R-e-s-p-e-t-o por Aretha Franklin Ficciones, Música

Con la muerte de Aretha Franklin el pasado mes de agosto se extinguió una de las últimas estrellas de la edad de oro del soul, no sin antes legarnos un amplio catálogo de canciones de amor y combate.

Aretha Franklin cantando "My Country 'Tis Of Thee'" durante la inauguración presidencial de Barack Obama en 2009./ Cecilio Ricardo vía Wikimedia Commons

Aretha Franklin cantó durante el acto presidencial de Barack Obama en 2009./ Cecilio Ricardo vía Wikimedia Commons

Todo el mundo en Detroit presentía que Aretha Louise Franklin, la tercera hija del predicador Clarence Franklin, lo iba a tener crudo para lograr hacer pie en el mundo del espectáculo. El principal escollo era la propia existencia del predicador, “la voz del millón de dólares”, que con sus zapatos de piel de cocodrilo, su caché de cuatro mil dólares por sermón y sus ochenta discos grabados, poseía un aura de respetabilidad que espantaba toda competencia. En la ciudad, Clarence Franklin era el hombre que invitaba a desayunar a Martin Luther King, mientras que Aretha era simplemente Ree: una niña con gran potencial para la música, pero para quien no parecían existir los semáforos en rojo.

Esto era lo que la gente sabía sobre los Franklin, y después estaba lo que alguien les había dicho que otros les habían dicho. Por ejemplo, que al salir de la iglesia, al predicador le gustaba bajar un rato al infierno para hacer todas aquellas cosas que Dios reprobaría, y que tras la puerta de su casa era un hombre brutal. Por ejemplo, que Aretha encadenaba amantes fichados hasta los límites de Rio Grande, y que cualquiera de ellos podían ser los padres de los hijos que había tenido antes de cumplir los quince. En definitiva: se han contado muchas historias sobre las turbulencias que agitaron la existencia de Aretha Franklin, pero ella siempre se cuidó de guardar sus secretos bajo llave. “A la gente le gusta conjeturar sobre la tristeza que hay en mí”, dijo en una ocasión, “aunque lo cierto es que no hay ninguna”.

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Nacida en Memphis, Tennessee, en 1942, fue la hija de uno de los muchos matrimonios que durante esa década emigraron a Detroit, empujados por el creciente desarrollo industrial de la ciudad. Allí, Clarence Franklin alcanzó el éxito pastoreando a los fieles de la iglesia baptista, mientras su mujer luchaba por abrirse camino como pianista y cantante de gospel. La estancia de Barbara Franklin en Detroit, siempre a la sombra del gran hombre, fue corta en el tiempo y larga en infidelidades y golpes. Cuando Aretha contaba con apenas seis años, su madre ya había puesto tierra de por medio, sin intención de volver la vista atrás.

Antes de que la vida adulta se le echase encima de forma prematura, Ree pudo disfrutar sin embargo de lo que llamaríamos un ambiente propicio para el desarrollo de la conciencia social y la expresión artística. Tuvo que ver en ello el hecho de que, frente al patriarcado teórico que regía en la casa del temible Clarence, la niña fuese criada en la práctica al calor de las mujeres de la familia: una circunstancia que explica en parte el marcado aliento feminista que hoy identificamos con su música. No jugaron un papel menos importante las celebridades que entraban y salían de los dominios del predicador: ya citamos a King, pero Aretha también tuvo el privilegio de empaparse en las distancias cortas del arte de Mahalia Jackson, la reputada intérprete de espirituales y activista por los derechos civiles; o del virtuosismo de Art Tatum, el pianista de jazz admirado por Rachmaninov que parecía volar sobre las teclas.

Puesto que ella misma se reveló pronto como una gran pianista autodidacta, dueña además de una magnífica voz a la que únicamente le faltaba madurez y dirección, era cuestión de tiempo que su padre la introdujese en el oficio del canto religioso. Si Aretha Franklin tuvo una escuela fue la Iglesia, y aunque en el futuro su repertorio se desviase hacia la ruta de lo secular, algo en ella quedó atado para siempre al templo baptista de Detroit y a la música que allí interpretaba casi de puntillas, muy pegada a sus hermanas Carolyn y Erma. De las tres, Aretha fue la primera en grabar un disco, con apenas catorce años, y también la más precoz a la hora de enfilar sus primeros túneles.

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Como dije, nunca faltaron las habladurías, ni escasearon las teorías psicologistas a la hora de explicar por qué, con lo que ya sabía, se mantuvo unida durante ocho años a otro maltratador llamado Ted White. Tenía diecinueve cuando le conoció, algún disco relativamente discreto en su curriculum, y lo que parece claro es que White le ofreció al principio un trato difícil de rechazar.

Hablamos de la época en la que Aretha Franklin encaraba sus giras con Mavis Staples o Sam Cooke, de las que regresaba con la garganta y el hígado pidiendo piedad, y con una necesidad cada vez mayor de dar el siguiente paso dentro del negocio. White le habló entonces de John Hammond, que era como hablarle del hombre que tenía la llave de todas las puertas: un cazatalentos infalible que, decían, detectaba lo que lo que nadie detectaba, o lo detectaba antes que nadie. Así que Hammond, antiguo valedor de Bessie Smith o Billie Holiday, citó a Franklin en su despacho, la escuchó y después le abrió las puertas del sello Columbia. Años más tarde recordaría: “No cantaba como una chica de diecinueve años. Se podía notar que, a su edad, había vivido muchas más experiencias de las que cabría esperar en una chica tan joven”.

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Sin embargo, lo de Columbia fue como disparar unos cuantos tiros al aire. Los diez discos que Franklin grabó para el sello, armados sobre un disperso muestrario de diferentes músicas norteamericanas, suenan hoy como probaturas con las que testar los gustos del público y canalizar a ciegas el talento de la cantante. Desconcierta sobre todo la insistencia por ajustarla a la horma del jazz vocal, cuando en las grabaciones abundan los indicios de que Aretha corría ya en su propia dirección. Basta con escucharla, libre y sísmica, en el ‘Soulville’ que cierra su álbum tributo a Dinah Washington de 1964, donde aplica todos los trucos aprendidos en la iglesia a la hora de romperse la camisa a golpe de soul.

Aretha intuía desde hacía tiempo las enormes posibilidades comerciales y expresivas de este género, en parte gracias a su contacto con Sam Cooke, quien había comenzado a siluetear lo que más tarde se conocería como música soul en 1957, coincidiendo con su transición desde los espirituales negros a la canción profana. Apenas una década después, el soul era ya un fenómeno plenamente expandido y sujeto a numerosas modulaciones. Resumiendo: identificable por su sonido áspero cuanto más al sur de EEUU, y más pulido y bailable en dirección norte.

Con su sólida formación en góspel y blues, sus recursos interpretativos y sus cicatrices, Franklin reunía ya para entonces los suficientes poderes como para iniciar su propia revolución dentro del estilo. Pero tras su salida de Columbia en 1966 le faltaba lo más importante para sobrevivir dentro del negocio: una discográfica que confiase en ella. Por suerte, Jerry Wexler estaba a punto de cruzarse en su camino.

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Con este periodista de la revista Bllboard al frente de la dirección desde 1953, el sello neoyorquino Atlantic Records era en 1967 un gigante al que únicamente le faltaba dar el golpe del siglo. Aunque Wexler había logrado ya impulsar la marca Atlantic desde los barrios negros de la ciudad al mundo exterior, la creciente influencia del soul en la música norteamericana exigía que la discográfica incorporase a su catálogo, con la mayor celeridad, a alguien capaz de encabezar la vanguardia del género. Durante meses, el reto se convirtió en la gran ballena blanca de este hombre que ya lo había logrado casi todo en su vida profesional.

Aquella llamada telefónica llegó como caída del cielo. Al otro lado de la línea, alguien le comunicó que Aretha le debía casi cien mil dólares a Columbia, y que estaría dispuesta a grabar para Atlantic. Por supuesto, todo se cocinó a velocidad de crucero: en cuestión de semanas, Wexler había reunido ya a la crema de los músicos negros y blancos en los estudios Muscle Shoals de Alabama, con Aretha al frente. Pero todo salió mal: primero, unos cuantos chistes racistas enrarecieron el ambiente; unas horas después, las sesiones habían terminado con una bala incrustada en el techo y todo el mundo huyendo en direcciones opuestas.

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Pasó un tiempo hasta que los ánimos se templaron y el equipo logró completar el que sería el primer disco de Franklin para Atlantic, “I Never Loved a Man the Way I Love You” (1967). La obra inició un dilatado ciclo de éxitos que, cinco o seis álbumes más tarde, había generado ya en la competencia la sensación de que cualquier intento por controlar aquel fuego iba a ser inútil. No en vano, Aretha trabajaba sobre una fórmula sin fisuras, con fondos instrumentales de lujo y un repertorio ambicioso (con rúbricas de James Brown, Carole King, Curtis Mayfield o las propias Aretha y Carolyn) en el que a menudo resultaba imposible aislar los vaivenes íntimos de los temblores sociales.

En concreto, la elección de ‘Respect’ para abrir aquel primer disco fue clave de cara a su entronización dentro del feminismo negro. La historia es bien conocida: en la versión original de Otis Redding, el tema adoptaba el punto de vista de un perfecto macho sureño que, tras una larga jornada de trabajo, exigía entre líneas su derecho a un polvo. A Franklin le bastó con abrazar la perspectiva de la mujer del narrador para neutralizar el mensaje y hacerlo pedazos, convirtiendo a ‘Respect’ en el himno feminista más reconocible de la música afroamericana del siglo XX. En adelante, medio en broma, medio en serio, Redding se referiría a Aretha como “aquella chica que una vez me robó una canción”.

Su relectura de ‘Respect’ tuvo mucho de gesto prometeico: fue lo más cercano en términos de música pop al acto de arrebatar el fuego a los opresores para cedérselo a los oprimidos. Además, prendió la mecha de un tipo de canciones (‘Think’, ‘Chain Of Fools’) que se repetirían una y otra vez en su repertorio: dramas domésticos que podían leerse en términos de lucha colectiva, e historias de lucha colectiva hechas del caudal emocional recogido de puertas hacia adentro. Es posible que en 1968 hubiese cantantes de soul más elásticas que Aretha, pero ninguna con su capacidad de atravesar la conciencia del público de aquella forma.

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Llegó un momento en el que no solo era capaz de apropiarse del material más intimidante como quien roba manzanas de un árbol (“Hizo que los Rolling Stones sonasen como niños pequeños”, escribió el crítico Greil Marcus a propósito de su adaptación de ‘Satisfaction’), sino que podía poner su imagen pública al pie de los caballos sin que el aura de respetabilidad que la rodeaba sufriese ni un rasguño.

La prueba de fuego fue su apoyo a Angela Davis, en 1970, cuando la activista estaba encarcelada por cargos falsos y nombrarla equivalía a citar al diablo. Desoyendo todos los consejos, incluidos los del predicador, Aretha decidió ir más allá de una simple adhesión simbólica y se ofreció a pagar su fianza: “Voy a verla libre si es que queda algo de justicia en nuestros tribunales”, declaró entonces, “porque es una mujer negra y busca la libertad de la gente negra. Tengo el dinero; me lo dieron los negros. Y quiero usarlo de un modo que ayude a nuestra gente”.

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Algo estaba cambiando y nadie sabía hacia qué o hacia dónde. Pero todo eran síntomas, advertencias, convulsiones: el encarcelamiento de Davis, el asesinato de King, los asesinatos dirigidos por Manson, Vietnam, las canciones de amor de Aretha surgiendo de la contienda social y confundiéndose con ella. También cambiaba la música, claro: a partir de la segunda mitad de los años 70, el fenómeno soul parecía haber entrado definitivamente en recesión frente a la pujanza del funk y el sonido disco.

Para nuestra protagonista, la adaptación fue complicada y perdió el pie en no pocos momentos: incursionó en las corrientes de moda, volvió al góspel con discos incandescentes y penetró en los años ochenta casi a la sombra, pero grabando sin parar. Digamos que su influencia parecía seguir su propio camino: piensa en cualquier diva moderna con un gramo de poso soul y sí, también ahí puedes escucharla a ella.

Cuando decidió retirarse definitivamente, en 2017, ya no tenía nada que demostrar. Cantó en el funeral de King en 1968 e hizo llorar a Obama en 2015 con su interpretación de ‘You Make Me Feel (Like A Natural Woman)’. Frente a ella, el entonces presidente tuvo algo parecido a una revelación, que minutos después compartió con el mundo: “La historia de los EEUU brota cuando Aretha canta”.

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Sociólogo. Colaborador habitual en prensa musical, incluyendo las revistas 'Ruta 66', 'Mondo Sonoro' y distintas publicaciones online.

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