Farmacopea: de brujas, diazepam y burundanga Voces

En ‘Diccionario en guerra’, la escritora Aixa de la Cruz ofrece una original mirada feminista, sin dogmas ni tabúes a partir de veintisiete palabras. Del dildo a la belladonna. Del legrado sin anestesia de su abuela al cuento de una ‘hacker’ que se venga de su trol misógino. Publicamos dos de sus entradas.

enferma(r)

2. tr. Debilitar, quitar firmeza, menoscabar, invalidar.

La coherencia es un valor masculino que los hombres nunca han respetado a la hora de estereotiparnos. Al misógino universal también le gustan los contrastes, y todas las mujeres son putas, pero su madre es una santa. La ambivalencia se hace carne y llanto en los maternales, donde a las primerizas se les asegura que parir es un paseo porque nuestros umbrales de dolor son mucho más altos que los de los hombres, pero luego ingresan a una embarazada que, sin haber dilatado ni un centímetro, chilla de dolor, y se asume que está histérica, que sobreactúa, ¡que no me aguantas nada!, le dice el médico que horas más tarde, cuando se le solapa con el parto, le diagnostica, al fin, el cólico de riñón que lleva dos días sufriendo.

Pues sí que se quejaba la jodía.

Qué risas.

Esta historia le ocurrió a una de mis tías. A la otra, enferma de cáncer desde hacía diez años, experta en agujas y biopsias, le pinzaron un nervio al colocarle el reservorio, la vía central permanente, y cuando se presentó en urgencias con medio cuerpo inmovilizado por la neuralgia, fui testigo de la cohorte de enfermeras y médicos que desfilaron por su box y que, antes de examinarla, le sugirieron que quizás, tal vez, estaba nerviosa y aprensiva y magnificando, por ello, las molestias que era lógico que sintiera tras la intervención. Que probablemente el dolor remitiría si se tranquilizaba.

Enfermar en España no significa lo mismo si eres hombre que si eres mujer. Lo refrendan multitud de estudios que concluyen que el dolor de los hombres se tiene más en cuenta (p. ej., durante el posoperatorio de un trasplante, ellos reciben analgésicos con mayor frecuencia que ellas) y que el de las mujeres, muy a menudo crónico, muy a menudo asociado con las condiciones de explotación y precariedad en las que viven, se ignora o se confunde con ansiedad. Con los mismos síntomas, es probable que mi madre salga de la consulta del médico con una receta de diazepanes y mi padre, en cambio, con antinflamatorios y volantes para el especialista.

En el imaginario popular somos insensibles y neurasténicas, de roca y de cristal, y dentro de este sistema cuántico no hay escapatoria, porque cuando un determinado estereotipo — p. ej., «las mujeres no son fuertes»— se revela inadecuado en un determinado contexto — p. ej., «el paritorio»— siempre se puede recurrir a otro sin que las condiciones de verdad varíen — p. ej., «ellas no sienten como nosotros»—. Sucede de manera elocuente con el sexo. Esos machitos heteros que protegen sus orificios con la castidad de una novicia se quedan atónitos si les explicas que la vida no es como el porno, chico, que si me la metes por el culo sin lubricante y sin aviso previo dolerá: bastante, mucho o muchísimo. Tú eliges.

Pero les cuesta creer.

Permanecen escépticos.

Y más les vale.

No vaya a ser que comiencen a replantearse si fue siempre placer por lo que gritaban sus novias.

f

farmacopea

1. f. Libro en que se describen las sustancias medicinales que se usan más comúnmente, y el modo de prepararlas y combinarlas.

Según los datos, se duda de nuestro dolor tanto como de nuestra salud mental, porque somos las destinatarias del 85 % de las recetas de psicofármacos que se expiden en Occidente. Cuando vamos a la consulta del médico y decimos «me duele», no nos creen y nos drogan, y lo hacen con los mismos fármacos, además, que cuando nos sucede a la inversa, que cuando primero nos drogan y luego no nos creen. Me estoy refiriendo, claro, a las violaciones por sumisión química —que, según nuestro Código Penal, no son violaciones, sino abusos, a diferencia de lo recogido en legislaciones como la estadounidense que, desde 1995, considera un agravante la administración subrepticia de sustancias en casos de agresión sexual—, y al hecho de que, por más que a los medios les encante el exotismo de la burundanga, casi nunca es burundanga. Según los informes toxicológicos, en la mayoría de las víctimas que denuncian este tipo de ataques se detectan alcohol y benzodiazepinas, que es el nombre de la familia de la que provienen casi todos los ansiolíticos que consumimos. No hace falta recurrir al mercado negro para conseguir los ingredientes del cóctel zombificador perfecto, basta con abrir el botiquín y el minibar. Ni siquiera es preciso que el violador haga el trabajo sucio, basta con ir al médico de cabecera, seguir sus recomendaciones y quedar, más tarde, a tomar un vino con ese compañero del trabajo tan atento. A la mañana siguiente, la amnesia anterógrada y la culpa son nuestras.

Se responsabiliza a la burundanga de lo que nos hace el patriarcado en connivencia con el capitalismo —el sistema de salud en connivencia con las farmacéuticas—, cuando la burundanga está más cerca de haber sido nuestra aliada histórica que nuestra enemiga. Después de todo, la escopolamina —que es el nombre técnico de la droga— se encuentra en la mayoría de las plantas que utilizaban las curanderas medievales a las que quemaron en la hoguera. El beleño, el estramonio, la mandrágora y la belladona, cuyo alcaloide es muy parecido al de las tres anteriores, se utilizaban para aliviar los dolores de parto y, según sostienen algunos antropólogos, también para elaborar el ungüento con el que las brujas volaban en los aquelarres y a cuya administración por vía vaginal y con el palo de una escoba se atribuye la representación más icónica de estas.

Me gusta pensar que en Halloween las calles se llenan de niñas con consoladores psicotrópicos.

Me niego a que el patriarcado nos arrebate la droga por la que quemaron a nuestras abuelas utilizándola, como un arma de doble filo, en nuestra contra.

Me niego al diazepam.

Diccionario en guerra es un libro escrito por Aixa de la Cruz, con prólogo de June Fernández, y libro publicado dentro de La Caja de Las Rebeldes, un pack con tres libros editado por La Caja Books. Sale a la venta el próximo 20 de noviembre.

Farmacopea: de brujas, diazepam y burundanga
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