Mujer, joven y calva: un tabú estético Cuerpos, Reportaje

La alopecia areata es una enfermedad autoinmune que puede llegar a provocar una pérdida drástica y total de pelo. Dos mujeres afectadas cuentan cómo asumieron el estigma social ligado a la pérdida de uno de los grandes símbolos de la feminidad en occidente.

Natalia se rapa el pelo para colocarse mejor el pañuelo y la peluca./ Laia Ros

Natàlia se rapa el pelo para colocarse mejor el pañuelo y la peluca./ Laia Ros

Natàlia Sirvent tiene 25 años. Su larga melena castaña, que entonces le llegaba hasta la cintura, le empezó a caer cuando tenía 21. “Era verano y justo había dejado un trabajo”, recuerda. “Iba a hacerme una trenza y me encontré dos clapas pequeñas al lado de la oreja”. Enseguida aparecieron más. “Perdí más de la mitad del cabello en pocos meses. La caída era muy desagradable. Físicamente, veía como una parte de mi cuerpo se desprendía sin entender el motivo y sin poder hacer nada.” La sensación era tan angustiosa que, un año después, decidió raparse. “Fue muy liberador. Me emocioné porque finalmente podía ducharme sin sufrir”.

La alopecia areata que sufre Natàlia es una enfermedad autoinmune. Las defensas atacan los folículos y éstos caen. A diferencia de la alopecia común, en la que se pierde densidad de pelo de manera gradual, la alopecia areata empieza con la caída de pequeñas zonas de pelo y puede evolucionar rápidamente hasta dejar la persona completamente calva (alopecia total). También puede llegar a erradicar todos los pelos del cuerpo, incluidas cejas y pestañas (alopecia universal). La enfermedad puede ser transitoria, puede reaparecer en el futuro o devenir crónica.

Suele aparecer entre los 25 y los 36 años, según un estudio publicado en 2017 en la revista Nature, y afecta a hombres y mujeres por igual. Aunque las causas pueden ser difíciles de identificar porque cada caso es diferente, la genética juega un papel importante: el 20% de los pacientes tienen un familiar con la misma enfermedad, pero también la pueden desencadenar causas externas.

Una de ellas es el estrés, al que Natàlia atribuye su caso. “Pasé una temporada difícil por razones laborales que me generó mucha ansiedad. El pelo me empezó a caer y me sentía culpable porque mi entorno me decía que me relajara, que entonces pasaría. Pero la alopecia areata no deja de ser una enfermedad autoinmune que se desencadena cuando quiere y luego sigue su curso”.

Tratamiento caro, doloroso e incierto 

El cabello desempeña un papel innegable en la identidad de una persona./ Laia Ros

El cabello desempeña un papel innegable en la identidad de una persona./ L. R.

El pronóstico nunca es claro. Cada caso es diferente y ni los médicos pueden saber cómo evolucionará. Sin embargo, ofrecen opciones para tratar de detener y revertir la caída del cabello. La mayoría de pacientes se aferra a cualquier esperanza y comienza el tratamiento, el cual suele ser caro.

Según comentaba en una entrevista con esta periodista el dermatólogo Javier Bassas, director médico de su propio centro dermatológico, los pacientes suelen acudir al especialista cada dos meses para hacer un seguimiento, visita que puede valer entre 50 y 150 euros en función del profesional, y el coste del tratamiento mensual sube hasta 50 o 60 euros. De todos modos, hoy en día no existe un tratamiento que sea efectivo para todo el mundo y en muchos casos lo único que hacen los químicos es detener la caída de manera provisional y, aunque el cabello vuelva a crecer, puede que la alopecia reaparezca en un futuro.

“Primero fui a la seguridad social. La dermatóloga me dio visita al cabo de meses y me prescribió una medicación leve que no me hizo efecto. Después fui a un médico privado con quien empecé un tratamiento más agresivo, con inyecciones intramusculares de cortisona y pastillas de corticoides para reducir la inflamación y conseguir que el cabello volviera a crecer”, relata Natàlia. Los corticoides pueden producir visión borrosa o inflamación del cuerpo, entre otros efectos secundarios. “Cuando los dejas la caída es inmediata. Psicológicamente, produce mucho malestar ver cóomo el cabello recuperado vuelve a caer”.

También probó la difenciprona. Se aplica en las calvas e irrita la piel. Fuerza las defensas a concentrarse en la inflamación para que deje de atacar a los folículos. “Me traté unos meses. Al principio costó mucho encontrar la dosis exacta. Me produjo una reacción alérgica en todo el cuerpo. Lo tenía rojo, muchas zonas se descamaban y me picaba mucho, pero aún así escogí probarlo “.

La alopecia areata en sí es una enfermedad físicamente indolora pero puede afectar la salud mental de quienes la padecen. “La médica de cabecera me recetó ansiolíticos y pastillas para dormir”, comenta. “No las pedí, pero me ayudaron a pasar mejor aquella etapa”.

Aunque la alopecia no suponga un riesgo para la vida de una persona, que los y las pacientes prefieran pasar por el calvario del tratamiento o que la experiencia de perder el pelo les afecte emocionalmente evidencia hasta qué punto es importante el cabello para definir la identidad de una persona y también para encajar socialmente.

Una comunidad para comprenderse 

Durante los primeros seis meses de la enfermedad, Natalia prefería llevar pañuelo en vez de peluca para “no esconderse”.

Durante los primeros seis meses, Natàlia prefería llevar pañuelo en vez de peluca para “no esconderse”./ L.R.

“Cuando tienes alopecia areata te sientes sola. No es lo mismo decirle a un amigo que te sientes triste porque no tienes pelo, porque no lo acabará de entender, que compartirlo con una persona que está pasando por lo mismo que tú”, dice Nuria Hijano. Es la creadora del blog y plataforma AA it ‘s me.

“Cuando vas por la calle y eres una mujer sin pelo, la gente te mirará. Es como si todo el mundo fuera abrigado y tú fueras desnuda. Te sientes vulnerable y te juzgan o piensan que estás enferma”.

Nuria creó el blog en 2013, dos años después de perder el pelo. “Fue muy radical, de una semana a otra lo había perdido casi todo”. Consultaba muchos artículos en Internet sobre el tema y afirma que todo lo que leía era muy negativo. Por eso se animó a compartir su visión de la alopecia. “Fue como un salvavidas. Me parecía necesario escribir en algún lugar y con humor sobre mi experiencia. ¡La gente me paraba por la calle y me preguntaba si iba a morir de cáncer! Mi primera publicación tuvo muy buena acogida y me entusiasmé, me sentí reconocida más que rechazada por la sociedad”. A raíz del blog, muchas personas empezaron a contactarla y la comunidad creció.

Nuria ha recuperado el pelo y se ha reciclado profesionalmente: ahora acompaña a aquellas personas con la misma situación que vivió ella a través de videollamadas y de talleres, donde comparte su visión de la enfermedad. Sostiene que tiene raíces emocionales y explica qué herramientas considera, según su experiencia, que pueden ayudar a afrontarla, como la meditación y el yoga. Comenta que las personas a quienes ha acompañado no han recuperado el cabello, pero sostiene que “han salido cambiadas, algunas se han atrevido a mostrarse sin peluca. La sociedad no te puede aceptar si no te aceptas a ti misma”.

Esta alopecia no es una enfermedad rara: según el estudio publicado en la revista Nature, puede afectar un 2% de la población en algún momento de su vida. Sin embargo es difícil ver personas por la calle que no la escondan con pelucas o pañuelos. Sobre todo si son mujeres.

“En nuestra sociedad, como en muchas otras, el cabello es un símbolo de feminidad”, apunta Natàlia, que es antropóloga. “A pesar de que el entorno más cercano lo normaliza, que una chica joven pierda el cabello conlleva un estigma social. Una chica con cabello no solo es bonita, sino que es normal, por eso es tan difícil perderlo”.

Al principio, Natàlia llevaba pañuelo y recuerda algunas miradas de “extrañeza” al verla. “Puede atribuirse a la quimioterapia y en una ocasión me preguntaron si era musulmana”. Para reencontrar esta normalidad, y también porque consideraba que le sería más fácil encontrar un trabajo, se compró una peluca, que le costó unos 400 euros. “Que me haya afectado tanto perder el pelo a pesar de estar sana demuestra la importancia simbólica que tiene para una mujer. Por la calle me he encontrado muchos hombres calvos, pero mujeres he visto poquísimas porque es una condición que se esconde.”

Nuria lo corrobora: “Algunos hombres lo sufren mucho, pero un hombre sin pelo es normal ante la sociedad”. También comenta que, aunque en sus talleres han participado algunos chicos, la gran mayoría de personas a las que acompaña o que asisten a los talleres son mujeres.

Natàlia suele llevar peluca cuando sale a la calle./ L.R.

Natàlia suele llevar peluca cuando sale a la calle./ L.R.

La socióloga Rose Weitz, profesora de estudios de género de la Arizona State University, afirma en su libro ‘Rapunzel’ s Daughters: What Women’s hair tell us about women’s lives’ que “la calvicie está estrechamente relacionada con los niveles de testosterona […]. Por eso la calvicie comenzó a vincularse con la masculinidad y la virilidad, asociación reforzada por iconos de masculinidad (calva) como Yul Brynner, Michael Jordan y Charles Barkley. Pero si vincular la calvicie con la masculinidad hinchó el ego de los hombres calvos, sólo reforzó la imagen de las mujeres calvas como fracaso de la feminidad”.

Históricamente, al menos en la sociedad occidental, se ha rapado a mujeres disidentes para humillarlas y castigarlas públicamente. En Francia, después de derrotar a la ocupación alemana en 1944, las mujeres acusadas de colaborar con los alemanes fueron afeitadas para marcarlas. Durante la guerra civil española también se vivieron este tipo de castigos. Algunas mujeres republicanas fueron rapadas por personas afines a las tropas franquistas para aleccionarlas públicamente durante y después de la guerra, según cuenta el historiador Enrique González Duró en su libro ‘Las rapadas: el franquismo contra la mujer’.

Podemos ver referencias de estos hechos históricos en una de las escenas más icónicas y poderosas del audiovisual contemporáneo: el momento de la serie de HBO Juego de Tronos en el cual la reina Cersei Lannister es despojada de su larguísimo cabello, desnudada y obligada a desfilar ante sus súbditos, quienes no desperdician la oportunidad de vejarla. El paseo de la vergüenza, un castigo para expiar los pecados de la aristócrata.

Aunque algunos iconos femeninos de la cultura popular también han aparecido sin pelo ante el público, lo han hecho durante períodos cortos de tiempo y por exigencias del guión. La actriz Natalie Portman se rapó para la película ‘V de Vendetta’ y también lo ha hecho la modelo y actriz Cara Delevingne para su papel en ‘Life in a Year’, pendiente de estreno. Ambas vuelven a tener pelo.

El cabello, carta de presentación 

Nàtalia ya no se considera una persona enferma./ L.R.

Nàtalia ya no se considera una persona enferma./ L.R.

El cabello no es solo cabello en muchas culturas del mundo: conforma la identidad de una persona. La socióloga Rose Weiz afirma que “es personal, crece directamente del cuerpo pero a la vez es público. Además, se puede modificar, por lo que permite reflejar y proyectar nuestra identidad.”

Solo cabe fijarse en la cantidad de titulares que el pelo de la política Anna Gabriel ha copado para entender cuál es la dimensión simbólica de un peinado. En una entrevista de 2016 para el programa ‘Fora de sèrie’ de TV3, la periodista Júlia Otero preguntaba a Gabriel qué quería expresar con su pelo y con su flequillo, y este pasado febrero saltaban titulares porque había cambiado de peinado.

Años más tarde, Natàlia ha perdido incluso las pestañas. Lleva gafas porque sus ojos se irritaban y valora si tatuarse las cejas con micropigmentación. “Ahora que tengo alopecia universal ya no tengo miedo a perder nada más porque he perdido el cabello de todo el cuerpo”. Hace meses que no se trata y ya no se considera “enferma”. La alopecia ha pasado a formar parte de su vida. “Ahora llevo peluca. El día a día es diferente de quienes tienen pelo, pero no tan diferente de quienes llevan gafas”, añade. “En cuanto a la alopecia, he acabado de la peor manera posible, pero a la vez hacía años que no me sentía tan bien”.

Este reportaje fue publicado inicialmente en la edición en papel del El Salto.

Mujer, joven y calva: un tabú estético
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