Me reconocí nada más verla Participa

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Alicia Santurde Gómez

Alejandro Poullain Diaz
Amor adolescente

Me reconocí nada más verla. Al otro lado del paso de cebra. Esperando el semáforo. Era castaña de pelo liso y lacio, no tendría más de dieciséis años. Le daba la mano a un chico de su misma edad, algo más alto. Con un flequillo ladeado que le caía sobre un ojo. El típico novio de instituto ideal: ni demasiado guapo, ni demasiado feo, ni demasiado popular, ni demasiado bicho raro. Perfecto para compartir con él tus gustos y tus primeras experiencias sexuales. Él llevaba unos pantalones anchos, cortos por encima de la rodilla y una camiseta de una popular revista de Skate. Me sonreí internamente, me trajo recuerdos. De una mano la llevaba a ella, de la otra un monopatín con pinta de necesitar aún mucho rodaje.

Pero ella, ella era la que llamaba la atención. Su aspecto era hermoso. Sin maquillar pero sin consciencia de su propia belleza. También llevaba una camiseta de una marca de monopatines que, por su tamaño,  se notaba que él le había prestado. Metida por dentro de una falda negra por debajo de la rodilla.

No podía estarse quieta. Se notaba la incomodidad que le provocaba su cuerpo en ese nuevo look improvisado a juego con su novio. Iba perfecta, moderna, con estilo, con desaire juvenil, pero ella todo eso no lo veía. Ella no podía parar de moverse, de tirar de su falda, de revisar los pliegues de la camiseta, de asegurarse de que su postura era la correcta, de erguirse un momento para volver a asegurar su falda por detrás para comprobar que no se había movido, que los botones seguían abrochados, que la largura no dejaba entrever nada que ella no desease. Como en un cuerpo prestado, como un cachorro salvaje atrapado en un disfraz de adolescente que no dejara de moverse intentando salir.
De pronto me recordé, en cada cola del supermercado, en cada bar de copas, en cada concierto, revisando la postura de mi cuerpo, la caída de mi ropa, odiándome en los reflejos de los escaparates, en los espejos de las tiendas de muebles, llorando en el ascensor de vuelta a casa, Evitando las playas, las piscinas, los planes con amigos en verano. Con treinta kilos menos que ahora, llevando fajas que me comprimían hasta desgastar mi piel por aparentar dos Centímetros menos, rebozándome en cremas reductoras que solo empeoraron el estado de mi piel, haciendo dietas que desestabilizaron mi metabolismo. Odiándome. Sentí una punzada helada en el corazón, mezcla de pena por mi yo pasado, mezcla de nostalgia por el tiempo perdido. Pensando que ojalá pudiera abrazar a aquella yo y pedirle perdón, y empezar a quererla, desde el principio , que era lo que se merecía, porque era hermosa, porque me acompañó, porque me trajo hasta aquí de la mano.
El semáforo se puso en verde. Levante con el pie el freno de la sillita donde descansaba plácidamente mi hijo y empecé a cruzar el paso. Ella inició también su camino, iba a pasar justo junto a mí. Por un momento quise parar esa marea humana anónima. Cogerla del brazo. Mirarla a los ojos. Decirle “Eres perfecta, siempre lo has sido, siempre lo vas a ser, no dejes que nadie te haga creer lo contrario. Ni siquiera tú misma trates de auto convencerte de ello. Porque es mentira “.
Pero no lo hice. Trate de establecer contacto visual con ella. Una especie de código mental entre mujeres. Pero evito mi mirada. La señora del carrito que la miraba fijamente no tenía nada que aportarle. Era más fácil que yo imaginara su historia a que ella asumiera que yo también tenía una.

 

Me reconocí nada más verla
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