Ostias Participa

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Anónimo

Llegadas a este punto, hay que reflexionar.

¿Soy optimista por naturaleza? ¿Gilipollas? ¿O será que necesito a toda costa comprobar que lo bello puede arrasar con la mierda? No lo sé. Estamos trabajando en ello, diría el vox populi.

En cualquier caso, en lo relativo a mis relaciones con lo masculino (extensible a muchas otras), compruebo a mis treinta y largos que no dejo de darme de ostias de vez en cuando, por mucho que haya aprendido ya que no me sientan bien los golpes. Cierto es que algunos de ellos, más relativos a cuestiones vitales, no pueden prevenirse ni por tanto evitarse, vienen con el pack que llevas al nacer. Puede que algunas nos llevemos más que otras, pero sea como sea, ahí están y ostias son. Algo tendremos que hacer con ellas.

Las ostias me duran un tiempo, escuecen y hacen herida, ¡cómo joden! Pero al final cicatrizan, dejando una costrita, siempre pasa. A lo mejor es que ya me he dado varias y observo, entre sorprendida e impotente, como se repite el mismo patrón, la misma adaptación al medio y a las circunstancias que te acontecen. Frankl lo llama resiliencia.  El Chuky te diría que no hay más cojones.

Es como si hubiese desarrollado un superpoder que me permite reponerme de todo, apartarlo y dejarlo cocer, adaptarme a ello sin partirme la cara por cambiarlo. Aunque deja poso, hay que decirlo,  no voy a venir aquí de chula. Una sensación de color negro amarillento y sabor agrio que me sale de algún sitio entre el pecho y el estómago. Pesa, aunque es pequeña y está escondida. Me jode, porque no me hace sentir libre. Creo que se llama decepción, eso me ha parecido oír, aunque de tanto que se esconde no se la escucha bien. A veces me parece oír otros nombres.

El caso es que aquí la tengo, mano a mano con mi amiga la suerte. A esta la comparto con mi hermana, mi alma gemela, aunque estamos un poquito hasta la seta y queremos ver si se la encasquetamos a alguien, sin acritud oye.

Y es que hay gente que dice que siempre me pasan cosas, buenas o malas, depende de la temporada. Y de tanto que me lo han dicho, y yo lo he comprobado, pues ya me planteo si es que yo las busco, si es que voy tan acelerada por la vida que no las veo venir y me las como de cara. Así, plash!. Me resulta difícil saber cómo parar, cómo estar más atenta para saber prevenirlas o al menos, por favor, no buscarlas: mindfullness, deporte, sexo banal, marihuana, sesiones psicoterapéuticas a 60 pavos… lo he probado todo. ¡No será por falta de actitud!

Y en ese punto me encuentro, después de las últimas ostias. Buscando otra vez, cual patrón sistémico de un bucle sin fin,  la forma de vomitar, o al menos digerir,  esa sensación agria. Una sensación que, por otra parte, me parece casi inherente a la condición humana. O al menos para quienes hayan vivido sus experiencias de forma real. Porque ¿a quién no le han pasado cosas?. Buenas o malas, de todo hay.  El caso es que puedes vivirlas de puntillas, pasarlas totalmente por alto o impregnarte de ellas porque no van a volver a repetirse,  cada cual que decida.

Y a cada cual le dejaran un poso, de un color y de un sabor distintos, puede ser. Un poso que tendrá que meter en algún o sitio, colocarlo de algún modo para seguir funcionando. O colocarse él para poder vomitarlo, si es que lo consigue. En fin, a mí me sale que quiero vivir sin mierda, solo con la justa al menos, que no es que sea poca viendo el panorama.

Eso sí, hay que tener en cuenta una cosa: no es oro todo lo que reluce, ni mierda todo lo que huele. Afinemos el olfato.

 

Ostias
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