“¡Cómo vamos a enviar a una mujer a la guerra!” Ficciones, Reseñas

‘Reporteras españolas, testigos de guerra’ rescata la historia de cinco siglos de periodismo de guerra en España hecho por mujeres y denuncia el paternalismo y machismo que imperan en los medios aún hoy en día  

José Alejandro Adamuz

Portada del libro 'Reporteras españolas, testigos de la guerra'.

Portada del libro ‘Reporteras españolas, testigos de la guerra’.

Este es uno de esos libros que sólo se pueden escribir con coraje. Primero porque trata de guerras y conflictos, situaciones donde hace falta valor y de las que la mayoría solemos huir. Segundo, porque hace visible una gran parte del periodismo internacional español, y para ello hay que revisar y cuestionar mucho. Y tercero, porque sin decisión, ninguna de las treinta y cuatro periodistas que aparecen en el libro, ni todas las demás representadas en ellas, habrían logrado ejercer su profesión. Que no todo es Manuel Leguineche, Arturo Pérez-Reverte o Jon Sistiaga, vaya.

Quien escribe este libro es alguien que sabe que la guerra huele a pólvora, a combustible quemado, a cuerpos carbonizados, a aguas estancadas y polvo y que es la situación más extrema que puede experimentar una persona. Y si Ana del Paso lo sabe no es porque se lo hayan contado, sino porque lo ha vivido a lo largo de todos los años que lleva dedicados al reporterismo, desde 1980. De esa experiencia y del estudio académico que inició al descubrir que no había nada escrito sobre el trabajo de las periodistas españolas en conflictos armados, surge Reporteras españolas, testigos de guerra (ed. Debate).

Cinco siglos de periodismo hecho por mujeres

Portada del libro 'Reporteras españolas, testigos de guerra'.

Portada del libro ‘Reporteras españolas, testigos de guerra’.

El libro de Ana del Paso cubre un vacío en el periodismo español que es reflejo del machismo de la sociedad. Y para ello va hasta los mismos orígenes, porque, como dice la autora, “nunca deben quedar en el olvido las precursoras de las reporteras de hoy”. Ahí está Egeria, la viajera y escritora hispanorromana del siglo IV, como antecesora de todas. Y hay más, a caballo entre el siglo XVI y el XVII, Francisca de Aculodi, la primera periodista española, y Beatriz Cienfuegos, y ya en el siglo XIX, las pioneras del feminismo en España, como Emilia Pardo Bazán, Concepción Arenal o Concepción Gimeno Flaquer. Tras ellas, las primeras periodistas profesionales como Carmen de Burgos (Colombine).

Es conocida la anécdota que explicaba Carmen de Burgos: cuando llegaba a la redacción del periódico con un nuevo reportaje, le preguntaban siempre que de parte de quién traía el artículo. Y de aquellos polvos vienen estos lodos. Aún así, como evidencia Ana del Paso, el mérito de estas mujeres fue espectacular. Ahí está María Teresa de Escoriaza, quien logró el derecho a firmar las notas que enviaba en 1921 desde Nueva York para La Libertad con su propio nombre tras el reconocimiento previo que se labró entre sus colegas cubriendo la guerra de Marruecos. Y, entre otras, Margarita T. de Herrero y Hazte que cubrió la invasión italiana de Etiopía en 1935 para el diario Le Journal. Allí coincidió con otra española, Dolores Pedrosa. Y ambas, según el relato del general de división Gonzalo Jar Consuelo que recoge Ana del Paso, provocaron “un importante revuelo entre los numerosos colegas allí destacados”.

Pero cualquiera de los logros alcanzados por todas las pioneras se perdió durante el franquismo. La obra de todas ellas fue relegada al olvido, como si también se hubieran cavado fosas en las cunetas para enterrar hojas impresas. “El trabajo de las mujeres dedicadas al periodismo -explica Ana del Paso- se vio restringido a asuntos de familia, el corazón, sociedad y cotilleos, el cuidado de la casa y la decoración”.

La posibilidad, de nuevo, de abrir espacios en las redacciones de los periódicos no llegó hasta la muerte de Franco y el restablecimiento de la democracia en España. Y de nuevo, fue complicado. En el libro, Ana del Paso recoge la anécdota contada por Carmen Sarmiento, quien llegaría a ser subdirectora del mítico Informe Semanal, cuando se presentó voluntaria para cubrir el golpe de Estado en Etiopía contra Haile Selassie. Su jefe por entonces en TVE, Victoriano Fernández de Asís, le espetó: “¡Cómo vamos a enviar a una mujer a la guerra!”.

Poco a poco, se fueron desmontando paternalismos de este tipo y llegaron veteranas como María Dolores Masara, Teresa Aranguren, Rosa María Calaf o Maruja Torres. En concreto, fueron la televisión pública y la agencia EFE los primeros entes en enviar mujeres periodistas a cubrir conflictos armados. Al respecto, Maruja Torres da testimonio en el libro de cómo logró hacerse respetar. A su talento, añadió decisión: “Me la jugaba como ellos (y más que algunos de ellos) y bebía tanto como ellos, aunque no tanto como alguno de ellos”.

Tras ellas, legión. La I Guerra del Golfo, cuenta Ana del Paso, fue una oportunidad aprovechada por muchas. Y con los primeros canales privados no sólo llegó la telebasura, también se fue incrementando la presencia de reporteras en los medios. Al menos, hasta la primera gran crisis, la de 1993-1997, que impactó de lleno en el periodismo. El repaso histórico sigue hasta las más jóvenes, nacidas en los 80, que se han ido incorporado al periodismo en un contexto de crisis económica, de precariedad freelance y de la irrupción del pseudoperiodismo en las redes sociales.

Pero Reporteras españolas, testigos de guerra va más allá de una revisión de la historia del periodismo español. Es también un fiel retrato de un oficio que nace de la pasión, a la vez que se reivindica y humaniza un gremio que se ha mitificado en demasiadas ocasiones en series de televisión y películas.

¿Mayores peligros por ser mujer? Solo hay uno

“Informar de una guerra -explica Ana del Paso- es una de las experiencias más duras por las que puede pasar una periodista”. Y si ya es complicado de por sí, todas las periodistas que aparecen en el libro coinciden en lo complicado que es ir salvando discriminaciones, el tener que demostrar constantemente que sí se puede hacer, el tener que justificarse, incluso, por estar, por querer cubrir un conflicto, cuando, como indica Almudena Ariza en uno de los testimonios recogidos, cubrir un conflicto “no es cosa de hombres porque no depende del género, sino de la actitud”. Dar una bofetada también es actitud. Por ejemplo, la que propinó Carmen Postigo a un “reputado periodista” para que reaccionara porque había entrado en pánico durante un bombardeo en Sarajevo.

“Tal vez el único peligro sea ese: el miedo, que no entiende de género, y que como explica Ana del Paso, “es el peor enemigo para emprender y perseguir los sueños”. Hay que seguir desmontando estereotipos porque la historia del periodismo en España no se entiende sin las protagonistas de este libro. Todas ellas fueron perseguidas, expulsadas, espiadas, retenidas, disparadas o vetadas en el ejercicio de su trabajo. Sí, exactamente igual que todos ellos”.

 

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