Abandonar la heterosexualidad Participa

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Flo Straso, Comunicadora Social

Ilustración de Nuria Frago

La heterosexualidad es mucho más que una orientación sexual: es, en realidad, una norma. Si observamos las bases de lo que se conoce como sistema sexo/género no nos sorprenderemos de los destinos que intentan imponernos. Pensemos en la división del espacio público para unos y del privado para otras y de los roles y expectativas que eso desprende: hombre público, exitoso, proveedor, productor y libre; mujer doméstica, de perfil bajo, cuidadora, reproductora y relegada a lo intrascendente. Un hombre y una mujer conforman la célula básica que perpetúa esa lógica: no importa a qué costos personales, esa unión asegura la continuidad del sistema heterocapitalista.

Sumemos a esto las dimensiones sexistas y androcéntricas que impregnan jerarquías y exclusiones entre los géneros al tornar a los varones como lo universal y a las mujeres como la excepción. Desde estas prácticas discursivas y performativas nos vamos constituyendo como personas que, gracias al feminismo, elegimos deconstruirnos y salirnos de esa norma.

Le mente hetero

En un escrito que lleva ese nombre, Monique Wittig plantea que lo hetero -como relación social obligatoria entre hombre y mujer- posee “un carácter ineludible, como conocimiento, como principio obvio, como algo dado previo a toda ciencia y que desarrolla una interpretación totalizadora de la historia, de la realidad social, de la cultura, del lenguaje y de todos los fenómenos subjetivos al mismo tiempo” (p. 9). Esta es la base de nuestros males, insinúa la autora: el origen de las diferencias y del binarismo, que sitúa como polos opuestos dos formas de ser que queremos poner en tensión.

Cuanto más hombre menos mujer, y viceversa, asegura Butler en su libro: pensemos en la heteronormatividad que no comprende a un varón con rasgos femeninos y en una mujer con índices masculinos, la machona, el maricón y una gran trama de exclusión de personas no nombradas que no se reconocen ni identifican con esas categorías. Y en el medio, seres que se piensan, que se buscan, que quieren libertad en sus vidas en medio de tantas categorías.

¿Cuándo te diste cuenta de que eras hetero?

El impacto de la heterosexualidad en nuestras vidas cotidianas es altísimo. Pensemos que crecimos en sociedades, instituciones, novelas y explicaciones que abordaron las relaciones humanas desde esa perspectiva. Crecimos naturalizando los mitos de la media naranja, del “ni contigo ni sin ti”, del casamiento como único final feliz, de la maternidad como sinónimo de plenitud, del amor romántico-jerárquico y exclusivo, del desamor como dimensión miserable de la persona, del “si te cela te quiere”, del “si está con muchas es un maestro y si está con muchos es una cualquiera”, de la posesión de las personas, de la solterona malcogida, de “la década violada” y de la inseguridad integral de muchas mujeres que no logramos habitar el bienestar porque nos sentimos incómodas y estafadas en esas relaciones tensionadas.

Abandonar la heterosexualidad

Ante este panorama, necesitamos conocernos para identificar qué es propio y qué es ajeno en la matriz de sentimientos que nos habita. El contexto se nos presta oportuno y en constante transformación: inspeccionaremos formas de placer que estén fuera del libreto, viviremos nuestra sexualidad de manera libre y saludable, nos cuidaremos mutuamente de las complicidades machistas hasta ayer impunes. Aprenderemos a conocernos y a amarnos primero, desde nuestras particularidades, para luego compartirnos. Inspeccionaremos el amor libre: con otras personas, con libros y discos, con gatos y plantas. Seguiremos apostando a los espacios colectivos y feministas como instancia de co-construcción del conocimiento y de la experiencia. Nos entregaremos al placer que nos generen otros, otras, otres. Abandonaremos la heterosexualidad obligatoria: el futuro es no binarie.

Abandonar la heterosexualidad
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