Violencia obstétrica: partos robados, cuerpos sometidos Análisis, Cuerpos

Exceso de instrumentalización. Infantilización. Patologización. Trato deshumanizado. La violencia obstétrica es la suma de violencia de género y mala praxis médica: está a la orden del día, pero no parece verse. O, quizás, no quiere verse.

Ilustración: Glòria Vives

Ilustración: Glòria Vives

“¡Ah, ahora te quejas, pero cuando jodías, ahí no te quejabas tanto!”, “Deja de comportarte como una niña o te rajo de arriba abajo”, “Como sigas llorando no te pongo la epidural”, “Aquí mando yo, si quieres tonterías modernas, te vas a otro hospital”. Insultos. Vejaciones. Faltas de respeto. Exceso de instrumentalización. Infantilización. Patologización. Dentro de las múltiples violencias que pueden llevarse a cabo contra las mujeres, la violencia obstétrica (la suma de violencia de género y mala praxis médica) ocupa un lugar importante: está ahí, a la orden del día, pero no parece verse. O, quizás, no quiere verse.

La violencia obstétrica es la ejercida por parte del personal sanitario sobre los cuerpos de las mujeres y su vida reproductiva, mediante un trato deshumanizado, un abuso de medicalización y una patologización de los procesos fisiológicos, por lo que puede ser tanto física (prácticas invasivas y medicalización injustificadas) como psicológica (humillaciones, omisión de información, infantilización). Se halla totalmente invisibilizada, por las causas generales en materias de género (machismo, desconocimiento por la población, uso inadecuado de la terminología, prejuicios, etc.) y por los sesgos específicos del género como categoría analítica de la salud (androcentrismo, falta de mujeres en los ensayos clínicos, etc.). ¿Por qué se produce? ¿Por qué no se ve? ¿Qué podemos hacer para detectarla y combatirla?

Un poquito de historia

Hasta el siglo XVI, los partos estaban en manos de las comadronas, porque todo lo relativo a la sexualidad femenina era considerado un saber femenino. Así, comadronas expertas transmitían su saber empírico de generación en generación. Pero a partir del siglo XVI, varios médicos varones comenzaron a interesarse por la obstetricia, a escribir tratados y a decidir que ése no debía de ser el cometido de las comadronas. Además, coincidiendo con el período de la “caza de brujas”, origen del control social sobre los cuerpos de las mujeres, se fue desplazando cada vez más la profesión de comadrona, quedando finalmente bajo las órdenes de un médico obstetra. Cuando los varones médicos desplazaron a las mujeres (curanderas, brujas, sanadoras, etc.) de la medicina en general y de la obstetricia en particular, podría parecer que esto se realizó en aras de una práctica más científica y objetiva, cuando nada más lejos. Porque las curanderas habían acumulado años de práctica empírica que los médicos despreciaban. El monopolio político y económico de la medicina no fue más que una imposición de la clase dominante, puesto que únicamente los varones de las clases sociales altas podían dedicarse al estudio de la medicina, hecho que duraba entre algunos meses y dos años y cuyos estudios jamás se completaban con una praxis como tal, siendo todo teórico.

Desde el siglo XVIII, los partos pasaron definitivamente a manos masculinas en Occidente: en dicha época aumentó la mortalidad de madres y recién nacidos a raíz de la medicalización de los nacimientos, pues los médicos de entonces desconocían las técnicas de esterilización e higiene básicas y sus instrumentos transmitían los gérmenes de una parturienta a otra. A partir del siglo XX, curiosamente, se agradeció a la medicina el descenso de la mortalidad materno-infantil, cuando fue realmente un problema autoprovocado. Pero sirvió sin ninguna duda de mecanismo para justificar su intervención imprescindible en los partos. Por lo tanto, excepciones aparte, las mujeres fueron puestas al servicio de los varones en todos los ámbitos, partos incluidos, y éstos les fueron arrebatados: los partos pasaron de las manos de las comadronas a las manos de los obstetras y de llevarse a cabo en los hogares a atenderse en los hospitales. En la actualidad, aunque existen obstetras de todos los géneros y colores, eso no les impide seguir ejerciendo una violencia que está sistematizada.

Medicina hegemónica e hipermedicalización de los procesos fisiológicos

Uno de los principales problemas al analizar cualquier cuestión de índole médica es partir de la premisa de que ésta es una ciencia neutral, objetiva y libre de prejuicios, cuando nada más lejos. La medicina está atravesada por cuestiones de género, de prejuicios y por el androcentrismo. Si el androcentrismo en la ciencia identifica lo masculino con lo humano en general, y al revés (equipara lo humano con lo masculino), hará, pues, de lo masculino la norma, siendo las mujeres la “otredad”, lo diferente. Por lo tanto, los varones aparecen como “la norma”, las mujeres como los “no-hombres”, esto es, como deficitarias porque “les falta algo”. El varón es la norma, la mujer la excepción. El varón es el tipo, la mujer lo atípico. Evidentemente, excluir sistemáticamente a las mujeres y sus problemáticas particulares de las investigaciones científicas se relaciona con la percepción que se tiene de la mujer en relación con las variaciones de la norma.

El salto de “lo diferente” a “lo patológico” es muy sutil: existe una auténtica medicalización de los procesos fisiológicos femeninos en todas las etapas de su sexualidad: menstruación, menopausia, embarazo y parto… Los excesos de medicalización afectan más a las mujeres, por los mensajes que sobre éstas lanzan los medios de comunicación, y por las confusiones entre la belleza y la salud que la industria farmacéutica fomenta. Y es que en una sociedad como la nuestra, no hay más que encender la televisión para observar cómo las mujeres parecen estar en el punto de mira, no ya sólo en cuanto a tratamientos estéticos (cremas anticelulíticas o antiedad, productos para adelgazar, maquillajes, tintes, tratamientos de depilación… ¡no hay un centímetro de cuerpo que quede libre de esta tiranía!), sino también desde el punto de vista de la salud (¿por qué siempre nosotras sufrimos de hemorroides, de intolerancia a la lactosa, de gases, de estreñimiento…?). Y más específicamente, todos los instantes de la sexualidad femenina se han patologizado, medicalizado, y pasado por un filtro de “enfermedad” para desnormalizar lo que deberían ser considerados estados naturales de la vida de las mujeres. Y sobre todo, y a causa de esto, hay un gran desconocimiento sobre cómo funciona nuestro cuerpo y cómo trabajar con él, lo que no ayuda precisamente a salir de este estado subyugado.

En general, las desigualdades en salud están marcadas por estereotipos de género, y sólo se superarán estas desigualdades cuando se frene la perpetuación de dichos estereotipos, se avance en el protagonismo de las mujeres respecto a su propia salud y se difundan las aportaciones en distintos temas sobre la salud de las mujeres. Además, los estereotipos de género que tengan las mujeres y hombres en nuestra sociedad afectan no sólo a los pacientes sino también a los profesionales sanitarios, esto es, a la asistencia sanitaria en general. Y éste es el quid de la cuestión: los profesionales no ejercen violencia obstétrica a propósito, lo hacen porque la medicina es androcéntrica, y a nivel estructural se ha encargado de perpetuar estos estereotipos, estas desigualdades, y la patologización normativa de los cuerpos de las mujeres. Además, si a la violencia obstétrica se le suman otras violencias (racismo, homofobia, lesbofobia, edadismo, capacitismo, transfobia…) la bomba está servida.

Violencia obstétrica y violencia de género: relación y legislación

La violencia de género es un mecanismo de control y subordinación de las mujeres y sirve para mantener el statu quo de la dominación masculina; se da contra las mujeres por el mero hecho de ser mujeres. El maltrato físico y psíquico se ha considerado tradicionalmente un derecho de los hombres sobre las mujeres, protegido aún en algunos países por la legislación o la ausencia de ésta. El problema de la violencia machista es que legislativamente está ligada al ámbito de la pareja o expareja: ¿qué pasa con la violencia de género que se da en clase, en el trabajo, en la consulta médica? Que está invisibilizada. Y la violencia más peligrosa es la que no se ve.

La violencia obstétrica es un tipo de violencia de género que escapa de la legislación: hace referencia a un conjunto de prácticas que degrada, oprime e intimida a las mujeres de distintas maneras (domesticar a las mujeres en el miedo a sí mismas es la estrategia de control definitiva para con sus cuerpos) dentro de la atención a la salud reproductiva. Aunque en otros países (como Venezuela o México) la violencia obstétrica está legislada dentro de las leyes de violencia de género, en España no existe legislación específica como tal, más allá de interpretar leyes generales de salud (ley de autonomía del paciente, ley general de sanidad, etc.) o de legislaciones específicas de algunas comunidades autónomas. ¿Cómo proceder entonces? En la mayoría de los casos, únicamente puede hacerse uso de las hojas de reclamación o sugerencias de los propios centros hospitalarios, hojas con nulo poder sancionador y a veces ni siquiera los usuarios de éstas reciben respuesta alguna: a menos que el caso sea de extrema gravedad, es muy difícil llegar a juicio.

La OMS lleva más de treinta años alertando de que las cesáreas nunca deben superar el 10-15 %, e insistiendo en la inconveniencia de rituales de medicalización sin justificación: enemas, rasurados, monitorización fetal, posición litotómica, episiotomías, inducciones, administración rutinaria de fármacos, ruptura artificial de membranas, etc. Sus recomendaciones están orientadas mayoritariamente a reducir al mínimo la intervención médica en partos de bajo riesgo y en los que no se presenten complicaciones, y con el propósito de que las madres puedan tomar decisiones sobre sus propios partos y conseguir así una experiencia más positiva. Aun así, España sigue teniendo escalofriantes tasas de cesáreas, de intervenciones médicas excesivas, de faltas de respeto hacia los ritmos naturales de los partos, de maniobras de dudosa utilidad. Y, sobre todo, la satisfacción de las usuarias con la atención recibida es muy baja: las secuelas no sólo físicas sino psicológicas que muchas sienten después de los partos pueden permanecer para siempre. Pero no son sólo las mujeres quienes sufren esta violencia obstétrica: también las y los profesionales son muchas veces obligados a ejercerla sin saber cómo romper con esta cadena de maltrato y de abuso. Ambos lados de la problemática –mujeres y profesionales– se encuentran atrapados en una patologización sistémica de la que no saben cómo escapar, porque forma parte de un problema estructural mucho más hondo y complejo.

Recuperar el control sobre nuestros cuerpos

Desde los inicios de la medicina moderna, existe una idea latente de que la fecundidad y la maternidad constituyen etapas vitales en las mujeres, que deben pasar irremediablemente por la sumisión al orden médico establecido, que ha desarrollado toda una maquinaria destinada a regular y controlar los cuerpos femeninos. Los profesionales de la salud, así, están socialmente legitimados para controlar y doblegar la voluntad de las parturientas, de manera simbólica, psicológica y física. Porque si las mujeres desearan recuperar el control de sus propios cuerpos, de sus propias sensaciones, se llevaría a cabo un auténtico choque de intereses, ya que el empoderamiento incomoda profundamente a los protocolos establecidos y hace que se tambaleen los cimientos mismos del poder biomédico.

La violencia obstétrica es una forma de control social porque legitima la pasividad de las mujeres, porque no es ajena a la estructura patriarcal donde dicha pasividad es lo esperable, porque no informa sobre las prácticas que realiza en los cuerpos, porque la evidencia científica más actualizada desaconseja prácticas –como la episiotomía rutinaria– que siguen usándose una y otra vez en protocolos hospitalarios que no se mueven ni un ápice durante décadas. Porque el maltrato y la humillación en los entornos institucionales están tan sumamente normalizados que constituyen el pan de cada día, independientemente del género de quien realiza dicho maltrato. Porque resulta una poderosa herramienta para lograr la sumisión de un modo a veces tremendamente sutil. Una manera de perpetuar los estereotipos de género y de conservar, una vez más, la posición privilegiada masculina.

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Violencia obstétrica: partos robados, cuerpos sometidos
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Eva Margarita García

Doctora en antropología por la Universidad Autónoma de Madrid, con la primera tesis sobre violencia obstétrica de Europa. Máster en estudios de género y licenciada en filosofía. Sigue investigando en temas de salud femenina y medicina hegemónica, trabaja como editora y ama a los animales, los libros y el ballet.

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