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Malasaña, el barrio de las rebeldes Crónica, Voces

Las escritoras Emilia Pardo Bazán, Rosalía de Castro o Rosa Chacel, la actriz Loreto Prado, la política Clara Campoamor, la periodista Carmen de Burgos o las luchadoras Manuela Malasaña y Clara del Rey fueron vecinas ilustres del entonces Barrio de Maravillas de Madrid.

El Café Farmacia, en lo que fue la histórica Farmacia Juanse./ Somos Malasaña

El Café Farmacia, en lo que fue la histórica Farmacia Juanse./ Somos Malasaña

Heroínas, escritoras, actrices, políticas, periodistas e incluso espiritistas dejaron su huella en las calles de Malasaña. El barrio, escenario en los ochenta de la Movida y, ahora, de la gentrificación y la especulación inmobiliaria, las barberías, las tiendas vintage y el yogur helado, era hace más de un siglo la alternativa económica situada a las afueras del centro, una oportunidad para gente bohemia y recién llegada de sobrevivir en la gran ciudad. Algunas de las reconocidas habitantes de Malasaña fueron olvidadas por la Historia, otras cambiaron su rumbo y todas son reivindicadas en Mujeres de Malasaña, un paseo histórico ofrecido por la asociación de profesionales Carpetania Madrid. El recorrido comienza, de hecho, con una breve introducción espacio-temporal en la plaza de Santa María Soledad Torres Acosta, religiosa de larguísimo nombre, por el que este espacio es conocido como plaza de la Luna.

Primer dato a tener en cuenta: nos encontramos a comienzos del siglo XIX, una época de continuos conflictos, internos y externos, en España que atraviesan la historia de las protagonistas, desde la Guerra de la Independencia a la Guerra de Marruecos. La capital contaba entonces con 600.000 habitantes y la presión demográfica sobre el atestado casco antiguo y el Barrio de las Letras llevó a muchos madrileños y emigrantes, incluidas las mujeres del paseo, a poblar el entonces Barrio de Maravillas, cercano al centro y más barato.

Segundo dato: la esperanza de vida para los hombres era de 34 años y para las mujeres de 30, que a menudo fallecían durante el parto o por complicaciones relacionadas con él. Si un recién nacido moría antes de las 24 horas no existía para las estadísticas. De las y los supervivientes a este primer día, un 40% fallecía en la infancia.

Aprovechamos para presentarnos. La mitad somos madrileños y madrileñas jóvenes, la mayoría parejas. La otra mitad la forma un grupo de mujeres vascas de tres generaciones diferentes que ha aprovechado una escapada a Madrid para conocer otra parte de su historia. “Siempre intentamos hacer alguna visita cultural diferente. Y nos interesaba este paseo por el protagonismo de las mujeres”.

La primera protagonista del recorrido es Teresa Montalvo y O’Farrill (1771-1812), condesa de Jaruco, nacida en La Habana y posteriormente vecina de Madrid. En su desaparecido palacio, sito entonces en esta plaza, se encontraba uno de los salones más famosos de la época y por el que transitaron políticos, escritores y artistas como Moratín o Goya. La condesa es recordada, no obstante, porque después de enviudar en 1806, mantuvo un apasionado romance con José Bonaparte, hermano de Napoleón y rey de España entre 1808 y 1813. En el diario de Elizabeth Vassall Fox, conocida como Lady Holland, es descrita así: «Mujer habanera y hermosa, voluptuosa en extremo, vive entregada por completo a la pasión del amor». Dentro de nuestras fronteras, una coplilla fue más concisa: «La condesa tiene un tintero, donde moja la pluma José I».

Loreto del Prado

Loreto Prado

 

Las bulliciosas calles del barrio permanecen tranquilas: es sábado por la mañana y a estas horas el vecindario del festivo barrio duerme. Interrumpen esta paz turistas despistados arrastrando maletas, probablemente camino de un apartamento turístico o de un piso reconvertido en un alojamiento de Airbnb. La cercana y pequeñísima calle de Loreto Prado (1863-1943) y Enrique Chicote es la siguiente parada. El orden de los nombres, con el de la actriz en primer lugar, no es casual: ella fue la estrella. Nacida en 1863 en la cercana calle de la Madera, cuenta la guía de Carpetania que Prado, su hermana y su madre comenzaron a coser para ganarse la vida tras la muerte del padre, de profesión abogado. Cuando las vecinas más pudientes de la familia recibían visitas llamaban a Loreto para que contara fábulas o cantara zarzuelas, dándole por aquel entonces una buena propina por sus espectáculos. Por pura necesidad, con 14 años comenzó a actuar como meritoria en el Teatro Felipe, donde terminó sustituyendo a la primera actriz. Desde entonces hasta el día de su muerte llenó salas por toda España, realizando más de 2.000 obras, algunas hasta 600 veces. En uno de estos teatros se encontró con Enrique Chicote. Pareja inseparable en lo profesional y lo personal, vivieron juntos, pero nunca se casaron. El título de la biografía de Chicote, La Loreto y este humilde servidor, demuestra la inteligencia del actor y productor, que supo quedarse en un segundo plano frente a la celebérrima artista.

La guía edulcora el paseo con una anécdota: “Cuentan que una vez en un teatro de provincias un autor escibió un sainete donde Loreto al terminar moría. Se dice que ella era tan sentida que al finalizar se desmayó y el público saltó del patio de butacas y buscó al escritor para intentar matarlo”, explica ante las risas de su audiencia. Cuando Prado falleció, Azorín escribió: “¡Adiós, querida Loreto Prado! ¡Adiós, que contigo te llevas un pedazo de la escena española contemporánea y un fragmento de la vida de este escritor!”.

A pocos metros, en la calle Ballesta esquina Loreto Prado y Enrique Chicote, vivía la espiritista del recorrido: la escritora Amalia Domingo Soler (1835-1909). Cuando cumplió 25 años, ya talludita para la época y por entonces huérfana, la familia de esta sevillana le dio dos opciones: o entraba a un convento o se casaba. Ante esta tesitura, Amalia salió corriendo y llegó hasta Madrid, donde podía vivir de manera independiente. Cayó en el barrio de Malasaña y, del mismo modo que la mayoría de las mujeres de este siglo, se dedicó a coser. Con problemas de vista desde niña, acudió en Madrid a un médico homeópata que la pondría en contacto con los espiritistas. A los poemas que desde niña escribía sumó entonces artículos para revistas espiritistas y una amplia producción considerada fundamental para esta doctrina en auge, debido a la anteriormente comentada mortalidad.

Rosalía de Castro

Rosalía de Castro

Muchos de los edificios del barrio apenas han cambiado en el último siglo: bloques estrechos de dos o tres plantas con pequeños balcones y ventanas al exterior que van decreciendo a medida que se asciende. A falta de ascensores las clases más pudientes vivían en los espaciosos primeros pisos, mientras que las familias más pobres habitaban las plantas superiores de menores dimensiones, buhardillas incluidas. En el número 13 de la calle Ballesta vivió Rosalía de Castro (1837-1885). La poeta y novelista gallega llegó a Madrid en 1856 con 19 años y aquí publicó su primer libro de poemas, La flor, que despertó las alabanzas de su futuro marido, Manuel Murguía, en el periódico La Iberia. La pareja se casó en una iglesia del barrio, San Ildefonso, pero apenas un año después Rosalía volvió a Galicia para dar a luz a su primer hijo. Existen diversas hipótesis sobre la relación del matrimonio, que tendría siete hijos de los que se ocuparía Castro. Cabe destacar, no obstante, que en una época en que la mujer era considerada inferior al hombre e incapaz para la creación cultural, Murguía la apoyó en su labor literaria, siendo responsable de la publicación de Cantares gallegos, obra iniciadora del Rexurdimento. “Conservamos una carta que escribió hablando de la época. Enferma de cáncer, cuenta que le recomendaron beber leche de burra, que se vendía en el barrio. Se trata de una leche con más proteínas que la de vaca que tomaban los niños y enfermos, pero que lógicamente no hizo nada contra su enfermedad”, explica la guía.

Portada de una novela de Carmen de Burgos

Portada de una novela de Carmen de Burgos

La primera periodista contratada en la redacción de un periódico español y la primera mujer corresponsal de guerra, además de una prolífica escritora pionera del feminismo, fue Carmen de Burgos (1867-1932), conocida también como Colombine. En la calle Puebla, este paseo recuerda a la insigne vecina de Malasaña, nacida en Rodalquilar, Almería, y casada con 16 años. El matrimonio fue desastroso para De Burgos: su marido la maltrataba y le era infiel. Sus tres primeros hijos fallecieron prematuramente y la cuarta logró sobrevivir: juntas huyeron a Madrid después de que Colombine estudiase Magisterio  y obtuviera una plaza por oposición en Guadalajara. En 1901 y con 34 años, De Burgos comenzó una nueva vida en la capital: escribió un sinfín de artículos periodísticos, 150 libros, hizo campaña para que se legalizara el divorcio y se aprobase el sufragio femenino y, tras cubrir la Guerra de Marruecos, defendió la objeción de conciencia. “Como mujer hace dos cosas que no hicieron los hombres que fueron allí como periodistas”, asegura la guía. “Por un lado, se convierte en enlace entre madres y soldados. Por otro, consigue entrar en las casas de las mujeres rifeñas. Aparte de cubrir el conflicto, se fija en la vida cotidiana y en la gente”, añade.

Creó una tertulia semanal en la calle San Bernardo donde conoció a su pareja durante 20 años, el escritor Ramón Gómez de la Serna, entonces un desconocido estudiante de 19 años. En su autobiografía, De Burgos se describe así: “Detesto la hipocresía y como soy independiente, libre y no quiero que me amen por cualidades que no poseo, digo siempre todo lo que siento y que se me antoja”. Tras la Guerra Civil y la victoria del régimen franquista, su nombre fue incluido en la lista de autoras y autores prohibidos y su obra desapareció de bibliotecas y librerías.

Placa en el edificio de Malasaña en el que nació Clara Campoamor

Placa en el edificio de Malasaña en el que nació Clara Campoamor

En la calle Marqués de Santa Ana 4 nació Clara Campoamor (1888-1972). Mientras la guía relata su apasionante vida, una vecina octogenaria nos observa desde la acera de enfrente y exclama con una sonrisa: “¡Cuéntelo usted bien, que gracias a esta señora las mujeres tenemos voto!”. Con 10 años, la muerte de su padre obligó a Campoamor a dejar los estudios para colaborar en la economía familiar. Trabajó como modista, dependienta de comercio, telefonista, telegrafista y profesora de taquigrafía y mecanografía. Ya adulta comenzó a estudiar bachiller y posteriormente Derecho, licenciándose en 1924. Con 36 años se convirtió en una de las pocas abogadas españolas de la época y comenzó a ejercer en un despacho de la plaza del Ángel, cuentan en el paseo. Pero tratando de defender a las mujeres se da cuenta de que es imposible: no logra ganar los juicios porque las leyes se lo impiden, de forma que intentará cambiarlas a través de la política. Defendió el sufragio femenino –por cuyo discurso frente a Victoria Kent es recordada–, la legalización del divorcio o el reconocimiento en igualdad de las hijas e hijos ilegítimos. “He trabajado para que en este país los hombres encuentren a las mujeres en todas partes, y no sólo donde ellos vayan a buscarlas», afirmó la política, que murió exiliada y olvidada en Suiza en 1972.

El libro de Rosa Chacel (1898-1994) Barrio de Maravillas (1976) descubre cómo era la vida en el Madrid de principios del siglo XX. Por ejemplo, en el paseo explican cómo las mujeres trataban de abortar a partir de lo narrado en la novela, donde una criada es violada por el señor de la casa. Primero, intentaban tirarse desde un lugar alto. Después, bebían agua de Carabaña, famosa por sus propiedades y por provocar diarreas. Lo siguiente eran las clínicas abortivas, como la que existía en la actual plaza del Rastrillo. Y, si nada de esto funcionaba, las jóvenes se retiraban a unas pensiones baratas en la zona de Atocha hasta que tenían el bebé y lo entregaban en un convento o en la inclusa, donde la mortalidad era prácticamente del 100%.

En el libro Chacel también cuenta que todas las tardes iba a comprar leche a una vaquería, la Granja Flor de Mayo, quizá la misma que surtía a Rosalía de Castro. En la esquina de San Vicente Ferrer y la calle San Andrés se conservan las fachadas y los azulejos originales de algunos negocios de esta época. Es el caso de la Antigua Huevería y la Farmacia Juanse, que logran trasladarnos dos siglos atrás, aunque su interior haya sido ocupado por nuevos emprendimientos hosteleros de casual food, desayunos y brunch.

Rosa Chacel

Rosa Chacel

Nacida en Valladolid, Chacel llegó a Madrid con 10 años y no publicó el mencionado libro hasta superar los 70. Perteneciente a la Generación del 27, la escritora vivió entre 1908 y 1914 en la calle San Vicente Ferrer 32, en el barrio entonces conocido como Maravillas por la virgen de la iglesia homónima. Precisamente en su puerta quedaban la siguiente mujer ilustre del recorrido, Emilia Pardo Bazán (1851-1921), y su amante, Benito Pérez Galdós. Como aristócrata que era, después de trasladarse a Madrid con su marido, la escritora gallega vivió en un palacete cercano, en la calle San Bernardo. Dicen en el paseo que le encantaba pasear, fumar y comer patatas fritas. Escribió en la prensa, firmó multitud de novelas, fue una precursora de la literatura negra y la primera mujer socia del Ateneo de Madrid, aunque no fue aceptada en la Real Academia Española.

Hoy el barrio es conocido como Malasaña por Manuela Malasaña (1791-1808), la última parada de la ruta en la Plaza del 2 de mayo. Durante la invasión napoleónica, los franceses prohibieron a la población madrileña portar armas, lo que incluía las tijeras de coser que muchas de nuestras mujeres llevaban. Existe la teoría de que Malasaña murió durante los enfrentamientos mientras suministraba pólvora y municiones a su padre en el cuartel de Monteleón, pero los historiadores creen que es más posible que esta fuera la labor de otras heroínas anónimas. El relato popular también asegura que unos soldados franceses intentaron abusar sexualmente de ella y que la joven se defendió usando sus tijeras. Más allá de la leyenda, o las diferentes versiones de su muerte, Malasaña debió de ser prendida por llevar las mencionadas tijeras y fusilada de inmediato. No es tan célebre, en cambio, Benita Pastrana (¿1791?-1808), quien también falleció durante los levantamientos. O Clara del Rey (1765-1808), quien aun teniendo una calle con su nombre en Madrid, poca gente conoce que también murió luchando durante los enfrentamientos.

Todas estas mujeres, concluyen desde Carpetania, fueron ejemplos de vida en un momento en que las mujeres estaban consideradas seres casi irracionales. Unas rebeldes que rompieron con las normas establecidas simplemente por expresarse, dar voz a sus necesidades, trabajar e intentar ser libres. Tratando de recuperarlas y recordarlas, esta asociación de paseos especializados ofrece los recorridos Mujeres de Malasaña, Mujeres del siglo XX y prepara otro sobre la segunda mitad del pasado siglo centrado en mujeres modernas y yeyés.

Además, la escritora y vecina del barrio Ana Rossetti (1950-) está elaborando un mapa sobre malasañeras ilustres que incluye a todas las mencionadas y a otras tantas. Como Concepción Arenal (1820-1893), precursora del feminismo que defendió el acceso de las mujeres a la educación, el deporte y la cultura física –esta última cuestión, recuerda Rossetti, levantó ampollas en la época–; y denunció la situación de las cárceles de hombres y mujeres, la miseria en las casas de salud o la mendicidad.

Malasaña, el barrio de las rebeldes
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Periodista Freelance. Escribo en El Mundo en las secciones de Televisión, Madrid y Papel. He hablado de cine y series en la revista Hobby Consolas.

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