Hombres oprimidos por el feminismo Opinión, Voces

Los machistas son los que más “sufren” los efectos de la revolución feminista en sus vidas, porque están perdiendo privilegios. Aquí un listado de los “agravios” que están sufriendo los hombres por culpa de las luchas por la igualdad, la diversidad, las libertades y los derechos humanos fundamentales.

Ilustración: Emma Gascó

Ilustración: Emma Gascó

Los hombres machistas sienten que la lucha de las mujeres es un ataque directo a su persona, y al género al que pertenecen, así que en vez de combatir las opresiones patriarcales se dedican a señalar a las feministas como las culpables de todos sus males. He aquí algunos de esos agravios que padecen esos varones mientras avanzamos hacia una sociedad igualitaria:

SEXO

– Ya no quedan mujeres vírgenes, puras, dóciles y sumisas. Todas tienen un pasado, una vida propia, sus  historias de amor y desamor. Todas están contaminadas por otros, con lo que les gusta a ellos tener jovencitas entregadas para estrenarlas y sentirse los dioses del Olimpo.

– Las mujeres ahora saben de sexo. Ya no son unas ignorantes, ahora leen, hablan, ven programas de televisión, y se ríen a carcajadas hablando de sexo. Ya no se conforman con lo que hay: ahora quieren encima disfrutar, manejar la situación, expresar sus deseos y su disgusto, se atreven a rechazar a un hombre a mitad del polvo, se atreven a elegir con quién se acuestan y con cuántos, y cómo. Son muy pesadas con el tema del autocuidado, es decir, muchas no follan sin condón: cada vez quedan menos mujeres que creen que las querrás más si se dejan penetrar sin preservativo. Ahora priorizan su salud y evitan tener que pasar por abortos o embarazos, así que a los hombres machistas les resulta más difícil llevar el timón del barco cuando tienen encuentros sexuales con ellas. Dicen lo que les gusta y lo que no, lo que les pone cachondas y lo que no, y para colmo quieren hablar horas sobre ello. Y no les importa herirte con su sinceridad: ya no fingen los orgasmos tanto como antes, y ahora dicen si se han sentido bien o no, si han disfrutado o se han aburrido. Resulta humillante para tantos machistas acostumbrados a los coitos de 4 minutos.

– Ahora las mujeres no necesitan un hombre para gozar en la cama. Y aunque ha sido así desde siempre, cada vez hay más parejas de lesbianas en la calle y en los bares, y su mera presencia coloca  a los hombres en el medio de la nada. Lo mismo con las mujeres bisexuales, que les descolocan más todavía. A muchos no les entra en la cabeza cómo pueden gozar entre ellas sin que haya un falo de por medio, y las acusan de odiar a los hombres, estar traumadas, y ser unas amargadas. Sin embargo, cada vez se las ve más seguras y más felices en el espacio público, se casan y pasean su amor sin vergüenza, ni culpa, ni miedo. No están incompletas, no les falta nada. No necesitan ningún hombre para el placer. Y mientras, ellos las buscan en el porno de manera obsesiva, porque allí su placer está centrado en el macho, se construye para el macho, y en la ficción es el único lugar en el que pueden sentir que las lesbianas están a su servicio. Espejismos para calmar sus miedos y frustraciones.  

AMOR Y MATRIMONIO

– Otro de los temas que más les duele es la libertad que sienten las mujeres para acabar con una relación de pareja cuando quieran. Es algo que no les entra en la cabeza, piensan algo así como: “Si esta mujer es de mi propiedad, no es libre para irse. No puede abandonarme, es mía, y de nadie más.”  Y por eso matan a diario a mujeres en todo el mundo: porque cuando quieren hacer uso de su libertad, el machista no lo tolera. Les parece un atentado a su honor y a su prestigio como macho dominante. Su sed de venganza es monumental: a ellos una mujer no les deja así como así. Antes muerta.

– Las mujeres ya no son sirvientas. Ya no están disponibles las 24 horas del día, los 7 días de la semana. No están tan domesticadas como antes. Trabajan, tienen amigas, hacen actividades en la comunidad, tienen vida social, y cada vez protestan más por la carga que tienen en sus hombros. Ahora resulta que quieren repartir la carga por igual y dejarles sin tiempo libre. Los hombres traen dinero a la casa y gozan de media, en España, cuatro horas al día de tiempo libre. Las mujeres en cambio solo tienen una hora al día, si no se quedan dormidas. La mayoría tienen doble jornada laboral: además de traer dinero a la casa, la limpia, la barre, la ordena, la friega. También cocina, lava platos, lava ropa, dobla ropa, coloca ropa, cuida las plantas y las mascotas, cambia pañales, hace la compra, ayuda a los niños con las tareas, administra el dinero, planifica las actividades sociales, controla los temas médicos, cuida las relaciones familiares, cuida a las personas enfermas, a las ancianos y a los bebés. Cada vez somos más las que exigimos a los hombres corresponsabilidad en las tareas domésticas y los cuidados, y eso implica que los hombres ya no pueden vivir con una criada que se ocupe de todo y que cubra todas sus necesidades de alimentación, abrigo, limpieza, sexo y afectos con alegría y con amor.  Y como cada vez hay menos mujeres dispuestas a esclavizarse, y cada vez más valoran su tiempo libre, y se están empoderando con las amigas, los hombres están perdiendo el privilegio de tener su criada sumisa solo para ellos. Sin importar la clase social a la que pertenecen: tanto los ricos como los pobres han gozado de una criada propia durante siglos. Hasta que estalló la revolución feminista y se fue todo al garete.

– Antes los hombres podían tener amantes y prostitutas, ahora es un motivo de divorcio. Sienten que están perdiendo su libertad para disfrutar de una vida sexual amorosa diversa y colorida. Antes se aceptaban las amantes haciendo como si no existieran. Ahora te puede costar la relación y el matrimonio: las mujeres exigen que la monogamia no sea sólo para ellas. Que si un hombre se compromete a ser fiel, no puede ya romper su pacto como siempre ha hecho.

– Antes las mujeres dependían de los hombres para todo: No podían abrir solas una cuenta en el banco, ni viajar sin autorización del padre o del marido, ni poner un negocio, ni tener autonomía económica. Eso las mantenía atadas a su función de sirvienta: dependían de la benevolencia de su dueño. Sólo podían estudiar si su padre o marido estaban de acuerdo. Su formación y su grado de cultura dependían del cabeza de familia. No elegían con quién se casaban. Ahora sí, y eso supone que entre un padre y un futuro marido, se interpone la voluntad de una mujer que quiere decidir con quién quiere compartir su vida. Y esto atenta contra los privilegios que ha tenido siempre un hombre para negociar con el futuro marido de su heredera, y para controlar el destino de su propia hija.

– Ahora son cada vez más las mujeres que contestan a los hombres, que les llevan la contraria, que se atreven  a desafiar su poder y a cuestionar su autoridad en el seno de la familia. Antes todo estaba en orden, cuando ellas permanecían calladas, sumisas y complacientes. Ahora no hay manera de cumplir con el rol de macho dominante: las mujeres están cada vez más rebeldes, más contestonas, protestan más, y cuando están hartas, se van (o lo intentan). También los hijos y las hijas se desmadran pidiendo una democracia en la institución familiar, cuando de toda la vida de Dios las familias han sido monarquías absolutistas en las que ellos ejercían de faraones, de dictadores, de reyes autoritarios. Ahora sienten que no hay forma de ejercer el control y de usar su poder para dominar a los demás, en especial, a sus esposas.

-Antes a los hombres se les permitía tener sus espacios de hombres en los que no estaban incluidas las esposas. Las tabernas, los burdeles, los clubes de caballeros… eran los sitios en los que los hombres hacían negocios, tenían mujeres a su disposición, y podían tener sus secretos. Ahora el espacio público es de las esposas, y se les obliga a hacer una vida social de parejas: asados los sábados en casa de los López, los domingos al fútbol con la esposa porque ahora resulta que les gusta mucho el fútbol a todas, los incontables cumpleaños, bodas, entierros, comuniones. comidas con los amigos, fiestas del pueblo, ir al cine… el único sitio al que no van las esposas es a la cena de Navidad de la empresa, motivo por el cual sube el pico de divorcios tras las vacaciones.

PATERNIDAD

– Los hijos e hijas ya no son de los padres, como antes. Si el padre decidía abandonar a la madre, podía abandonar a sus hijos e hijas o llevárselos. Por ley, los niños y las niñas eran propiedad del padre, y si la madre quería abandonarle, tenía que renunciar a sus hijos e hijas, uno de los mayores castigos para las mujeres rebeldes. Ahora ya no (excepto las mujeres que se casan con príncipes y reyes, que siguen firmando contratos que las obligan a renunciar a sus hijas si desean divorciarse).

– Cuando hay un embarazo no deseado, las mujeres piden responsabilidades y la ley está de su parte: obliga a los hombres a pagar la pensión económica. Antes los hombres patriarcales podían desentenderse de los hijos e hijas bastardas sin problemas. Ahora ya no pueden hacer como que no existen: tienen que pagar esa pensión o van a la cárcel. Siguen teniendo muchos hijos y cada vez más pensiones que pagar, y les parece una injusticia que el Estado les obligue por ley, incluso cuando no quieren vincularse afectivamente con sus bebés.

– Ahora las mujeres no necesitan un hombre para tener un hijo o una hija. Se inseminan, y pueden ser madres sin que haya ningún padre de por medio. Otro rol que los hombres pierden con la modernidad y la posmodernidad: su rol de proveedores de espermatozoides. No sólo las lesbianas recurren a las técnicas de reproducción asistida: también las heteras que se cansaron de buscar al príncipe azul para procrear, y que lograron desligar la idea de amor romántico de la maternidad. Las mujeres formamos cada vez más tribus de crianza en las que los hombres son bienvenidos, pero no son imprescindibles. 

ESPACIO PÚBLICO

– Ahora los hombres machistas ya no pueden piropearnos por la calle, ni acosarnos en el transporte público, ni mostrarnos sus genitales en una esquina, ni rozarse contra una de nosotras en la discoteca aprovechando el bullicio del gentío. Ellos creen que acosar sexualmente es un derecho natural de todo macho, y ahora se encuentran con que tienen que reprimirse porque las mujeres se han vuelto respondonas y groseras, te denuncian en media calle de estar acosándolas, te hacen fotos para denunciarte en las redes, y en muchos países constituye un delito. Les duele tener que reprimirse las ganas de hablarnos en el espacio público porque se divierten mucho haciéndonos sentir miedo, vergüenza o asco. Se sienten censurados y amordazados, y se quejan amargamente en redes sociales porque creen que les han quitado un derecho.

– Los hombres machistas ya no pueden contar chistes machistas, ni hacer bromas sexistas, ni poner en ridículo a una mujer delante de todo el mundo con la libertad de antes porque ahora cada vez más mujeres (y algunos hombres) protestan. Los hombres machistas creen que las feministas protestamos por todo y les coartamos su libertad de expresión: criticamos los discursos de odio en anuncios, guiones de las películas, noticias, concursos, todo nos parece machista.

– Los hombres están perdiendo credibilidad y presencia en el espacio público. Las mujeres antes siempre estaban en segundo plano, generalmente sosteniendo el paraguas, y ellos eran los que brillaban exhibiendo sus conocimientos y sus habilidades intelectuales, deportivas, científicas o políticas. Ahora las mujeres están invadiendo sus espacios, ya se atreven a dar lecciones a los hombres, y a situarse a su mismo nivel. Les roban el foco, acaparan la atención de los demás, les dejan en evidencia cuando les superan en conocimientos… Los hombres lo pasan fatal cuando se les cuestiona y se les quita su papel de protagonista y de maestro que todo lo sabe. La lucha contra el mansplaining pone en ridículo a todos los hombres que me explican mi libro, hombres que me explican mi conferencia, hombres que me explican cosas de las que nunca han leído… 

– Antes ningún hombre iba a la cárcel por violar a una mujer. Ahora sí. Antes podían forzar a cualquier mujer que desearan, porque nadie las creía, y porque todo el mundo las culpaba. Ahora las creen, y la culpa por fin empieza a recaer sobre los violadores. Y a los violadores no les gusta que definan sus reclamos sexuales como acoso o como violaciones. Porque además, en todas las películas el acoso es romántico, es una prueba de la pasión, es una condición natural del macho que pide su ración de sexo. Entonces no se entiende cómo ahora cuando una mujer dice que no quiere, haya que respetarla. Si toda la vida ha sido justo lo contrario.

– Antes los hombres que tenían empleadas a su cargo podían abusar sexualmente de ellas. Los patronos se aprovechaban de la enorme pobreza y la necesidad de las mujeres para forzarlas, y se entendía como un derecho natural de cualquier jefe, encargado, asistente del jefe, etc. Lo mismo las empleadas domésticas y las niñeras, que las cocineras, las secretarias, las enfermeras, las estudiantes, las obreras en las fábricas o las campesinas en época de recolección en tierras de hombres con poder. En todos los espacios laborales siempre ha habido esa jerarquía de poderes que ha permitido a los hombres violar a sus empleadas, ayudantes, trabajadoras sin ningún problema. Ahora en muchos espacios laborales hay protocolos anti acoso que protegen a las trabajadoras, y ya no pueden ejercer su violencia con la misma impunidad y libertad que antes.

– Ahora las mujeres pueden mandar a los hombres. En el ejército, en la policía, en los ministerios, en las empresas, en las instituciones, en todas partes hay jefas, directoras, juezas, presidentas. Aún son pocas, pero cada vez hay más, y eso les pone a los hombres machistas en una situación de subordinación que les resulta insoportable. Si en casa su compañera tiene más ingresos que él, entonces su frustración aumenta el doble, porque encima pierde su rol de proveedor principal y su puesto como rey de la casa que mantiene a su familia.

– Ahora las feministas pretenden quitarles su derecho a alquilar a una mujer por horas o por nueve meses para que le haga un hijo y se lo venda. Desde siempre los hombres han tenido a su disposición por pocas monedas o por mucho dinero a cuantas mujeres han querido. Para ellos es un intercambio en igualdad de condiciones, y forma parte de la desgracia de nacer mujer: todas están ahí para servir a un hombre, o a todos los hombres, según sea su estatus. Y se justifican diciendo que lo hacen libremente, porque les gusta hacerlo.

Seguro que hay más opresiones que se me pasan por alto: cuantos más privilegios pierden, más víctimas se sienten los hombres machistas. Las leyes se están poniendo de parte de las mujeres, y en la cama y en la casa, todas y cada una de ellas libra una gran batalla diaria por hacer valer sus derechos. Ellos sienten que están perdiendo la batalla, y se sienten frustrados e impotentes: por eso tienen un discurso tan victimista, y por eso tantos reaccionan de una forma tan violenta y brutal.

Luego están los hombres que se están beneficiando de los logros de la lucha feminista. Algunos se lo trabajan para liberarse de las opresiones del patriarcado y están aportando a la lucha desde sus espacios, y otros no hacen nada más que disfrutar de los avances del feminismo. Otro día hablaremos de ellos: hoy los protagonistas son los “hombres oprimidos” que sufren por la igualdad y los derechos de las mujeres.

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