Nosotras, las entrometidas Participa

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Cristina Romero Heredia

Dani Vázquez La calle es mía

“Es mi hija y yo, como padre, sé lo que le conviene”. “Soy su madre y educo a mis hijos como quiero”. “Cuando tengas tus propios niños, los crías como te parezca, pero a mí no me digas cómo hacerlo”. ¿Os suenan estas frases? Seguro que sí. Probablemente os las han espetado más de una vez, sobre todo si sois mujeres, y especialmente si no sois madres y habéis osado cuestionar la sagrada libertad individual (¡oh, sacrilegio!).

Que nadie me malinterprete, no seré yo quien critique las bondades de la libre elección, pero creo que conviene no confundir términos ni hacer trampas discursivas. La libertad está genial cuando se trata de escoger entre teta o biberón, escuela tradicional o una con proyecto pedagógico innovador, diversión en casa o en la ludoteca de la esquina. No hay problema con esa libertad para elegir porque, sea cual sea la opción escogida, el niño o niña no pierde derecho alguno por el camino: alimentación, educación y juego, siguiendo con los ejemplos, están garantizados.

Madres y padres son, pues, libres para optar entre ciertas preferencias, pero me parece que ahí termina su libertad. No podrían, al menos impunemente, negarle el alimento ni la educación ni el juego a sus criaturas, porque tales derechos están por encima de la libertad de los progenitores para dirigir la vida de sus hijos, como todo el mundo entiende. Y si tan evidente nos parece cuando se trata del acceso a la nutrición, la formación o el ocio, ¿por qué cuesta tanto cuando hablamos del derecho a crecer libre de agresiones?

Sí, me estoy refiriendo a pegar, a ponerles la mano encima a los hijos, no para darles una paliza, que es algo que todo el mundo condenaría, sino para darles una bofetada, una colleja o un “simple” manotazo en el culo. Esto último sucedió hace unas semanas en mi pueblo, una localidad barcelonesa, un domingo como otro cualquiera. Alertada por un familiar, que había visto cómo un hombre daba codazos a una niña, dirigí la mirada hacia la acera de enfrente. Segundos después, ese señor, padre de la menor, dio un azote en el culo a su hija, una niña de unos once años que caminaba junto a él con la cabeza gacha, llorando ya antes del golpe, también después. Fue un soberano manotazo, efectuado a plena luz del día, sin reparo alguno. Tal fue mi indignación que no pude callarme el espanto y le reproché al padre su conducta, alzando la voz lo suficiente como para que me escuchara y señalándole con el dedo.

Lo que vino después no creo que sorprenda a nadie. El señor se me acercó para preguntarme si yo sabía lo que había pasado, como si alguna conducta previa de la niña pudiera justificar la reacción que él había tenido. Me limité a decirle eso y ahí empezó, por su parte, la retahíla de frases con la que iniciaba esta reflexión, retahíla a la que pronto se unió su mujer y madre de la pequeña. Juntos no dejaban de insistir en que “él es su padre, él es su padre”, como si aquello le autorizara a todo y, a la vez, nos desautorizara al resto. Atónitos me observaban al comprobar que tal invocación de la autoridad paterna no tenía efecto alguno sobre mí. Sinceramente, si la situación hubiera sido otra, habría dado riendo suelta a la carcajada, porque me parece de chiste que se siga esperando de nosotras que respetemos al padre porque sí, y no al nuestro, sino a cualquiera, por el simple hecho de serlo, y sin rechistar. ¿La obediencia al padre, así en abstracto, como obediencia al patriarcado?

Esa idea cruzó mi mente, pero vamos por partes, que el episodio tiene miga. Como otros actos lamentablemente cotidianos, lo relatado contiene varios implícitos culturales que conviene poner sobre la mesa, para ver si nos los seguimos comiendo con papas o si, por el contrario, más nos valdría lanzarlos a la basura cual limón amargo y pocho, ese que habita los frigoríficos de toda familia sin excepción. De lo que se trata, al fin y al cabo, es de evitar intoxicaciones presentes y futuras, en lo personal y lo social.

Con ese objetivo, lo primero que me planteo es hasta cuándo vamos a aceptar el castigo físico a los menores como algo válido, incluso deseable o necesario, como refleja la expresión “una bofetada a tiempo”. A estas alturas de la historia, y en nuestro contexto cultural, cualquier adulto debería saber que el castigo deja mucho que desear como método educativo. Desde la Psicología lo tenemos claro y me parece que es un mensaje ampliamente difundido. Aplicar un castigo de cualquier tipo lo único que enseña a las criaturas es qué conducta no queremos que realicen, pero no les dice cómo deseamos que se comporten en esa situación. Por eso siempre es más útil premiar las buenas conductas cuando se producen, para que las repitan en el futuro y las integren en su modo habitual de funcionar.

Derribemos, entonces, el mito de la utilidad del castigo. Recurrir a él, sobre todo si es físico, denota una falta de recursos de los progenitores. Tiene más que ver con la dificultad de los adultos para manejar el comportamiento infantil que con lo que haya podido hacer el menor en cuestión. Y lejos de educar, somete, porque se obedece para evitar el golpe. Y lejos de inculcar respeto, infunde miedo.

Pero vamos más allá. Fuera de los márgenes de la Psicología, habrá quien considere que el castigo físico sí es útil para imponer límites. Pero, aunque sirva para detener una mala conducta y eso sea suficiente para un progenitor desbordado, ¿se tiene derecho a ello? ¿Los padres y madres son libres para elegir si pegan o no? ¿Es ético tolerarlo?

Desde luego, hay adultos que sí se sienten con el derecho de pegar a sus criaturas, fruto de su libre decisión individual. Y piensan que una opinadora externa, como yo misma en el episodio relatado, no puede entrometerse en su libertad para criar como les plazca. Mucho me temo que esos progenitores andan equivocados y trataré de argumentarlo.

Lo que ellos consideran una opción educativa individualmente escogida es, en realidad, un ejercicio de poder, y éste no se da entre dos personas cualquiera. Pegar o no pegar no es una decisión tan individual como creen, sino que se deriva del orden socialmente establecido, según el cual hay grupos humanos que están por encima de otros: los adultos sobre los menores, los hombres sobre las mujeres, e incluso los niños sobre las niñas (véase la apropiación del espacio en los patios escolares). Así que ese azote que creen haber decidido desde su burbuja individual es una conducta que se permiten realizar en virtud de su posición privilegiada frente a los menores, reproduciendo con ello un modelo social de abusos jerárquicos. Probablemente lo hacen ustedes sin darse cuenta, pero están enseñando a sus hijos que se puede ejercer poder, y la violencia lo es, sobre el que está en categorías inferiores.

¿Ven ya el vínculo con otras violencias? ¿Acaso no es la estructura social desigual lo que sustenta la violencia de género? ¿No les parece peligroso, sobre todo para nuestras niñas, que un padre pueda ser, a la vez, fuente de abrazos y golpes?

Comprendo que a los progenitores que pegan no les guste asumir este trasfondo, pero todos los actos tienen consecuencias, especialmente los que involucran a menores, personas cuya visión del mundo y las relaciones humanas está en desarrollo, y en cuyas manos está el futuro que ha de venir. Así que no esperen que las entrometidas miremos para otro lado cuando ustedes azoten a sus criaturas. No esperen que nos callemos al presenciarlo. Nuestros reproches no están coartando su libertad en absoluto, están tratando de combatir un abuso de poder socialmente legitimado. En eso consiste la lógica feminista. Sean bienvenidos y, cuanto antes, váyanse acostumbrando.

Nosotras, las entrometidas
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