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La voz que me persigue Cuerpos, Mano de santa

¿Te ha pasado alguna vez qué quieres hacer algo y una voz interna te dice: no lo hagas, no puedes, no debes, no sabes, no es apropiado? ¿Y cuándo la voz dice “deja este curro, haz lo que te gusta”? ¿Cómo encontrar y dar espacio a nuestra voz legítima? Hablamos del diálogo interno.

 

Gif de Núria Frago

Gif de Núria Frago

 

La carta de la lectora
“Creo que no somos conscientes del poder de nuestra voz. Me refiero a cómo nos hablamos a nosotras mismas y, por consiguiente, cómo nos representamos. ¿Te ha pasado alguna vez qué quieres hacer algo y de repente hay una voz que te dice: no lo hagas, no puedes, no debes, no sabes, no es apropiado, estás segura? Mejor lo dejas para otro día, no te va a salir bien…

¿De dónde vienen esas voces que frenan nuestros deseos? ¿Son propias, realmente? Aparecen cuando queremos hacer un cambio, como si fueran un freno de mano. ¿Por qué nos quieren frenar esas voces? A veces puede ser para protegernos, pero muchas veces puede ser para no dejarnos cambiar ni actuar. ¿Te suenan éstas?:

– Arréglate, ¿oye, dónde vas sin peinar?

– Me da igual, nunca me ha gustado peinarme.

– Buf, no puedes llegar tarde otra vez, a ver qué pensarán los demás. Siempre llegas tarde tía, ¡a ver si arreglas esto!

– Quiero dejar este trabajo.

– Nunca encontraré otro.

– Éste está bien, comparado con lo que hay por ahí.

– Sí que encontraré otro porque estoy buscando y estoy poniendo de mi parte para encontrarlo.

– Deberías hacerte el bocadillo y ahorrar para cuando te quedes sin curro.

– Piensas demasiado.

– Tienes que hacer más ejercicio y dejarte de chorradas.

– No son chorradas, son cosas importantes, esto es mi vida, después me moriré y no habré vivido aquello que yo pensaba que merecía la pena.

– Camina e intenta no llegar tarde.

– Quiero irme y viajar sin parar.

Últimamente oigo una voz que me dice “deja este curro”, “haz lo que te gusta”. Oigo esta voz y no estoy loca. En realidad oigo un montón de voces y sigo sin estar loca. Las hay auténticas y las hay impostoras. Y me pregunto… ¿Cómo distinguir las que son auténticas, propias, de las que no lo son? ¿Cómo dejar de hacer caso a nuestra parte negativa, esa a la que llamamos “fustigarnos”? ¿Qué herramientas podemos usar para encontrar nuestra voz legítima?

Ante la falta de tiempo, porque muchas somos trabajadoras precarias y trabajamos jornadas completas, ¿cómo podemos encontrar la serenidad para dar espacio a nuestra voz? ¿Cómo podemos domesticar la culpa que nos viene como herencia social y/o familiar? ¡Gracias!”

Fdo.: Fúria

Querida Pikara,  gracias por tu carta y por tus preguntas… ¡muy acertadas!

Fíjate… aun estando en el lugar más recóndito del planeta, aun buceando en el océano, caminando por una montaña lejana o en un retiro de meditación y silencio, (casi) siempre hay una voz que nos acompaña: es nuestro diálogo interno. De cómo nos habla esa voz (tono, intensidad, ritmo), de cuándo nos habla (en qué situaciones o casuísticas)  y de qué nos dice (reproches, desprecios, ánimos, comprensión, reconocimiento) depende en gran medida nuestra autoestima y las decisiones que tomamos.

Casi nada, ¿no?

Este diálogo interno puede ser boicoteador y negativo, puede quitarnos energía y hacernos pequeñitas. La buena noticia es que también es capaz de convertirse en una voz positiva y nutritiva, conectada con más aceptación y fuerza. Como cuenta aquella famosa fábula del pueblo cherokee, ¡todo depende del lobo al que decidamos alimentar!

Trataremos en este artículo de identificar cuáles son las voces internas más habituales (las personas somos más parecidas de lo que a veces nos pensamos) y también de dar espacio a una charla interior más constructiva, justa y positiva.

¿Tú? ¡No puedes!: Nuestro diálogo interno boicoteador

¿Quién no ha sentido alguna vez esas voces que, lejos de ayudar, nos limitan y nos hacen sentir mal? ¿Ese diálogo interno que nos reprocha, nos hace caer en la comparación y nos quita las ganas?

“No sabes, no puedes, es demasiado difícil, no es posible, nunca llegarás, tienes demasiada pereza, no serás capaz, no haces lo suficiente, no eres lo suficiente, no te lo mereces…” son palabras que todas y todos hemos escuchado alguna vez (o de manera recurrente) en nuestro interior. Éstas condicionan profundamente nuestras vidas, autoestima, autopercepción y estabilidad emocional y conforman el denominado diálogo interno negativo. ¿Somos conscientes de la cantidad de energía que perdemos con ello?

¿Y de dónde viene todo ese ruido mental?

Bien, quizá os sorprenda leer que en gran parte… ¡es aprendido! Las creencias asentadas en nosotres nos sitúan ante un cristal desde el cual interpretamos el mundo, nuestras emociones y a las demás personas. Y esas miradas sobre el mundo las aprendemos en nuestros espacios de socialización: la familia, la escuela, la sociedad/momento histórico que nos ha tocado vivir, los medios de comunicación, los grupos de iguales, etc.

Por desgracia, en multitud de ocasiones las creencias, lejos de ser posibilitadoras, son limitadoras (soy un desastre, la vida es difícil, en el amor se sufre, yo nací estrellada, no tengo capacidad de comunicarme, nadie me va a querer, no soy valiente, soy un desorganizado…) ¡Y, ojo, la trampa está en que nuestra mente se las cree como si fueran verdades absolutas e inmutables!

Los orígenes de las voces que nos boicotean pueden ser muchos y variados. Recojamos aquí algunos ejemplos:

  • Una familia muy exigente donde están presentes creencias como que el éxito es imprescindible, que lo valioso cuesta mucho esfuerzo, que siempre hay que estar perfecta, que fallar o “estar mal” es de débiles, que hay que destacar o que es clave mostrar lo feliz que se es hacia fuera.
  • Un padre o una madre autoritarios, sin empatía o poco reforzadores.
  • Un maestro, profesora o guía crítico, exigente y con poca expresión del reconocimiento.
  • Algunas tendencias de carácter: por ejemplo, las personas que tienden a la ansiedad viven habitualmente las situaciones como más amenazantes.
  • Nuestra experiencia de vida: a partir de cosas que nos han pasado, juzgamos y proyectamos miedos, expectativas, etc.
  • Factores culturales. Uy, aquí no acabaría… Vivimos en sociedades machistas, racistas, LGTBfóbicas y clasistas, entre otras lindezas. Hay, por ejemplo, un montón de aprendizajes que mamamos desde bebés que nos dicen que las mujeres somos más inseguras, débiles, no habilidosas con la tecnología, histéricas y flojas. Que las personas negras son ignorantes, salvajes y brutas. O que las personas con escasos recursos económicos lo son porque no son lo suficientemente espabiladas y porque no han hecho todo lo que podían. Así, generalizando un poquito (sólo un poquito). ¿Cómo estos factores culturales podrían no tener un impacto directo en nuestro diálogo interno y autoestima, especialmente en la de aquellos colectivos no privilegiados?

¿Qué emociones nacen de un diálogo interno negativo?

Si a estas alturas estáis leyendo el artículo y asintiendo con la cabeza en plan “a mí esto me suena”, seguramente también os serán familiares algunas de estas emociones:

  • Ansiedad: Cuando nuestro diálogo interno tiene el doctorado cum laude en anticipación y se centra en las desgracias o peligros que pueden suceder, aparece la intranquilidad, el nerviosismo o incluso la ansiedad. Aquí también puede haber mucha exigencia.
  • Culpa: Nos invade cuando nuestra voz interna nos convence de que las cosas han salido mal por mi incapacidad o una mala o nula intervención por mi parte.
  • Tristeza: Está asociada a un autodiálogo centrado en la pérdida, en lo que pude tener, o en lo que pudo ser y no fue.
  • Vergüenza: Mi diálogo interno se centra en mi torpeza, en la falta de habilidad para hacer algo que debería de saber hacer.
  • Ira: Llega cuando nuestra voz interna se centra en todo aquello que me impide lograr mis objetivos.
  • Sensación de pérdida de sentido/vacío: nuestro autodiálogo nos convence de que nada merece la pena, que no soy capaz, no merezco.

Las películas que nos montamos… ¡son de Oscar!

La psicóloga Silvia Congost explica que gran parte de nuestro diálogo interno negativo es resultado de una mala interpretación de la realidad consecuencia de sesgos o distorsiones cognitivas, que nos hacen interpretar la realidad de manera parcial.

Entre los sesgos más comunes encontramos la magnificación (dar demasiada importancia a un hecho negativo o a un error), la minimización (restar importancia a un hecho positivo o capacidad personal); el catastrofismo (anticipar todo aquello que puede salir mal); la sobregeneralización (pensar en términos generales como “siempre”, “todo”, “nadie”… sacando conclusiones universales); y la adivinación del pensamiento (creer conocer el porqué de la conducta del otro, comportándote hacia él o ella de acuerdo a tu autodiálogo).

¿Os animaríais a daros un ratito y poner por escrito ejemplos que os han sucedido de cada uno de estos sesgos? Poner luz y “darse cuenta” de dónde tropezamos es el primer paso para apostar por otras maneras de hacer más beneficiosas.

¿El diálogo interno tiene género?

Claro que lo tiene. ¿Acaso hay algo en nuestras vidas que no esté influenciado por el aprendizaje de los roles y estereotipos de género?

Por ejemplo, a las mujeres nos educan en la competencia con otras mujeres (es muy típico en el despertar feminista el identificar esto en nuestras vidas). Gran parte del diálogo interno que nos desgasta a muchas mujeres tiene que ver con salir “perdiendo” en la comparación con otras mujeres: ella es más guapa, más inteligente, se sabe relacionar mejor, yo soy torpe, soy un patito feo, soy tímida, soy inútil, no tengo las cosas claras.

También somos educadas en una gran exigencia. En mi experiencia acompañando mujeres en sus procesos de cambio, me deja con la boca abierta lo común que es una autoexigencia feroz en muchas de nosotras. Esa sensación incontestable de no ser lo suficientemente buena, de no llegar a todo, de no ser fuerte, no tener las respuestas adecuadas, no ser la madre perfecta, no cuidarnos, no darnos nuestros espacios, no tener claridad sobre lo que queremos.

La culpa también es patrimonio especialmente nuestro en esta sociedad patriarcal. Todas las personas sufrimos en cierta manera si, por ejemplo, no cumplimos las expectativas de nuestras madres y padres. Pero en las mujeres recae, además, la responsabilidad de mantener “el buen nombre” de la familia. Representar cualquier disidencia conforme a lo establecido (ser rebelde, ser lesbiana, elegir otro modo de vida, etc.) con frecuencia se vive internamente con menos legitimidad y más culpabilidad. Y se paga otro precio al que pagaría normalmente un hombre.

Un gran clásico del diálogo interno negativo de muchas mujeres tiene que ver con la juventud y la belleza. A las mujeres se nos felicita por que, además de hacer lo que hagamos (ser montañeras, periodistas, médicas, blogueras, camareras, correr maratones, hacer voluntariado, cantar en un grupo, etc), seamos delgadas, guapas y jóvenes. Es horrible.

La dictadura interna de la belleza y la delgadez se nos manifiesta en nuestras conversaciones internas de forma cruel y machacona: me están saliendo arrugas, parezco vieja, se me ve la celulitis, estoy gorda, no soy atractiva. Además vinculamos todo esto con el ser merecedoras de amor: así de (fea, gorda, vieja) nadie me querrá. ¡Esta asociación perversa y falsa ha de cambiar!

Por supuesto que el diálogo interno negativo de muchos hombres recoge sus particulares exigencias y reproches derivados de la construcción de la masculinidad. Responder a los cánones de la masculinidad tradicional implica a los hombres estar no solo en guerra con las mujeres, sino con ellos mismos. Para obtener respeto, han de demostrar su virilidad, su hombría, sus éxitos intelectuales, económicos, sus conquistas, su capacidad resolutiva en cualquier situación, su lealtad absoluta a los grupos a los que pertenece.

Sería muy recomendable que más hombres se acercasen a los grupos y redes que llevan tiempo cuestionando este modelo nocivo de masculinidad el cual, además de ser injustamente violento hacia mujeres, niñes y otros hombres, hacen polvo su propia autoestima e implican continuamente una sobreactuación que debe ser agotadora.

Dando espacio a nuestra propia voz: recursos de empoderamiento

Suena a topicazo, ya me perdonaréis. Pero en el TOP 1 de los recursos de empoderamiento está el querernos más, escucharnos, darnos espacio propio para poder dejarnos sentir y cuidarnos más.

También dejar de pelearnos con todo aquello que aparece en nuestra mente y, ante esas voces boicoteadoras, plantarme con humor y preguntar como una niña curiosa: “está bien, ¿por qué estás aquí?, ¿qué me quieres decir?, ¿a qué necesidad mía no estoy escuchando?”. Quizá ahí obtengamos algunas claves.

Veamos algunas sugerencias más para dar espacio a nuestra propia voz:

  • Ponlo todo en cuestión. ¿De verdad lo que te dice tu saboteador interno es cierto, legítimo e incuestionable?
  • Nuestra mente puede cambiar. Por supuesto que puede. Requiere que rompamos algunos hábitos instalados y normalizados. Requiere  consciencia y voluntad. Y es posible y maravilloso. Has cambiado mil veces en tu vida. Por supuesto que puedes hacerlo una y mil veces más. ¡Confía y ponte a ello!
  • Rompe la creencia de que hay que producir y estar activa continuamente. Basta. De verdad que este programa es de los más pesados e incrustados. Permítete parar, descansar, no hacer, no saberlo todo, no estar siempre disponible, no rendir y ser exitosa TODO EL RATO. Basta.
  • Date espacio, tiempo. Déjate estar en soledad. Permítete sentir. Date tiempo para que afloren tus emociones y no se queden ahí embotadas como en una olla exprés. Para, escucha y cuídate. No hay nada más importante.
  • Investiga sobre tus valores prioritarios y tu “misión de vida”. Sé que suena a libro trasnochado de Paulo Coelho. Pero es cierto, para ser feliz, para sentir tranquilidad y paz dentro, es clave preguntarnos qué hemos venido a hacer aquí, qué es importante para ti, qué te da sentido. No has venido aquí a complacer ni a vivir la vida que otras personas quieren que vivas.
  • Trata de darle la vuelta a la trampa del diálogo interno negativo: haz el ejercicio de poner lo positivo, lo bueno que tienes, en el centro.
  • El agradecimiento es mágico. Agradece, agradece, agradece.
  • Atrévete. Estamos aprendiendo, siempre. Permítete dar los pasos que quieras dar, equivocarte, retranquear, seguir intentándolo. Hay valentía en ti. La hay.
  • Deja de pelear. De verdad, déjalo. Estás donde estás, te sientes como te sientes y eres quien eres. ¿Qué tal dejar de luchar por ser otra persona, por sentirte de otra forma o por parecer otras cosas? Eres y estás PERFECTA, PERFECTO, como estás; en el momento en el que estás y con los aprendizajes y retos que ahora estás viviendo.
  • Confía. ¿Te lo he dicho ya? Sí, confía. Sé que es jodido a veces. Más aún cuando la vida nos ha golpeado. Pero confía siempre. En ti, en tu intuición, en tu sabiduría, en la vida y en lo que ahora estás viviendo.

Confía también, querida Pikara, en esa voz que nos cuentas que te dice: “haz lo que te gusta”.

Hasta muy pronto,

Beatriz

¿Estás en un momento de cambio vital? ¿Te sientes estancada, desorientada o bloqueada? Si quieres que nuestra coach feminista te oriente mediante un artículo que sirva además a más lectores y lectoras pikaras, escribe a participa@pikaramagazine.com indicando como asunto Mano de Santa.

La voz que me persigue
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Beatriz Villanueva Martín

Coach y comunicadora especializada en género. Disfruto a lo loco acompañando procesos de cambio y empoderamiento feminista. Sólo tengo claras dos cosas: 1) Que el cambio personal es clave para el cambio social y 2) que aquí hemos venido para gozarnos la vida. Conóceme más en mi web www.igotlife.es

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