Las Repúblicas Unificadas de la Soja: cuando el progreso envenena Análisis, Planeta

El modelo del agronegocio industrial y globalizado está arrasando con otros modos de cultivar la tierra más sostenibles ambientalmente y más justos socialmente para expandir por todo el mundo, y sobre todo en los países del Sur global, monocultivos de palma, caña de azúcar, maíz y soja transgénicos.

Dos integrantes del colectivo Madres de Ituzaingó Anexo. / Foto: Facebook del Grupo De Madres De Barrio Ituzaingo Anexo

Dos integrantes del colectivo Madres de Ituzaingó Anexo. / Foto: Facebook del Grupo De Madres De Barrio Ituzaingo Anexo

En julio de este año, una investigación argentina demostró que hay rastros de glifosato y otros plaguicidas en el 80% de las muestras de agua de lluvia que se tomaron en la región de la Pampa, la más fértil de la Argentina y, también, una de las más fértiles del mundo. Dos años antes, otros estudios habían alertado de que había glifosato en los sedimentos del río Paraná, uno de los más importantes del país. Las evidencias científicas vienen a dar sustento a lo que ya argumentaban desde hace años las luchas socioambientales: el glifosato envenena, y está matando a las poblaciones que sufren las fumigaciones desde el aire con este herbicida que, en 2015, la Organización Mundial de la Salud (OMS) evaluó como “potencialmente cancerígeno”.

Las Madres de Ituzaingó Anexo, un barrio periférico de la Córdoba argentina, fueron de las primeras en darse cuenta de ello. Percibieron que habían aumentado de forma alarmante los casos de malformaciones genéticas, abortos espontáneos y diversos tipos de cáncer y leucemia; y terminaron descubriendo que el veneno les caía del aire cada vez que se fumigaban los campos sojeros, limítrofes con sus residencias. Hoy, las resistencias al modelo sojero se articulan en una Red de Pueblos Fumigados; su tenacidad logró sentar en el banquillo de los acusados, en 2012, a los responsables de una fumigación. Pero Argentina sigue apostando por el modelo sojero: en 2017, el complejo oleginoso sumó exportaciones por 18.523 millones de dólares. Y, en 2013, en Argentina se emplearon 320 millones de litros de glifosato, el doble que trece años antes.

El 60 por ciento de la tierra cultivable en Argentina, un porcentaje similar en el sur de Brasil, y el 80 por ciento de Paraguay ya está sembrada con soja, y casi toda es transgénica. Fue la corporación biotecnológica Syngenta quien, en 2003, publicó un anuncio en los suplementos rurales de los dos diarios argentinos más vendidos bautizando con el nombre de República Unida de la Soja” a los territorios del Cono Sur en los que se ha expandido el “nuevo oro verde”: Brasil, Argentina, Uruguay, Paraguay y Bolivia.

¿Qué pasó para que se extendiera de ese modo el monocultivo sojero? Tuvo mucho que ver el aumento de la demanda, impulsado por China, que multiplicó las importaciones de soja para la fabricación de piensos para cerdos, en un momento en que el consumo de carne en el gigante asiático estaba en su máximo crecimiento; y, también, por el fomento internacional, y especialmente de la Unión Europea, del agrodiésel a base soja, palma aceitera y otros aceites vegetales. Ese crecimiento de la demanda se combinó con la subida del precio de los commodities que, en la primera década del siglo, llevaron a muchas economías latinoamericanas a orientarse hacia la exportación de materias primas; como cinco siglos atrás. Por eso son muchas las voces que califican este modelo de “neocolonial”.

La soja transgénica RR (Roundoup Ready) fue un invento de la corporación estadounidense Monsanto, que modificó genéticamente la soja para hacerla resistente al glifosato, un potente herbicida muy eficaz para acabar con la maleza, pero con impactos sobre la salud que en su momento no fueron evaluados. La implantación en media Argentina de la soja RR, en los años 90, no atendió al principio de precaución; se anunció como “modernización del campo” que llevaría desarrollo y progreso. Hoy, los excesos del modelo los pagan los pueblos fumigados y todos los argentinos, expuestos a la contaminación del agua y los alimentos. Pero, como de costumbre en América Latina, son las poblaciones indígenas y campesinas las que se llevan la peor parte.

En el norte argentino, en Chaco y Formosa, las comunidades del pueblo Qom son hostigadas y desplazadas, mientras avanza la frontera sojera arrasando a su paso los bosques chaqueños, en una de las regiones con mayor biodiversidad del país. Algo parecido, aunque con un nivel de violencia aún más brutal, sucede en el estado brasileño de Mato Grosso do Sul, donde unas 3.000 personas de etnia Guaraní-Kaiowá se enfrentan a la hostilidad de grupos armados ilegales con total impunidad. En 2012, causó conmoción una carta abierta de una comunidad guaraní que amenazaba con el suicidio colectivo si se les desalojaba de sus territorios; pero desde entonces nada ha cambiado. Tampoco en Paraguay, donde la soja acapara ya el 80 por ciento de la tierra cultivable y el avance de la soja amenaza tanto al pueblo guaraní como a los campesinos.

Sin embargo, la solución a estos problemas no pasa por demonizar la soja, como tampoco la controvertida palma aceitera. El problema no puede ser una planta: el problema es el modelo del agronegocio industrial y globalizado que está arrasando con otros modos de cultivar la tierra más sostenibles ambientalmente y más justos socialmente, para expandir por todo el mundo, y sobre todo en los países del Sur global, monocultivos de palma, caña de azúcar, maíz y soja transgénicos. El agronegocio, como su nombre indica, convirtió la agricultura en un negocio más, al servicio de las ganancias de las transnacionales y los vaivenes de los mercados financieros. En los últimos tiempos, en España, se ha generado cierta conciencia sobre los impactos ambientales y sobre la salud del aceite de palma; pero si la crítica se queda en la sustitución de un ingrediente por otro, corremos el riesgo de que las grandes empresas cambien ese aceite por derivados de la soja, y se expanda un monocultivo con impactos tan graves como los de la palma.

En un mundo complejo no existen soluciones fáciles, pero no significa que no haya soluciones: el capitalismo es una creación humana y, como tal, permanecerá el tiempo que lo decidan los seres humanos que habitamos la tierra. Podemos empezar, por ejemplo, por ir más al mercado y menos al supermercado; por tratar de comprar frutas y verduras a los pequeños productores; por hacernos preguntas que cuestionen el sinsentido de un orden económico global que alberga absurdos tales como los alimentos kilométricos y que envenena la tierra y el agua para aumentar la rentabilidad. Es por eso que Carro de Combate, un colectivo de periodismo autogestivo que investiga el origen de los productos que consumimos, ha estudiado en profundidad, y desde los territorios donde se producen, los impactos socioambientales de la caña de azúcar y la palma de aceite, así como también las alternativas al modelo hegemónico. Sin embargo, no podemos hacerlo sin recursos económicos; por ello hemos abierto un crowdfunding que nos permitirá garantizar la sostenibilidad del proyecto y lanzarnos a una investigación en profundidad de la soja en 2019.

#SúbeteAlCarrodeCombate y ayúdanos a seguir investigando.


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Nazaret Castro

Periodista. Desde 2008 vive en América Latina y colabora con medios como Le Monde Diplomatique, Público y La Marea. Co-fundadora de Carro de Combate, proyecto que investiga el origen de los productos que consumimos, y Amazonas, revista feminista, anticapitalista y antirracista. Autora de 'La dictadura de los supermercados' (Akal, 2017).

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