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Cosas del directo: una anti-entrevista a Jeanette Winterson Entrevista, Ficciones

Cincuenta minutos de conversación con la autora británica sobre escritoras, clase social, feminismo, despertares lésbicos y robots sexuales.

Jeanette Winterson posa en el hotel en el que se aloja en Bilbao./ Archivo del Festival Ja! Bilbao

Jeanette Winterson posa en el hotel en el que se aloja en Bilbao./ Archivo del Festival Ja! Bilbao

No tenía ni idea de quién era Jeanette Winterson hasta que recibí una llamada de June Fernández mientras estaba en el ascensor: “Aurora, ¿conoces a Jeanette Winterson? Viene al Ja!, el Festival Internacional de Literatura y Arte con humor y se celebra en Bilbao. Winterson ha sido una referente para muchas lesbianas y en su libro bla, bla, bla… (…). Vamos, que tenemos la presentación de Pikara en Madrid, y no podemos entrevistarla nosotras. ¿Te animas?”. La entrevista era ese mismo fin de semana y tenía que hablar con un compañero para que me cubriera un par de horas en el trabajo. Acepté. Era lunes. Me puse a investigar sobre la vida de Winterson y a imprimir entrevistas suyas en inglés y castellano. En una primera ojeada me dije: qué pereza, quién es esta mujer y qué me va a contar esta british blanca de clase alta. El miércoles fui a la redacción de Pikara y June me prestó uno de sus libros autobiográficos: ¿Para qué ser feliz cuando puedes ser normal? La verdad es que el título parecía algo relacionado con el mindfulness, que se lleva mucho ahora. Andrea Momoitio, entre emocionada y rabiosa porque no podía entrevistarla, me decía: “Si es una borde, o una estirada, no me lo digas nunca por favor”. Por fin, dejé de ser una hater y me puse a leer el libro. Jeanette Winterson no era una escritora normal, ni tampoco de clase alta. Es por eso, que este artículo y el encuentro con Winterson va a ser narrado de una manera periodísticamente anormal. Adiós 5W, adiós.

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Me leí ¿Para qué ser feliz cuando puedes ser normal? de una sentada en la biblioteca. A todo esto, Jeanette Winterson no venía para hablar de esta obra autobiográfica -publicada en 2012 y centrada en su horrible relación con una madre autoritaria, fundamentalista religiosa y muy lesbófoba-, si no de su último libro, Días de Navidad: cuentos y recetas, pero pensé que me ayudaría a comprender su historia. El tiempo me pillaba, así que lo que hacía era leer cincuenta páginas por hora.

“¿LLEVAS EL SUICIDIO DE SYLVIA PLATH TATUADO?, ES LO PRIMERO QUE ME DICE. SIGUE PREGUNTÁNDOME: ¿Y AQUÍ, ¿CÓMO ESTÁ EL MOVIMIENTO FEMINISTA?”
Fumar un cigarro, descansar cinco minutos y a por otras cincuenta páginas. La entrevista era el sábado, pero me había prometido leerme el libro en un día. Lo terminé y salí de la biblioteca, envuelta en cólera, lágrimas y alivio. Empecé a admirar a Winterson. Llegué a casa e hice una búsqueda infinita sobre su vida, redacté las preguntas en inglés, y empecé a ponerme nerviosa, porque a pesar de que hable con fluidez el idioma y escriba correctamente, no tengo un Advanced que me lo acredite -200 euros tienen la culpa-.

Llega el sábado, 29 de septiembre. Hace sol en el botxo -cuando hace sol en Bilbao hay que escribirlo-, entro a trabajar a las 8 de la mañana y doy un repaso a las preguntas mientras nadie me molesta. A las 10 a.m. llega mi compañero de trabajo, el que me cubrirá un par de horas. Busco en el móvil: Hotel Ercilla Bilbao. Los datos me van mal, no tengo tabaco, estoy nerviosa. Me meto en el hotel equivocado y el recepcionista me pregunta: ¿vienes a la sauna, no? -intuyendo en mi cara el cansancio, estrés y sudor-. Me indica más o menos, pero sigo perdida. Maldigo a Bilbao y a mí misma, por llevar cinco años viviendo aquí y no haber salido del cerco Casco Viejo. Al final uso el comodín de la llamada y marco el número del que lleva la comunicación del festival. Casualmente, el hombre también estaba llegando y pudimos quedar en una calle e ir juntos hasta el hotel. Aquella vez, fue la primera que pisé un hotel de cuatro estrellas y la última que me pediría un vaso de agua con hielos porque pensaba que tenía que pagarlo de mi bolsillo. “¡Ay, Aurora!, qué pardilla eres a veces”, me dije. Después de tragar agua, converso con el manager en la cafetería hasta que llega Jeanette Winterson. Una mujer menuda entra por la puerta, vestida con tejanos y una camiseta básica color caqui, el pelo corto de rizo ancho y aún cara de dormida. Nos saludamos y sonríe a la vez que se fija en un tatuaje. “¿Llevas el suicidio de Sylvia Plath tatuado?”, es lo primero que me dice. Buscamos una habitación para charlar tranquilas. Ella sigue preguntándome: “Y aquí, ¿cómo está el movimiento feminista?”. Le contextualizo brevemente y luego le digo que vengo de Pikara Magazine, le explico qué es, quiénes somos y todo lo que hacemos.

Habitación propia y de clases

“Una vida dura necesita un lenguaje duro, y eso es la poesía”, escribe Winterson en ¿Por qué puedes ser feliz cuando puedes ser normal? Nació en 1959 en Manchester. Se gestó en el vientre de una madre que era operaria en una fábrica, en plena masa obrera. A las seis semanas de vida, Winterson fue adoptada y trasladada a Accrington, una ciudad que pertenece al condado de Lancashire en Inglaterra. Pasó del hedor de las fábricas y gris industrial, al olor de Evangelio sagrado, a Biblia. Fue adoptada por una familia de clase baja, de fuertes valores tradicionales y una madre fiel al movimiento pentecostal que le repetía: el Demonio nos llevó a la cuna equivocada, refiriéndose a la escritora. Winterson era Satán porque era lesbiana. Cuando su madre descubrió debajo de su cama los libros de historias de amor lésbico, los quemó delante de sus ojos. Incluso le practicó un exorcismo cuando se dio cuenta de que la primera pareja adolescente de Winterson era una mujer.

“NO ES LO MISMO ESCRIBIR VINIENDO DE UNA CLASE ALTA QUE DE UNA CLASE BAJA. CUANDO EMPECÉ A ESCRIBIR, NI SIQUIERA PENSABA EN OTROS FACTORES, COMO MI IDENTIDAD SEXUAL”
Su infancia, alimentada a base de pan blanco y queso, no fue fácil. La clase es algo que ha golpeado y pulido su obra y su persona. Escribir desde el eje social es política. “Mi condición social y de clase es algo que me ha acompañado toda mi vida”, dice. Una habitación propia es necesaria, pero hay escritoras que la edifican en diferentes condiciones marcadas por privilegios. “No es lo mismo escribir viniendo de una clase alta que de una clase baja. Cuando empecé a escribir, ni siquiera pensaba en otros factores u otras luchas, como mi identidad sexual. Simplemente sabía que era la clase obrera, la pobre. Antes que ser feminista, tenía que saber de dónde venía”, explica Winterson. “Yo era una mujer. Yo era una mujer de clase trabajadora. Yo era una mujer que quería amar a las mujeres sin culpabilidad ni burlas, añade”.

La escritora hace una pausa en blanco antes de recordar a sus primeras referentes feministas. Orlando, de Virginia Woolf, en la que aparece el primer personaje trans en la historia de la literatura, el ensayo Una habitación propia, o La mujer eunuco, de Germaine Greer, fueron algunas lecturas a las que tuvo acceso en la universidad que contribuyeron en su despertar. A pesar de haberse leído los libros de la A a la Z de la biblioteca de Accrington, casi no había podido acceder a literatura escrita por mujeres. “En esos momentos no pensaba que esas obras fueran feministas. Empecé a tener consciencia gracias a las obras de Adrienne Rich. Ahí dije: el patriarcado no es una ideología, el patriarcado está en todos los sitios, físicos o no. Comprendí que los hombres se autoasignan su propia autoridad”.

En el entorno universitario, Winterson tuvo que pelear contra el paternalismo impuesto por parte de profesores y con la ausencia de referencias de mujeres escritoras. “Las mujeres siempre hemos estado ausentes en el mundo literario y hemos tenido que compararnos con ellos para alcanzar su misma posición porque de tal modo no hubiéramos sido leídas. ¿Cuántas mujeres escribieron bajo seudónimo?”, pregunta. Winterson incide en que uno de los problemas es que siempre se ha tomado lo escrito por hombres como legítimo y válido: “De alguna manera, las mujeres que leen literatura interiorizan ese mensaje”.

No obstante, se muestra positiva y explica que esta situación ha cambiado desde que las mujeres han luchado por alcanzar posiciones de poder en el mundo literario. “Ahora hay muchas más mujeres que están siendo publicadas, porque también hay más editoriales dirigidas por mujeres, aunque el número siga siendo pequeño. En esto aún queda mucho por hacer”, afirma. Las redes sociales y tecnología han ayudado a que las mujeres estén más presentes en la literatura e incluso a construir redes de creación y comunicación entre ellas desde cualquier parte del mundo: “En este ámbito, todo avanza mucho más rápido, pero no hay que olvidarse de que los hombres también están ahí, escondidos como trols”.

La autobiografía es política

La escritora británica durante su intervención en el Festival Ja! Bilbao, que destaca de sus libros la agudeza y el afilado sentido del humor./ Archivo del festival

La escritora británica participó en el Festival Ja! Bilbao, que destaca de su obra la agudeza y el afilado sentido del humor./ Archivo del festival

Durante un tiempo, la habitación propia de Winterson fue el viejo Mini donde vivía, comía y dormía, mientras preparaba las pruebas de acceso a la Universidad de Oxford para estudiar filología inglesa. En 1985, a los veintitrés años, escribió su primera novela autobiográfica, Fruta Prohibida, con la que se consagró como escritora. La adopción y la identidad, las preguntas al vacío, ser lesbiana en un entorno religioso y la sexualidad clandestina han servido de guía para escribir sus historias.

“Creo que es importante que sigamos visibilizando las historias de las lesbianas y de cualquier mujer. La autobiografía conecta a mujeres que a veces se sienten aisladas y son capaces de identificarse con vidas de otras mujeres. Con otras vivencias te sientes más fuerte y empoderada, menos sola”, señala. También incide en que no solo deben escribirse libros sobre la vida política de las mujeres, o escritos teóricos; hay que profundizar en las historias humanas. “¿Cuántas historias sobre hombres se han escrito? Lo que escribe un hombre se considera como parte de la norma, algo normal. El resto, lo escrito por mujeres, ahora se enmarca en la literatura feminista”, remarca.

— Trasladar historias personales de mujeres a la literatura, ¿es una forma de reivindicar eso de que “lo personal es político”?

— Sí, y para los hombres, debería también ser así. Todo es personal. Somos humanos e interactuamos como humanos, si te despiden de tu trabajo también es personal. Ellos también usan este argumento en nuestra contra: “Oh, sí, para ellas es todo personal”. Pero, ¿qué pasa cuando agreden o violan a una mujer y le preguntas a un hombre: “¿Es para ti esto también algo personal?”.

LA SALIDA DEL ARMARIO LÉSBICO SIGUE SIENDO EL NÚCLEO PRINCIPAL EN FICCIÓN Y NO SE ESCARBA MÁS, LAMENTA WINTERSON
Para Winterson, las historias de mujeres pasadas y presentes son necesarias: “Las palabras rompen los silencios. Hemos sido discriminadas en la historia sin elegirlo. Trans, negras, lesbianas. Da igual origen o religión. ¿Te das cuentas que muchas historias de mujeres tienen ejes comunes?: la exclusión. La autobiografía es tu propia reconstrucción y la del lector a través del lenguaje y las palabras”. Fruta prohibida recibió el premio Whitbread y un BAFTA por su adaptación a la televisión para la BBC. La salida del armario lésbico sigue siendo el núcleo principal en las películas o series de televisión, y no se escarba más. Es como si sólo existiera ese momento en la vida, y luego todo fuera el paraíso. “Hay una falta de representación de cómo las lesbianas hacemos nuestras vidas normales. Una mujer no se despierta por la mañana y dice: ¡Oh! Soy lesbiana de repente, ¿dónde está mi perro?”, señala riéndose. En las pantallas, la indecisión y la duda de ser lesbiana o no, navegar de lo hetero a lo lésbico y viceversa, es lo único representado. “Es una visión adaptada a la mirada patriarcal. Si se mostrara, por ejemplo, el pasado de esa mujer u otros aspectos, empezaría a normalizarse”, comenta.

La polémica ‘Lolita’ y un consejo

En ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?, Jeanette Winterson describe las sensaciones que afloran en ella al leer Lolita de Vladimir Nabokov. Rabia, asco y perversión humana, hicieron que la escritora en aquel momento no acabara el libro. “Finalmente, lo terminé”, responde riéndose. “Es un relato terrible y tenemos que tener claro que Lolita es una violación. En aquel momento, no concebía cómo un hombre podía sentir placer sobre el cuerpo de una niña. La violada se convierte en la propia culpable de la perversión masculina, y eso pasa en la sociedad, fuera del libro”, aclara.

— ¿Hay algún libro que de verdad no hayas terminado?

— Intento terminarlos todos, siempre. Pero no pude con Cincuenta sombras de Grey.

El tiempo de la entrevista termina. Le digo a Jeanette Winterson que he sido incapaz de terminar Lolita y me anima a hacerlo. Al final, hemos hablado de todo menos de su último libro. Al final, me sentía como si hubiera estado charlando con una amiga que no veía hace mucho tiempo. En los últimos minutos Winterson me confiesa su miedo al futuro y a la tecnología y que en su último viaje a China se dio cuenta del peligro que suponen las robot sexuales que los hombres compran en este país. “Si el futuro está en manos de la tecnología, ¿qué futuro nos espera a las mujeres, cuando el mundo de las ciencias de la computación e ingeniería está colmado de hombres? Mujeres robot reemplazando a mujeres reales para que el manejo sea más fácil para que obedezcan”, apunta. Y me aconseja que haga una búsqueda sobre este tema, “porque es aterrador”. No puedo evitar poner cara de susto y para quitarle peso al asunto añade: “Pero ningún robot tiene clítoris real”. Nos reímos. Winterson va a aprovechar sus horas libres para conocer la ciudad, yo regreso al trabajo.

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Cosas del directo: una anti-entrevista a Jeanette Winterson
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Aurora Díaz Obregón

Nací en un pueblo poligonero. Humana todo el tiempo y periodista a ratos. Leo, viajo y me desintegro. Feminista, como mi abuela. De vez en cuando le doy a la poesía. No tengo máster pero sé hacer croquetas veganas.

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