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Pienso en tu mirá o cómo seguir reproduciendo estereotipos sobre la violencia de género Participa

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María Morales

Desde que Rosalía estrenara el videoclip de su última canción, Pienso en tu mirá, a finales del pasado mes de julio, la prensa española ha estallado en artículos repletos de las más diversas alabanzas hacia la artista catalana. Entre la admiración despertada y todos los piropos recibidos, destacan quienes califican su nueva canción de “manual contra los celos y el control machista” o “alegato contra la violencia machista”.

Pero ¿es esto cierto? ¿Acaso podemos afirmar tan fácilmente que Pienso en tu mirá es un manifiesto contra la violencia de género?

La letra de la canción (fruto de una colaboración de Rosalía, El Guincho y el mismísimo C. Tangana, por cierto) nos cuenta una historia de temor, celos y control: nos habla de violencia machista. Las palabras de la cantante, que pone voz a los pensamientos y los sentimientos del agresor, nos van descubriendo la que parece ser una relación marcada por el control. Aunque la narración es más bien descriptiva y la intencionalidad crítica se puede suponer más que constatar, las imágenes del videoclip se encargan del resto. Y es que la mujer que aparece en las imágenes, la Rosalía del vídeo, muestra hartazgo y valentía y lucha hasta que consigue poner fin a la situación de violencia.

Hasta aquí puede que todo nos suene más o menos bien, incluso que reconozcamos la importancia de mostrar los celos y el control, que se normalizan en muchas relaciones de pareja, como manifestaciones de la violencia de género. Sin embargo, sabiendo ya de qué nos habla Rosalía, podemos ir un poco más allá y preguntarnos: ¿De qué manera o cómo han elegido contarnos esta historia?

Lo cierto es que en la locura desatada por la canción ha tenido mucho que ver su videoclip. El vídeo de Pienso en tu mirá consiguió superar el millón de visitas durante el día de su lanzamiento. Un éxito total, ¿a qué puede deberse? Quizá resulte interesante (y necesario) tratar de ir más allá del entusiasmo generalizado.

Para empezar, vamos a echar un rápido vistazo al vídeo de Pienso en tu mirá. En la primera escena, nos da la bienvenida una flamenca de plástico que baila colgada del espejo retrovisor de un camión. Ambas cosas, la flamenca y el camión, nos transportan de inmediato a un lugar que (por obra y gracia de nuestro imaginario colectivo) caracterizamos fácilmente como marginal. Así lo confirman las calles que van apareciendo: nos encontramos en el polígono del extrarradio de una ciudad. Nos rodean modestas casas de una planta, edificios con paredes de cemento sin pintar y puertas metálicas. El camión y la flamenca chocan con una de las casas y nos permiten ver en su interior: ahí está Rosalía.

Rosalía no está sola, sino que vive un encierro en compañía, rodeada de un amplio grupo de mujeres que, vestidas de negro, se esfuerzan en adornar su cuerpo con una cantidad ingente de oro. Pero todas estas joyas indican posesión, duelen, como nos dicen los colmillos dorados que muerden su cuello: el precio a pagar por el oro no es otro más que la propia libertad. Así nos lo anuncian rápidamente, al presentarnos al agresor de Rosalía, aquel que le regala oro a cambio de vida.

Para nuestra sorpresa, el maltratador de Pienso en tu mirá no es un banquero ni ninguna otra clase de señor trajeado y bien peinado, con suficientes ceros en la cuenta corriente para costear todas las joyas que luce la cantante, sino que se trata de un camionero. Sí, eso es, un camionero que se apoya en su  Scania con una pose chulesca. Viste vaqueros y camiseta interior blanca de tirantes, dejando ver sus músculos y su brazo tatuado, buscando intimidarnos. Sin que nos dé tiempo a tratar de entender cómo ha podido el camionero en cuestión costear el joyero de Rosalía (la verdad es que el salario y las condiciones laborales del sector empeoran por momentos), nos sorprende la llegada de otro hombre.

Aparece así un segundo camionero, esta vez un hombre corpulento sentado en la cabina del camión, al que acompaña su hijo de corta edad. Este camionero también mira a cámara e intenta intimidarnos de la misma manera. Además, nos enseña el brillante vinilo con el nombre de su mujer, Merche, que adorna la parte exterior de la cabina.

Y es que, en el audiovisual, cómo podemos comprobar, no se nos va a mostrar a un solo agresor, tampoco a dos, sino a todo un grupo: diferentes camioneros que se suceden uno tras otro hasta el final. ¿Por qué motivo se utiliza la figura del camionero para representar al agresor? ¿A qué se debe que haya todo un grupo de camioneros? ¿Acaso todos ellos son perfectamente intercambiables entre sí?

Para responder, puede que primero tengamos que entender cuál es la función que comparten. Los camioneros están aquí por un motivo muy concreto: construir un estereotipo capaz de transmitir una idea general de incultura y vulgaridad. Esta idea, que se relaciona con el machismo, sería en realidad el verdadero enemigo de Rosalía.

El enemigo que combatir, por tanto, no sería simplemente la masculinidad tóxica en una de sus facetas más brutales (que se encuentra en todas las clases sociales, niveles económicos y culturales) sino la interpretación que hacen de ésta las clases trabajadoras. A éstas se atribuye, desde un flagrante clasismo, una falta de educación que inexorablemente lleva al embrutecimiento y la violencia, en última instancia a la deshumanización o animalización de las conductas, que daría como resultado la violencia de género.

Es cierto que, si continuamos viendo las siguientes escenas del vídeo, veremos a la cantaora tomar conciencia de su situación, defenderse y conseguir acabar con el dominio de su agresor (si bien podríamos problematizar que todo ocurra por medio de la violencia…) Sin embargo, este triunfo no debe impedirnos observar que todo el audiovisual se construye en torno a uno de los mitos más extendidos sobre la violencia de género: el relato que trata de relacionarla (interesadamente) con la clase trabajadora.

No cabe duda de que Pienso en tu mirá refuerza un imaginario sobre la violencia muy concreto, que se basa en relacionar estrechamente el machismo con la clase obrera, la pobreza o la exclusión social. Así se recrea en una simbología que trata de representar una supuesta marginalidad. Y la insistencia en este imaginario tiene una serie de consecuencias que no deberíamos pasar por alto.

En unas sociedades impregnadas cada vez más por la nueva ética neoliberal, ofrecer una caricatura esperpéntica de la clase trabajadora y utilizarla como espectáculo, objeto fetiche o atrezzo, se ha convertido en una tendencia al alza. Este discurso, al que el historiador británico Owen Jones ha llamado demonización de la clase obrera, está sirviendo para sostener las políticas neoliberales que favorecen los mismos procesos de exclusión social que, ahora también, se utilizan como entretenimiento en la cultura audiovisual y los medios de comunicación.

La difusión de esta imagen estereotipada de la clase obrera refuerza las ideas de aquellos que perversamente se esfuerzan en convencernos de que los derechos laborales son, en realidad, privilegios. Se denigra a las personas que viven de su salario para después anunciarnos que, en esta nueva y mejorada sociedad, gracias a la todopoderosa meritocracia, ya no existen las desigualdades y sencillamente cada persona tiene lo que vale o se merece; y, por supuesto, hay quien no vale nada.

Así, para comprender por qué motivo interesa contar un determinado relato sobre la violencia de género y no otro, es necesario no perder de vista el contexto anterior.

Aunque lo cierto es que la conexión que se realiza entre la violencia machista y la clase trabajadora no sólo sirve para demonizar a los sectores más desfavorecidos de la población, sino que también y sobre todo viene a dificultar seriamente la lucha contra la violencia: contribuye a volver invisible su carácter estructural y así permite expiar cómodamente la responsabilidad colectiva que tenemos frente a ella.

Irremediablemente, si la violencia de género solo la perpetúan aquellos que habitan los márgenes, en el extrarradio y el polígono, quizá su causa no esté en nuestra cultura sino en esa parte de la sociedad, tan despreciable, que carece de ella; si se trata, entonces, de un hecho que nos resulta ajeno, algo excepcional, no nos va a preocupar tanto como si habláramos de un hecho que nos toca de cerca, común o generalizado. Sin embargo, la violencia de género dista mucho de ser marginal o excepcional, todo lo contrario: constituye la manifestación más brutal de la desigualdad histórica de mujeres y hombres y reviste un carácter estructural. Se sitúa en la propia base de nuestra cultura y ha servido para sostener una organización social desigual y jerárquica que, todavía hoy, se reproduce.

Precisamente, que la violencia machista sea capaz de afectar a todas las mujeres, aún de diferente manera, resulta posible porque no va en camión (o no sólo), sino que sube en lamborghini todos los días (y hasta en jet privado); no lleva necesariamente camisetas interiores blancas de tirantes, ni crucifijos de oro en el cuello, ni tiene fuertes brazos tatuados; al contrario, se siente cómoda en trajes hechos a medida, le gusta echarse perfume caro y peinarse con la raya al lado; no la vamos a encontrar sólo en el extrarradio, pues es perfectamente capaz de pagar los cada vez más altos alquileres del centro; y, sobra decir, es compatible tanto con estudios primarios como superiores.

Por tanto, es necesario insistir en que escenificar la violencia machista como un hecho marginal, por más que esté visibilizándola, dificulta terriblemente la lucha contra la misma, ya que promueve una imagen estereotipada y sesgada que la convierte en esa lacra, que siempre perpetúan otros, pero nunca los nuestros; y va contra la realidad de una violencia que históricamente ha servido como pilar básico de la organización social.

Así, la lucha contra la violencia de género también pasa por dejar de insistir en presentarla como una sucesión de casos aislados. Hechos marginales que tienen lugar en barrios pobres y que ejercen hombres sin cultura, en el paro, presos de un arrebato o directamente locos. No, nada de eso: la violencia está en todas partes, también en las élites y el poder, donde suele pasar inadvertida. Y si no lo dejamos claro, malamente.

Pienso en tu mirá o cómo seguir reproduciendo estereotipos sobre la violencia de género
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