lo que me dijeron mis amistades, fue más a nivel personal que colectivo.

Me cuesta mucho pensar en propuestas para asegurar nuestra participación en espacios digitales cuando estamos tan desprotegidas. Los cuerpos policiales no se toman en serio estas denuncias, según mi experiencia, y de la justicia tampoco se puede esperar mucho más. La Fiscalía General del Estado decidió archivar mi caso contra YouTube simplemente porque la persona que me insultó tenía pocos seguidores en la plataforma y su comentario, entendían, no iba a tener apenas impacto (aunque el comentario estaba en mi vídeo, que tenía centenares de miles de visitas).

Las redes sociales me parecen muy laxas al respecto también. Se escudan en que las personas pueden bloquear o denunciar el contenido violento; pero en muchos de los casos, las denuncias no funcionan, por lo tanto, la medida más efectiva es el bloqueo, pero el bloqueo solo protege a quien bloquea, mientras que la persona agresora puede seguir campando a sus anchas.

Yo, personalmente, agradecería que se creasen organismos de control y denuncia de contenido ajenos a redes sociales, que impusiesen sanciones (habría que ver de qué tipo ante estas conductas). Está claro que se trata de una medida controvertida, porque entraría en juego, como siempre, la libertad de expresión; pero desde luego hay que pensar en implantar medidas que posibiliten el hecho de que las mujeres se sientan seguras en espacios digitales. Yo siento, ahora mismo, que me he estoy autocensurando bastante. Ya no soy tan activa, sobre todo en Twitter, como lo era antes. Si bien la experiencia de esa campaña de acoso me sirvió y ahora soy capaz de enfrentar los ataques (porque los sigue habiendo) de otra forma, no tengo ganas de verme otra vez en las mismas. ¿Y cómo hago eso? Restringiendo mi exposición y limitando mi contenido.

Tengo claro que la autocensura no es la vía, pero de momento no tengo la sensación de que ningún organismo vele por mantener los espacios digitales libres de violencia de todo tipo. Las plataformas (Facebook, Twitter, etc.) se lavan las manos tranquilamente dejando el control a manos de las personas usuarias. Consideran que proveer la posibilidad de bloquear a usuarios infractores es una medida más que suficiente, pero en mi opinión las primeras que incumplen las normativas son las propias propias plataformas, en tanto en cuanto no castigan los contenidos que infringen sus propias políticas.

Mientras tanto creo que lo que nos queda, siendo muy coloquial, es hacer piña. Creo que las mujeres en estos entornos tenemos que tejer redes de ayuda, cuidados y, por qué no, autodefensa frente a las agresiones. Pero esas redes a veces también se me antojan débiles, sobre todo cuando son mujeres racializadas las que padecen los ataques. El “si tocan a una, nos tocan a todas” me sigue pareciendo una verdad a medias. Me parece que deberíamos tomarnos el tiempo para, dentro de los movimientos de mujeres, escucharnos unas a otras, plantear propuestas de acciones comunes y también, por qué no, ejercer un poco de autocrítica y constatar si realmente estamos apoyando cuando tocan a una que no se parece tanto a nosotras.

 


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Comunicadora. Activismo estético. Escribo en Público. Autora de “Ser mujer negra en España”.

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