Permacultura en Cuba: una oportunidad ante la escasez forzada Planeta, Reportaje

Este sistema para una concepción integral de la agricultura entró en la isla en 1993 a través de una brigada de solidaridad australiana. Hoy, más de 1.200 agricultores y agricultoras cultivan –y viven– bajo parámetros de cooperación, sostenibilidad y no agresión a la naturaleza. La necesidad propicia algunas de sus prácticas: aprovechamiento de recursos, reutilización, reciclaje y consumo responsable.

Permacultor en Sancti Spiritus con una máquina para extraer aceite./ Marie Aureille

Permacultor en Sancti Spiritus con una máquina para extraer aceite./ Marie Aureille

El penúltimo huracán empujó las olas más allá de los cultivos. Cuando Rolando se acercó a la huerta se le hundió el ánimo y pensó que jamás recuperaría aquel lugar: el mar había salado la tierra y toneladas de troncos y ramas lo cubrían todo. Rolando Martínez, 57 años, pasea ahora por las huertas aún encharcadas con el ánimo revuelto, pero bendice a la naturaleza. Qué generosa es, suspira, porque lleva semanas lloviendo y la sal ya se ha disuelto. Del campo despuntan las primeras orejas de lechugas.

Rolando es permacultor, uno de esos oficios que no puede separarse de la ambición más pura del ser humano: cuidar de sí mismo. La permacultura nació en los años setenta en Australia, impulsada por Bill Mollison y David Holmgren, para colocar al ser humano en la posición que realmente ocupa: un elemento más de la naturaleza. Y es en esta concepción que concibe la existencia desde todos los ángulos –ético, espiritual, agrícola— donde se encuadra la permacultura. O, como la definió Bill Mollison, “una filosofía de trabajar con la naturaleza, en vez de contra; de observación prolongada y reflexiva en vez de acción prolongada y desconsiderada, de mirar a los sistemas en todas sus funciones en vez de esperar sólo un rendimiento y de permitir que los sistemas demuestren sus propias evoluciones”.

Rolando lo ejerce en Cojímar desde 1989, el municipio de La Habana en el que soñaba el viejo Santiago y en quien Hemingway volcó El viejo y el mar. Antes, este ingeniero agrícola cuya tesis de maestría ahondó en el análisis del suelo, solo creía en la agricultura industrial: en tractores, pesticidas, horizontes de tierra quemada, arrancarle a la tierra todo lo posible. “Yo no encontraba a la permacultura ni pies ni cabeza, y menos cultivar en este lugar”, dice en la finca que trabaja con métodos manuales y ecológicos. Junto a Elisabeth, su mujer –“ella es la exploradora”–, abrieron camino en el mundo de la agricultura urbana; después vino la permacultura, el siguiente escalón. “Si lo ves solamente como agricultura urbana”, sostiene ahora, “jamás puedes verlo como un sistema amplio, una cosa cíclica, como algo donde el ser humano es el centro… del problema”.

La agricultura es un eslabón más de un ciclo que se retroalimenta y en el que el cuidado de la tierra, de las personas y la repartición justa arman su escudo ético. En el libro Permacultura. Principios y senderos más allá de la sustentabilidad, David Holmgren recoge los doce principios del diseño de un sistema de permacultura, que van desde valorar la diversidad, no producir basura, hasta usar recursos renovables. Entre otros cambios, apunta, este arte que bien podríamos llamar de lo natural, exige un consumo muchísimo más bajo de energía.

Rolando comenzó a trabajar como ingeniero agrónomo en una de las empresas agrícolas más grandes del país y todavía se sorprende al recordar sus estudios en la universidad, cuando le enseñaban las proporciones de fertilizantes por superficie. La química se asumía, violando una de las primeras normas de la permacultura (acrónico de ‘cultura permanente’) y que es el proceso cíclico y orgánico de la naturaleza.

Los 520 metros de perímetro de la finca encierran huertas, depósitos de agua y un embalse en una zona húmeda que le garantizan agua para los meses secos –que en Cuba se están recrudeciendo–; un perímetro tapiado con frutales que cortan el viento mientras el mar bambolea a escasos cien metros. Todo en su interior, como la materia orgánica que alimenta la tierra, tiene origen natural. “La permacultura vino a redondear lo que estábamos haciendo en la comunidad”, admite con alegría, “aunque aquí no se ve el resultado de un día para otro: lo que se destruyó en tantos años no se puede arreglar en dos meses”. Este cubano bromista se refiere a las soluciones químicas, infalibles en el instante. “Pero te vuelves esclavo del químico”, reflexiona, “por lo que esto lleva más ciencia que la otra agricultura”.

– ¿Y que la agricultura ecológica?

–Con los agroecólogos he tenido problemas cuando debatimos, porque ellos no integran al ser humano en el sistema productivo: la mentalidad es otra, no la del permacultor.

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La permacultura se está implementando en varias comunidades creando grupos y organizando talleres./ Fundación Antonio Núñez Jiménez de la Naturaleza y el Hombre

La permacultura se está implementando en varias comunidades creando grupos y organizando talleres./ Fundación Antonio Núñez Jiménez de la Naturaleza y el Hombre

La permacultura entró en Cuba en 1993 a través de la brigada de solidaridad australiana Cruz del Sur. Hoy, en Cuba, más de 1.200 agricultores y agricultoras cultivan –y viven– bajo los parámetros de una concepción más integral de la existencia.

“Lo importante es la implementación de grupos de permacultura, que están trabajando con otras personas y lo están desarrollando”, dice Caridad Cruz, “y ese es el objetivo fundamental del movimiento: crecer”. Cruz es la directora de Desarrollo Local Sustentable de una de esas fundaciones cubanas del Estado con nombre humanista –Fundación Antonio Núñez Jiménez de la Naturaleza y el Hombre– y dirige el programa de permacultura, cuyo objetivo es la creación de localidades sostenibles. Y la permacultura, implementada por la Fundación en varias comunidades, es la herramienta principal para abastecerse de alimentación, pero también para desplegar aquellas virtudes innatas al sistema de permacultura. Los talleres, encuentros, el boca a boca y el ejemplo son sus principales instrumentos, por lo que la expansión de esta práctica en el país ha llegado a 23 comunidades. “Y esos grupos están trabajando para desarrollar otras tres comunidades, ya que el objetivo fundamental del movimiento es crecer”, sostiene la responsable del programa.

La isla, abocada a la escasez forzada más que por voluntad propia, tiene una oportunidad para desarrollar prácticas que encajan en la lógica de la permacultura. El aprovechamiento de recursos, la reutilización, el reciclaje o el consumo responsable son ventajas que el contexto –la necesidad– han fabricado aquí. Los coches que circulan son viejos rompecabezas reconstruidos con mil piezas; de las viejas lavadoras soviéticas se fabrican ventiladores y de cualquier aparato se le inventa otra utilidad. El problema de esa evolución, dice Caridad, es la amenaza de la eterna promesa del progreso, basado en lo material. “¿Quién es el rico? ¿Dónde está el paradigma?”, se pregunta en una larga conversación en su oficina. “Los paradigmas deberían de ser el tener suelos sanos, agua limpia, vegetación, diversidad, un alimento sano que, además, me va a generar salud. Pero la agricultura convencional está muy enraizada en la cultura”, apunta Caridad, que señala que el 75 por ciento de los suelos son poco fértiles por las malas prácticas que María Sánchez, la poeta –y veterinaria– de campo, sintetizó en cuatro versos: “Nosotros —especies invasoras, dañinas, inalcanzables—/ llegamos al ciclo biológico, abordamos el ecosistema,/ alteramos el orden y los nichos llenándolos de diálogos/ y de amantes”.

Huerta, en forma de mandala, de Jesús Sánchez./ Fundación Antonio Núñez Jiménez de la Naturaleza y el Hombre

Huerta, en forma de mandala, de Jesús Sánchez./ Fundación Antonio Núñez Jiménez de la Naturaleza y el Hombre

Hay quienes llegaron a la agricultura ecológica antes de concebir el término, aunque en Cuba tampoco era muy difícil caer en ese nombre sin saberlo: los fertilizantes los otorga, y a cuentagotas, el Estado. Sin embargo, a los vientos que soplaban desde la Fundación Naturaleza y Hombre se les sumaron muchas adeptas. Blanca Martínez, que vive en el barrio habanero El Sevillano, es una de ellas. Se habían muerto su padre y su marido, ella estaba desgarrada y sobrevivía a base de pastillas. Alguien, entonces, vio que sembraba en casa, se le acercó y le habló de la permacultura. Blanca, 67 años, no se lo pensó y se inscribió en el 2012 en el curso de diseño del sistema. “Y empecé”.

Ahora cultiva una huerta en forma de mandala para aprovechar el espacio y la energía humana. Ella, sonriente y juvenil, dice que, así, todo lo tiene a mano. “La permacultura”, bromea, “se hizo para los vagos”. Al llegar a su huerta, a unos cientos de metros de su casa, se ve a Blanca encaramada en el inmenso brazo de uno de los árboles que el huracán Irma tiró al suelo hace pocas semanas. Su madre le está ayudando a limpiar la finca de mil metros cuadrado donde brotan alimentos que multiplican la variedad en la repetitiva dieta cubana. Y le ahorran dinero, algo así como el doble de un salario medio cubano (8.000 pesos anuales, unos 270 euros). “Y posiblemente más”, dice, “porque yo no estoy aquí: depende de la gestión que tú hagas”. Ella, de momento, trabaja la huerta unas tres horas cada vez que viene, dos o tres días por semana.

Blanca forma parte de la Cooperativa de Producción Agropecuaria (CPA) Armando Mestre –“un mártir de la Revolución”, dice– y vende al hospital materno, y en unos días entregará un manojo de lechugas nacidas sin ningún añadido artificial mientras enseña el reverso de unas hojas con bichos. Dice que las plagas no afectan a los cultivos, que la clave es el equilibrio natural entre las plantas y que por eso riega con tabaco natural algún pedazo de la huerta. O que protege las verduras con albahaca, ají, cebollino o romero, cuyo aroma ahuyenta los insectos.

En el diseño de un huerto sobre el papel –uno de los primeros pasos– se integra la orientación, el sol, los vientos, la calidad las tierras, el acceso al agua y cualquier otro factor que exista. Las verduras más preciadas están en el interior de la huerta, pero los plátanos, junto a un muro de árboles y enredaderas, están en los “sectores de robo”.

–¿Sectores de robo?

–Sí, roban lo que está más cerca de la calle–responde sin importancia–. Alguien a quien le hace falta…

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Intercambio de semillas en Sancti Spiritus./ Marie Aureille

Intercambio de semillas en Sancti Spiritus./ Marie Aureille

Si la permacultura es calificada como un sistema es porque excede las paredes de la agricultura: es una forma de vida que tiene, en la tierra, los frutos de esta filosofía práctica. Al llegar a casa de Jesús Sánchez la valla que rodea su finca parece una instalación artística llena de mensajes: a favor de la igualdad entre mujeres y hombres, de la paz, del compartir, del respeto a la naturaleza, de la no violencia. Todo se transmite a los modos de tratar la tierra.

“Si eres una persona violenta y las plantas se las come una plaga, acabas con todo: en permacultura no cabe la violencia”, reflexiona Jesús, 71 años, piel finísima, que empezó a cambiar de vida en el año 2007. Rondaba los 60 años y cargaba una vida de monocultivos de plátanos y yuca. Se inscribió en un curso de permacultura y su vida empezó a transformarse. “La permacultura se mete en la mente y uno lo coge como un cambio de vida completo: la permacultura lo ve todo; todo lo que hay en la vida de las personas”, dice a la sombra de un enorme árbol de mango a la que llegan vecinos a conversar, estudiantes a hacer los deberes, él a reflexionar y contemplar.

Al principio, cuando dejó atrás los modos convencionales de producción y decidió acogerse al ciclo natural de las cosas, sus vecinos se quedaron extrañados. Jesús diversificó los cultivos, colocó estratégicamente las plantas en función de la complementariedad entre ellas, instaló un baño seco en el jardín para usar la orina en los cultivos, cubrió el tejado con viñas para que descendiera la temperatura del interior de la casa –y hacer vino–, captaba el agua de lluvia para regar y alimentar un estanque de peces, dejó de quemar las hojas de los árboles que se acumulaban en las esquinas para usarlas como abono. El delegado del barrio vio aquel cambio y se asustó. Jesús, orgulloso, le respondió: “Soy permacultor”.

Con una visión más amplia y una década de observación, Jesús cultiva en maceteros de botellas de vidrio que recoge en el barrio y que encaja según el diseño de su huerta. Ese estudio de todos los elementos de la naturaleza le lleva a analizar, también, su relación consigo mismo y los demás. “Todos somos iguales y por eso en permacultura tenemos la política de la igualdad de la mujer y cooperación entre los dos”, argumenta antes de hacer la analogía entre la sociedad y la huerta. “No podemos tener a las plantas solas. Si pienso que una no me sirve y la quito, las plagas me acaban con todo”, refiriéndose a ese principio de complementariedad que rige la permacultura.

El primer indicio de esta ‘naturalidad radical’ que practican permacultoras y permacultores la encontramos en un sabio japonés que tuvo la osadía de enfrentarse a la agricultura moderna (y a sí mismo) y retomar las técnicas que se practicaban en su país un milenio atrás. Masanobu Fukuoka escribió La revolución de una brizna de paja, un hermoso tratado que da cuenta de sus métodos con la mínima intervención del humano a la que llamó el ‘no-hacer’: no araba el campo, dejaba crecer las malas hierbas, sembraba a destiempo y ni siquiera podaba los árboles. Y los rendimientos de su cosecha, a mediados del siglo XX, superaban a la media japonesa. “Los seres humanos con su entrometimiento hacen algo equivocado, dejan el daño sin remediar y cuando se acumulan los resultados adversos trabajan con toda su alma para corregirlos”, escribió Fukuoka.

Como el agricultor y filósofo japonés, que llevó su realización al campo, Jesús trata de llevar los métodos de la permacultura a su propia realización. “En comer, en la familia”, dice, enumerando algunos ámbitos donde está cambiando sus modos antes de destapar la receta definitiva: “Las plantas hay que tratarlas con amor, como se cría a una familia. Crecen con el amor que usted las dé: si gritas y maltratas a la planta, ella no lo puede expresar como lo dice un niño, pero ella se muere”.

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Sistema de permacultura donde la vegetación se combina con la crianza de peces./ Fundación Antonio Núñez Jiménez de la Naturaleza y el Hombre

Sistema de permacultura donde la vegetación se combina con la crianza de peces./ Fundación Antonio Núñez Jiménez de la Naturaleza y el Hombre

La agricultura ha dirigido la historia de la humanidad: partió en dos los tiempos hace 10.000 años, dirigió los imperios de la antigüedad y hasta Virgilio le dedicó, con nostalgia, sus Geórgicas. Después entraron los métodos modernos, la maquinaria, el descenso de mano de obra y una tendencia que los postulados ecofeministas empezaron a denunciar tras identificar el dominio y la violencia hacia las mujeres y la naturaleza en los cimientos del sistema capitalista. “El desarrollo no puede sino comportar destrucción para las mujeres, la naturaleza y las culturas subyugadas, y es por ello por lo que, desde todo el Tercer Mundo, las mujeres, los campesinos y los indígenas están luchando para liberarse del desarrollo igual que habían luchado antes para liberarse del colonialismo”, escribe Vandana Shiva, una de las voces más combativas, en Staying Alive: Women, Ecology, and Development, su primer libro. Con esas derivas llegó un desarraigo y desconexión que ahora, vistas las nefastas consecuencias, busca soluciones en el mundo moderno.

En Cuba, un archipiélago en lo social –una economía devastada pero con índices sociales, culturales y sanitarios de primer mundo– la Revolución de 1959 también rompió con la tradición agraria y las sucesivas reformas devolvieron al Estado el setenta por ciento de unas tierras exhaustas de monocultivos. La industria del azúcar fue cayendo y el abandono pronto llegó. Actualmente, el país importa el ochenta por ciento de sus alimentos y muchas tierras cultivables están cubiertas por una planta invasora: el marabú.

Con este panorama, el gobierno ha emprendido en los últimos tiempos medidas para regenerar las tierras, entregándoselas al campesinado con diferentes instrumentos legales. El decreto ley 259 del año 2008, por ejemplo, ha otorgado ya más de 220.000 fincas. Sin embargo, las viejas tendencias son tenaces y, según la Oficina Nacional de Estadísticas e Información, en el año 2016 estaba cultivada menos de la mitad de la superficie disponible. El reto está en la producción de las familias y comunidades, cuyo manejo de la tierra es más responsable que en las extensas fincas. Y los datos son esperanzadores: las tres cuartas partes de los vegetales consumidos en algunas de las ciudades cubanas provienen de huertas urbanas gestionadas por agricultores, que venden a través de cooperativas. Caridad Cruz cree que están comenzando a asomarse estos cultivos entre las viejas prácticas de máquinas y fertilizantes. Porque además, asegura, “la agricultura familiar y urbana nos da libertad”.

Para la directora del programa de permacultura, el cambio debe de ir acompañado de un cuestionamiento de los valores culturales que coronan estos tiempos –beneficios de intermediarios, consumo voraz, egocentrismo–, pues son los que han marcado el paradigma del llamado progreso. En Cuba, sin embargo, el apetito consumista no ha sido experimentado como en otros países, por lo que tampoco es fácil abrirse paso mientras muchos jóvenes sueñan con la vida de sus parientes en Miami. “Es muy fuerte la propaganda del consumo”, se lamenta, “incluso para nosotros, que hemos sido un país austero donde hemos necesitado mucho menos para vivir. Pero la permacultura está dentro de una filosofía y de hacer la vida más feliz”.

A cambio, el país cuenta con índices avanzados en materia de educación, algo que favorece la transición que se está viviendo desde el campo aunque de momento, las diferentes fórmulas de producción agrícola conviven alborotadas. En fondo, Caridad cree que el problema es la ceguera ante la crisis ecológica del planeta. “Culturalmente no tenemos la percepción de lo que está pasando y se piensa que eso [el desastre] está lejos”.

Por eso, la directiva de la fundación insiste en poner en su sitio las verdaderas prioridades de la vida y reformular la idea de progreso. “El buen vivir: ese debería de ser el desarrollo. No es una alternativa: es el desarrollo”, dice, aunque pronto se le nubla el optimismo. “Cuando tú le preguntas a un pobre, quiere salir de la pobreza para ser rico: su paradigma de vida es el consumo. Pero, ¿dónde está el límite? ¿Hasta dónde podemos llegar?”, se cuestiona Caridad mientras mantiene el rumbo, como un rompehielos que abre paso a las respuestas que requieren los nuevos tiempos.

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Diego Cobo

Periodista. Escribe reportajes y crónicas de viaje sobre historias de interés humano para revistas y periódicos de España y América Latina. Ha estado entre mineros de Alaska, con las viudas del terrorismo en la sierra peruana, los apátridas en Haití, los refugiados palestinos o los migrantes en la frontera del sur de México. Para sus crónicas, se interna en el contexto del país y se mueve a pie, en moto, barco o bicicleta durante cientos de kilómetros. Así nacen la mayoría de sus trabajos. En el año 2017 la FNPI- Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano le otorgó la beca de crónica viajera Michael Jacobs, que le permitió continuar una investigación sobre las consecuencias del comercio de esclavos en varios países de América y África. El libro 'Huellas Negras. Tras el rastro de la esclavitud' (La línea del Horizonte) es el resultado en forma de crónicas periodísticas.

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