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Voguing: la pasarela ‘queer’ llega a Barcelona Crónica, Ficciones

La cultura ‘ball’ surgió en Nueva York como un refugio en el que las personas afroamericanas y latinas LGTBIQ se expresaban y canalizaban sus fantasías, emulando a las superestrellas de la moda. La ciudad condal se ha sumado a este movimiento contracultural de liberación y autoafirmación de la mano de Ball Celona Scene.

Posar constantemente es una de las claves del voguing

Posar constantemente es una de las claves del voguing./ Tania Gavilanes

Tacones de vértigo, plataformas, purpurina, plumas, lentejuelas, pelucas y maquillajes extravagantes son el atuendo de las protagonistas de la noche. Esta noche, la discoteca CROWN del Puerto Olímpico de Barcelona cambia su tónica habitual para acoger una noche mágica de baile, extravagancia, transformismo, libertad, diversión y, sobre todo, reivindicación. Queda poco para que comience el primer Kiki Ball que se celebra en Barcelona, organizado por Anna Yang, impulsora de la cultura ballroom y la danza vogue en la ciudad condal a través de Ball Celona Scene.

Faltan todavía varios minutos para que empiece el espectáculo y ya puede sentirse el nerviosismo en las participantes, que terminan de poner a punto sus mejores maquillajes y vestidos tras un glamuroso sofá dorado, el cual hace a la vez de biombo entre la pista de baile y un camerino improvisado. Mientras dentro del local algunas se perfilan los ojos y se fijan pestañas postizas; afuera, otras han hecho de la calle una pasarela imaginaria y ensayan pasos de desfile como si fueran modelos de alta costura.

Alrededor de la pista central, se han formado grupos de jóvenes de diferentes estilos que ya han empezado a bailar entre ellos a modo de calentamiento. Lo hacen por turnos, como si compitieran, haciendo gestos y movimientos gimnásticos que no había visto antes, y tengo la sensación de que se trata de algo diferente que va más allá de bailar únicamente por diversión.

En la categoría Face, las concursantes muestran sus mejores facciones a las juezas para llevarse el premio a la cara más seductora.

En la categoría Face, las concursantes muestran sus mejores facciones a las juezas para llevarse el premio a la cara más seductora./ T.G.

Las juezas. De izquierda al derecha: Silvy Mannequeen, Saida Ubetta, Sattva Ninja y Medusa.

Las juezas. De izquierda al derecha: Silvy Mannequeen, Saida Ubetta, Sattva Ninja y Medusa./ T.G.

Para quienes no lo saben, un ball es una fiesta en la que el protagonista es el baile, que se convierte en un espacio de total libertad de expresión. En estas reuniones, los participantes desfilan ante un jurado y compiten entre ellos en las llamadas Battles (batallas), que se dividen en distintas categorías. Uno de los requisitos primordiales de estos encuentros es que en ellos no existe la discriminación, y suponen un lugar de exhibición para la comunidad LGTBIQ. La kiki ball de esta noche –kiki porque se refiere a la escena más amateur de esta  cultura-, está ambientada en la temática del estilo de la Liga Nacional de Fútbol Americano.

Así que Marta ha decidido competir llevando una camiseta como la de los jugadores de este deporte, sin escote y más bien ancha, y se muestra ante las juezas con una expresión seria, casi ruda, que exagera masculinidad. A la vez, Jose, que ahora es Cara, desfila sin camiseta, portando sólo las típicas hombreras del fútbol americano, aunque aquí se han transformado en una armadura de colorines fosforitos que van a juego con el afeite de sus ojos.

La kiki ball de esta noche está ambientada al estilo de la Liga Nacional de Fútbol Americano.

La kiki ball de esta noche está ambientada al estilo de la Liga Nacional de Fútbol Americano./ T.G.

 

Cara (izq.) opta por un estilismo basado en las hombreras y Marta expresa su masculinidad.

Cara (izq.) opta por un estilismo basado en las hombreras y Marta expresa su masculinidad./ T.G.

¡Walk, walk! ¡Walk, walk!, ¡Walk, walk!– vitorea Javi, sobre los primeros sonidos electrónicos que salen de la cabina del Dj Javi es el animador de esta noche, y su figura es indispensable en cualquier ball. Al tiempo que él corea, Raisha -vestida con una minifalda y unas alas de ángel- y Iolanda -enfundada en medias de rejilla y un sexy top de brillantes plateado- caminan, elegantes, formando una línea con sus pasos, yendo de un lado a otro de la pasarela luciéndose y tratando seducir a las juezas, que están sentadas expectantes al final de la pista.

– ¡Tres, dos, uno…!- se escucha el grito de la cuenta atrás y entonces Sattva Ninja, desde su silla de jueza, apunta con el dedo a Raisha, quien con tres de los cuatro votos se proclama ganadora de esta batalla. Aunque para llevarse el premio a la mejor de la categoría todavía deberá enfrentarse a la siguiente finalista.

Esta es la dinámica general de un ball: las participantes deben apuntarse a una o varias categorías de las que se presentan. Las de esta noche son: Run Way, Face, Begginers Performance, Drag Lip Sync, Old Way vs. New Way y, finalmente, Vogue Femme). Cada una posee sus propias características y exigencias. Primero desfilan y bailan una a una ante el jurado y rodeadas de un público que no deja de animar; y después, las dos finalistas se baten en duelo para llevarse el premio a la ‘mejor’, siempre por cada modalidad. Como en todas las balls, no puede faltar la figura del animador, que es como un presentador que canta y aclama a las participantes para que se luzcan sobre la pista y se muevan todavía más.

El voguing, la casa de los marginados

La cultura ball nació en los barrios más desfavorecidos del Nueva York de los años veinte. En estos primeros shows de pasarela desfilaban sobre todo personas afroamericanas y latinas queer. Estos encuentros de baile servían como refugio para una comunidad marginada, cuyos individuos en muchos casos eran rechazados por sus familias por su condición sexual.

Alan Raúl, de nombre artístico Galaxia, quien esta noche ha ganado el Gran Premio en la categoría Runway, confiesa que ha tenido que soportar más de una vez comentarios racistas y homófobos por ser latino y gay. Doble discriminación. Ahora viste un suéter transparente que deja ver su torso y camina contoneándose y mostrando altivamente su feminidad. Aquí está la clave de cualquier ball: sentirse orgullosa y manifestarlo ante los demás sin preocuparse del qué dirán. Porque al final la revolución es esa: combatir el miedo y hacerlo con descaro y con coraje.

Posar constantemente es una de las claves del Voguing. Aquí, Alan Raúl (Galaxia), da lo mejor de sí delante de las juezas.

Alan Raúl (Galaxia), da lo mejor de sí delante de las juezas./ T.G.

En un ball no se baila cualquier cosa, aquí el protagonista de la pista es el voguing, que nace como movimiento contra esta represión que sufrían las travestis, gays y trans no blancas en ese momento. «En la calle te pegaban. Te daban palizas. El movimiento voguing hizo que todas esas criaturas tuvieran un refugio donde alojarse y ser ellas mismas; donde expresarse y montarse una fantasía para emular ser esas superestrellas que veían en la televisión y en las revistas y convertirse durante un tiempo en ellas», explica Jordi Chicletol del colectivo La Rara Team. Una ball permite salir del escondite. Aquí se puede bailar como cuando uno baila solo frente al espejo de la habitación.

De la unión de aquellos que no encontraban en la sociedad un lugar seguro para poder ser quienes sentían ser, surgieron las denominadas Houses (‘Casas’), que  son, como explica Pepper Labeija, madre de la casa LaBeija, en el mítico documental de Jennie Livingston Paris is Burning (1991), «familias formadas por una madre, un padre, ancianos y niños, que adoptaban su nombre de las marcas de moda más populares, como Extravaganza, Princess, Labeija, Ninja, Saint Laurent…». «Se trata de un grupo de personas con lazos mutuos», concluye.

Estas ‘casas’ funcionaban como pandillas callejeras: defendían a sus miembros de los peligros de ser gay, negro, latino o asiático y sin dinero, en una sociedad que sólo miraba -y mira- con buenos ojos la formalidad, la riqueza y la blancura. Las ‘casas’ competían entre ellas, pero haciendo de la danza su arma.

 

El Vogue Femme se caracteriza por la exageración de movimientos que normativamente vinculamos con ‘lo femenino’.

El Vogue Femme se caracteriza por la exageración de movimientos que normativamente vinculamos con ‘lo femenino’./ T.G.

Cara sale a la pista con la energía de un huracán. Baila de un lado a otro a la vez que se aproxima hacia las juezas. Cuando está a pocos centímetros de ellas, se coloca de cuclillas sobre sus tacones y, sin dejar de bailar y dando pequeños saltos, se quita la camiseta deportiva que lleva y deja al descubierto un 69 pintado en su pecho. Trata de encandilar al jurado y al público que está sentado a ambos lados de la pista, y que no deja de gritar y ovacionar cada vez que el espectáculo coge intensidad.

Hemos llegado a la última categoría de la noche, Vogue Femme, que junto a Old Way y New Way, es una de las modalidades más relevantes del voguing, aunque es también la más extrema por cómo se exageran los movimientos femeninos.

Cuando las dos finalistas compiten en la ronda definitiva, el show se convierte en lo más parecido a una pelea callejera. Raisha y Galaxia se baten en duelo, ahora vestidas como cheerleaders, con pompones incluidos. Bailan con los brazos estirados, meneando las manos rápidamente y creando ilusiones con giros de muñeca. Poco después, las vemos en el suelo. Imitan caídas que acompañan con flexibles movimientos de piernas que levantan como si quisieran tocar el techo. Están dándolo todo, se las ve sudar, pero las juezas no consiguen decidirse por ninguna de las dos y -chasqueando los dedos con el brazo extendido y señalando hacia ellas- piden más, más baile, más fuerza, más carácter.

Al fin, Raisha gana. Las juezas y el público se ponen en pie. Pero rápidamente acuden a abanicar a Raisha, quien, exhausta tras la batalla, ha quedado unos segundos tendida en el suelo mientras recuperaba el aliento.

Raisha Cosima (o Antonio Barragán), abajo, ha trabajado como ayudante de Silvi ManneQueen y actualmente está triunfando en la escena Vogue, trabajando con artistas como Kylie Minogue y desfilando en la Mercedes Fashion Week de Madrid.

Raisha Cosima (o Antonio Barragán) ha trabajado como ayudante de Silvi ManneQueen, con artistas como Kylie Minogue y desfilando en la Mercedes Fashion Week de Madrid./ T.G.

El voguing está poco a poco abriéndose paso en la escena underground actual de Barcelona, aunque en otras ciudades como Zaragoza o Madrid la escena está algo más consolidada. Después de adentrarme en varias ocasiones en este pequeño pero impresionante mundo, una se da cuenta de que realmente se trata de algo más potente que bailar por bailar. El voguing es una forma de expresión, un movimiento combativo por la libertad y el derecho a ser lo que uno quiera ser sin juicios; y que habla del pasado, de un pasado de lucha que se extiende de forma lamentable hasta el día de hoy, también en la ciudad condal, como muestran los estudios del Observatorio Contra la Homofobia (OCH).

El voguing consigue crear hogar, y hace que una comunidad marginada por la sociedad pueda sentirse parte de una familia, parte de un movimiento que trasciende como cultura y como forma de expresión. El voguing habla de resistencia y rompe con los patrones identitarios de género hegemónicos, provocando la normalización de nuevas identidades sexuales. Un ball es ese espacio de respeto absoluto donde nadie cuestiona quién es el otro. Permite la autoafirmación personal, la libertad de sexualidad y transgrede las reglas del sistema heteronormativo en el que vivimos.

Voguing: la pasarela ‘queer’ llega a Barcelona
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Tania Gavilanes

Tania Gavilanes Mora (Valencia,1991), es fotoperiodista y reside actualmente en Barcelona. Actualmente centrada en el periodismo social y documental, siempre desde una perspectiva feminista. https://www.instagram.com/taniagmora/

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