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La risa subalterna de las bertsolaris Análisis, Ficciones

Las mujeres han logrado amoldarse al bertsolarismo (el arte de cantar en verso en euskara de manera improvisada siguiendo unas reglas de rima y métricas concretas), que cuenta con un estructura predefinida por hombres y para hombres.

 

Uxue Alberdi y Maialen Lujanbio escuchan el tema tema que les va a proponer la conductora. / Foto: Xenpelar Dokumentazio Zentroa.

Uxue Alberdi y Maialen Lujanbio escuchan el tema tema que les va a proponer la conductora. / Foto: Xenpelar Dokumentazio Zentroa.

Apenas han pasado cuatro décadas desde que las mujeres bertsolaris de la era moderna empezaron a improvisar en espacios públicos. Antes, los bertsolaris eran hombres que improvisaban para hombres, a menudo en espacios vetados para las mujeres (bares, sidrerías, sociedades gastronómicas…). Pero, en el ámbito privado, las mujeres han improvisado desde tiempos inmemoriales y han sido las grandes transmisoras del bertsolarismo. Incluso cantaban en público. El Fuero Nuevo de Vizcaya (1526) recoge menciones directas a las mujeres improvisadoras del Señorío: Título 8. Ley 1. “[…] y sobre mujeres, que son conocidas por desvergonzadas, y revolvedoras de vecindades, y ponen coplas, y cantares a manera de libelo infamatorio (que el Fuero llama profazadas).” Es esta ley del año 1452 la primera noticia escrita que tenemos de las antiguas improvisadoras, y es justamente una prohibición —“bajo multa de mil maravedíes”— la que manifiesta su existencia.

Para quien no conozca el bertsolarismo (bertsolaritza en euskera) quizás convendría aclarar que se da ese nombre al arte de cantar en verso de manera improvisada en forma conversacional o discursiva siguiendo unas reglas de rima y métrica concretas. A pesar de la diversidad de públicos, temas, registros y contextos (campeonatos, festivales, actuaciones de sobremesa, jornadas feministas, ferias del ganado, actos reivindicativos, etc.), el humor siempre ha tenido gran relevancia en él y goza de una larga y masculina tradición.

Así lo asevera la periodista y bertsolari Estitxu Eizagirre: “El bertsolarismo ha sido, y en gran medida es aún, una práctica estructurada por hombres y a la manera de los hombres”, según sus necesidades, posibilidades, intereses y costumbres. Las mujeres han sabido amoldarse a esa estructura predefinida y han conseguido, a veces, incluso sobresalir y destacar por su talento (como es el caso de Maialen Lujanbio, ganadora del campeonato de Euskal Herria en 2009). Pero jugar en campo ajeno tiene sus consecuencias. Hoy las mujeres bertsolaris rondamos el 20% del total, cifra que varía según el contexto y el formato de actuación.

El corsé de la mujer correcta

El bertso improvisado siempre es efímero. Precisa de ideas breves y concisas que el público en general pueda captar al instante, un código unificado fácil de comprender: imaginarios comunes y referencias compartidas, sean culturales, humorísticas, sociales, temáticas, lingüísticas o visuales, que tejan lazos entre quienes improvisan y el público. En ese sentido, tiene mucho en común con un chiste o un comentario ocurrente: si precisa aclaraciones, es señal de que no ha funcionado.

Ese lenguaje común, ese hilo conductor, ese puente, es diferente en la ciudad o en el campo, entre la gente joven y la gente mayor… Pero resulta que el código asumido, con significados unificados de forma colectiva, ha sido conformado exclusivamente por hombres y compartido, consumido e interiorizado por todo el mundo, hasta el punto de considerarlo neutro y universal.

Es preciso recordar que dicho código implica además el plano corporal: comportamiento, movimiento y escenificación que también deben comprenderse y aceptarse al instante. Recordemos a Arantzazu Loidi, una de las primeras bertsolaris que se aventuró a cantar en plaza pública en los años 80 del siglo XX y cuya voz, fina y aguda, no encajaba con el estilo y la corporeidad exigidos entonces.

«A LA MUJER BERTSOLARI SE LE HA EXIGIDO MANTENER CUALIDADES CONSIDERADAS MASCULINAS»

A la mujer bertsolari se le ha exigido mantener cualidades consideradas masculinas (“arranque para responder, seguridad, contundencia, cierta desfachatez…”, enumera Lujanbio) sin perder la “sagrada feminidad” y, por consiguiente, ejercer con mesura y moderación: ser pícara sin llegar a ser desvergonzada; ser seductora sin llegar a parecer puta; ser firme sin mostrarse arrogante; ser agradable, pero no dulzona; alegre, pero no casquivana; crítica, pero no demasiado transgresora; con carácter, pero no colérica; contundente, pero no basta; graciosa, pero no frívola. Ese juez inquisitorio externo o interiorizado que delimita los márgenes de la “mujer correcta” estrangula sin remedio la risa, ya que es casi imposible reírse con un corsé tan prieto.

Miren Amuriza. / Foto: Xenpelar Dokumentazio Zentroa.

Miren Amuriza. / Foto: Xenpelar Dokumentazio Zentroa.

Temario común androcéntrico

Esta reflexión nos lleva a pensar sobre el canon presente: ¿qué es hoy un o una “bertsolari normal”? Vendría a tipificarse como hombre (guipuzcoano, joven, heterosexual, independentista, de estudios universitarios y de clase media), que canta en el estilo bertsolarístico “normal”, con una voz “normal”, que hace “humor normal” sobre “temas normales” desde un cuerpo “normal”. O sea, que lo “normal” es intercambiable por “masculino hegemónico”. En el reverso estarían el resto de las bertsolaris, estilos, voces, risas, cuerpos o temas subalternos. El código unificado y preestablecido va cambiando y “lo normal” se va redefiniendo cada día, pero la visión androcéntrica sigue siendo claramente dominante.

Es habitual y “humorísticamente eficaz” reírse de la calvicie masculina, pero tratar sobre la depilación femenina no resulta tan gracioso. Es frecuente referirse a la pulsión sexual masculina; sin embargo, la femenina es harina de otro costal. En los campeonatos de bertsolaris es tarea habitual que tengamos que dar continuación a un primer punto dado (se da un primer verso de una estrofa para que el o la bertsolari continúe improvisando hasta completarla) sobre caza, rugby, fútbol, baloncesto, etc., pero en raras ocasiones se nos proponen temas como el ganchillo, el punto cruz, el ballet, el yoga o las plantas medicinales. El temario común en el que el y la bertsolari se tienen que desenvolver es el relativo al espacio público, el que se expone en medios de comunicación o en bares. Y luego están los demás temas, temas de menor relevancia: las “cosas de mujeres” y de otros grupos subalternos que, en los márgenes invisibles, producen risas inaudibles.

Cuando improvisamos ante el público general, nos resulta dificultoso encontrar referentes a compartir con las mujeres oyentes. La razón estriba en que muchas de nuestras vivencias y opiniones no han sido compartidas públicamente y, así, el código compartido, el hilo que nos une, es invisible. Bien porque han sido tabúes (el deseo sexual, la masturbación, la menopausia, la regla, etc.) o bien porque se les ha restado importancia (el mundo doméstico, emocional, cotidiano y laboral silenciado, nuestras luchas, nuestras aficiones…).

Ante la dificultad de dotar de relevancia a nuestros propios referentes, es frecuente adecuarse a lo que se supone importante para “el público en general”. Cabe destacar que la más veterana de las bertsolaris que hoy actúa habitualmente en plazas ronda los 40 años. Hasta hace pocas décadas, eran los hombres bertsolaris quienes representaban a las mujeres (mujeres estereotipadas como madres idealizadas, esposas castrantes, hijas vulnerables, monjas, vírgenes…). Esta situación cambió bruscamente con la incorporación de las mujeres al bertsolarismo, quienes empezaron a cantar desde su propia experiencia y punto de vista, matizando y elaborado cada vez más los personajes femeninos propuestos en los temas. Pero debido a la juventud de las improvisadoras, hoy no existe bertsolari que pueda incorporar y representar en primera persona la voz y las vivencias de las mujeres de más edad.

Como bien apunta la payasa Virginia Imaz, “las mujeres hemos sido más veces objetos que sujetos del hecho humorístico. […] Hemos aprendido de qué reírnos y dónde, cuándo y cómo hacerlo”. Es evidente que esa domesticación nos afecta como creadoras de humor propio y como receptoras del humor ajeno. Si creamos desde las inercias, daremos por hecho que hay chistes que le hacen gracia “a todo el mundo”, chistes que por lo general pertenecerán al mundo referencial masculino, y olvidaremos, fagocitaremos y haremos invisibles las vivencias, las emociones y la risa de los cuerpos subalternos.

«LAS MUJERES HEMOS SIDO MÁS VECES OBJETOS QUE SUJETOS DEL HECHO HUMORÍSTICO. (…) HEMOS APRENDIDO DE QUÉ REÍRNOS Y DÓNDE, CUÁNDO Y CÓMO HACERLO» (Virginia Imaz)

Recuerdo una actuación durante la época de carnaval donde nos entregaron una maleta llena de objetos y disfraces para que los usásemos como punto de partida referencial para improvisar. El bertsolari Jon Maia y yo fuimos sacando pelucas, gorros y demás artilugios, incluido un vibrador. Paradójicamente, nuestros cantos se encaminaron hacia el pene y la sexualidad masculina. El público reía a carcajadas con comentarios como: «¿Y el tuyo cuántas marchas tiene?», «¿Quién le pone las pilas?». De pronto canté algo como “egongo gara askatasunean / zakilaz adina txiste aluaz egiten ditugunean” (“estaremos en igualdad de condiciones / cuando hagamos tantos chistes sobre coños como sobre penes”) y la risa cambió. Mi compañero prosiguió explorando aquel camino y surgieron ideas como que el micrófono era un símbolo fálico, a lo que Jon contestó algo así como “es que si fuera como una vagina se tragaría las palabras”. Sentíamos que el público estaba con buena disposición, pero que la risa ya no era ni tan automática, ni tan sonora, ni tan unísona. Al terminar la actuación Jon me confesó que, en sus 25 años de trayectoria como bertsolari, aquella había sido la primera vez que pronunció la palabra “coño”/”vagina” (alua, en euskara). Nos habíamos adentrado en un terreno sin un diccionario común, sin un imaginario compartido, sin un humor establecido de antemano, y la respuesta del público lo delató.

La minoritaria presencia femenina en la mayoría de actuaciones, especialmente en las de sobremesa, provoca en muchas bertsolaris un sentimiento de delegación: pensar que nuestra voz debía representar la voz de todas las mujeres silenciadas. Esto, además de ser imposible, conlleva un grado de responsabilidad que nos distancia en demasía del estado de ánimo idóneo para el ejercicio humorístico.

Recuerdo el caso que relataba Maialen Lujanbio. El tema propuesto era: “Van a grabar la primera película porno en euskara y vosotros os habéis presentado al casting”. Lujanbio era la única mujer entre los seis bertsolaris que actuaban y dudó entre tirar por el humor o denunciar la manera de representar la sexualidad femenina en la mayoría de las películas pornográficas. Sentía que, si ella no hacía mención al tema, nadie lo haría. Optó por lo primero, aunque confesaba que muchas veces había tenido que “abortar ideas sarcásticas o de chirigota por tener que matizar, criticar o puntualizar el tema expuesto”.

La relación con el público

La tradición humorística del bertsolarismo se ha basado, en gran medida, en la mofa o burla, en la chanza, en la chirigota, en la tomadura de pelo y en la provocación tanto entre improvisadores como para con el público. En las actuaciones más informales (las de sobremesa, las de los bares…) es habitual hacer referencias personales a gente del público o tomar a personas concretas como dianas para el humor o la chanza. Es una experiencia compartida entre bertsolaris que, cuando el publico está formado por hombres y mujeres, nos resulte más sencillo cantar bertsos humorísticos referidos a los hombres. No es raro que se sugiera que un oyente del público sea un tanto chulito, narizota, mujeriego, calvo, golfo, barrigudo, viejo o vago. En cambio, si le adjudicamos un adjetivo “feo” o “inapropiado” a una mujer, no hace ninguna gracia y resulta embarazoso. Sea por la falta de referentes compartidos, sea por miedo a resultar impertinentes o a molestar, optamos por no hacer mención a las mujeres, ahondando así en su invisibilidad. Y es que el humor está estrechamente ligado al poder. Tomar el pelo, bromear, puede ser un ejercicio muy sano y liberador dentro de relaciones igualitarias, pero se convierte en una práctica opresora cuando la risa se utiliza para perpetuar y restablecer relaciones de poder de dominación.

Cada vez que nos reímos de algo (y más si es de alguien) sería interesante hacernos las siguientes preguntas: ¿Estamos practicando un humor liberador, o incitamos a risas opresoras? ¿Profundizamos en la complicidad colectiva o nos estamos riendo de alguien excluyéndolo del grupo y produciéndole incomodidad y vulnerabilidad? ¿El ejercicio humorístico nos une o nos aleja del objeto de humor?

Es obvio que, para explorar nuevas vías hacia la risa, es necesario que cambiemos también nuestros referentes emocionales y culturales.

Recuerdo la respuesta que recibió una actriz amiga que trabajaba en un programa cómico de la ETB al quejarse al director del tipo de humor discriminatorio que elaboraban: “Es que las mujeres no tenéis humor; lo vuestro es, como mucho, ironía”. Esa supuesta falta del sentido del humor que se nos ha atribuido es uno de los mayores castigos que se nos han impuesto y una de las grandes creencias que la mujer —humorista o no— debe derribar para poder liberarse y empoderarse.

Buscar el humor es buscar la libertad y el placer, y las bertsolaris estamos decididas a disfrutar y mucho mejor si conseguimos compartir el regocijo con nuestros compañeros. ¡Si no podemos reírnos, esta no es nuestra revolución!

Iniciativas de empoderamiento en el bertsolarismo

La Asociación de Bertsolaris y un equipo de investigadoras e investigadores feministas han formado un grupo de trabajo para impulsar la formación y la sensibilización en género y ejercer una función de presión. En los campeonatos se cuidan cada vez más los roles de género y tanto conductores de temas como jurados reciben formación feminista. Las bertsolaris feministas inciden tanto a través de sus bertsos y su presencia pública, como por medio de artículos, charlas, talleres y encuentros que llevan a cabo junto con otras activistas, artistas y pensadoras feministas. La asociación ha puesto en marcha una escuela de empoderamiento para las bertsolaris en la que participan quince mujeres.


Este artículo ha sido publicado inicialmente en el número 5 de #PikaraEnPapel, que puedes conseguir en nuestra tienda online. Es una versión resumida y acortada del capítulo con el mismo título que Uxue Alberdi ha escrito para el libro Las humoristas. Ensayo poco serio sobre mujeres y humor, editado por Isabel Franc (Icaria editorial).

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La risa subalterna de las bertsolaris
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Uxue Alberdi Estibaritz

Euskal idazle eta bertsolaria, kazetaritzan lizentziatua. Bere eleberriak: 'Aulki bat elurretan' (2007, Elkar), 'Aulki-jokoa' (2009, Elkar), 'Euli-giro' (2013, Susa), 'Jenisjoplin' (2017, Susa)

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