fbpx

Alsarah, la música como pasaporte a un hogar que ya no existe   Entrevista, Ficciones, Portada

Definen su música como “retro pop de África del Este”. Alsarah y los Nubatones crean sonidos sin fronteras que hablan de una vida en constante tránsito. Charlamos con la líder del grupo, migrante sudanesa afincada en Nueva York, sobre el desarraigo, la música como refugio, la inmigración como identidad en la era Trump y la escasa representación femenina en la industria musical.

 

Alsarah, cantante y compositora de Alsarah y los Nubatones, durante una breve estancia en Tenerife dentro de su gira europea./ Foto: Angeles Rodenas

Alsarah, cantante y compositora de Alsarah y los Nubatones, durante su estancia en Tenerife dentro de su gira europea./ Foto: Angeles Rodenas

Un espacio alejado de distracciones para trabajar en nuevas canciones durante unos días. Esa es la razón por la que Alsarah y los Nubatones han elegido una casa tradicional canaria situada junto a un acantilado en el norte de Tenerife, donde se realiza esta entrevista.

La noche anterior tocaron en un festival y esta mañana en la casa se respira un ambiente relajado. Alsarah nació en Sudán en el seno de una familia amante del arte -aunque su padre y su madre son académicos-, y creció rodeada de artistas que se reunían en su casa para cantar, leer poesía o conversar en torno a una comida. Su madre, una apasionada del teatro, siempre animó a sus dos hijas a desarrollar su creatividad.

Alsarah está revitalizando el género sudanés tradicional 'aghani al-banat', escrito y ejecutado por mujeres para rebelarse contra el patriarcado. Clic para tuitearUno de sus primeros recuerdos musicales es una cinta de canciones de un colectivo radical de artistas sudaneses antiimperialistas que animaba a la ciudadanía a ir a las urnas en las elecciones libres de 1986 tras dieciséis años de dictadura. Alsarah tenía 6 años: “Era la primera vez que escuchaba música y entendía que tenía un claro propósito más allá del placer. Eso se me quedó grabado. La música es un portador de mensajes”, cuenta.

El golpe militar de 1989 no acabó con la sangrienta guerra civil pero sí cortó de raíz las esperanzas de democracia de muchas personas. En el caso concreto de Alsarah, puso en peligro a sus padres, activistas políticos de izquierdas, por lo que la familia decidió emigrar a Yemen aunque consiguieron regresar cada verano. Sin embargo, el retorno definitivo nunca se produjo y el desarraigo ha terminado forjando la identidad de Alsarah, que se siente “más cómoda como inmigrante que como cualquier otra cosa. Ser inmigrante y sudanesa está unido tan profundamente que no sé cómo separarlo”.

Yemen fue una etapa crucial en la vida de Alsarah. A una corta edad entendió lo que significa “ser el otro”, el de fuera, y por primera vez fue víctima de un “intenso” racismo, fruto de la discriminación entre población árabe y africana del este del que no se habla fuera de estas dos comunidades. “Me di cuenta (entonces) de que no soy árabe sino una africana del este que habla árabe y eso siempre va a ser extraño”. Pero en Yemen también empezó a cultivar su amor por la música coleccionando casetes de segunda mano y aprendiendo a tocar el piano. Hasta que cuatro años después de su llegada, la guerra civil forzó a la familia a escapar de nuevo.

Alsarah tenía doce años cuando la familia aterrizó en Amherst, el Massachusetts profundo, rural y blanco. Adaptarse a la nueva vida fue “muy duro” y escuchar música del mundo en Estados Unidos adquirió una nueva dimensión, se convirtió en una forma de escapismo. “Era mi forma de ir a casa”, dice ella, hasta que pudo empezar a viajar de nuevo siete años después.

Su pasión por la música aumentó a medida que Alsarah crecía y la llevó a estudiar etnomusicología en la universidad de Wesleyan, Connecticut, donde se sumergió de lleno en los sonidos sudaneses. Especialmente con su tesis final, que centró en una secta espiritual femenina llamada The Zar que utiliza el sonido de los tambores, canciones e incienso durante tres días seguidos para inducir un trance espiritual.

Pasar por la universidad también le dio las herramientas para interpretar los sonidos en el contexto de la sociedad. Utiliza como ejemplo el machacador ruido de las hélices de un helicóptero que planea sobre nosotras mientras hablamos y, dice, simboliza el momento político en el que vivimos, el capitalismo, la desigualdad… “Aunque quisiera, no puedo separar el sonido del momento cultural”.

Agradecida por todo el aprendizaje pero poco convencida con la profesión, al final de su formación Alsarah decidió no ejercer. “Los etnomusicólogos son como antropólogos de la música, su trabajo es estar fuera, yo quería estar dentro”. Así pues, se mudó a Nueva York y decidió probar suerte en el mundo de la música.

La voz es y siempre ha sido su instrumento. Después de participar en distintos proyectos llegó como cantante a la banda Sonidos de Taraab, donde Rami El-Aasser tocaba la percusión. Cuatro años y muchas conversaciones después, fundaron Alsarah y los Nubatones junto con Haig Manoukian, que tocaba el laúd árabe hasta su fallecimiento en 2014, cuando fue reemplazado por Brandon Terzic. Completan la banda el bajista Mawuena Kodjovi y la hermana de Alsarah, Nahid, como vocalista acompañante.

Alsarah: “El lenguaje es otra ilusión, como las fronteras. Tenemos otras formas de comunicarnos: con nuestros cuerpos, a través de sonidos. ¿Es que toda esa comunicación no cuenta?” Clic para tuitearSus canciones beben de la música tradicional de Etiopía, Sudán, Zanzíbar y sobre todo de las Canciones del Retorno de la región de Nubia, un género musical que surgió en los años 60 tras el desplazamiento masivo de personas por la construcción de la presa Asuán en Egipto. La obra cambió el flujo del río Nilo entre el norte de Sudán y el sur de Egipto, inundó ciudades y tierra agrícola fértil y obligó a miles de personas a emigrar, separando familias como la de Alsarah entre dos países. Crecí a ambos lados de una frontera como prueba de que este concepto es artificial”, sentencia.

Como inmigrante perteneciente a otra diáspora conecto con ese momento en la historia de la música nubia, en particular con las canciones sobre un hogar que ya no existe, bien porque tú has cambiado o bien porque el hogar ya no está ahí”. Esa nostalgia se refleja en las letras de algunas de sus canciones y en el toque retro de su sonido pop. “El pop es una extensión de la música tradicional, que era tan buena que no necesita YouTube, todos podíamos memorizarla”, dice sonriendo.

Su primer álbum, Cieno (Silt), proviene de la necesidad de “explicar el barro del que surgimos”. Formado a partes iguales de composiciones originales y canciones tradicionales, se publicó en 2014, en un momento “en el que nadie más en Nueva York estaba haciendo música de Nubia”, señala. Alsarah nunca creyó que cantar en árabe supusiera una barrera entre ella y el público occidental. “El lenguaje es otra ilusión, como las fronteras. Tenemos otras formas de comunicarnos: con nuestros cuerpos, a través de sonidos. ¿Es que toda esa comunicación no cuenta?”, cuestiona.

Para la cantante, la música representa ese espacio seguro donde “anclar” cuando el mar está “demasiado revuelto” y desde el que explorar el mundo y reflexionar sobre sí misma. Confiesa que recientemente ha tenido que “proteger ferozmente” ese espacio para que continúe siendo un refugio. “Lo más importante para mí es mantener la pureza” -señala-, “lo cual significa ser extremadamente controladora en la parte comercial”.

El segundo álbum, Faro (Manara, 2016), profundiza en las emociones que se desatan cuando se deja atrás el hogar y está sembrado de canciones como Albahr, o el mar como un lugar de esperanza que te lleva allá donde quieras ir, y Alforag, que habla “de las distintas fases de la separación de alguien o algo”: el insoportable sentimiento de pérdida inicial, el vacío, la incapacidad de sentir, el olvido gradual de los recuerdos, la culpa, el dolor auto infligido para recuperar esos recuerdos… Al terminar la enumeración la sonrisa se ha borrado momentáneamente del rostro de Alsarah.

"Ser inmigrante y sudanesa está unido tan profundamente que no sé cómo separarlo", afirma Alsarah./ Foto: Angeles Rodenas

«Ser inmigrante y sudanesa está unido tan profundamente que no sé cómo separarlo», afirma Alsarah./ Foto: Angeles Rodenas

Sabe de sobra que la industria de la música es un “club de chicos” en el que queda mucho por hacer para visibilizar a las artistas. “Quizá sólo celebramos a las cantantes femeninas, no sé… Las mujeres están ahí pero ¿las estamos contratando tanto como a los hombres? Esa es la pregunta”, dice en referencia a la escasa presencia de instrumentistas femeninas en los grupos. Alsarah pertenece a una nueva generación de artistas que está revitalizando el género sudanés tradicional aghani al-banat, música de chicas, escrito y ejecutado por mujeres para rebelarse contra la desigualdad de género y sociedad patriarcal en la que viven.

No se identifica como activista, conoce muy de cerca el enorme trabajo que implica luchar por una causa, pero sí ha demostrado su compromiso social en trabajos al margen de la banda como Vote!, la canción lanzada con el rapero Oddisee para animar a la participación política en las elecciones sudanesas de 2010 o su participación en Beats of the Antonov, dirigido por el también sudanés Hajooj Kuka, sobre el papel de la música en la supervivencia cultural de las y los civiles que son víctimas un conflicto armado.

En los Estados Unidos de Trump, la visión de Alsarah ha adquirido una mayor relevancia política. La celebración de su condición de inmigrante se ha transformado en una actitud de desafío. “Me ha hecho reclamar Estados Unidos mucho más que antes. ¡No os podéis deshacer de mí. Soy americana!”, alza la voz bromeando. «En Estados Unidos, si no eres una persona de la primera nación eres inmigrante. Que la gente hable de esa manera es más que hipócrita. Así que me niego a respetar la idea de ‘Inmigrantes No’ de algunos estadounidenses”.

Confiesa no saber exactamente de dónde viene el rechazo a la inmigración. “Crecí con la idea de que las personas se mueven (de un lugar a otro)”, dice llanamente, “y no sé cuándo empezamos a creer que no lo hacen”. Pero sospecha que está relacionado con el sistema neoliberal que, dice, nos hace competir unos contra otros cuando el problema no es la falta de recursos sino la injusta distribución de bienes. Asegura que este sistema está llegando a su fin. “Estamos viendo cómo todo empieza a reajustarse. Quizá el miedo viene de ahí”. Un miedo que le parece ilusorio. “Nadie tiene el poder de quitarte tu identidad a menos que tú le des ese poder. La historia está escrita por los ganadores, pero eso no significa que tú, como pequeña entidad individual, dejes de existir”.

De vuelta en Nueva York después de un largo recorrido por festivales europeos, los Nubatones empezaban a grabar su tercer disco a finales del año pasado (la entrevista tuvo lugar a finales de septiembre). Alsarah escribe las letras y melodías y todos los miembros del grupo arreglan las canciones. “La música es un acto social” -dice citando al autor de Uproot, Jace Clayton-. No sólo el trabajo en equipo enriquece las creaciones, “incluso la forma en la que el público responde a una canción en directo transforma esa canción. La música es así de flexible y por eso es impresionante”, concluye.


Lee también:

Alsarah, la música como pasaporte a un hogar que ya no existe  
0 votes, 0.00 avg. rating (0% score)

Angeles Rodenas

Fotoperiodista en Londres. Cuento historias con palabras e imágenes, no necesariamente en ese orden. Especialmente interesada en temas de justicia social, minorías étnicas y cultura con compromiso social. Instagram: @angierodenas

    Uso de cookies

    Nosotras también hemos sucumbido a las cookies y eso que no son de chocolate. Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

    ACEPTAR
    Aviso de cookies