Lo que Merlí te esconde Ficciones, Pikara en serie

Esta serie no es un ejemplo de lo que debería ser un profesor ideal pero sí de lo mucho que tienen en común el machirulo ilustrado y el lerdo, el catalán y el del resto de España.

Francesc Orella interpreta al profesor de filosofía Merlí Bergeron

Francesc Orella interpreta al profesor de filosofía Merlí Bergeron

“Lo siento mucho, pero tienes que hacerte amigo del chulo para que la gente te tenga en cuenta: la vida es así de grotesca ¿vale?”: esta es la frase que condensa (por encima de cualquier otra cosa) el late motiv de Merlí (Héctor Lozano, 2015-2018), una serie financiada por la televisión pública catalana que se ha convertido en un referente para millones de  jóvenes de Cataluña y, luego, del resto del territorio español y de países como Brasil, México, Argentina o Chile.

Así estamos, en el contexto de Trump, el Brexit, el enardecimiento de los nacionalismos y la ultraderecha. Tiempos de némesis, de soberbia y puño en la mesa, de la estampida del monstruo que hemos querido educar en balde.

La frase se la dice Merlí, el profesor de filosofía que protagoniza la serie, a Iván, uno de sus alumnos enojado con el mundo al que intenta animar a retomar los estudios. Y lo hace aludiendo al cinismo y a la ley del más fuerte. Esa es solo una pequeña muestra de una serie afectada hasta la médula de sensacionalismos, narcisismos, machismos, mesianismos…: todo ese entramado facilón, comercial y dirigido interesadamente a hacerse coleguita de los más jóvenes en connivencia con un modelo de adulto infantilizado que pasa sus días escapando de la realidad (como si hubiera otra). Un modelo inadaptado, por otro lado muy atractivo porque ¿quién no se ha sentido inadaptada alguna vez? Un anzuelo peligroso que te obnubila y no te deja ver lo que hay bajo la superficie: la ristra de -ismos citados que constituyen la esencia más arraigada del patriarcado.

La soberbia

La palabra soberbia proviene del latín superbus y es la característica medular del espíritu totalitario, o dicho de otra manera, de esa actitud prepotente que le hace a uno sentirse por encima de los otros diferentes a él, a los que desprecia. Y el machista es soberbio por definición. En este punto sí hay que reconocer que lo ha cuadrado el autor de la serie y a la vez, mira qué bien, ha puesto luz sobre el origen etimológico de la expresión ‘machirulo’ (machista y chulo). Algo realmente trágico está ocurriendo, algo cerrilmente cegador (y contrario al objetivo de la filosofía y de “las luces”), cuando este ingrediente es la piedra angular del atractivo de un personaje y convierte a esta serie en una ejemplo de verdad, de ilustración, de enseñanza, de rebeldía y transformación de la sociedad.

Porque reconozcámoslo, esta serie no es un ejemplo de lo que es un profesor ideal. Pero sí me parece un ejemplo encomiable de lo mucho que tienen en común el chulo ilustrado y el lerdo, el chulo catalán y el del resto de España. Ese viejuno espécimen ibérico que se encuentra impregnado profundamente en nuestra cultura, común, por encima de cualquier otra diferencia, fanfarrón y machista, letrado o no, catalán o no: el superbus.

Merlí pasará a la historia por ser un modelo más de producto subvencionado por la administración pública que en pleno siglo XXI se dedica a azuzar a los jóvenes en contra del sistema aludiendo a la testosterona; o sea, un ejemplo de cómo seguir haciendo la misma basura patriarcal desde otras siglas, un ejemplo de eso que son incapaces de ver y por tanto de cambiar, un ejemplo peligrosísimo de ideología pretendidamente de izquierdas que ha calado profunda y extensamente en la juventud catalana previa al 1-O en nombre de los mismos cojones de siempre.

Porque, reconozcámoslo también, esta serie no gusta porque hable de filosofía, sino porque la usa para competir, como instrumento del que pone los huevos encima de la mesa, para apoyar de elocuencia solo aquello que le interesa. Utiliza el conocimiento para ver quien la tiene más larga y por ahí, mira, consigue que el rubiales superbus empiece a ponerse las pilas, haga carrera y hasta termine de profesor, y vuelta a empezar. Porque ahí está el error: mientras el objetivo de la educación, de la cultura, la creatividad o la ficción mainstream se concentre en aumentar la autoestima y la socialización de los abusadores y conflictivos, dejando de lado a los silenciosos, el “pedagogo” de turno puede irse a casa con el galardón a mejor proeza del año (porque no hay nada más satisfactorio que limpiar donde hay mucha mierda) pero, actuando sobre el conflicto en vez de prevenirlo, ¿ha contribuido de forma trascendente a cambiar algo?

Sin embargo, la soberbia “es atractiva y mola”, aunque contradiga de pleno la suprema octava de la sabiduría: la humildad, el poner en duda no solo a los demás sino a ti mismo y a todo lo que consideras tuyo. La soberbia “mola” porque en realidad siempre se desea echar la pata encima al que te contradice y, en este caso, el saber o el ‘parecer que se sabe’ se usa con ese fin. Quienes dudan, quienes piensan antes de hablar, quienes tienen escrúpulos y no se dejan llevar por su goce personal sin tener en cuenta al resto, son los personajes pusilánimes de la historia, aquellos que solo se merecen compasión (si no el olvido) y, en cualquier caso, están reducidos a servir como contraste o complemento de los magnéticos y dominantes superbus.

La misoginia

La ristra de ejemplos sexistas de esta serie es tan grande y abrumadora que una no sabe por dónde empezar. Durante la primera temporada (la más auténticamente marca ‘Héctor Lozano’), la discriminación es tan absoluta y difiere tanto de la realidad que no es posible entender cómo un sello tan misógino fuera pasado por alto por una televisión pública. Mi hija es una adolescente apasionada de la filosofia que no pudo pasar de los primeros capítulos: “Es un insulto, mamá, un timo, no la veas”, me dijo notablemente cabreada.

Para empezar nos muestra un instituto público de preeminencia masculina (tanto en alumnos como en profesores) cuando la proporción real es ostensiblemente a la inversa, pero indudablemente hay realidades que interesan a la serie y esta no es una de ellas. Y a pesar de las modificaciones realizadas en las siguientes temporadas, intentando resarcir la protesta feminista generada, el sexismo infecta la obra hasta el final.

Mientras que la homosexualidad masculina es presentada con flamante naturalidad y diversidad (quizá porque el autor de la serie es gay), las lesbianas no aparecen, la transexualidad se trata soezmente y las chicas siguen patrones estereotipados y alejados de la profundidad y el magnetismo de sus compañeros (la maternal Tania, la celosa Berta, incluso Osaka, que parecía revertir el desequilibrio, acaba quedando reducida a hacer de madre no solo de su hijo, sino del infantil Gerard, compitiendo con su sobreprotectora “suegra”).

Otros ejemplos, además de lo ya expuesto, son el jactancioso modo en que Merlí muestra su título de macho alfa ilustrado conquistando en un tiempo récord no solo a toda profesora joven y atractiva que pasa por el instituto, sino también a las madres de su alumnado; el capcioso uso del feminismo en el fétido personaje de Coralina, la versión falsa de Merlí en Silvana, la profe que se escaquea en Elisenda, la ausencia de evolución positiva de todos estos personajes femeninos, frente a la de ellos; y, así, un listado premeditadamente detallado a la vez que celosamente oculto tras una arcada de aparentes concesiones. Podéis ver más sobre las muestras del sesgo sexista de Merlí en Zena.

Pero quizá el aspecto en el que la serie de Héctor Lozano resulta más previsiblemente coherente reside en la ausencia de Simone de Beauvoir entre los filósofos tratados (la única mujer que ha conseguido estar incluida en el programa de selectividad de varias comunidades autónomas españolas). La aportación de esta pensadora al mundo de las ideas reside precisamente en dejar constancia de que no podemos realmente saber “la verdad” sobre las cosas sin tener en cuenta la subjetividad de quien MIRA, de quien interpreta la realidad, porque esta va a determinar el marco o sesgo que percibimos. Esta idea que resulta especialmente oportuna y clave, no solo para entender el feminismo, sino para filtrar la sobreabundancia de “verdades” propias de la cultura actual, para librar la batalla contra el poder de lo aparente, el totalitarismo y la soberbia, no se consideró de interés para la serie. Sin duda, si el autor de Merlí hubiera tratado a Simone, hubiera resultado histriónicamente incoherente en el contexto de su “brillante” producto audiovisual.

Lo que Merlí te esconde
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Esther Marín Ramos es Licenciada en Periodismo, Doctora en Sociología de la Cultura y psicodramatista. Aplica la teoría psicoanalítica, la sociológica y de género al análisis de la ficción narrativa. Escribe en diversas publicaciones y es autora del libro “La re-evolución social a través del cine: Argumentos cinematográficos de la crisis de la modernidad” (Valencia, Alfons el Magnánim, 2018).

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