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Su paupérrima estrategia de resistencia En red, Opinión

No existen “estrategias de resistencia” en el caso de las mujeres acosadas. No pueden existir. Es más, no creo que deban existir. Para empezar, porque no se puede. Te volverías majara si ocuparas una parte de tu tiempo en considerar acoso y violencia como sujeto sobre el que pensar hasta el punto de trazar estrategias.

Una mañana mi hijo adolescente y mi hija menor se levantaron con una amenaza de muerte bajo la almohada. Más exactamente, dos. Una amenaza de muerte para él y otra para ella. Yo, su madre, desayuné sendas amenazas de muerte a mi hija y mi hijo. ¡A mi hija y mi hijo! No a mí, responsable de mis actos y opiniones. No a mí, responsable de él, de ella, del equilibrio, la confianza y el amparo de esos dos cuerpos recién pensantes y ajenos a mí hacia su futuro.

A ellos.

Amanecía el 13 de septiembre de 2017. Esta fecha es relevante. Mucho. Todas las agresiones, me refiero a cada una de ellas, tienen su origen en un punto. Hay que localizarlo. Da igual si, de ese punto preciso, parten una, cinco o 3.000 agresiones. En cada uno de esos casos hay que trazar el camino de la bestia.

La agresión dirigida contra mis hijos aquel 13 de septiembre decía: “Ya sabemos donde (sic) van tus hijos de 14 y el de 9. Esta vez ellos pagarán por tus errores”.

Yo he recibido muchas amenazas de muerte (dos ya serían demasiadas, pero se cuentan por docenas): “Te ametrallaremos la vagina”, “esta noche va a haber sangre”, “sabes que estás muerta”, “cuando acabe con tu cuerpo, los restos no los van a querer ni los perros”… Lo primero que pensé aquella mañana es en el tiempo que le lleva a un hombre escribir una de esas frases y enviármela. Menos de lo que tarda en meterse un dedo en la nariz para rescatar una última esperanza de farlopa que echarse a la boca.

Sin embargo, el tipo que agredió a mis criaturas, que profanó la límpida naturalidad de su existencia, había dedicado un tiempo a buscar sus edades. No es poco tiempo. Mucho más tiempo que el que tarda en meterse un dedo en la nariz para rescatar una última esperanza de farlopa que echarse a la boca y luego metérselo en el culo para comprobar que su culo sigue ahí y luego constatar que no le queda nada en ninguno de los agujeros de su cuerpo.

Cuando un tipo dedica ese tiempo a buscar datos para una amenaza, o sea se equipa para una agresión, o sea planifica y usa sus armas, cuando un tipo pierde todo ese tiempo, se lo va a cobrar. Ese tiempo se lo acabará cobrando. Eso pensé.

Inmediatamente, me lancé a localizar el punto del que partía aquello. Sabía dónde estaba, pero entre el origen y el ataque mismo media una narración. La elaboración minuciosa de dicho relato bien podría llamarse “estrategia de resistencia”, que es el tema que Pikara Magazine me propuso: estrategias de resistencia.

Yo, en contra de lo que parece, soy obediente.

4 de septiembre de 2017

Me encontraba desempeñando mi papel de contertulia en el ya extinto programa ‘Las Mañanas de Cuatro’ cuando apareció la imagen. En el monumento sobre una fosa de fusilados republicanos, alguien había pintarrajeado el yugo y las flechas junto a la frase “Aún hay sitio para más”. Huelga detallar la opinión que expresé al respecto.

Antes de que terminara el programa, el Sindicato Unificado de Policía (SUP) había publicado una nota ligándome a ETA. Éramos cuatro contertulios y el presentador, pero sólo me nombraban a mí. Les llamé la atención sobre lo que eso significaba. No era únicamente un ataque a la libertad de expresión, por parte además de la Policía. Era un señalamiento, y así se lo hice saber.

Ahí está el punto del que parte la agresión a mis hijos.

Justo ahí.

Ellos, policías y por lo tanto “gente de orden” para la mayoría, me señalaban: se llama Cristina Fallarás y es filo etarra.

 

 

 

6 de septiembre de 2017

Las 48 horas siguientes al ataque policial contra mi persona recibí todo tipo de insultos y vejaciones. Se cuentan por millares. Pero sabía que eso no era nada. Que esa no iba a ser «la respuesta». Cuando un grupo oficialmente armado ataca a una periodista por llamar fascismo al fascismo y, colocándose en ese lugar, en el del fascista, utilizan además las armas que saben más efectivas, y entre ellas ETA está en la cima, cuando un grupo oficialmente armado te hace eso, cada insulto se convierte solamente en uno más, otro gesto cretino, antes de que llegue «la respuesta».

Y la respuesta evidente al ataque –la conocíamos ellos, al ponerlo en marcha, y yo al verlo publicado— llegó el día 6. Dos días y algunas horas después del episodio que acabo de narrar, el señalamiento policial, recibí dos amenazas de muerte. Cuando las denuncié a (yo soy muy de paradojas) la Policía, me comentaron algo sobre redes de mexicanos. Sí, claro, pensé y no dije, el típico mexicano que se da un paseo por las redes españolas y ve a una pelirroja y se dice “voy a amenazarla de muerte”. El típico.

La imagen de una mujer desnuda y amordazada con las piernas abiertas atadas y la vulva en primer plano convierte la idea de mexicano y la declaración ante la policía en la misma clase de fantasía enferma.

Dos días ha tardado «la respuesta», pensé. O sea, dos días ha tardado en llegar el segundo paso, el que indefectiblemente sigue al primero, es decir, al señalamiento policial en plaza pública.
Eso pensé. Que acababa ahí, pensé. Que vendrían algunas amenazas de muerte más intercaladas entre las ristras de eructos de los insultadores, y ya.

13 de septiembre de 2017

La mañana del 13 de septiembre de 2017 mi hijo adolescente y mi hija menor se levantaron con una amenaza de muerte bajo la almohada. Más exactamente, dos. Una amenaza de muerte para él y otra para ella. Yo, su madre, desayuné sendas amenazas de muerte a mi hija y mi hijo. ¡A mi hija y mi hijo! No a mí, responsable de mis actos y opiniones. No a mí, responsable de él, de ella, del equilibrio, la confianza y el amparo de esos dos cuerpos recién pensantes y ajenos a mí hacia su futuro.

Habían pasado menos de nueve días desde aquel momento en el que la Policía Nacional me había señalado públicamente como presa a cazar. Proyectan sobre tu rostro no una mirilla, no el dibujo de una mirilla, proyectan apenas la sombra vaga de una mirilla y luego las cosas suceden. Suceden una semana exacta después de que un mexicano que pasaba por allí eligiera al azar una pelirroja y amenazara con ametrallarle la vagina. El mexicano de la Policía.

Había pasado justo una semana desde aquel momento en el que había recibido mis amenazas de muerte y, oh candor, había pensado que esa era «la respuesta», que todo acababa ahí.
Y entonces llegó lo de mis hijos.

Hoy, 20 de febrero de 2019

¿Qué es una “estrategia de resistencia”? Sé perfectamente y por experiencia lo que es una estrategia. Pero ¿y la resistencia? ¿Qué es la resistencia? O sea, ¿qué es resistir? Y en caso de saber qué significa resistir, ¿se le puede trazar a eso una estrategia? Dicho de otro modo: si hay resistencia es porque existe una fuerza contraria, en este caso, los agresores en red; si hay estrategia es porque, conociendo el ataque, una puede pergeñar una serie de medidas para prevenirlo o para sanar lo que quede.

¿Y si la fuerza contraria no son los agresores en red?

¿Y si no es nuestra la resistencia?

No existen “estrategias de resistencia” en el caso de las mujeres acosadas. No pueden existir. Es más, no creo que deban existir. Para empezar, porque no se puede. Te volverías majara si ocuparas una parte de tu tiempo en considerar acoso y violencia como sujeto sobre el que pensar hasta el punto de trazar estrategias. No hay dos sujetos abstractos –acoso y violencia—, hay un ejército numerosísimo y compacto. Cientos, miles, millones de sujetos que acosan y violentan. No un acoso (abstracto) y una violencia (abstracta), sino un sujeto (concreto) y otro sujeto (concreto) y otro y otro y otro, todos concretos.

Para seguir, porque no deberíamos utilizar ese verbo, nombrar esa no-acción: “estrategias de resistencia”.

Es actuar.

Nosotras actuamos.

El feminismo no es una corriente política o una protesta potentísima, que sí. El feminismo que estamos viviendo en este momento es una Revolución. Ni más ni menos que una Revolución. No somos solamente la evidencia de un encierro en mazmorra de por vida, de una esclavitud que permanece, de un ejercicio constante y masculino de tortura. Evidenciamos que son ellos los que pergeñan a toda prisa “estrategias de resistencia”. Sus señalamientos, sus amenazas, sus acosos, insultos y vejaciones ya no son una costumbre, que lo habían sido siempre. Ahora son “estrategias de resistencia” torpemente edificadas sobre su estupefacción.

Nosotras, su estupefacción.

Yo, por ejemplo, he dejado de mirar mis redes sociales. Publico, pero no miro. Podría parecer una “estrategia de resistencia”, una forma de rearmarme o tomarme un descanso ante la violencia. Y sin embargo es sólo hartazgo. Me empachan las estrategias, incluso las de los más violentos, para resistir la Revolución que se les ha venido encima.

Amanecía el 13 de septiembre de 2017 cuando alguien amenazó de muerte a mi hijo y a mi hija después de que la Policía Nacional les marcara el camino. Justo entonces me lancé hacia el punto de origen. Eso también podría parecer una estrategia, como he dicho al principio. Sin embargo, no lo es. Consiste únicamente en superar el hartazgo, localizar a los agresores primeros, los que echan a morder a sus huestes, y trazar su estrategia. Su paupérrima “estrategia de resistencia”.

Vale.

 


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